El beso de Beatriz
Era don Trifón para el pueblo aquel el árbitro intelectual a quien la gran masa de paisanos miraba en busca de señales de aprobación o de reprobación de cuanto acontecía dentro de los términos geográficos del Municipio.
No era religioso y, en consecuencia, no se le veía en el templo si no era en las grandes solemnidades, propias de los días de fuerte y constante repicar las campanas. En ellas se erguía derecho o arrodillado sobre una silla, frente al altar, junto a la pila del agua bendita de la parte izquierda del templo, de cara al púlpito.
A la hora del sermón era el único que parecía dialogar internamente con el predicador con una actitud casi de contemplativo, ya que la falta de vista corporal (era ciego) le obligaba a estar en éxtasis prestando atención a las ideas, libre de las distracciones a que expone el color material de las cosas.
Durante la predicación don Trifón no perdía ripio, y con el gesto acentuaba lo interesante y soslayaba las trivialidades que el orador sagrado pudiera pronunciar.
¡Cuántas veces bajaba rápido la cabeza en signo de conformidad y cuántas la movía en sentido horizontal manifestando su disconformidad!

Cristo en la cruz. [Foto de Periodista digital]
Para los oradores sucesivos la figura hierática de don Trifón, con quien se habían de enfrentar, era la representación del racionalismo materialista con el que habían de hablar, expuestos a los comentarios más crudos y desconsiderados de la crítica. Sabían que no pasaba todo en la mentalidad de don Trifón. Diseccionaba como analista vocacional, aunque le faltaba el sentido lógico por falta de formación filosófica y teológica. Todo su fondo cultural procedía de la colección de modernos novelistas que poseía y se hacía leer constantemente, con preferencia de los anticlericales de moda en la época. De éstos había tomado la picaresca libertad de enfrentarse, en cuanto podía meter cuña, con lo religioso y clerical, sonriendo, escéptico, por entre su gris bigote y luenga barba, mostrando título de sabihondo e ilustrado señor. Se crecía don Trifón cuantas veces encontraba ocasión de despuntar en público con dudas en materia religiosa y era frecuente su aludir al testimonio de los predicadores oídos y su aducir anécdotas babosas de refinada mala intención.
Don Trifón, para el observador cultivado con todos los sentidos abiertos a las gracias de la naturaleza, era un reducto de oscuridades. El escepticismo parecía. la única antorcha que guiaba su vida interior. Esta, sin Dios, sin sistema moral, sin la ilusión de lo santo, fluctuaba a merced de las complacencias sociales de miras limitadas contenidas en los estrechos límites de su familia y de amistades aireadas en plan de vanidad. Llevado y traído por ésta, empleaba la mayor parte de las horas del día en visiteos de cumplimentación, adquiriendo un tono de conversación femenil como cumple a vidas poco macizas. El fastidio constante era su mortificación.
¿Sus mayores ilusiones? Oír sonatas y valses ejecutados en un viejo piano que poseía y que pulsaba cualquier espontáneo y repentizador aficionado; y organizar en la sala en que lo tenía emplazado bailes familiares que él amenizaba con el canto de alguna que otra romanza de barítono seleccionada de entre las mil zarzuelas españolas que conocía al detalle.
Su mayor interés diario era empaparse de noticias del mundo artístico. Las estrellas terrestres ocupaban su mente a falta de poder contemplar las del firmamento. Poseía infinitas anécdotas de su vida y actuación como si no hubiera más mundo para él.
No se sabe que rezara nunca, y con don Apolinar conversó alguna que otra vez casualmente, porque don Trifón nunca cultivó la amistad franca con clérigo alguno. No sabía salir de su plan racionalista ni aun en la vida social. Aunque sus ojos corporales estaban cerrados a la luz del sol, las sotanas no cabían en su ideario, forjado con armazón laicista sin sostén de principios ni instituciones sobrenaturales.
¡Qué lástima causaba pensar que aquel ciego, de silueta de gran señor y de modales urbanos, con vocación extraordinaria para la cortesía, tenía la mente cerrada a las caricias de Dios!
Aunque era aficionado a la pesca de caña en el caudaloso río que lamía en estrecho abrazo la población, aun en este deporte se valía de su lazarillo para conversar; y la conversación era su recreación favorita porque por ella penetraba el mundo real, que no podía ver con sus ojos corporales, en los dominios de su inteligencia.
Su plan de vida se prestaba al chiste, y entre la gente paisana corrían algunos de calidad en los que figuraba don Trifón como protagonista. Los más interesantes puede pensarse que eran los alusivos a sus aficiones de pescador de caña.
La gente recurría a él en busca de parecer en las crisis locales de cualquier clase y a él miraba en los acontecimientos en que se hallaba presente. Lamentaba su ausencia en las procesiones aún de concurso exclusivamente masculino.
Entre éstas había una excepcional. Recordaba un escultor famoso que le había producido honda impresión. Entonces a causa de la guerra de Liberación todo el caserío se hallaba en ruinas. Por sus calles maltrechas, entre escombros y casas medio derruidas, avanzaba serpenteando el fúnebre espectáculo de la procesión de Jueves Santo, en la oscuridad de una noche fría pero calmosa y serena, entoldada por el titileo de millones de estrellas. Siluetas de hombres empuñando cirios encendidos se movían en dos filas paralelas, dando escolta respetuosa, en número de quinientos, a un artístico Cristo en cruz llevado a manos del Mayor de la Sangre, ataviado con vesta negra de larga cola y cuello y bocamangas muy elegantes de blanca y estrecha puntilla de bolillos que destacaba en rizos. Ni un solo hombre del pueblo aquel, a excepción de don Trifón, dejó de asistir a ella.
Y ¿dónde estaba don Trifón? Al pasar el cortejo por delante de su casa las miradas de todos se dirirgieron a su interior sin dejar la dirección ni romper filas. La puerta estaba abierta de par en par. En el fondo, a oscuras, del zaguán le vieron derecho, meditabundo, mesándose la barba y atusándose el bigote, saltones los ojos, como queriendo impresionarse por aquel solemne cortejo. El Cristo hizo notoria su presencia ante don Trifón al cantar el coro a cinco voces una estrofa del salmo Miserere. El portador del Cristo dio media vuelta a la imagen y la hizo mirar al interior con su cabeza inclinada sobre su costado abierto. Así, que la imagen del Cristo en cruz se enfrentó con don Trifón. No sé si fue iluminado por alguna luz. Parece que, sin dejar de abrir desorbitadamente los ojos, cruzó sobre el pecho sus brazos y en él hundió su venerable barba en signo de adoración y hasta cayó al suelo de rodillas.
El Miserere siempre sonó en su interior, y quién sabe si influyó en su última hora para pronunciar un sí rotundo contestando a la invitación de Beatriz que, con un signo de amor filial, quiso hacer que se reconciliara con Dios!
Don Apolinar recordó siempre este magnífico diálogo:
—¿Cómo te encuentras, papá?
—¡Mal, hija!, ¡muy mal!
—¿Me negarás una cosa?
—Yo jamás te he negado nada.
—¿Por qué no te confiesas, papá?
—¿Tan mal estoy?
Beatriz, como única respuesta, le estampó un beso en la frente a don Trifón.
—Di al sacerdote que venga. Me arrepiento de mi vida. Dios me perdone.
El lenguaje de Beatriz fue la lección más convincente para aquel padre que estaba en trance de entregar su alma al Señor.
Un sacerdote no tardó en personarse a la cabecera del lecho de muerte de don Trifón y él recogió su último suspiro después de administrarle con sumo gozo la absolución de sus pecados.
El estilo de Beatriz, inspirado por el respeto y el amor, es el gran método cristiano para llevar las almas de los familiares extraviados a participar de la misericordia de Dios.
Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva (Valencia)
Historia y fantasía
La Madre de Jesús
Siente el latido de su pecho como campanas que tañen fuertemente dentro de sí misma. Se repliega en su dolor, y el corazón magullado le duele y se hincha golpeándole en la garganta y en el regazo. Un momento antes había visto pasar a su Hijo agobiado bajo el peso de la cruz, al Hijo que mecieron sus brazos cuando niño y ahora, hecho hombre, entregaba la vida que le diera para salvar a la humanidad.
Jesús había puesto en ella la mirada de sus ojos cansados, y María la sintió en cada uno de los poros de su piel como una llama que le hiciera arder. Toda su vida se condensa en un sollozo. Sus ojos se quedan mirando la doliente figura del reo, la corona de espinas, la ropa humillante y las manos cenceñas aferradas al madero. Jesús tiende la mirada por la ladera del barrancal; la desvía del rostro angustiado de su Madre, cuya contemplación le pesa y le duele más que la carga apoyada sobre sus hombros. Y María contiene súbitamente su terror, su cansancio, su pena y encuentra en sí misma la fuerza necesaria para sonreír un poco. Cree que con ello aliviará el sufrimiento de su Hijo. Pero Jesús no advierte la sonrisa porque un soldado de Roma le empuja y le insta a seguir andando.

Junto a la Madre pasó el Hijo ascendiendo dolorosamente la cuesta del Gólgota. De nuevo revivieron en María las sufridas humillaciones, los dolores, los agobios, que se traducen ahora en un brotar de lágrimas, cuya fuente inagotable se encuentra en su maternal corazón destrozado.
* * *
Después se alzó el mástil de la cruz de Jesús en medio de otras dos cruces ya levantadas. María vio desde lejos los tres instrumentos de muerte vacilar un poco antes de quedar fijos, hincados en la tierra del monte. No oyó el golpe blando con que el ejecutor clavó las manos de su Hijo; no vio tampoco cuando Jesús sacó el pie de la sandalia única que le quedaba, porque perdió la otra en el camino, y lo ofreció al clavo que había de traspasarlo.
Junto a María pasó Simón de Cyrene, padre de Alejandro y de Rufo. Cuando Jesús, desvanecido, no podía soportar el peso de la cruz Simón le ofreció un hombro fuerte de campesino. María le miró, dulcemente, con la misma infinita dulzura con que Jesús le había mirado ya cuando marchaban juntos por la empinada cuesta al lugar del suplicio. Simón se detuvo atraído por los ojos serenos, tan semejantes a los de Cristo que creyó fueran los mismos.
—¿Quién eres, mujer?—, preguntó.
No contestó ella de inmediato. Con una fatiga cruel que agotaba totalmente sus fuerzas y moviendo apenas los labios estirados, dijo en voz baja
—La Madre de Jesús.
El cirineo abrió la boca, extendió los brazos, pero antes que sus manos alcanzaran el manto celeste que cubría la cabeza y los hombros de María le empujó la muchedumbre, le arrastró, lo llevó lejos. Cuando Alejandro y Rufo le encontraron, sofocado, alelado, rendido, con los párpados cerrados obstinadamente y los brazos caídos a lo largo del cuerpo, le oyeron decir:
—¡Me miran los ojos de María! En vano cierro los míos para no verlos. ¡Me miran siempre los ojos de María!
* * *
Estas mismas palabras había pronunciado Judas de Kerioth después que los ojos profundos y amargos de fe Madre de Jesús posaron un instante su mirada de perdón en los labios acusadores del traidor.
Se habían encontrado en Betania la noche que Jesús regresaba del santuario donde convino en entregar al Maestro para su condena y muerte. Caminaba él pesadamente, palpando las monedas labradas con que pagaron su alevosa deslealtad; las apretaba, las acariciaba, y temeroso quizá de que alguien pudiera disputárselas, decía en alta voz:
—Mías son; yo las he ganado en justicia. Todos los discípulos me huyen, como si en mi cuerpo vivieran los demonios. ¡Basta ya!
Judas entra sigilosamente en la casa de Lázaro, donde descansan Jesús y sus discípulos. Empuja la puerta con cautela y ve venir hacia él una sombra rígida. La pálida luz del amanecer dio de lleno en los dos rostros. Y la mirada de María escrutó los ojos avergonzados de Judas:
—¿No duermes nunca, María? ¿Siempre velas el sueño de tu Hijo?
Ella siguió mirándole sin responder. Judas se escurrió y penetró en la casa; al pasar junto a María sintió en las manos el roce de su vestido y se estremeció. Las manos le temblaban aún cuando aflojó el cíngulo que ceñía su vestidura y se echó en el lecho. Pero no pudo conciliar el sueño. Penetraban hasta su corazón las miradas de la Madre de Jesús y las monedas ocultas en sus ropas le quemaban como un hierro candente.
Se revolvió en el lecho; ocultó el rostro y repitió cien veces:
—¡Me miran los ojos de María!
Pero María no le guardó rencor, ni a él, ni a Pilato, ni a Herodes, ni a Caifás, ni a nadie. Su corazón fue un cofre donde no tuvo cabida nada más que el dolor y el perdón.
Sufrió, sufrió como ninguna otra madre ha podido padecer en todos los tiempos. Sus profundos ojos tristes miraron por igual al traidor y al campesino que ayudó a su Hijo cuando lo vencía el peso del madero; miró por igual a todos los que pasaron a su lado, a quienes la befaron y a quienes la exaltaron, a los que se acercaron con rencor para hacerle daño y a los que se acercaron con amor para compartir su pena. Y nos sigue mirando a todos con bondad infinita; desde su trono celestial nos contempla y lo hace siempre con amor, con dulzura, con misericordia. Los seres del mundo entero pueden decir con verdad:
—¡Me miran los ojos de María!
Amadeo Ruiz
[La imagen de la Dolorosa es de la web Grupo de oración Padre Pío. Santiago de Chile]
«Stabat Mater»
La Madre estaba llorosa,
junto a la cruz afrentosa
de donde su Hijo pendía...
Yo al ver tu eterno reposo
también me sentí lloroso,
¡madre mía!
La Madre besó angustiada
la augusta faz empapada
del sudor de la agonía...
Yo de tu faz amorosa
besé la pálida rosa,
¡madre mía!
La Madre, ante el cuerpo inerte
del Hijo, lloró su muerte
y en Él viviendo moría...
Desde que tu voz no entiendo
también yo vivo muriendo,
¡madre mía!
La Madre en horas crueles
de pesar gustó las hieles
de aquel cáliz de agonía...
Yo he bebido hasta la hartura
todo un cáliz de amargura,
¡madre mía!
La Madre en el Lienzo Santo
pudo recoger el llanto
que su corazón vertía...
¿Dónde hallaré yo el tesoro
de las lágrimas que lloro,
madre mía?...
La Madre tuvo el consuelo
de ver al Hijo en el cielo,
¡y así acabó su agonía!...
Yo en la hora de mi muerte,
¿ tendré el consuelo de verte,
madre mía?
Carlos Miranda
—

