Asunción de María

I

La definición dogmática de la Asunción fue una apoteosis universal, pero el hecho de la Asunción de María fue tan silencioso como su vida. Nada más oculto a sus contemporáneos que la espiritual poesía de esta violeta oriental que enamoró a Dios. Su misma muerte fue tan callada, que no sabemos si murió como nosotros o si nunca murió. Se opina entre los teólogos que por su «pura concepción» no podía morir; y que si murió fue por una exigencia de la «ley natural» (Terrien, Hugón, Ceuppens). O por una «renuncia» suya motivada por su intenso amor a su Hijo Divino y a los hombres (Lépicier, Janssens).

Y hay algunos que ni siquiera creen que haya muerto (Arnaldi, Gugie, Roschini). Ella misma, conjugando admirablemente su modestia y humildad con el silencio interior, prefirió ocultar su tallo de lirio en un jardín donde era Reina. No apareció en ninguna pantalla, no conoció la técnica de la propaganda.

A medida que el dogma fue evolucionando en forma heterogénea y subjetiva, con el descubrimiento y determinación concreta de verdades teológicas contenidas en la Biblia o en la tradición, fue creciendo entre los hombres las glorias y los privilegios de María.

II

Durante la época apostólica, a fines del siglo i, María tenía todos sus privilegios y ya era la Asunta. Cuando S. S. Pío XII definió este dogma, habían pasado casi veinte siglos del hecho de la Asunción de María. No es, por lo tanto, una invención demagógica de la Iglesia de hoy, con miras a singularizarse y distanciarse del almácigo de iglesias protestantes, como se les ocurrió opinar a los Arzobispos de Canterbury y York. «Creen en la resurrección de los muertos, pero afirmar que un muerto ha resucitado ya, les parece una blasfemia.» (Graham Greene... Los que se separaron de la Iglesia quieren acusarla de «separatista».) Es la paradoja de los que ya no poseen toda la verdad.

El dogma de la Asunción en sí no evolucionó. No necesitaba que nosotros lo conociéramos para sustantivarse como una realidad teológica, como tampoco necesitó la tierra que Copérnico formulara su teoría heliocéntrica para iniciar sus giras en torno al sol. El dogma está hoy como en el siglo y continuará como tal por toda la eternidad, aunque los locos de hoy quieran reducir toda la realidad a dinamismo y cambio.

III

Pero para nosotros los hombres subjetivamente ha cambiado, ya que los cristianos que se
escalonan desde el siglo i hasta el siglo XIII, sólo «virtualmente» les estaba revelado. Aún en la Edad Media —dice Ernst— la Asunción sólo era una «opinión piadosa». Desde comienzos de la Edad Moderna hasta 1854, el dogma dio un paso más para convertirse como una revelación «formal implícita». Puede decirse que en este período era una «sentencia común» y próxima a la fe. A partir de 1854 este dogma se considera como una revelación «formal explícita», que pertenece, por lo tanto, al magisterio ordinario y universal y se considera como una verdad de fe no definida. Y finalmente, el primero de noviembre de 1950, gracias a un pronunciamiento del Magisterio Solemne, llegó a ser «dogma de fe definido».

IV

La Asunción es una verdad concreta: un cuerpo glorificado, que por privilegio no se hizo polvo en el sepulcro, sino que ya está en el cielo. María, la Madre de Dios y de los hombres y querida por El y por nosotros, se adelantó al misterio de la resurrección de la carne, por el que pasaremos todos. Y si merecemos el cielo, también seremos elevados a él en cuerpo y alma y se podrá hablar entonces de la asunción de San Pedro, de San Francisco, de nuestro abuelito y de nuestro vecino.

Asunción

Este dogma tiene una importancia capital para el cuerpo humano, máxime cuando los teólogos, como Marín y Thils, quieren confeccionar una «Teología del Cuerpo». Es una reivindicación de su valor eterno.

Frente a los abusos de algunos que han configurado una «mística» del cuerpo con el deporte, con el ballet y con la coronación de un enjambre de reinas; y frente a los que dejan sin valor el cuerpo humano, como indiferente objetivo de la destrucción atómica, el Santo Padre Pío XII, el hombre que enciende una vertical luminosa sobre todos los horizontes, ha proclamado la glorificación y la asunción del cuerpo de María, como feliz anuncio de nuestros cuerpos y ratificación de su sobrenatural dimensión eterna.

V

En la soledad y sencillez de María se había engolfado todo el amor de Dios, y por eso Ella, que había esquivado con una modesta sonrisa de sus labios virginales hasta el más mínimo aletazo de los vientos de la gloria, vio proféticamente a los quince años, en casa de Isabel, su prima santa, que todos los siglos se pondrían de pie para aclamar su realeza y sus privilegios: «Bienaventurada me dirán todas las generaciones.»

P. Juan León Sosa

Familia y educación

Siguiendo las directrices apuntadas en nuestro anterior artículo y por tratarse de un tema de actualidad por la época en que estamos y por haber sido ya puesta esta cuestión sobre el tapete de la controversia vamos a hablar hoy de las primeras Comuniones de los niños y de la actitud de los padres ante la misma.

Como otros años, como siempre, ha llegado el esplendor primaveral de mayo. Han reverdecido los campos y han florecido las plantas. En medio de este ambiente de renovación de la naturaleza, multitud de almas tiernas de niños, de aquellos niños que dijo el Señor «De ellos es el reino de los cielos», se preparan para recibirle dignamente en el Santo Sacramento del altar. La escuela o colegio les dedica su atención preferente, se vuelca sobre ellos para que estén debidamente preparados para el gran día. Se repasa el Catecismo, se ensaya la renovación de promesas del Bautismo, se les enseña cómo hacer un buen examen de conciencia, preludio obligado de una buena confesión, se aprenden versos y cánticos, todo ello creando un ambiente. La escuela cumple así la labor a ella encomendada.

Veamos ahora lo que ocurre en las casas, en la inmensa mayoría de las casas de los niños. El padre se desentiende totalmente y delega en la madre todo lo que se refiere a la Comunión del niño. La madre, quejándose de la carestía de vida, agrega ahora a sus muchas ocupaciones la del trajecito, el peinado, el rosario, el misal, los recordatorios, el fotógrafo, los invitados, los dulces, el chocolate... o la comida..., incluso la tortada de varios pisos y la orquestina o el tocadiscos para que anime el baile. Toda la familia estrena traje ese día. El padre ha rezongado un poco, pero por fin acompaña al niño a la Sagrada Mesa. Helos ya de regreso a la casa. Llega el desayuno. Multitud de invitados que van haciendo regalos diversos al niño. Este, vestido de Gran Maestrante de Calatrava o de Almirante, ve como a su alrededor los mayores se divierten, comen, bailan, ríen y él no ^puede tomar parte en esta alegría porque no la comprende, no es su alegría. El está contento sin que por ello sienta, como los demás, la necesidad de reír y beber. No es su alegría. No la comprende. Y así pasa la primera Comunión del niño que, en muchos casos, a la atareada madre de familia le ha traído un sinfín de quebraderos de cabeza y, a lo mejor, de deudas.

Y ahora reflexionemos. ¿Es esto formativo? Lo que el niño haya adquirido en la escuela de espiritual, de recogimiento, relacionado con su primera Comunión, ¿no lo habrá destruido el vano ambiente de frivolidad que se respira en su casa? ¿Qué recordará el niño de su primera Comunión? Los invitados, los trajes, los regalos, el convite...

¡Cuánto mejor sería hacer las cosas en cristiano, sencillamente! El niño vestido con el traje tradicional español de marinerito (pero no de Almirante), y si es niña que no vaya tan recargada que parezca una novia incluso en el tocado. A la salida del templo, con sus amiguitos, quince, veinte, pero todos chiquillos como él, un desayuno y que jueguen y rían y derramen el chocolate... ¡Ah!, y en casa un poco más de preocupación por el niño, por la cosa espiritual, comprobar cómo va preparado a su primera Comunión, un poco de ambiente, coadyuvando así a la labor formativa de la escuela en vez de neutralizarla.

Felipe G. Perles Martí

Fútbol. Necesidad fisiológica

—Es una vergüenza que en España tenga tanta importancia el fútbol—, oímos comentar a ciertas personas. Y si continuamos escuchándoles seguirán apostillando que es una escuela de gamberros en la que sólo se aprende a vociferar y a meterse con el árbitro, incluyendo a toda su distinguida familia. Resumiendo: una afición que ejerce una influencia más bien negativa en la formación de las personas.
Cuantas veces oigo esta opinión me inclino a pensar que quien así afirma está majareta, o bien que es un hombre soltero, rico, independiente; en una palabra: un hombre feliz.

Me explicaré. El aficionado al fútbol experimenta unas sensaciones especiales, características sólo en estos hinchas. El día del partido pierde su personalidad, quedando anulada por la existencia de una masa de seres que, como él, «van a ganar» el encuentro. Y como entre miles de personas es cuando más solo se está, da rienda suelta a sus emociones y estados de ánimo sin importarle un comino los que le rodean. Desde que entra al campo hasta situarse en su localidad, los pisotones, codazos, patadas y empujones se han sucedido belicosamente. Los ¡hip, hip, hurra!, indican las salida de los jugadores. Se deshace las manos aplaudiendo y a fuerza de gritar animando al equipo, la voz le ronquea y se irrita. El resto del partido se puede resumir así: ¡Éntrale!, ¡corre más, vago!; ¡sucio!, ¡penalty, penalty!; ¡cochino!, ¡que ha sido manos, bestia! ; ¡burro!, ¡cafre!, ¡corneeer, córneeer! ; ¡estás ciego!, ¡berzotas!, ¡animaaaaal!..., y otras delicadezas por el estilo, inspiradas probablemente en ciertos versos de Bécquer y Campoamor.

Al terminar forma parte del compacto glaciar que va deslizándose poco a poco por el cauce artificial de escaleras y rampas. Apretujado y sudoroso es arrastrado hacia la salida sin tocar el suelo, pues sus vecinos lo llevan en volandas. Y aquí se repiten nuevamente, como al entrar, los belicosos pisotones, codazos, patadas, empujones...

Al llegar a casa está físicamente deshecho, completamente agotado, mas en su interior siente un gran descanso moral que le produce cierta sensación de felicidad.

Y este bienestar, si no fuera por el fútbol sería muy difícil de disfrutar. Para mí —opinión muy particular, claro está— es el mejor sedante que ha inventado la farmacopea mundial.

Sigo explicándome. La inmensa mayoría de los mortales son unos seres rodeados de circunstancias y problemas, tales como esposa, jefe, suegra, arbitrios e impuestos, tranvías, programas radiofónicos irritantes, circulación ruidosa, prensa con deportes, anuncios y sucesos, ventanillas, colas, pólizas y timbres, egoísmos, injusticias, mala educación, mensualidades que en vez de durar un mes, aguantan solo quince días, la vida cara, kilos que pesan ochocientos gramos, discusiones, riñas, trifulcas... En casa la mujer: «Tienes que ir a este sitio.» «Sí, querida.» «Me tienes que dar dinero.» «Sí, querida.» «Tienes que...» «Sí, querida; sí, querida: sí, querida.» Luego, en la oficina: «Usted haga esto así.» «Sí, jefe.» «Repita esto asá.» «Sí, jefe.» «Usted es un inepto.» «Sí, jefe; sí, jefe; sí, jefe...»

Y cada «sí, querida», «sí, jefe», es un poco de, llamémosle yoghourt, que se va sedimentando en el espíritu y oprime poco a poco a los individuos.

Y de todo esto tiene la culpa el principio de «acción y reacción», que si en física es muy interesante y mono, en la vida real nos hace una mala faena. Digo esto, porque en los ejemplos anteriores en vez de contestar «sí, querida», lo más lógico es que se dijera: «vete a la porra», y al contrario de «sí, jefe», «no me da la gana». Pero, sí, sí..., a ver cuál es el guapo que se atreve a exteriorizar esta «reacción». La única solución es ir sedimentando ese yoghourt aludido, que hace que pongamos cara de pocos amigos.

Para facilitar la expulsión de esta ponzoña que va quedando en el ánimo y que mata poco a poco, para evitar este envenenamiento, se han inventado los partidos de fútbol.

¡¡Manjar de los dioses!! ¡Qué gusto da propinar sendos puntapiés a los semejantes, insultar con berridos y palabrotas al árbitro, a los jueces de línea, a los capitanes de equipo y a sus muchachos; qué gozo el empujar al vecino, pisar al que va detrás; qué sensación más formidable produce el arrojar almohadillas y botellas con dirección al occipital del que pita...! Cada acto de esta clase va mermando nuestro depósito yogurista hasta dejarlo completamente vacío. Y el delirium tremens del placer es si tenemos la suerte de caer al lado de un señor cuyas opiniones sean contrarias a las nuestras. ¡Oh, los puñetazos en la nariz del contrincante! Berridos, palabrotas, trifulcas... ¿Dónde se podrían disfrutar si no fuera por el fútbol? ¿Qué sería de los mortales si no existiera ese desahogo? La bilis acabaría con el humor de las gentes y pondría pero que muy agrias las relaciones humanas.

Por todo ello creo que en justicia se debe agradecer a este deporte el bien que reporta a la humanidad, y no estaría de más que, según el sentir de todos los españoles, se le declarase de «interés nacional».
Porque el que más o el que menos, todos los que habitamos en este mundo tenemos ponzoñita que expulsar. Sólo se libran de ello los inconscientes o los muy felices.

—¡Pues los ricos, los jefes, los que mandan, también van a ver cómo se dan patadas al balón!—, me indicará algún lector.

Es cierto... pero ¿no han pensado que estos señores también están casados?...

Otros me tacharán de exagerado. «¡Yo voy al fútbol y no hago nada de lo que dice este artículo!» Ante esta afirmación no tengo otro remedio que indicarles que hacen pero que muy requetemal. ¿No se mete con el árbitro, no dice palabrotas, no critica a los jugadores ni jueces de línea? ¡¡Muy mal hecho!!

¿Por qué afirmo esto? Sencillamente, porque los españoles si no hablamos mal de los árbitros de fútbol o de los entrenadores, los que lo pagan son los pobrecitos concejales del Ayuntamiento.

José Mª Gimeno Tichell
De la Agrupación Juvenil de Prensa

Una doméstica en el banquillo

Ocurrió en Valencia. Intramuros del Palacio de Justicia, en la sala de la Audiencia, un día de dominación marxista se aireó la celebración de un curioso pleito en forma jurídica. Una «doméstica», entrada en años, de ceño al parecer claustral, de estatura más bien chaparrita, de pasos medidos, nada acordes con la vida precipitada del momento, ni huidizos, estaba sentada en el banquillo de los acusados. A él fue llevada por un comité, cuyos miembros se hallaban presentes. Grupos de curiosos no faltaron. Se esperaba la fulminante sentencia de muerte. ¿Por qué delito?

Presente «el amo», salió, en sustitución del abogado, a defenderla. Resultó ser un sacerdote, «un cura». La circunstancia dio más importancia al espectáculo.

Entró a la carga el fiscal con un cúmulo de preguntas.

—¿Cómo se llama usted?

—Todos me dicen don José.

—¿Dónde le han juzgado a usted para darle la libertad?

—El comité de la calle de las Comedias se presentó en las torres de Cuarte y tras un interrogatorio me dio la libertad.

Don José parecía valeroso, firme, decidido. De pie ante su interlocutor y el tribunal y a la espalda la masa de exaltados curiosos, previo las posibles consecuencias de su inusitado atrevimiento y desafío al peligro con su noble prestación.

—¿Cuánto tiempo tiene usted a su servicio a la camarada?

—Quince años precisos.

—¿Quién se la aconsejó?

—Mi arcipreste. Huérfano yo de padre y madre y desposeído de parientes, ya me hallaba harto de pasar años y años atendiendo simultáneamente a mis ministerios y al cuidado de la cocina, del aseo de habitaciones, etc.

—¿Estaba usted enterado que ella pertenecía a varias asociaciones piadosas?

—Sí, señor. Era terciaria de San Francisco de Asís, Hija de María, de la Archicofradía ¡de los Sagrados Corazones... Pero esas pertenencias, en mi concepto, son una garantía.

Gestos y argumentos del fiscal daba a entender lo capcioso del proceso en el que don José gozó de exponer las buenas virtudes de «su doméstica», moral y socialmente consideradas. Había edificado incluso en sus parroquias haciendo de enfermera de contagiosos y de limosnera de algunos necesitados, por los que llegó a mendigar de puerta en puerta. Llegó don José a convencer al taimado fiscal de que la acusada era un tipo de «doméstica» que él hubiera aceptado en su propia casa de haberla conocido estando necesitado de servicio. Se ofreció también a sufrir él el castigo que creyeran merecía ella por tales cosas.

¿Pudo darse mayor prueba del honor y de la dignidad entre «amo» y «doméstica»? ¡Ojalá la piedad fuera la acusación verdad de los malos a las «domésticas» y que todos los «amos» pudieran atreverse a defenderlas con la entereza y serenidad de don José en público!

Los cristianos ponen cuño de caridad en sus relaciones con el débil; no hacen de la necesidad título de prestación de bajas indignidades. Saben afinar el espíritu con su ejemplaridad. Imponen trato mutuo de justicia social con base de rectitud y de observancia escrupulosa de todo deber.

Por algo es el mismo Espíritu Santo el que ha dicho que «la piedad es útil para todo».

Ella es un amor intenso a Dios que lleva al cumplimiento de todas las obligaciones.

Enrique Barrachina Gil
Arcipreste de Chiva

Cantares de Nazaret

Canto segundo: Tierno idilio de Jesús y María junto a la fuente de Nazaret

Detenidos Madre y Niño
junto al agua rumorosa
de aquella fuente dichosa,
con dulce y tierno cariño
pregunta la Madre al Niño.

María.— ¿Qué es lo que quieres saber
y averiguar de esta fuente
si lo que siento a mi ver
todo en ella está patente?
Habla, amor mío, y pregunta:
¿Qué es lo que quieres saber?

Niño.— Pues verás
qué tiene el agua, mamita,
de esta fuente tan sonora,
que al verte venir se agita,
y algunas veces te canta
y otras parece que llora
y esto es cosa que me encanta.

María. — ¿Qué quieres que yo te diga,
capullito de mi amor?
Es que el agua se prodiga
y al correr siente dolor
de esparcirse y alejarse
del manantial su señor.

Jesús.— No es eso, mamita mía,
porque ella suele cantar
y el cantar es de alegría,
y es un canto de ternura
el que yo suelo escuchar,
y brota de su agua pura.

María.— Hijo mío, tú sabrás,
tú que sabes tantas cosas,
tú averiguarlo podrás.
Y ese canto armonioso
será de lirios y rosas
para ti, mi Niño hermoso.

Jesús.— No es para mí, Madre buena,
que aun no saben quién soy yo.
Cantan a la nazarena,
a la Reina del amor,
a la que es la bella rosa
de los huertos del Señor,
y tú sabrás quién es ella
como también lo sé yo.
Es la preciosa doncella,
la de la casita blanca
que es la flor de Nazaret,
a ella es a quien le cantan.

María.— Pues me extraña que así sea,
siendo tú, flor de mi vida,
tan lindo capullo en flor
y que el agua no te vea
con tu divino esplendor.

Jesús.— No es estraño que así sea,
que el agua va de corrida,
y a ti te verá mejor.
Ella canta tu pureza,
que es la gracia de tu ser,
y en tu divina belleza,
que es reflejo de la gloria,
luz del cielo suele ver
de tu santidad notoria.

María. — Tu tierno amor, Hijo mío,
te lo hace escuchar así;
mas yo pienso y lo confío
que el agua con sus anhelos
canta gozosa por ti,
que eres el Rey de los cielos.

Jesús.— Pues verás lo que yo digo
y escucha bien la canción,
que la escucharás conmigo,
pues la fuente en sus rumores
te canta a ti como digo,
que eres Reina de las flores,
eres la blanca azucena,
eres lirio de los valles,
y cuando tu nombre suena
en cualquier jardín que te halles,
todas las flores unidas
te proclaman como Reina,
a tu dulce amor rendidas.
Eres la rosa agraciada
que campea su hermosura,
y es por todas aclamada
en los valles y en la altura
como Reina del amor
pues eres la más linda flor.
Así te canta la fuente,
y el cantar de sus rumores,
llevado por la corriente
a los huertos y jardines,
va conmoviendo a las flores
de todos estos confines.
Y al paso de tu llegar,
cuando vuelves de la fuente
yo percibo otro cantar
que también las flores cantan,
cantan loas a tu amor
que hasta el cielo se levantan,
y dicen las flores bellas
cuando tu aroma perciben
que toda la gracia de ellas
de tu aliento la reciben,
pues eres flor de las flores,
y de las flores la Reina.

María.— Mucho tu amor me enaltece,
pimpollo de mis amores.
Si así el cantar te parece
de la fuente y de las flores
que va dirigido a mí,
¿cuánto más tú lo mereces,
que eres su Rey y Señor?
Acepta, pues, esos cantos
que yo te los cedo a ti.

Jesús.— Si tu humildad me los cede
yo los acepto de ti.
Dejémoslo, pues, así,
que los cantos que te ofrecen
también me llegan a mí
que las gracias de la Madre
al propio Hijo enaltecen.

María.— Sigamos, pues, el camino
y loado sea Dios
que así enaltece a los dos.

Fr. Manuel Balaguer, ofm

S. S. Juan XXIII

Este sano y amable campesino,
que a la vida apostólica se entrega,
a la Suprema Jerarquía llega,
sin doblez ni ambición en su camino...

Le vemos ya llenando su destino,
con solícito amor y con fe ciega;
con un afán que sólo se doblega
al cumplimiento fiel del plan divino...

Amigo de la paz, por ella clama
con los vivos acentos paternales
del Pastor que a su grey vigila y ama...

Y en los rígidos ámbitos papales,
fulgura, como el brillo de una llama,
la jovial sencillez de sus modales...

Jesús Galbis