Alfonso Iniesta Corredor

Galardonado con el Premio Lazarillo de literatura infantil

«Escribí mis Florecillas sin pensar en el Premio Lazarillo; sólo por interpretar el espíritu franciscano»

Hasta ahora don Alfonso Iniesta Corredor era un hombre de cincuenta y ocho años dedicado desde los quince a la enseñanza: maestro en Bañeres y en Madrid, incorporado a la Junta Técnica Nacional, Presidente de la Junta Técnica de Maestros, Inspector central de Enseñanza Primaria, Consejero nacional de Educación, encomiendas del Mérito civil y de Alfonso X el Sabio, medalla de plata del trabajo y... veinte títulos publicitarios además, entre otras cosas...

Desde ahora el señor Iniesta Corredor es también el autor galardonado con el Premio Lazarillo de literatura infantil...

Voltaire
Portada del libro premiado

—Total, dinero: ¿cuánto?

—25.000 pesetas.

—El libro de las Florecillas para los niños, ¿vale eso, más o menos?

—No sé. Sé que está escrito empleando unas vacaciones, porque creí que las Florecillas debían ponerse al alcance del chico español. Del muchacho de nueve a quince años de edad.

—Confiese: ¿lo escribió usted «pensando» en el premio?

—No. Ocurrió que cuando recibí los primeros ejemplares de la imprenta salió la convocatoria. Y de modo imprevisto hasta entonces, lo envié al jurado.

—¿De qué se arrepiente ahora?

—De nada. Sólo sentiría que no llegara a los chicos por su contenido dedicado a ellos y que fuera éste desaprovechado.

—La verdad: ¿quién puso lo mejor en el libro premiado, usted o San Francisco de Asís?

—Naturalmente, San Francisco. Puso el espíritu de caridad cristiana y la práctica de las virtudes humanas: la cordialidad, la cortesía, el afecto, todo lo que «tenía» San Francisco de Asís como «caballero de Cristo».

—Más verdad: ¿qué es lo peor de su obra premiada?

—Mi temor de no haber logrado recoger la intención total del santo.

—Florecillas, un libro antiguo, ¿«vale» para el hombre moderno?

—Son siempre actuales y, lógicamente, también «para» el hombre de ahora. En mi versión, son el libro que aspira a llegar a la lectura en las escuelas, donde hay poco que leer, donde existen pocos libros de lectura.

—Lo más original suyo que hay en la obra, ¿qué es?

—He situado cada «florecilla»; mejor aún: en cada «florecilla» he situado el libro con un comentario mío.

—Autor para niños: ¿por qué para los niños se escribe tan poco en España?

—Sin embargo, se escribe más en literatura para niños que en cine o teatro. Existe en firme la preocupación por este otro capítulo literario, y la literatura está más avanzada en este aspecto que el teatro o el cine. Se palpa ya una rotunda preocupación por los aspectos formativos del niño.

—¿Qué falta, pues?

—Ejecuciones para lograr esa trayectoria que se apunta. Una trayectoria que no sea ni ñoña ni lírica en exceso.

—Todos los santos tienen octava. Los Reyes Magos tienen también su plazo de demora: pídales algo para la literatura infantil.

—Pido... imitadores en la interpretación —o el intento— del espíritu franciscano. Un espíritu que nos impregne a todos los católicos españoles...

(De Ya. 20 de enero de 1959.)

Recuerdos de don Juan García Navarro
en el centenario de la Felicitación Sabatina

El día 5 de marzo de 1959 cumple cien años de existencia la piadosa devoción mariana denominada Felicitación Sabatina, conocida y practicada por todo el orbe católico en honor a la Inmaculada Concepción.

La mayoría de los católicos, aún los mismos que !a practican, desconocen quién fue el autor, fundador y propagador de esta simpática devoción y por qué motivo fue fundada. Esta razón me impulsa a escribir, con motivo de dicho centenario, las siguientes líneas con el fin de dar a conocer a los lectores de La Acción Antoniana a don Juan García Navarro, autor de la citada devoción mariana.

Fue don Juan García Navarro, presbítero y posteriormente cartujo, un ejemplar religioso nacido en la villa de Biar (Alicante) el 8 de febrero de 1820. Hizo sus primeros estudios en el convento de Padres Capuchinos de dicha villa, demostrando desde su niñez afición a las cosas de la Iglesia y manifestando ya su devoción tierna y vehemente a la Santísima Virgen.

Por las especiales disposiciones que tenía el niño Juan a la música, y dado que en su pueblo no podía adquirir los conocimientos necesarios para dominar este arte, decidieron sus padres que para ampliar estudios se trasladase a Játiva, donde adelantó notablemente. Y posteriormente estuvo en Madrid, adquiriendo justa reputación entre los inteligentes.

Una grave enfermedad le hizo regresar a su pueblo, y ésta dio ocasión a que prendiese en su alma la llama de la devoción eclesiástica. Así, se trasladó a Valencia, ingresando en el Seminario Conciliar de dicha ciudad, cursando Sagrada Teología, siendo ordenado de presbítero el 28 de marzo de 1852. Los superiores, teniendo en cuenta las dotes que adornaban el alma del nuevo sacerdote, le nombraron Prefecto de Disciplina y profesor de cantó litúrgico.

Por aquel entonces Pío IX, el Pontífice de la Inmaculada, publicó la Bula Inefabilis Deus, definiendo como dogma de fe la piadosa y universal creencia entre los fieles de haber sido la Santísima Virgen, por singular privilegio, preservada desde el primer instante de su ser de la culpa original. El entusiasmo que esto produjo en toda la cristiandad, y de un modo especial en la católica Valencia, no podía menos de manifestarse en el Seminario consagrado a la Inmaculada, y nuestro don Juan, alma verdaderamente enamorada de la Virgen, deseaba hacer público su fervor, quería felicitar siempre a la Purísima Virgen, quería llenar el mundo de las 'misericordias de María.

Esta celestial Señora, que se complacía en sus fervorosos deseos, le inspiró la idea y traza de este monumento espiritual que ha de perpetuar la memoria del 8 de diciembre de 1854, llamado la Felicitación Sabatina.

Concebida esta idea y propuesta al M. I. Sr. Rector y demás señores sacerdotes del expresado Seminario, fue al instante aceptada con el mayor gusto por ellos como por todos los seminaristas. Y elevada a la aprobación del Excmo e limo. Prelado de la diócesis, la otorgó al instante, concediendo además indulgencias a los que practicaren tan piadosa devoción; inaugurándose la Felicitación en la capilla del mismo Seminario el día 5 de marzo de 1859.

La estableció en la Real Parroquia de los Santos Juanes, de donde era beneficiado organista, pública y canónicamente como piadosa Asociación; comunicó a todos los Obispos de España esta nueva fundación, recibiendo de los excelentísimos y reverendísimos Prelados bendiciones y alabanzas. El mismo Papa Pío IX, que había ya aprobado esta Asociación, la confirmó de nuevo al ser visitado por su fundador en julio de 1863; y finalmente puso el sello a todas las demostraciones de amor y ternura elevándola a la categoría de Primaria, debiendo de agregarse a ella todas las de los dominios de España. Así consta en el Breve Pias Christi Fidelium Societatis del 14 de agosto del citado año.

Por otra parte, el muy notable artista don Juan García no cesaba de escribir nuevas composiciones musicales en honor de la que era el encanto de su corazón, y particularmente sobre su tema favorito, la Felicitación Sabatina, no se daba nunca por satisfecho, sino que multiplicaba las entusiásticas y deliciosas composiciones. En la Aureola musical de la Inmaculada están impresos estos cánticos corales melódico armoniosos.

Con el fin de propagar esta devoción partió para Francia, atraído por las apariciones de la Inmaculada en Lourdes, y residió en el Palacio Episcopal de Tarbes. Recorrió casi todas las naciones europeas, logrando que la Felicitación Sabatina se practicase no sólo en esta parte del mundo, sino que, saltando fronteras, se conociese en Asia, África y América, especialmente la latina.

Viendo que Dios había bendecido su obra y temiendo que las alabanzas y distinciones que por ella recibía fuese causa de aminorar la gloria que quería íntegra para la Señora, decidió retirarse por completo del mundo, para lo cual pidió ingresar en la Orden de San Bruno, vistiendo el hábito en la cartuja de Valbonais (Francia) el día 5 de noviembre de 1871, tomando el nombre de Rdo. Emanuel María; hizo su primera profesión de votos simples el día 8 de diciembre de 1872 y la de votos solemnes el día 8 de diciembre de 1876, siendo de notar que habiendo terminado su noviciado pidió prórroga hasta el día de la Purísima, a fin de consagrarse todo a Dios en dicho día.

Ejerció en la Orden el cargo de Maestro de canto llano. Fue amante de la soledad y devoto singular de la Concepción Inmaculada de la Santísima Virgen. Jamás aprendió la lengua francesa, y preguntado en cierta ocasión por qué no la estudiaba y con ello podría ser más útil a la Orden, contestó que él no era capaz de desempeñar cargo alguno y que bastante haría con aprender a obedecer. Por sus achaques se les dispensó del paseo semanal y de los recreos que la Regla concede, pero si con el previo permiso del Padre Prior alguno quería consultarle o tratar con él algún asunto, le recibía con suma afabilidad, rezando los dos de rodillas, antes de comenzar a hablar, el Avemaria, terminando siempre con el «Recibid mil parabienes, oh Purísima María; mostrad que sois nuestra Madre».

Su celda, como la de todo cartujo, era pobre, pero adornada con inscripciones y textos del Apocalipsis referentes a la Concepción Inmaculada y la Bula de la definición del Dogma de la Inmaculada por Pío IX.
Los últimos años de su vida estuvo enfermo, pero celebró hasta dos años antes de su muerte el Santo Sacrificio, diciendo siempre la misa de la Inmaculada.

Cuando por el Decreto de expulsión salieron los religiosos de Valbonais, el P. Emanuel por su estado achacoso fue llevado al hospital de Pont-Saint-Esprit, quedándose a su cuidado el H. Damián, su enfermero religioso, que vivía en la cartuja de Aula Dei en Zaragoza en el año 1927, quien proporcionó los detalles edificantes de su última enfermedad. Murió sin agonía, tranquilamente, silenciosamente, sencillamente, el día 26 de agosto de 1903. Una muerte de cartujo. Fue enterrado en el cementerio de la cartuja de Valbonais, en una caja de roble, a donde se trasladaron los restos por el H. Damián y otros amigos de los Padres, entre ellos el piadoso Joseph Boyet, asistiendo al entierro el señor cura de Saint Paúl (parroquia de dicha cartuja).

En el año 1927, por acuerdo de la Junta Directiva de la Cofradía de la Felicitación Sabatina de Biar y el sentir unánime del pueblo en general, y transcurrido el tiempo reglamentario, fueron trasladados los restos mortales de don Juan García a su pueblo natal, cuyos gastos se cubrieron mediante suscripción popular. Una Comisión se hizo cargo de los restos y por barco fueron trasladados hasta el puerto de Alicante. Y por fin, el último sábado de octubre, como si la Virgen hubiera querido que el hecho ocurriera en su día, llegaron a Biar los restos del ilustre y santo sacerdote don Juan García, los cuales fueron amorosamente recibidos por todos los vecinos de este pueblo.

Estos restos se colocaron provisionalmente en el camarín de Nuestra Señora de Gracia, Patrona de Biar. Y durante los días 5 y 6 de noviembre se celebraron distintos actos de homenaje al fundador de la Felicitación Sabatina, para lo cual se trasladó desde Valencia el Sr. Arzobispo de la diócesis D. Prudencio Meló —de feliz memoria—, celebrando un solemne funeral con asistencia de Autoridades locales y provinciales y el pueblo en masa. Después de este solemne acto se procedió por el señor Arzobispo a la inhumación de los restos, levantándose la correspondiente acta. Y desde aquella fecha, 6 de noviembre de 1927, y al pie del altar de la Inmaculada reposan los restos mortales de este santo sacerdote biarense.

Es un orgullo para Biar ser la cuna del fundador de la Felicitación Sabatina. Por eso no dudo que en este año centenario honrará nuevamente a su hijo ilustre don Juan García Navarro.

Melecio Cerda

Gruta de Massabielle

La gruta de Massabielle, como estaba en tiempo de las apariciones

Decimosexta aparición

«¡Ha dicho su nombre!»

Era el 25 de marzo de 1858. En la madrugada una gran multitud se apretujaba junto a la gruta de Massabielle, convertida en altar. Hacia las cinco de la mañana Bernardita, impulsada por aquella voz suave que tantas veces había percibido en su conciencia, vuelve a la gruta acompañada de tía Lucila, y al llegar a sus inmediaciones distinguió una suave luz en el rosal de la entrada de la gruta.

«Estaba allí la Señora —cuenta la propia Bernardita—, apacible, sonriente, y miraba a la multitud como mira a sus hijos una madre cariñosa. Cuando me hube puesto de rodillas le pedí perdón por haber llegado tarde. Siempre tan buena para conmigo, me hizo un signo con la cabeza indicándome que no tenía necesidad de excusarme. Entonces yo le expresé la felicidad que sentía al poder volver a verla, y tomé el rosario...»

Comenzaba a despuntar la aurora. El óvalo de la luz descendió del rosal. Al mismo tiempo Bernardita se levantó. Sus padres y familiares le siguieron. En pie, muy cerca de la visión, la niña siente el deseo acuciante de preguntarle el nombre; sólo si se lo dijera los sacerdotes le construirían la capilla y acudirían en procesión...

—Señora, ¿quiere hacer el favor de decirme quién es usted?

Parece que la visión quiere hacerse rogar. Responde con el saludo y la sonrisa de otras veces. Bernardita insiste:

— ¡Oh, Señora! ¿Quiere hacer el favor de decirme quién es usted?

Nueva inclinación de cabeza y nueva sonrisa. «No sé por qué —dirá la pequeña Soubirous— me sentí más valiente. Volví a pedirle el favor de que me diese a conocer su nombre.»

La confianza de Bernardita y la repetida súplica parecen conmover la Señora, que separa las manos, las inclina como en la medalla milagrosa, vuelve a juntarlas ante el pecho, mira hacia el cielo y pronuncia su secreto: «Yo soy la Inmaculada Concepción». Al instante sonrió de nuevo y desapareció.


Florecillas del santo retiro de Chelva (V)

Iluminación sobrenatural

En el florido lecho de la gloriosa villa de Chelva se levantaron los muros de un nuevo cenobio franciscano que vino a ser uno de los primeros entre los que se erigieron de la Reforma Observante en España.
Allí, entre aquellos muros que para los cinco religiosos italianos fuera como el nido de sus arrullos místicos y de sus oasis sobrenaturales, la santidad franciscana fue tejiendo uno de los poemas más bellos y divinos que han recogido las historias y leyendas franciscanas españolas.

No sabemos cómo se llamaban cada uno de aquellos santos varones que un día, atraídos por los destellos del gran apóstol italiano San Bernardino de Sena, dejaron hogares y familias y emprendieron el vuelo, como alondras místicas, hacia los claustros seráficos. Solamente nos ha conservado la historia el nombre de quien hacía de Superior. Fr. Iluminado se llamaba. Y todo cuanto el nombre indica lo realizaron los hechos de este esclarecido fundador del convento de Chelva. La luz de la gracia y de la santidad fue iluminando a todos los moradores de esta villa afortunada, además de constantemente irradiar destellos de lumbres divinas en el santo cenobio seráfico, con sorprendente y profunda alegría de sus ejemplares súbditos.

Era la luz la que irradiaba el rostro seráfico y beatífico de Fr. Iluminado. Entre las sombras de la más absoluta pobreza y del más abnegado espíritu de sacrificio, la luz que imantaba el rostro de Fr. Iluminado infundía a los religiosos que le veneraban y obedecían como Superior alientos, coraje y bravura, para ser más austeros, en lo que un día prometieron y para pedir al Señor que les llevara. constantemente por sendas de pobreza absoluta, siguiendo así las huellas trazadas por el Seráfico Padre y que San Bernardino de Sena, con nuevos bríos seráficos, había restaurado en cuantos conventos fundara por doquier.

La luz que irradiaba el rostro beatífico de Fr. Iluminado no era más que el reflejo del fuego encendido que a todas horas latía y abrasaba su corazón enamorado. La llama viva y pura del amor más encendido anidaba constantemente en su corazón seráfico. Vivía Fr. Iluminado entre sus Hermanos religiosos, pero su morada la tenía en Dios, a quien ofrecía los anhelos de su inflamado espíritu y las ansias abrasadas de ser morador del cielo, mientras sus pies, totalmente desnudos, pisaban las espinas punzantes de este mundo caduco y engañador.

Más de una vez, a la hora de la refección, absortos todos los cinco religiosos en el amor divino, dejaron las pobres viandas sobre la fría mesa del refectorio, completamente ahítos de aquel sabroso y celestial alimento que Dios sabe ofrecer a los que le buscan de veras y se le rindan totalmente en su constante y fervoroso servicio.

Todo cuanto de sobrenatural y milagroso ocurría en aquella privilegiada mansión del cenobio franciscano era fruto sazonado del amor divino que prendió un día en el inflamado pecho de Fr. Iluminado y que, según el nombre que llevaba, tenía que iluminar constantemente a los que Dios le confiara en tierras españolas y en mansión de encantos y bellezas, como era la gloriosa villa de Chelva.

Los hechos portentosos que la leyenda nos relata de multiplicación de panes, de rosas convertidas en pan, de celestiales viandas llegadas del celeste empíreo, se repiten de continuo.

No podemos negar que los piadosos moradores de Chelva, desde el primer momento que vieron en su villa a tan santos religiosos, decidieron ayudarles económicamente en todo cuanto pudieran necesitar, y que desde los primeros instantes lo hicieron de un modo ostensible, manifestando una caridad sin límites y un celo verdaderamente encendido, demostrado con hechos palpables. Pero aquellos ejemplares varones, embebidos en las enseñanzas admirables de su Santo Fundador y, sobre todo, de su Restaurador austero, querían sentir al vivo los efectos de Dama Pobreza y no les permitieron a los vecinos de Chelva que les mandaran absolutamente nada de viandas ni alimentos, confiados solamente en que Dios, a quien amaban con amor sincero y hasta loco, no les dejaría jamás abandonados.

La confianza en la divina Providencia era extraordinariamente absoluta, y el afán de ser cada día más pobres y mortificados, según el espíritu de la Regla franciscana, se iba incrementando con hechos prodigiosos, que muchas veces traspasaban los límites de lo material, para remediar necesidades del convento en su penuria económica, y llegaba a cosas casi inauditas que ponían de relieve la santidad extraordinaria de aquellos religiosos ejemplares, pero sobre todo de su santo Superior, que muchas veces no podían quedar ocultas a los ojos de los moradores de Chelva, que frecuentemente acudían al convento para recibir enseñanzas y consejos en su vida agitada por incesantes trabajos.

Era siempre Fr. Iluminado, como Superior, el que atendía a los enfermos, que en peligro de muerte recibían los últimos sacramentos de sus manos benditas y angelicales.

Aquel día. en una humilde vivienda de modestos labradores, lloraban todos la muerte del padre de familia. Había salido, como de costumbre, a trabajar al campo con el par de yeguas que ^diariamente le ayudaban a realizar la ardua labor agrícola. Mediada la mañana, cuando se disponía a reforzar sus fuerzas con humildes y pobres viandas que le acababa de traer su hijo de quince años, una de las yeguas se encabritó y le dio al padre un par de coces, con tan mala fortuna, que le derribó completamente al suelo. El muchacho al ver aquella escena no pudo menos de lanzarse sobre su padre tendido en el suelo para ver si le podía remediar en algo, pero con amargura indecible notó que estaba completamente muerto. Pudo cuanto antes, con ayuda de varios que por allí pasaron, trasladar el cadáver de su padre a su propia casa.

El espectáculo de la esposa y de los restantes hijos —cinco— que entre lágrimas y profundos sollozos contemplaron el cadáver yerto, fue verdaderamente desolador. Cuando ya estaba en el féretro llegó Fr. Iluminado. No sabía que estaba muerto aquel padre que era el sostén de la humilde familia. Creyó que todavía estaba luchando entre la vida y la muerte y que la santa Unción, de la que venía provisto, le podría dar la salud tan precisa para continuar atendiendo a su humilde hogar. Sorprendido y estupefacto al contemplar el cadáver de aquel padre de familia que yacía en el féretro, no pudo menos de sentirse inspirado del cielo y con voz potente y taumatúrgica exclamó de este modo, imitando al Maestro que hizo cosa parecida en circunstancias similares: «A ti te lo digo; levántate y anda». Y aquel padre que yacía en el féretro, aprisionado por las garras de la muerte, se levantó completamente vivo ante la estupefacción y la alegría de los circunstantes.

Fr. Iluminado iluminó con sus palabras taumatúrgicas aquel cuadro de tinieblas y de muerte que aquel hogar estaba contemplando entre sollozos y lágrimas de amargura.

La luz que irradiaba el rostro de Fr. Iluminado no sólo alumbraba en las mansiones recoletas del convento, sino que llegaba hasta la misma villa de Chelva.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

A la que hace demasiadas cosas

Consejos de André Maurois. De la Academia Francesa

Eres una incansable, Nadina. No hay cosa que no puedas hacer y que no hagas. Es natural que todos te busquen cuando necesitan algo, porque eres activa e inteligente y sabes ser útil de diferentes maneras. Me asombra ver todo lo que tomas sobre tus espaldas; esto lo haces porque es tu trabajo habitual; aquello, porque es una labor extraordinaria que te pagan bien; lo de más allá, porque te lo pidió tu mejor amiga como un gran favor, y lo otro, porque te gusta.

No te das punto de reposo y no extraña que te sientas agotada. No hay cerebro ni nervios que puedan resistir semejante tensión.

Pero eres joven también y te atraen las diversiones. No vas a vivir como una ermitaña, siempre trabajando, siempre. Alguna vez tienes que ir al teatro, alguna vez tienes que bailar. Y como tienes muchas amistades, es frecuente que debas asistir al matrimonio de una o a la fiesta de aniversario, de compromiso o de cumpleaños de otra. ¡No se puede quedar mal con todo el mundo!

El resultado, Nadina, es que haces muchas cosas que sabes y puedes hacer bien si las haces con tiempo. Y que anhelarías tener diez cuerpos diferentes para poder cumplir con todas las obligaciones de tu vida. Tu sueño se ve reducido a la mínima expresión, y constantemente, mientras realizas tu trabajo, estás pensando en todos los que te aguardan todavía.

Envejecerás prematuramente y pronto serás una mujer de nervios desquiciados. Todo porque no sabes decir que ¡NO!

¡No! es una palabra muy breve y difícil de decir. Pero tienes que incorporarla a tu vocabulario: es el «sésamo» que abre, para las personas de tu temperamento, las puertas del bienestar y la tranquilidad.

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