Una nueva Beata de espíritu franciscano

Tras el más breve proceso de beatificación que conoce la historia de la Sagrada Congregación de Ritos, superando incluso al de Santa María Goretti, el 27 del pasado mes de abril fue solemnemente elevada a los altares la española M. Teresa de Jesús, Jornet Ibars (1843-97), fundadora de la benemérita Congregación de Hermanitas de los Ancianos Desamparados, cuyos gloriosos despojos mortales se guardan aquí en Valencia, donde, además, radica la Curia Generalicia, o Casa Madre, de la indicada Congregación, puesta bajo la égida de nuestra idolatrada Patrona la Santísima Virgen de los Desamparados.

aA pesar de que con lo dicho anteriormente, y por el hecho de estar muy extendida en toda la demarcación de esta Provincia Franciscana de Valencia-Aragón esta Congregación Religiosa (que nació, además, dentro de nuestra misma demarcación, es decir, en la ciudad episcopal de Barbastro), está justificado por cuádruple título el que se honre La Acción Antoniana ocupándose de la nueva Beata; hay un quinto motivo, para nosotros el principal, que nos ha movido a dedicarle este espacio, y es su vinculación con la Orden y el espíritu de N. S. P. San Francisco.

En efecto, dentro del decenio 1862-72 vistió el Santo Hábito franciscano de pobreza y penitencia con las Religiosas Clarisas, haciendo el noviciado y siendo encargada de la enseñanza de niñas como maestra que era; pero no llegó a tener el suspirado consuelo de emitir su profesión religiosa como hija de Santa Clara, parte por impedírselo la contumelia de aquellos tiempos tristes para la Iglesia española, víctima del sectarismo y la revolución de aquellos días sombríos, y parte por motivos de enfermedad, pues le salió un carbunclo virulento en la cara cuya cicatriz llevó toda su vida. Pero tan empapada y enamorada debió quedar de la virtud de la Dama Pobreza y del espíritu de San Francisco, el Pobrecillo, que se sintió con bríos para enarbolar bandera de redención en favor de la clase más pobre y más necesitada de la sociedad, los ancianitos desamparados.

«Tenemos en nuestras manos la parte escogida del Señor, que son los pobres», escribía en cierta ocasión la nueva Beata a sus benditas Hijas. La extrema pobreza en que siempre ha vivido la Congregación, totalmente entregada a su humanitaria y caritativa tarea, era para la fundadora, sobre todo, motivo de perfecta alegría: «No olviden —decía también a sus Hijas— que Jesús vino no en palacios ni entre riquezas, sino al lugar más humilde y pobre. ¿Quién no se animará a sufrir la pobreza?»
Fue siempre un alma seráfica que supo imprimir en todas sus Hijas un sello inconfundible de humildad, de sencillez, de candor, de mansedumbre, de paz, de exquisita caridad, de delicadeza, de recogimiento y de unión con Dios, que son el aroma celestial de toda su vida y de su Congregación, que cuenta en la actualidad con 205 Casas-Asilos y 2.671 Hermanitas repartidas por España, Portugal, Cuba, Méjico, Argentina, Bolivia, Colombia, Chile, Ecuador, Perú, Puerto Rico, Venezuela, Brasil, República Dominicana e Italia; y son cerca de 20.000 los ancianitos (exdesamparados, porque el cobijarse al cuidado de las Hermanitas dejaron de ser desamparados) que forman el Haber de la Congregación, a los que las abnegadas Hermanitas atienden con maternal y angelical solicitud, practicando diariamente con ellos las Catorce Obras de Misericordia, espirituales y corporales.

Enviamos desde aquí nuestro más cumplido parabién a las beneméritas Hermanitas de los Ancianos Desamparados y al unirnos al santo júbilo que las embarga hoy viendo ya en los altares a su Santa Madre, con todo el fervor de nuestro corazón clamamos: ¡Beata Madre Teresa de Jesús, Jornet Ibars, ruega por nosotros!

Fr. Camilo Jordá, ofm

Foto: Monumento a Santa Teresa Jornet en Valencia. Wikipedia.

Rotundos «no»

Al cantar misa don Apolinar consiguió un permiso para matricularse en la Universidad Pontificia de la archidiócesis a cuya provincia eclesiástica pertenecía el Obispado en que estudió y se ordenó sacerdote. Durante el tiempo de sus estudios universitarios vivió sucesivamente en cuatro casas de huéspedes, teniéndose que adaptar a ambientes extraños que, aunque le hacían hambrear el puramente sacerdotal, le iban formando en el trato de gentes dispares, haciéndole facilitado a la comunicación con toda clase de personas; se puso en contacto con los principales centros culturales de la capital de influencia religiosa con deseos de aprender lo nuevo.

Consiguió buena amistad con ciertos intelectuales y sacerdotes de mayor altura, con quienes intercambiaba conocimientos más bien en provecho propio por ser todavía de menor edad en años, en estudios y en experiencia. Se le veía siempre puntual a las clases y asiduo visitador, en los inter, de las bibliotecas públicas. No se perdía tampoco conferencia científica que se diera sobre materia de conveniente conocimiento. En ellas se mostraba absorto como interesado en la escucha. Así acrecentaba su acerbo científico y perfeccionaba su criterio. En plena juventud alimentaba deseos más bien de sacerdote maduro. Afán de apostolado era todo el suyo. Por él se activaba en aquellas direcciones abierta el alma a la vida y al mundo de aquellos tiempos.

Sus únicos problemas de entonces los creaban las condiciones de hospedaje. Por señalados inconvenientes que decían con la dignidad personal o sacerdotal hubo de cambiar varias veces de residencia: la primera la tuvo que dejar por incompatibilidad de su distribución con la de un compañero con quien tenía que compartir la habitación única a disposición de los dos; la segunda, por la misteriosa situación de la dueña; la tercera, por la osada desenvoltura del servicio con elementos extraños; la cuarta, por haber terminado sus estudios. Esta fue la más agradable por tener que convivir en ella con estudiantes de todas las facultades civiles y con profesores. Doce era el número de huéspedes, con edad, condición e ingenio semejantes a los que describe Pérez Lujín en La Casa de la Troya.

En aquel medio vino don Apolinar a conocer en la intimidad la vida real del estudiante civil y los acontecimientos apasionantes del día por transportados a la tertulia de sobremesa por aquellos jóvenes briosos, ilusionados y audaces, de fino juicio crítico, voceadores de todos los temas capaces de agitar los ánimos masivos y de poner en brete aun a los más pacíficos ciudadanos. Por entonces había interna revolución estudiantil. Aquellos estudiantes disputaban acaloradamente entre sí empeñados en mirar las cosas cada uno con su cristal e imponer el propio criterio.

De allí regresó a la propia diócesis don Apolinar en posesión del título de Doctor en Teología para apoyar con mayor prestigio y competencia su apostolado futuro. Le recibió su Obispo con gran satisfacción y le nombró Ecónomo de una parroquia de término, de casas desperdigadas por el cauce de un río y por las abruptas montañas de su cuenca. En conjunto la componían cinco núcleos de población distantes cuatro de ellos del principal como media hora o tres cuartos de hora unos con otros. La acción pastoral de don Apolinar se repartía periódicamente en todas las direcciones con plan racional, siempre vigilante porque nadie se perdiera por su culpa.

En días de Carnaval, cuando éste se celebraba con toda virulencia pagana, pudo celebrar una misión popular ejemplar con el apoyo que desde Madrid le prestó la marquesa de Águila Real, durante la cual andaba tan recogida la población que se dejaba oír hasta el vuelo de una mosca.

Al frente del Municipio había un Alcalde, pequeñín en todos los sentidos, propietario de una hacienda considerable, pero poco productiva debido a que le gustaba poco arrimar el hombro al trabajo, y vivía ilusionado por hallar solución para el problema económico familiar en sus actividades políticas. Trató de ayudarse para éstas de la influencia pastoral de don Apolinar; pero fracasó porque el cura siempre se mostró Padre espiritual de todo el vecindario sin ninguna distinción, y aún se ufanaba de estorbar la espalda del enemigo mayor de dicho sujeto cuantas veces se cruzaba con él en presencia del excepcional alcaldico.

Don Apolinar fue tachado de imprudente por el pretencioso hombrecillo, y a eso respondía:

—Yo soy de todos como buen Padre de almas.

—¡Es que me hace usted hacer unos papeles...! —, insistía el Alcalde.

—De estar usted conmigo habrá de acostumbrarse a estos métodos verdaderamente apostólicos por católicos—, insistía don Apolinar.

El cura ciertamente repartía por igual sus atenciones al Alcalde y a sus enemigos políticos de éste. A los últimos les convencía ser justificados ciertos honores que al primero ofrecía por razón de su dignidad de representación, porque de vez en cuando, no obstante, sentaba al Alcalde a su mesa sin género alguno de respeto humano. El cura iba siempre a la suya sin ninguna preocupación.

Manso, confiado y humilde se presentó un día don Apolinar en casa de Ulpiano (este era el nombre de aquella primera autoridad municipal) demandando prestaciones concejiles para las obras de reparación del templo parroquial. Ulpiano, lleno de coraje y con insólito acento enfadoso, le dijo a boca de jarro.

—¿Prestaciones concejiles pide usted? Que se las preste el gato.

—¡Venga, Ulpiano!... Son para la casa de Dios y no para mí.

—Pero es que usted nunca ha querido venir a las Raspas conmigo, ni ha querido ayudarme en la política.

—Y a mucho honor, Ulpiano —siguió don Apolinar—. Si mil años estuviera en esta parroquia otras tantas veces me negaría a sus pretensiones, tan ajenas a mi dignidad y a mi sagrada misión. Siempre de mí oirá para esas cosas mis rotundos NO.

Las Raspas eran comilonas al aire libre, generalmente en el cauce del río. Siempre daban ocasión de jugar alguna broma pesada que pagaba el asistente más serio. A don Apolinar le dieron el soplo de que en una de ellas el gravísimo don Ubaldo tuvo que emprender la fuga a través de una huerta recién regada huyendo de la procaz reunión para hundirse hasta el vientre por la fuerza de sus ciento y pico de kilos de peso; que a don Florencio fue demandado el Viático y la Extremaunción para una supuesta enferma moribunda estando bañándose y escondidos al efecto sus vestidos.

Ulpiano insistió tanto con razones para apoyar su negativa, que repetía para acabar la costumbre tradicional piadosa con que el pueblo ayudaba en lo material a la parroquia, que don Apolinar se vio obligado a suspender el diálogo con una terrible afirmación:

—Si se empeña usted en seguir así, Dios aún ha de hacer que le rompan dos costillas sin arte ni parte mía.

La profecía desgraciadamente se cumplió con un pequeño error, porque después de varios meses de ausencia de don Apolinar éste se enteró de que los mozos del pueblo una noche apalearon a Ulpiano rompiéndole tres costillas en vez de dos. El infeliz hombrecillo, varios años más tarde, en momentos críticos, fue hallado muerto colgado por el cuello de las ramas de un corpulento olivo. Se afligió pesarosamente el cura por la falta de valor del autoritario hombrecillo, que en vano pretendió alimentar su egoísmo tratando de ayudarse de la influencia pastoral del que siempre aspiró a ser en lo posible según la medida del corazón de Dios.

Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva (Valencia)

Lourdes. De la última guerra

Lourdes estaba pletórica de excombatientes que iban a cumplir su promesa de dar gracias a la Virgen. Los había de todas las nacionalidades y edades.

Un mocetón alemán que se dirigió al santuario se vio detenido por un oficial francés.

—Usted... usted colocó unas flores delante de una hornacina con la imagen de la Virgen que había en un muro semiderruido hace uno o dos años. No me acuerdo exactamente.

El muchacho alemán abrió los ojos desmesuradamente.

—Sí... fui yo, pero imposible que usted lo sepa. Yo estaba solo.

Por única contestación el oficial francés invitó al muchacho al café más cercano. Sentados ya, el oficial prosiguió:

—Empiece usted: ¿por qué estaba allí ?

—Me enviaron por agua, llené las cantimploras en el pilón de la fuente y entonces vi a la Virgen. Los días anteriores habían sido horribles, casi sin tiempo para rezar. Aproveché el momento, me hinqué a rezar, después corté unas flores y adorné la hornacina. Volví con mi pelotón. Durante todo la guerra recordé aquellos minutos de tranquilidad.

—Cerca de la fuente..., ¿se acuerda usted?, había unos cuantos árboles y un matorral, allí estaba yo y unos soldados franceses que también habíamos ido por agua. Usted no notó nuestra llegada. Algunos de mis muchachos le apuntaron con sus fusiles. El asunto habría sido rápido. Pero le vimos hincarse... y ordené que bajaran las armas. Lo dejamos ir. Después también nosotros rezamos a la Virgen.

El muchacho alemán silenciosamente le tendió la mano al oficial francés.

—Lo que usted no sabe —prosiguió el oficial francés— es que también nuestra oración nos salvó. En ese momento que empleamos en ella cayó en el lugar que ocupaba el resto de nuestra compañía un obús.

—Nos salvó a todos los Virgen—, murmuró el muchacho alemán.

Al día siguiente en la Basílica de Lourdes comulgaron, uno al lado del otro, el soldado alemán y el oficial francés.

Jesús y Herodes Antipas

Cuando reinaba Herodes Ascalonita (llamado Grande por la historia) en Judea nació el Salvador en Belén. Y he aquí que llegaron unos magos a Jerusalén; procedentes de Oriente, formularon la siguiente pregunta: «¿Dónde está el nacido Rey de los judíos?» (Mt 2, 2). Como podemos sospechar, el interrogante no le hizo la menor gracia al monarca; antes al contrario, «se turbó» (2, 3). Ya sabemos que el rey judío encaminó a los magos a Belén, pero ellos no volvieron a darle nuevas del recién nacido, sino que rindieron homenaje y adoración a Jesús y regresaron a sus lugares de procedencia. De cuánto se indignó Herodes al verse burlado (sus intenciones eran matar al divino Niño) nos da idea el texto evangélico: «Se irritó sobre manera y mandó matar a todos los niños que había en Belén y en toda su comarca de dos años abajo...» (2, 16). Hubo matanza de inocentes que volaron al seno de Abrahán, y Jesús se salvó. No había conseguido su propósito, sino que había llenado su alma de iniquidad.

Hemos presentado una faceta de Herodes padre. Sus hijos también gustaron las amargas dulzuras del mando político. Arquelao fue tetrarca de Judea; Filipo, de Iturea, y Herodes Antipas (o Antipater) lo fue de Galilea. Arquelao se vio desposeído de su tetrarquía por el emperador Augusto —a quien le susurraron informaciones siniestras—, que puso al frente de Judea presidentes o gobernadores; uno de éstos, el sexto, sería Poncio Pilato. Arquelao fue, además, desterrado a Viena, en el Delfinado, en el año 6 de nuestra era. Se sabe que era tirano y cruel y que le odiaban.

Herodes Filipo estuvo casado con Herodías; de este matrimonio nació Salomé. No podemos precisar quién fue más mala, si la madre o la hija. Herodías era sobrina de su marido; luego se unió con su cuñado Antipas, como veremos.

Herodes Antipas estaba casado con una hija del rey de Arabia, pero repudió a su esposa y tomó por mujer a su cuñada —y a la vez sobrina— Herodías. Estaban amancebados públicamente, con escándalo del pueblo. Y se oyó la voz del que clamaba en el desierto, de Juan el Bautista, que les reprendía la ilicitud de aquella unión adúltera. Herodes le puso en la cárcel, y luego, por instigación de aquellas dos mujeres ruines, le cortó la cabeza. Jesús le acusó públicamente de raposo en una ocasión; y Herodes tenía noticia de los milagros del Mesías. Forzosamente se enteraría de la curación del hijo de aquel régulo que salió al encuentro de Jesús en Caná, angustiado, diciéndole: «Ven, Señor, antes que muera mi hijo» (Jn 4, 49). Jesús sanó al enfermo a distancia, y por ser dicho régulo señor de la corte le contaría a Herodes el buen suceso. Mas el corazón de éste no daba crédito a lo que las gentes proclamaban a los cuatro vientos. No, Herodes estaba ofuscado, estaba esclavizado por el pecado y no veía claro; no sabía quién era Cristo. Sabía, sí, que al Bautista le había cortado la cabeza y que éste no había resucitado; dudaba si el Mesías era algún profeta antiguo vuelto a la vida, o Elías, o... ¡Qué sabía Herodes de otra cosa que no fuera iniquidad o concupiscencia! Pero, eso sí, quería verle. «Y buscaba cómo verle» (Lc 9, 9). Mas Él no le dio ese gusto; su tiempo era demasiado precioso para satisfacer curiosidades de reyezuelo aburrido. Ya se verían en otra ocasión, cuando Jesús diera licencia.

Jesús ante Herodes

Cristo ante Herodes. Tabla del retablo mayor del monasterio de Sijena (1519). Wikipedia

El divino Redentor hubo de pasar en su dolorosa pasión por el amargo trance de comparecer ante el asesino de aquel que ya en las entrañas de su madre se estremeció de santo júbilo al tener cerca de sí al Verbo encarnado en el seno limpísimo de María. Quería apurar las amarguras del cáliz que el Padre le presentaba, y no rehusó ésta. Si tomamos el Evangelio veremos que Jesús y Pilato dialogan. El romano tiene destellos de juez justo; no ve culpa en aquel divino reo y quiere soltarlo. Pero los judíos trataban, de matarle porque su palabra no tenía cabida en ellos, de corazón duro e hijo del diablo. Y Poncio todo es averiguar y querer sacarse de encima el feo negocio; pero no puede: es débil. Se perdió porque se atemorizó y prefirió conservar el favor del César a ser juez servidor de la justicia. Fue cobarde, pero esta cobardía fue al final, cuando le azotó despiadadamente y le entregó; antes no, pues tuvo valor para decir: «Yo no hallo delito alguno en este hombre» (Lc 23, 4). Y el Salvador, apreciando su noble intento, le iba respondiendo; y debemos añadir que le dijo más de lo suficiente para convertirle, pero él ni siquiera esperó la contestación a qué cosa es la verdad.

Herodes es cosa muy distinta. Vanas curiosidades y ganas de distraerse. Tomó a Cristo por un bufón que le divertiría a él y a su minúscula corte a trueque de la libertad. Y se equivocó totalmente. «Le hizo, pues, muchas preguntas», dice el Evangelio. Pero Jesús, sabiamente, «no le respondió palabra». No debe importarnos qué le preguntó, pues desde el momento que el Señor no se dignó contestarle es que cada pregunta sería una estupidez.

Mientras aquel vaso de maldad y de adulterio quería que Jesús hablara o hiciera milagros, él estaría escrutando las negruras de su alma corrompida. Ni ante su silencio divino ni ante su mirada humilde y recogida tuvo valor para convertirse. Resistió a la gracia y fue diabólicamente contumaz. Y para coronar su obra vistió al Señor con un ropaje blanco en son de burla. Y se congració con Pilato, pues hasta entonces habían estado enemistados. El infierno anudó una amistad infame entre dos hombres execrables. ¡Que el cielo no haya confirmado para toda una eternidad los buenos oficios de Satanás!

Mariano Vila-Cervantes