Cristo en el mundo del trabajo
Retribución del trabajo
La Iglesia de Cristo ha manifestado siempre interés en que sean reconocidos —teórica y prácticamente— todos los derechos del trabajo y del trabajador. Entre estos derechos ocupa un lugar eminente el derecho a una justa retribución, que recibe el nombre de salario o estipendio, según se trate de trabajadores manuales o intelectuales.
El empresario está obligado por un deber de estricta justicia a retribuir al obrero con una paga adecuada, según el criterio que expondremos más adelante.
Esta obligación ha sido claramente afirmada aún en la Sagrada Escritura antes que en los documentos del magisterio eclesiástico.
Nuestro Señor Jesucristo ha declarado que «al trabajador se le debe su paga» (Lc 19, 7).
San Pablo escribe en la carta a los cristianos de Colosas: «Amos, tratad a los siervos según lo dictan la justicia y la equidad, sabiendo que también vosotros tenéis amo en el cielo» (Col 4, 1). Cuando se piensa que en aquellos tiempos los siervos eran casi todos esclavos, considerados y tratados como máquinas productoras, se comprende todo el valor social de esta exhortación del Apóstol de las gentes.
Contra los patrones o amos que explotan el trabajo de sus dependientes el Apóstol Santiago escribe estas palabras: «¡Ea, pues, oh ricos!, llorad, levantad el grito en vista de las desdichas que han de sobreveniros... Sabed que el jornal que no pagasteis a los trabajadores que segaron vuestras mieses, está clamando contra vosotros; y el clamor de ellos ha penetrado los oídos del Señor de los ejércitos» (V, 1-4).
El catecismo católico enseña aún hoy que el defraudar la paga de los operarios está entre los cuatro pecados que claman venganza en la presencia de Dios; porque son directamente contrarios al bien de la humanidad, por consiguiente merecedores —más que los otros pecados— del castigo de Dios.
Salario mínimo
El salario es una forma de retribución; pero no es la única ni mucho menos la mejor. Sin embargo, no es en sí misma ilegítima e injusta, como sostienen algunos. El Papa Pío XI escribe en la Encíclica Quadragessimo anno: «La afirmación de que el contrato de oferta y de prestación de trabajo sea por su propia naturaleza injusto, es una afirmación gratuita.»
El sistema del salario tiene muy grande aplicación en la época moderna, debido al avance
de las artes mecánicas y a la estabilidad de las grandes industrias. Efectivamente, en la antigüedad pagana casi todos los trabajadores eran esclavos y no recibían ninguna merced por su trabajo; mientras que en la era cristiana, hasta principios del siglo pasado, dominaba el sistema del artesanado, por el cual el trabajador u operario tenía o poseía generalmente su taller y su clientela, trabajando por su propia cuenta; así es que los asalariados entonces eran muy pocos.
El progreso de la industria creó las grandes fábricas y las maestranzas, o sea las masas de obreros que trabajan por cuenta de un empresario, del cual perciben un salario.
Este sistema de retribución —como se ha dicho— no es ilegítimo; pero en el régimen capitalista con frecuencia son ilegítimos el modo del contrato de trabajo y la tasa del salario. El patrón, de hecho, considera el trabajo del obrero como una mercancía de cambio á pagarse según la ley fluctuante del mercado, que es la ley de la oferta y la demanda. Porque —como hemos visto— una mercancía es más o menos bien pagada según es más o menos solicitada.
Mas el trabajo no es una mercancía; es un medio de vida, una actividad de la persona humana ; razón por la cual el precio del trabajo debe de justipreciarse con criterios, que no pueden ser solamente económicos y mercantiles. El trabajo tiene en sí mismo algo de sagrado, como la vida a que está destinado a sustentar.
Con todo, el liberalismo —que ha creado el sistema capitalista— deja el salario en manos de la suerte, lo abandona al juego de la libre contratación entre el patrón y el operario. Y la suerte, naturalmente, es casi siempre desfavorable al más débil de los contratantes: al trabajador, que se ve obligado con frecuencia a aceptar condiciones duras e irrazonables.
León XIII condena este estado de cosas, contrario a la justicia y a la caridad. Propugnando la organización del trabajo, como se ha visto en el capítulo precedente, mete al obrero, por decirlo así, de este lado del baluarte del contrato colectivo, que el sindicato estipula para todos sus agremiados.
El Pontífice escribe estas palabras precisas acerca de la tasa del salario: «El monto del salario no debe ser inferior al sustento del obrero frugal y morigerado. Si éste —constreñido por la necesidad o por el temor de empeorar— acepta pactos más duros, los cuales quiera o no quiera deben de ser aceptados por cuanto son impuestos por el propietario o por el empresario, sufre una violencia, contra la cual protesta la justicia.»
El Pontífice ha señalado con estas palabras el criterio acerca del salario justo y del salario mínimo. Para que el salario pueda decirse justo, no basta que haya sido fijado en un contrato entre el patrón y el operario; porque el operario puede verse obligado —por las condiciones del mercado o por otras circunstancias— a ceder su trabajo por un precio inferior a su rendimiento y a sus necesidades de la vida. El salario es justo solamente cuando está en proporción del rendimiento del trabajador y de sus exigencias vitales. Y es salario mínimo cuando, teniendo en cuenta todas las circunstancias, basta para el cóngruo sustento del obrero, que no tiene otros recursos para vivir fuera de sus brazos y de su trabajo.
Por otra parte, el derecho a la vida está en un plano superior. Razón por la cual cuando el salario desciende bajo este mínimo, debe decirse injusto ante la ley natural y, por consiguiente, ante la conciencia, aunque se obre según todas las formalidades de la ley civil, con acta notarial en toda regla. La ley natural es superior a la ley civil, y ésta debe estar siempre en armonía con aquélla.
(Continuará)
Familia y educación
Nueva sección.- Convencidos de la tremenda responsabilidad de los padres en la educación de sus hijos, La Acción Antoniana, Revista que aspira a ser el órgano de formación y orientación de la familia, crea una nueva sección en sus páginas dedicada a glosar, informar y asesorar a los padres en la educación de sus hijos.
Un prestigioso maestro dirigirá esta nueva sección mensual y brevemente irá dando en las páginas de nuestra Revista orientaciones y sugerencias que no dudamos serán leídas con gran interés por nuestros lectores.
Amablemente invitado por el Padre Director de La Acción Antoniana, aprovecho esta cátedra periódica de la Revista para dirigirme a los padres llamándoles la atención sobre lo que representa uno de los más importantes deberes del hombre y el primero del padre: la educación de los hijos. Como tal deber es inexcusable e inalienable y, al mismo tiempo, es un derecho primordial y anterior al de la Iglesia y del Estado.
Por desgracia los múltiples quehaceres, el ritmo agitado de vida y la falta de preparación en muchos casos, hacen que este derecho y este deber no sea ejercido por la inmensa mayoría de los padres, o todo lo más lo sea de un modo que, por lo general, sea ineficaz.
Los padres, por regla general, abandonan sus derechos y deberes educativos en manos del maestro sin preocuparse ya para nada más de la formación de sus hijos, sin tener en cuenta que las horas que el niño pasa fuera de la escuela, las propias vacaciones, si es interno, contribuyen grandemente a deshacer la labor formativa de la escuela. El cine y demás espectáculos, incluida la radio, lecturas, compañías, ambiente, costumbres, sirven de neutralizante cuanto menos, sino de destructor, de la influencia de la escuela.
En sucesivos artículos iremos llamando la atención a los padres sobre diversos problemas y aspectos de la labor educadora.
Felipe Perles Martí
Canonización de los beatos
Carlos de Sezze y Joaquina Vedruna
Dos estrellas más que lucen en el firmamento de la Iglesia, y dos nuevas perlas que se engarzan en la corona de España y de la Orden Seráfica.
Amaneció tibia y límpida la mañana del 12 de abril; parecía que el cielo quisiera también unirse a la grande solemnidad. De todas partes afluían los fieles, que premurosos se congregaban en la plaza de San Pedro. A las siete y media estaba ya repleta la grande Basílica.
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Fotos del día de la canonización de San Carlos de Sezze. Juan XXIII en la silla gestatoria. http://www.sancarlodasezze.it/
Dentro de la unidad material del templo y de la unidad espiritual cristiana, la más encantadora diversidad: de todas las razas y de todas las lenguas, religiosos y simples cristianos, jóvenes y ancianos. Pero el español era el habla que se oía en cada rincón; era el oscuro del hábito franciscano, cortado por la blanca franja del cordón, quien daba tono de sencillez en medio de tanta magnificencia; eran los nutridos grupos de las Carmelitas de la Caridad quienes sembraban por doquier el gozo y serenidad que sus almas experimentaban al ver glorificada a su Madre.
Apenas pasadas las ocho y media, comenzó el desfile de la Corte pontificia... Después, un momento de silencio al resonar poderoso de las trompetas de plata, y una explosión de aplausos y latir de corazones al aparecer la figura dulce y serena del Padre común sobre la silla gestatoria, que bendecía a todos sus hijos.
Llegado el Santo Padre al altar del trono, después de haber adorado el Santísimo en el altar de la Confesión, descendió de la silla gestatoria y procedió al acto de la canonización.
El Cardenal Postulador suplicó al Santo Padre la canonización de los dos Beatos. Seguidamente todos de rodillas se cantaron las letanías de los Santos. La Iglesia militante que acude al patrocinio de la Iglesia triunfante para que Cristo ilumine a su Vicario en la tierra en la definición de la suprema glorificación de dos de sus miembros escogidos. De nuevo el Cardenal Postulador, por boca de un abogado consistorial, renueva su petición, a la que responde en nombre del Papa el Secretario de los Breves ad Principes invitando a todos a la oración. Un momento de plegaria silenciosa y el Santo Padre entona el Veni Creator, que prosigue la Capilla Sixtina con todo el clero y el pueblo. Invocación poderosa y suave que salida de cada corazón cristiano suplicaba al Espíritu Santificador.
Terminado el himno, el Sumo Pontífice pronunció la fórmula de la canonización: A honor de la Santísima Trinidad, exaltación de la fe católica y de la religión cristiana, por autoridad de Jesucristo, de los Santos Apóstoles Pedro y Pablo y Nuestra; después de madura deliberación, implorada la ayuda divina y el consejo de los Cardenales, Patriarcas, Arzobispos y Obispos que están en Roma, declaramos y definimos Santos a los Beatos Carlos de Sezze, confesor, y Joaquina Vedruna de Mas, viuda, y los inscribimos en el Catálogo de los Santos.
Luego brotaba exultante de cada corazón y de cada garganta un cántico de loor al Dios Altísimo: Te Deum laudamus. A continuación el Santo Padre pronunció el discurso de la canonización. Terminado el cual, y recitado el Confíteor, en el que se nombraba a los nuevos Santos, el Papa impartió la bendición apostólica.
Acabado el rito de la canonización, el Vicario de Cristo dejó el altar del trono y se dirigió al pequeño trono junto al altar de la Confesión, donde revestido con los ornamentos papales entonó Tercia, y seguidamente comenzó la Santa Misa.
Al Ofertorio se hicieron al Sumo Pontífice las tradicionales ofrendas de cirios, pan, vino, agua, tórtolas, palomas y pajarillos.
Llegó el momento solemne de la Consagración. El silencioso rumor que inevitablemente se percibe donde hay grandes multitudes, cesó por completo. El Papa se inclinó sobre el altar. Las trompetas de plata, dulcísimas, comenzaron a sonar, interpretando desde el alto de la cúpula el Largo, de Silveri. Y el Supremo Pastor, erguido ya, levantaba en sus manos la el Pan consagrado en medio de magníficos esplendores.
Terminada la Santa Misa, el Santo Padre, coronado con la tiara y llevado en la silla gestatoria, se retiró a sus departamentos en medio de las aclamaciones de los fieles.
Los que tuvimos la dicha de asistir a la estupenda ceremonia, quedamos con el alma colmada de gozo, mas envuelta con un sutil velo nostálgico, la nostalgia de la patria, la celestial Jerusalén, en la que tantos hermanos que nos han precedido nos esperan. Los dos nuevos Santos han despertado en nuestros pechos una renovada ansia de Dios, hacia el cual nos señalan el camino: la santidad.
Fr. Antonio Álvarez, ofm
Roma, abril de 1959.
Una graciosa balada
Estoy oyendo en mi pecho
una graciosa balada:
es la de tu amor florido
que se troca en las palabras:
«Jamás sentí dicha inmensa
—la Virgen murmura y canta—
que cuando tuve a Jesús
jugueteando en mis haldas.»
«Sus decires eran lumbres,
sus suspiros eran llamas
y sus ojos refulgían
como estrellas nacaradas.
Sus canciones, cual capullos,
en sus labios desgranaban:
y eran rosas peregrinas
en el jardín de mi alma.
Como ramitos de nardos
sus manos las alargaba
y mecían dulcemente
mis ensueños y mi cara.
No podré nunca olvidarme
de aquellas dulces estancias
en que jugando mi Niño
la alegría me causaba.»
Se han cerrado tiernamente
los labios de Madre amada:
pero esos dichos amores
no se cerrarán en mi alma.
Madrid - Meditación
Cuando al deporte le llaman fútbol
En la plácida tarde de un domingo madrileño don Cándido va al fútbol.
Hoy don Cándido no es el mismo que otras veces; normalmente apenas si se le distingue de la masa.
Don Cándido es uno de esos afortunados que con la serenidad reflejada en el semblante pasea Gran Vía arriba, bajo las alas de su sombrero y enfundado en un abrigo gris.
No se distingue porque él también —como otros tantos—, muy digno, dispara airado un correcto denuesto cuando alguno de los modernos caballeros de la prisa —de a caballo o de a pie— altera con un empujón o un sobresalto el noble empaque de sus atildadas maneras.
Normalmente don Cándido, con el ademán beatífico de burgués sensato y acomodado, es uno más en la avenida madrileña de José Antonio.
Pero esta tarde no. Un acontecimiento importante se ha producido. Algo inaudito que ha tenido la virtud de alterar de forma radical todo un método, de sacar a flote todas unas cualidades atléticas y de turbar el sosegado continente de don Cándido. Don Cándido comenzó a correr a la puerta del comedor y aún ahora serpentea por las aceras sorteando humanos obstáculos.
Ayer un subordinado le dijo servil:
—¿Ganaremos mañana, don Cándido?
Un amigo apostilló:
—Prepara, Candidillo; mañana paliza.
Hoy la mujer añadió por su cuenta:
—No hay manera de comer tranquilos un domingo.
La criada suspiraba para sus adentros:
—Quisiera ver a un futbolista...
Y un vecino pobre:
—¡A 70 pesetas las entradas!
La portera le ha dicho simplemente:
—Buenas tardes, don Cándido.
En la misa de la mañana había oído:
—Los Mandamientos son como un equipo de fútbol bien conjuntado: 11 jugadores, 10 mandamientos y uno posterior y principal, el «portero». «Amaos los unos a los otros como yo os he amado.»
Si falta un jugador se resiente la seguridad del equipo y por ese punto flaco se filtra el enemigo y sobreviene la derrota... El periódico destacaba en sus titulares: «Enorme expectación ante el encuentro de esta tarde». Cuando el padre del botones le regaló el puro que ahora fuma, agregó:
—Para que se lo fume en el fútbol, don Cándido.
Y con todos estos antecedentes, con prisa y con puro, don Cándido, el pacífico don Cándido, vuela hacia el estadio. Don Cándido no es tal. El don Cándido del relato atiende también por don Benigno, don Felise, don Jenaro, don José y muchos dones más. Es un nuevo ejemplar de la fauna humana, pródiga en desdichados ejemplares de mente deforme y de exótico plumaje intelectual. Don Cándido atiende y entiende en su oficina, en su bufete, en el despacho de su industria, en su tienda de ultramarinos, en su farmacia o en su peluquería.
Es correcto y amable las más de las veces. Pero en tocando el tema del fútbol sufre el cambiazo.
Lo demás es puro trámite. Un trámite necesario para agenciarse el dinero que le permita atender a necesidades tan perentorias como ir al fútbol, comer, regalar un abriguito de visón a su señora o comprarse un corbata con los colores de su equipo.
Lo demás es una actividad maquinalmente realizada. Lo demás queda sin substancia y sin nervio. Lo demás son añadiduras... Una total subversión de valores que hace presa segura y abundante entre las gentes, y cuya repercusión puede ser grande o chica.
No es lícito malgastar una vida teniéndola pendiente de una competición. No es lícito sustituir por sucedáneos el contenido de una existencia. No es necesario buscar pasión en el fútbol; no es preciso recurrir a él para encontrar sabor y por qué á nuestros días, ni para llenar con ardores un descanso.
Hay conquistas tan sugestivas como la de una copa monumental de metal precioso, que no se ganan a patadas; partidos donde se ventila algo más que un 2-1 en el mercador; contiendas cuya derrota supone algo más que una crónica desfavorable o un abucheo.
No me importa la mayor o menor belleza plástica del espectáculo. No me importa el colosal negocio del que se benefician unos cuantos. Resisto las molestias de los que opinan a favor o en contra; de los que comentan y de los que aplauden o silban...
Lo que se me hace intolerable es que un pasatiempo desplace de su propio puesto quehaceres y preocupaciones de las que ni siquiera nos enteramos. Tragedias urdidas a nuestro alrededor en cualquier repliegue de la vida; ocasiones que se nos dan para merecer y apuntarse tantos, «goles hechos» que sólo piden el ligero impulso que negamos.
Nos contentamos con figurar en la zona media de la clasificación, sin pena ni gloria; con no descender de primera división; con llegar al final sin puntos negativos. ¿Y si dedicásemos la tercera parte de nuestra pasión a hacer algo bien hecho?
Quizá fuera mejor.
Vicente M. Vicent
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