San José ante la llegada del Redentor
Cuanto mayor es la exaltación, sublimidad y gracia a que Dios, destina a un ser humano, más oculta, reservada y humilde es su presentación en la tierra, tan sólo conocida de Dios, que tiene su complacencia en contemplarla desde el cielo en la espera el momento oportuno de sublimarla a la grandeza de su destino. Bien lo proclama la Santísima Virgen cuando en el canto sublime de su Magníficat lo da a entender con estáis palabras: Quia respexit humilitatem ancilla suae... «Porque miró Dios la humildad de su esclava, me llamarán Bienaventurada todas las generaciones.»
¿No podría decir otro tanto el glorioso Patriarca San José? ¿Qué fue de su vida anterior a su grandeza? Dónde, en qué libros, en qué estado pudo verse el motivo de su exaltación, si no es en su humildad, en su virtud, en aquella justicia de vida, que luego proclamó el Santo Evangelio diciéndonos la rectitud de su proceder con. estas palabras «Porque era justo.» Sí, por eso, porque era justo, por eso Dios le elevó a ser el esposo virginal de María, la Virgen Madre de Dios; y Padre legal del divino Redentor, el tan esperado Mesías de aquellos tiempos. Era José un humilde artesano; nadie pensaba en él ni nadie podía imaginarse que en aquel humilde artesano estaba vinculada la cuna de aquel que el mundo esperaba ya tantos siglos, y que en esa su época se había reavivado la esperanza y casi la seguridad de que el Salvador que e! mundo esperaba estaba próximo a llegar. Era en realidad el tiempo pronosticado por los profetas para la llegada del Cristo Salvador.
Durante esos años que precedieron a la venida del Salvador se habían esparcido por todo el imperio romano singulares ideas sobre la próxima renovación del mundo por una feliz revolución que haría resurgir la Edad de Oro. Todo ello había logrado levantar el espíritu público y afianzado la esperanza de nueva vida, que hasta los mismos historiadores paganos de aquel tiempo, como Tácito v Suetonio, se vieron obligados a consignarlo en sus obras como un feliz acontecimiento histórico.
Todos estos rumores procedían de Palestina. El estado humillante de los judíos, vencidos por el poder romano, fermentaba en sus mentes, estallando con frecuencia en. motines de abierta revolución contra los dominadores extranjeros, como lo da a entender el historiador judío Josefo, añadiendo, además, que lo que empujaba a los judíos a la rebelión era una profecía encontrada en los libros sagrados que anunciaba el hecho de que en esta época un hombre que, partiendo de su país, se apoderaría del imperio del mundo.
Esta idea fomentó en los judíos la esperanza de un Libertador, y trascendió al mundo pagano, evocando en ellos la esperanza de ver resurgir en ellos la Edad de Oro, centro de sus grandezas.
Unos y otros, judíos y paganos, aspiraban a la grandeza material de sus glorias terrenas; había, sin embargo, como lo da a entender el evangelista San Lucas en su relación de Ana la profetisa, muchos en Jerusalén, judíos fieles y piadosos, que interpretaban espiritual mente el resultado de esta profecía y esperaban la redención de Israel según el espíritu de patriarcas y profetas, como lo tenía Dios anunciado. Son bien conocidos en este tiempo tan cercano a la venida del Redentor por hacer de ellos mención el Santo Evangelio: el anciano Simeón, que tuvo la promesa del cielo que no moriría sin ver antes al Redentor, y la anciana profetisa Ana, que vivía en el templo entregada al servicio de Dios con la promesa de ver al Cristo, y anunciando su proximidad a cuantos confiaban y esperaban! con fe la redención de Israel.
Muchos eran los israelitas que ya en aquel tiempo vivían familiarizados con esta esperanza y que frecuentemente suspiraban y clamaban al cielo pidiendo descendiera el Redentor. Pero mayor que en todos ellos era da esperanza, la seguridad y el deseo ardoroso con que clamaba al cielo el humilde artesano de Nazaret. Era José el predestinado por Dios para la gloria de recibir al Redentor en su morada; atenderle, cuidarle y alimentarle como a hijo, y ofrecerlo al mundo en la hora oportuna de dar comienzo a la obra sublime de la Redención.
Era José un humilde artesano; no brillaba, ni era reconocida su grandeza en Jerusalén; pero en el templo de Dios se escuchaba con frecuencia el ardiente suspiro de su alma y su ruego fervoroso que subía al cielo pidiendo la venida del Redentor; y Dios se gozaba de escuchar sus anhelos y fomentar sus deseos con el cúmulo de mayores gracias para disponer su alma a la grandeza a que le había destinado. Era sin duda el ser más perfecto, más justo, más completo que rememoraba en aquellos días al tipo más noble y más acabado de los santos patriarcas de la antigua Ley. En él resonaban con toda su fuerza las aspiraciones que habían hecho vibrar con mayor emoción al corazón de Abrahán, de Isaac, de Jacob y de todos los grandes ancianos, personificando en sí la esperanza de todos los siglos.
José esperaba; oyente fiel de la palabra divina en la sinagoga, él conocía, recordaba con amor las profecías y se consolaba meditándolas. De su alma, como de uno de aquellos braseros que en el templo ardían esparciendo los más gratos aromas, se exhalaban ardientes suspiros y tiernas llamadas al Mesías que bajara del cielo, tal como el anciano Simeón y Ana la profetisa hacían resonar sus ardientes anhelos en el sagrado templo.
José aceleraba con sus votos la venida del día dichoso en que los cielos se abrirían para dejar pasar al Justo y para que la tierra engendrara al Salvador. Dichoso el hombre, diría, que podrá gozar con Vos de la salud y salvación que Vos le habéis preparado. Por la salvación del mundo, por nuestro pueblo, por la salud de Israel. Dichoso aquel que contemplará su rostro, que escuchará su palabra. ¡Oh gran Dios de Jehová! Salva a tu pueblo, da gloria a Israel.
Los deseos de Ana la profetisa, como las ardientes súplicas del anciano Simeón, fueron correspondidos por el cielo con la seguridad que les dio el Espíritu Santo de que no verían la muerte sin ver antes al Salvador. Con mayor proporción que a ellos, según la mayor intensidad de sus ardientes deseos, y la mayor gloria a que estaba destinado San José, fue la correspondencia, de Dios. Un ángel bajado del cielo viene a anunciarle en un sueño misterioso que sus deseos eran ya cumplidos. El primer paso del camino de la restauración mesiánica se había dado.
El Verbo eterno, Hijo de Dios, había tomado carne en el seno virginal de María. María precisan mente que era su virginal esposa. El Verbo, Hijo de Dios, se había hecho hombre! precisamente en su morada. El Redentor prometido y tan deseado lo ha confiado Dios a su cuidado, y pasará en el mundo como Hijo suyo. ¿Quién será capaz de poder penetrar y de expresar con palabras la inmensa alegría y el gozo inefable que llenaría el alma y rebasaría la capacidad de su corazón al escuchar las palabras del ángel que eran el cumplimiento de sus deseos? Y su emoción al pensar que lo tenía ya en su poder, allí mismo, junto a él, pudiendo hablarle directamente y sentir los latidos de aquel corazón divino que atravesarían su alma y su corazón, haciéndole vibrar aún con más fuerza de como vibró el corazón de Abrahán, de Isaac y de Jacob ante la presencia y contacto del Dios de Jehová cuando se comunicaba con sus patriarcas y profetas.
Necesariamente mirémosle postrado ante la Virgen María, su divina Esposa, hecha ya Madre de Dios, de aquel divino Verbo tanto tiempo esperado, y ahora también Hijo suyo, porque se lo daba Dios, el Eterno Padre, confiándole su poder, y al que podrá decir María mil veces «Tu padre y yo», como lo hubo de decir al ser hallado en el templo después de tres días perdido en Jerusalén. ¿Puede caber mayor, dicha al glorioso San José y pudo haber mayor compensación a sus ardientes deseos y a sus continuadas súplicas para que el Redentor, tantos siglos esperado, bajara del cielo?
Desde ese momento los deseos del santo artesano de Nazaret cambian de aspecto. Ya no precisa levantar sus ojos al cielo, basta dirigirlos a María, que más dichosa que el Arca de la Alianza llevaba en sí al Salvador, encerrándolo entre sus carnes virginales, como el azul del firmamento oculta a nuestros ojos el esplendor del alto cielo.
Era su mayor deseo poder contemplar al Dios supremo hecho un pequeño Niño; al Ser invisible reinando en el seno purísimo de una Virgen visión terrestre como sabor anticipado de la visión celestial.
Deseos de ver a su Hijo, sí, Hijo suyo, porque el Padre celestial se lo ha confiado como tal, con todos los deberes y derechos de la paternidad; deseos de verle, de abrazarle, de tenerle en sus brazos; de contemplar su augusta faz y su gracioso aspecto; de escuchar sus primeros vagidos y el dulce timbre de su voz celestial. Con estas ansias y deseos, desde su taller suspendería el trabajo unos momentos para dirigir su mirada a María, el Arca Santa que encerraba el mayor tesoro de su amor.
Pasaron días, semanas, meses, hasta el momento feliz en que los ángeles cantaron junto a la cuna del Hijo de Dios el "Gloria a Dios en las alturas", y José, postrado ante la cuna, pudo adorar al Deseado de las gentes y estrechar entre sus brazos al eterno Hijo de Dios, ya también Hijo suyo, el tierno Niño de María, su Esposa, quedando constituida su familia, la Familia de Dios.
[San José de Guido Reni, Painting Palace]
Cristo y su Resurrección
«Cristo resucitó al tercer día según las mismas Escrituras.»
(1 Co 15, 4)
1.- En la Antigua Ley está prefigurada la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo. Y es que el Antiguo Testamento no podía olvidar esta faceta maravillosa y triunfante del paso del Verbo hecho carne por la tierra.
Después de un reinado de cuarenta años lleno de prosperidad murió el célebre rey Salomón Pero no supo conservar su sabiduría hasta el fin, pues pervirtió su corazón con mujeres e ídolos. Por esta razón «se irritó el Señor contra Salomón» (1 R 11, 9). A su muerte sobrevino un cisma doble: político y religioso. Las tribus del Norte no aceptaron la sucesión salomónica y fundaron el reino de Israel; pero Israel y Roboam abandonaron la Ley del Señor. Las tribus de Judá y Benjamín constituyeron el reino judaico, fiel a la descendencia del rey sabio. La capital de Israel radicó en varios puntos, y en Samaría a partir del 887 a. de J. C. Jerusalén fue la ciudad real judía. Este cisma de que hablamos supuso unos doscientos años de luchas civiles.
Joás, de Israel, comenzó a reinar (1) en el 832; en 817 dio paso a Jeroboam II. Y en Judá subió al poder Azarías en el 803. Pues bien, contemporáneo de estas tres cabezas coronadas fue Jonás, uno de los profetas menores. Era hijo de Amati, natural de Get, ciudad situada en el Ofer (2 R 14, 25). Jonás se movió en tiempos anteriores al cautiverio de los hebreos en Babilonia. Cualquier lector sabe la historia de este profeta; lleguemos, pues, al punto en que, desobedeciendo a Dios, se embarcó hacia Tarsis en vez de irse a Nínive. El Señor promovió «una gran borrasca». El mismo Jonás se encaró con la marinería asustada (se lee que quedaron «sumamente atemorizados» al saber que había desobedecido a Dios) para decir «Cogedme y arrojadme al mar, y el mar se os aquietará, puesto que yo sé bien que por mi causa os ha sobrevenido esta gran borrasca» (Jon 1, 12).
Aquellas gentes de mar tuvieron que arrojarle al agua, y nosotros, distantes casi treinta siglos del hecho, sospechamos que se convirtieron, pues oraron «al Señor» y además concibieron «un grande temor al Señor y le ofrecieron víctimas y le hicieron votos». Una ballena recibió a Jonás y (he aquí el milagro) le tragó; a los tres días le devolvió sano en la ribera. Si este pasaje fuera una ridiculez —como pretenden los incrédulos— Jesús no habría dicho «Esta raza mala y adúltera pide un prodigio; pero no se le dará el que pide, sino el prodigio de Jonás, profeta» (Mt 12, 39). Jesús no sólo se hace eco de lo de Jonás, sino que le da la exacta interpretación: "Porque así como Jonás estuvo en el vientre de la ballena tres días y tres noches, así el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra" (Mt 12, 40).

2.- Hemos visto dos textos del Evangelio de San Mateo en que Jesús habla de su resurrección. A Marta, hermana de Lázaro, le dijo en aquella memorable ocasión en que resucitó al amigo difunto: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11, 25). Y cuando con toda majestad arrojó a los vendedores del Templo se expresó de esta manera: «Destruid este templo y Yo en tres días lo reedificaré» (Jn 2, 19).
Jesús sentía tanto amor y tanta caridad por nosotros, pecadores, que en una ocasión subía presuroso a Jerusalén; lo narra San Marcos. Demasiado sabía cuánto le había de ocurrir, pero sobreponía el amor al natural temor que como Hombre sentía, y acudía con gozo a la ciudad deicida. Cuando se vio ya en la cruz es indudable que suspiraría por las numerosas almas que en la felicidad del seno de Abrahán esperaban que su ánima santísima les llevase a la gloria eterna, conseguida para el justo con el carísimo precio de su sangre. Y así, cuando expiró la paloma inmaculada de su alma dejó el arca maltrecha de su cuerpo y fue a llevarles la feliz nueva del tránsito al Paraíso.
¿Qué novedad tiene el hecho de que Cristo, que resucitó a Lázaro, al hijo de la viuda de Naim; a la hija de Jairo, resucitara El mismo? ¿Pues no dijo que El era la Verdad y la Vida? Si había profetizado que resucitaría (Mt., 12, 40), la Verdad no puede mentir. Si había dicho que era la Vida, la Vida no puede permanecer definitivamente en un sepulcro, no puede ser vencida por la muerte. Sabemos bien que Cristo resucitó. Por eso rezamos: et resurrexit tertia die. Y Aurelio Prudencio Clemente exclama gozoso en su Ditoqueo: "Cristo venció la muerte y holló el infierno. Llevó al cielo a los justos que allí había y dio a probar la verdad de su resurrección al tacto y a los ojos de muchos" (Dit., XLIII).
3.- El Cristo resucitado no es ningún fantasma, no. Lo demuestra el que le dijera a Tomás, que no creía, lo siguiente «Mete aquí tu dedo y registra mis manos, y trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino fiel» (Jn., 20, 28). Y camino de Emaús, por ejemplo, conversaba con los dos discípulos que allá se dirigían, llegando a partir el pan con sus manos.
«Así como en Adán mueren todos, así en Cristo todos serán vivificados», nos dice San Pablo (1Co 15, 22). Aquí está nuestra alegría, lectores. Somos barro mortal, barro de Adán, sí, pero por obra de Cristo resucitado este lodo sucio se vivificará, purificado y ennoblecido, para tener acceso al reino de Dios. Todo depende de que nosotros queramos y vivamos con santidad nuestra vida mortal. Jesús empeñó su palabra «Por tanto, la voluntad de mi Padre, que me ha enviado, es que todo aquel que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna y yo le resucitaré en el último día» (Jn., 6, 40). Tras esa resurrección nuestros labios recitarán por una eternidad el Sanctus que estremece con melodía inacabable los cielos que están llenos de la gloria de Dios.
Mariano Vila-Cervantes
(1) La cronología anterior a Jesucristo progresa en disminución; valga la aclaración para el lector que desconozca esta particularidad del cómputo. —

