Florecillas franciscanas del Santo Retiro de Chelva
I. Panorámica lírica
Se ha dicho que el poeta —el inspirado de Dios— tiene por corazón una arpa delicada y finísima cuyas cuerdas armoniosas están siempre a punto de desgranar melódicos cantares apenas el arco de oro de cualquiera impresión las roza suavemente.
¿Soy poeta?... ¿No lo soy?... No afirmo ni una cosa ni la otra. Pero tampoco lo niego... Solamente sé que el corazón mío, que canta sin intermitencias en la jaula de mi pecho, se siente continuamente herido por el arco de las más insignificantes impresiones y no deja un momento de producir, al menos para mis íntimas resonancias personales, trovas dulces y baladas emotivas que me hacen gozar, a pesar de que mis pies muchas veces pisan en vez de alfombras de perfumadas flores cardos y espinas taladrantes que los sangran acerbamente.
Mi corazón canta siempre... ¿Es que soy poeta?... ¿No lo soy?... !Lo que sí puedo afirmar es que mi corazón canta siempre y las cuerdas de su arpa están siempre a punto de modular endechas y madrigales a cuanto en su camino aflora.
Era el año 1947. Jamás había visitado la gloriosa villa de Chelva. Entre celajes y brumas de joven soñador, vi esa población envuelta en el místico halo de beatitud divina. El perfume de la santidad de los moradores del Santo Retiro embalsamaba mi vida de jovencillo corista. Estuvimos a punto de ser trasladados los coristas a dicho convento en aquel año de 1920. Desde entonces jamás se borró la silueta de Chelva, del cuadro centelleante de luz, de mi fantasía ardorosa, y las cuerdas del arpa de mi corazón estaban siempre esperando el roce del arco de oro de aquella visión que estuve tan cerca de contemplar. Llegó el momento.
Fue precisamente ese año de 1947. Los clavarios de las rumbosas fiestas que se dedican en dicha villa al Santísimo Corpus Christi me ofrecieron los sermones que se suelen predicar. La gran fiesta de la Eucaristía fue la que hizo rozar las cuerdas del arpa de mi corazón. Entonces pude darme cuenta de cuántas cosas bellas y emotivas encierra esta villa gloriosa. La fiesta de la Eucaristía me hizo soñar y vi la bella silueta del Beato Nicolás Factor, Guardián en otro tiempo de este convento franciscano, artífice de esta grandiosa solemnidad y protagonista más de una vez de esta fiesta, que presidía con la Custodia en las manos, mientras sus pies caminaban por las calles de la villa, que presenciaban la procesión eucarística, sin tocar el suelo, cubierto de barro, por haber recorrido toda la procesión completamente extático y arrobado en los cielos.
No sólo fue la Eucaristía la que en ese año 1947 hizo que las cuerdas del arpa de mi corazón desgranaran melódicas resonancias espirituales. Junio, con sus espigas fecundas de polen sacrificial, me abrió panoramas de albura eucarística. Pero llegó septiembre y la sonrisa hechicera de la Virgen Madre y Remedio de los hijos de esta católica villa me llevó junto a su vera para que en el paraje sorprendente de su altivo ermitaño cantara endechas y trovas a la que ha sido y es hechizo de esta población que la venera. También entonces el arpa de mi corazón enamorado por esta Señora, que tanto sabe prodigar ternuras y amores a todos los que la miran, desgranó armonías, y deliquios, y estrofas que trenzaron el poema de mis amores en el panegírico que tuve el gusto de ofrecerle, no sólo en la iglesia parroquial, sino en el propio ermitorio, donde la Remediadora de nuestros males envía destellos de luz desde la atalaya y el faro potente de su corazón maternal que brilla. constantemente desde las alturas de su santo ermitorio.
Fueron sucediéndose los años, y varios de ellos tuve el placer de visitar de nuevo esta villa y este convento para predicar en las distintas festividades que se organizan tanto en la parroquia como en el convento. Siempre tuve el mismo consuelo y la misma alegría de contemplar las bellezas que Dios generosamente derramó por su fecundo suelo de privilegio y encanto. Las cuerdas de mi corazón, arpa eólica, que sabe cantar y gemir entre efluvios de ensueños y amores, desgranaron dulces y divinas resonancias que me llenaron de gozo. Pero no había podido experimentar toda la emoción y todo el lirismo que encierra esta afortunada tierra, bendecida .por tantos y tan extraordinarios santos hasta hoy, en que viviendo al conjuro de sus latidos y divinas pulsaciones me he embriagado en sus mares de bellezas y encantos sobrenaturales que me ofrece este Santo Retiro ¡del convento franciscano.
Ahora, gozando de santa paz y viviendo en este remanso de santa beatitud, es cuando comprendo todo el hechizo que Dios ha prendido en este suelo santo y por qué el arpa del corazón desgrana trovas y baladas al contemplar las maravillas de este convento franciscano.
Junto la humilde y recoleta celda que guarda mis preocupaciones divinas, trenzan sus gracias y sus lirismos las bellezas que Dios ha derramado profusamente por este bello lindero que le canta sin cesar.
Debajo de la ventana que me señala la luz y el rostro divino, crecen unos rosales que no cesan de acuciarme a que sea agradecido a Dios. Las rosas con que se adornan son de una fragancia tan exquisita que se adentra sin yo quererlo en lo más íntimo de mi ser. Su exuberancia es tanta y tan viva que me anonada y me obliga hasta a cerrar los ojos para meditar profundamente en la generosidad del Altísimo. No son las rosas solamente las que perfuman mi celda y me llevan con sus fragancias a Dios. Es un torrente que sobre dura peña va deslizándose, mientras sus espumosas sonrisas de cristal cantan el poema del poderío divino. Lo estoy viendo desde mi propia celda. Y día y noche me está diciendo que no cese de alabar a Dios.
Y es el mismo ruiseñor que desde que vino batiendo sus alas la graciosa primavera me trajo la canción melódica de sus trinos que se adentran en mi propia celda y parece que la canora filomena la tenga dentro ¡de la misma celda, porfiándome a que ambos a dos entonemos nuestros cantares al autor de tantas armonías sensibles e insensibles en el hondón del alma. Y son los pinos y los árboles, y la lozanía de la vegetación, y el beso de las auras perfumadas, y el convento todo, con sus voces misteriosas y pocas veces, pero algunas, con sus silencios elocuentes, me están diciendo que cante y alabe a Dios.
Ya comprendo claramente por qué apenas el Cantor de la naturaleza, Francisco de Asís, mandó sus primeros hijos a España, Chelva fue una de las primeras poblaciones que recibieron frailes de su Orden. El convento fue fundado en el año 1373. Cuando la Observancia intente establecerse en España, será Chelva el primer convento de la primera Custodia española. Manzanera, fundado en 1393; Santo Espíritu, en 1402, y Segorbe, en 1415, formarán la primera Custodia. Pero en 1524 Chelva queda constituido en el primer convento de Santo Retiro de la Provincia Franciscana de Valencia y la santidad encontrará en este convento morada y asilo que le dará fama mundial.
Fr. Bernardino Rubert, ofm

Convento de Chelva (de la web Ver fotos)
Florecitas
Nunca desalentemos. Cada día tiene su cruz, pero cada día tiene también su gracia.
Sepamos ser almas sin miedo al dolor. Almas que saben sufrir callando, y no lo comunican para saber ser más fuertes en el dolor.
- Que nuestra vida, interior sea recia. Alentemos cuando las circunstancias y el ambiente nos tratan con dureza. «¡Sólo Dios basta!»
- La santidad puede alcanzarse de muchas maneras. Pero para todos está una fórmula breve y eficaz: «Hacer lo que se debe y estar en lo que se hace... y con amor, por Amor.»
- No pretendamos contentar a todo; con nuestro trabajo. «Lo que hay que hacer, se hace... con caridad, pero sin vacilaciones.»
- No será tan imposible la santidad cuando a todos nos la pide el mismo Dios. Necesitamos ser santos para ser eficaces.
- Hagamos nuestro el dolor de todos. Roguemos por tantos corazones desconocidos y lejanos que tiemblan de angustia y de esperanza. Unámonos a ellos en una sola oración.
- La palabra «¡fíat!» es la oración que está siempre en armonía con la hora del amor y la hora del dolor.
- Toda la humanidad, aun la inocente, tiene que expiar para su propia redención.
- Si tienes fe, mirarás más allá de los acontecimientos para buscar la misteriosa razón de la angustia de cada uno y del dolor de todos.
- Con mucho amor a Dios espiritualiza cada fatiga de tu vida. Casi siempre el penar para vivir es orar sin palabras.
- Que sea nuestra continua oración amor que invoca, esperanza que aguarda y caridad que opera. Pidamos a Dios con humildad y nos escuchará con amor.
María de Santangel
La ilusión del oro
Caminando..., caminando siempre... Sin descanso... Llevaba en sus pies el polvo de muchos caminos y su frente se había tornado morena bajo el sol de muchos cielos... Su nombre era Levi Judí.
Había vivido cerca del desierto con Sara, su madre, y Thamar, la hermanita menor. Rubén, el otro hermano, había desaparecido. Todas las tardes, después de recoger el reducido rebaño, Leví, frente al desierto, veía hundirse el sol tras la línea rojiza del horizonte... Entonces, poseído de inmensa pesadumbre, se sentaba a meditar...
¡Más allá del desierto, mar tedioso de arena, ruge otro mar, un mar embrujado, de aguas saladas y glaucas... Y más allá del océano, ciudades donde hay oro..., ¡mucho oro!
Luego Leví clavaba la mirada escrutadora en la lejanía y señalando con el brazo exclamaba:
—Del lado de acá de los mares sólo hay miseria, tedio, tristezas... Más allá, oro..., oro...
Entre tanto la noche caía sobre el desierto...
—Madre mía, en países lejanos, más allá del desierto, más allá del mar, todos los hombres son felices; ¿sabes por qué? ¡Porque tienen mucho oro ! Madre, ¿por qué nosotros no tenemos oro?
—Sobre nuestra raza pesa una maldición... La maldición es de Dios.
—Madre, esta vida del desierto me causa tedio...
—¿Ya no quieres a tu madre? ¿Te cansa tu hermanita?...
—Oh, no... Tú sabes cuánto te amo y cuánto quiero a Thamar. Pero me aflige el pensamiento de que los días de tu vejez se han de extinguir en la pobreza y de que mi hermanita ha de pasar las horas de su juventud llorando sobré las ruinas de nuestro hogar...
Recorrer el mundo. Buscar oro. Traer oro. El nos ha de hacer felices.
—Un día Rubén, tu hermano mayor, me dijo lo mismo; lo vi alejarse por el desierto... Esto hace ya muchos años... Aun no ha vuelto con el oro que redime... Mis ojos se han cansado de interrogar al horizonte y de llorar; si tú te vas el llanto quemará mis pupilas; ¿ para qué quiero entonces tus monedas rutilantes?...

Un día Leví sintió sonar con más fuerza en su corazón la ráfaga ancestral. Tomó un bordón, besó a su madre y a su hermana y se echó a andar. Había escuchado algo como un coro lejano de voces de cristal... Algo como un repique de distantes campanas de oro...
Leví había andado mucho..., sentía cansancio en el cuerpo y tedio en el alma... Sus pies se habían fatigado sobre los caminos interminables y sus pupilas sobre los horizontes sin límites...
Y es que el corazón al fin se cansa. El desaliento vagaba por sus venas como un veneno recogido en las horas eternas de su vida trashumante.
Había visto oro, mucho oro. ¡Pero le había visto tan lejos! Lo miró fulgurar sobre las sienes de los reyes... 1L0 oyó cantar en las arcas selladas de los poderosos... Lo había visto arder, como un incendio fantástico, en las cavernas impenetrables de los avaros. Lo contempló como tejido de hebras de sol.
¿Verdad que estaba muy lejos?...
Era de noche... Leví empezó a andar por una callejuela estrecha, oscura y larga. El rumor de la inmensa ciudad se apagaba en la distancia y no alcanzaba a llegar hasta el suburbio lejano.
De pronto, al pasar frente a una encrucijada, sintió que el corazón le daba un vuelco. Había oído algo que él mismo no alcanzaba a comprender; algo como un coro lejano de voces de cristal que lo llamaban..., un repique distante de campanas de oro.
Se acercó despacio hasta el lugar de donde salía aquel ruido: una casucha miserable de puerta baja y mugrienta. Miró hacia dentro por la cerradura y rápidamente retiró el rostro; se pasó la mano por los ojos: ¿soñaba? Allí, ante una mesa, ardía un montón de monedas de oro... Eran muchas..., muchas. De espaldas a la puerta un hombre alto y delgado contaba las monedas y las iba guardando en bolso de cuero. Cuando hubo terminado tomó una tarjeta amarillenta, escribió algo en ella y lo guardó en la misma bolsa; ocultó el tesoro bajo el vestido y se dirigió a la puerta. Leví dio un paso atrás y se agazapó junto a la pared. El hombre salió y empezó a andar. Leví lo siguió de lejos.
Una puñalada certera. Un gemido ahogado... Un golpe seco al caer el cadáver sobre las piedras de la callejuela... Eso fue todo. Leví huyó; como una afilada cuchilla de acero, la quilla morena del barco rasgaba las aguas oscuras del mar. El rumor del océano se elevaba hacia las estrellas como una extraña plegaria, como un canto salvaje.
Y sucedió que aquella noche el judío no resistió a la tentación de contemplar su tesoro: se encerró en el camarote y vació el oro sobre el lecho. ¡Contó..., contó muchas monedas..., oro, oro! De pronto sus ojos se detuvieron sobre una tarjeta amarilla. Leyó: «Para Sara, mi madre adorada...; para Thamar, mi hermana querida... ¡para Leví, mi hermano inolvidable. Rubén.»
Leví lanzó un grito y hundió el rostro en aquel montón de oro frío como serpiente.
Tambaleándose llegó el judío hasta el puente. Con las manos crispadas estrujaba la bolsa que le quemaba como si estuviera repleta de ascuas. La miró con ojos extraviados. Con odio, con furor, le gritó:
—¡Oro maldito!—. Y lo tiró al mar.
Con la mirada fija en las olas inquietas Leví temblaba. Hasta sus oídos llegaba el rumor lejano de un coro de voces de cristal que lo llamaban, un repique distante de campanas de oro...
Se hizo un círculo de espumas sobre el lugar por donde se hundió el cuerpo del judío entre las aguas amargas.
Como una afilada cuchilla de acero, la quilla morena del barco rasgaba las ondas oscuras del mar. El rumor del océano se elevaba hacia las estrellas como una plegaria extraña, como un canto salvaje...—


