El cable de antena. Misiones franciscanas. P. Norberto del Prat
Doña Carlota. Vicente M. Vicent
Johni. Olga Bauzá de Lloréns
Noticias.
El 18 de octubre, «Domund» de la unidad cristiana
El «Domund» del presente año posee un especial significado por cuanto simboliza los anhelos de nuestro querido Pontífice Juan XXIII. Es como el abrazo fraternal en el que habrán de fundirse todas las razas de la tierra; la invitación leal que un Papa formula a cuantas doctrinas religiosas imperan en el seno de los pueblos; una llamada de la Iglesia católica a cuantos sientan vibrar en su corazón la llama fecunda de la espiritualidad.
Por ello cada una de las oraciones que se formulen durante esa memorable jornada misional irán dirigidas hacia un fin común, absoluto, único; una sagrada campaña en pro de esa ingente masa de almas que todavía hoy se debate entre las tinieblas del error o de la ignorancia.
¡El Papa ha abierto su paternal corazón para que en él pueda refugiarse la humanidad entera, y es éste un soberano gesto de sincera reconciliación con aquellos espíritus sumidos en torpe idolatría! ¡El anhelo del buen pastor que, durante la noche, sueña con sus amadas ovejas y se halla siempre dispuesto a preservarlas de cualquier peligro! Porque Juan XXIII, el Papa dulce, de extremada sencillez y afabilidad, sufre continuamente por la pérdida o el extravío de unos hijos que vagan a través de las sombras y la superstición pagana Y le conmueve hasta la más profunda fibra del ser la desesperación del pueblo gentil, sus fervorosos y ocultos deseos de reivindicación cristiana; el lamento de los hombres que privados de la gracia suspiran de continuo y gimen frente a los lejanos horizontes en donde se alza triunfal la cruz.
Por ellos, por el pronto regreso al seno de la Iglesia Católica Apostólica, se elevarán todas las oraciones en el día del «Domund». Para que la unidad religiosa, base y sostén de toda perfecta civilización, sea pronto una feliz realidad.
Es el deseo del Papa Juan XXIII, quien ha lanzado su inefable mensaje a todas las religiones de la tierra para que unidas en Cristo, unificando sentimientos y reduciendo absurdas y primitivas prácticas, se refuercen y formen ese colosal árbol de vida cuyas raíces se nutren de purísimas esencias y las ramas, henchidas de vigor, se extienden hacia los cielos en un incorruptible anhelo de Amor y Verdad. Pues tal fórmula sería la más eficaz y mejor para la seguridad de un mundo cada vez mayormente débil y amenazado; una paz más efectiva y real que todos esos pálidos destellos de esperanza surgidos a lo largo de continuas conferencias; una verdad, en suma, que habría de brotar de manera natural en el corazón de cada uno de los hombres, ya que éstos, previamente identificados en el ideal divino, serían capaces de sellar ya para siempre y definitivamente los pactos inalterables de una paz próspera y cristiana.
De ahí la urgente necesidad de fundir nuestras preces con las del Sumo Pontífice para que, logrando al cabo esa feliz unidad religiosa, alcance la humanidad las cimas doradas de la Tierra de Promisión que fue prometida por Dios a todos los justos de espíritu.
Francisco de Paula García Sabater
El milagro de la unidad
El 25 de enero el termómetro de la esperanza subió muchos grados en todo el ámbito de la cristiandad, como quizá no había subido desde hace siglos.
El inesperado anuncio de un Concilio ecuménico hecho por Juan XXIII, principalmente para tratar del gravísimo problema de la unidad cristiana, ha despertado un interés impresionante y una inusitada alegría. Sería pueril dejarse llevar por la fácil resaca de la euforia y suponer que el Romano Pontífice va a lograr automáticamente, con la celebración de un Concilio ecuménico, el retorno de nuestros hermanos separados al verdadero centro de la unidad, que es la Cátedra de Pedro. Pero aunque no se alcanzara esta meta, la nueva alegría cristiana se halla plenamente justificada. Juan XXIII, gran estratega de la caridad auténtica, ha dado el 25 de enero de 1959 un paso gigantesco hacía la solución definitiva del gravísimo problema.
A la gran familia católica le ha llegado de improviso la hora de una gravísima responsabilidad arrinconada. El anuncio del Concilio exige automáticamente una movilización fabulosa de todo el mundo católico para colaborar con el Pontífice Romano en esta ciclópea empresa. Porque se trata nada menos que de producir un milagro. Pero, como en Nazaret, como en Caná, como en la tumba de Lázaro, Dios, que tiene en su mano omnipotente la solución, quiere condicionarla a la cooperación humana de los creyentes. Hace falta una leva extraordinaria de fe y de caridad. En primer lugar, nosotros los católicos hemos de revisar urgentemente nuestra creencia para reafirmarnos en esta inicial certidumbre: la unidad cristiana es posible. Dios, en uno de los momentos más dramáticos y al mismo tiempo más esperanzadores de la historia del cristianismo, nos va a exigir el don difícil de una fe ciega. Si no lo entregamos, no habrá milagro.
Pero la unidad solamente llegará de la mano del amor verdadero. Nuestra inconmovible ortodaxia católica puede cerrar muchas puertas y arruinar muchas esperanzas si transformamos la certeza de nuestra fe en la altanería de la verdad. Tenemos que poseer el dogma con una temblorosa seguridad humilde. Jamás con un monopolio insultante e hiriente. Hemos de pensar que es Dios y solamente Dios quien sostiene en nosotros la fe verdadera e íntegra. Si siempre ha sido reprobable lo que en los últimos tiempos se ha llamado el Ghetto católico, hoy esta actitud tendría el carácter de un gravísimo pecado de obstrucción a la gran oportunidad de los tiempos nuevos. Pío XII, flagelando con energía a un posible racismo espiritual de los católicos, dijo en cierta ocasión: «Nada hay más ajeno al verdadero discípulo de Cristo que el espíritu de casta, el aislamiento, el repliegue sobre sí mismo... Debéis tratar de derribar este obstáculo por todos los medios.»
En el espacio de días, de semanas, se va a plantear a los católicos un problema de coexistencia espiritual, como ya de hecho lo tienen los católicos de los países sajones o del próximo Oriente. ¿Cuál ha de ser nuestra actitud? Uno de los más excepcionales apóstoles de nuestros hermanos separados, Mons. Fulton J. Sheen, pronunció en las Jornadas Católicas de la Exposición de Bruselas estas palabras definitivas: «La coexistencia no es en modo alguno un compromiso con la verdad, es la caridad para con los no creyentes... La verdad no es obra nuestra; es obra de Dios. Nosotros no tenemos ningún derecho sobre ella. En relación con la verdad tenemos que ser intolerantes; pero respecto de aquellos que no poseen la verdad, debemos ser tolerantes». El mismo Fulton J. Sheen ha actuado siempre en sus conversaciones y en sus cartas innumerables con una exquisita caridad en relación con los no cristianos o los no católicos. A un tele espectador que le escribía atacando violentamente a la Iglesia católica, el célebre Obispo de la televisión daba esta admirable respuesta:
«He recibido su carta y sus críticas y he observado la sinceridad en que se inspiran sus palabras. Quisiera manifestar a usted cómo yo participo de sus sentimientos y de su modo de ver las cosas. Si yo hubiera recibido la misma educación que usted, si hubiera aprendido sobre la Iglesia católica los mismos errores, si me hubiera alimentado con las mismas publicaciones que desnaturalizan la misión de la Iglesia, con mi temperamento y mi carácter de irlandés, yo hubiera odiado a la Iglesia diez veces más que usted. En realidad usted no odia a la Iglesia en sí misma, sino a la idea equivocada que usted tiene de la Iglesia. Como sé que usted desea sinceramente conocer la verdad, tengo el gusto de enviarle algunos libros sobre nuestro Señor y la Iglesia. En espera de su contestación, tenga la seguridad de mi recuerdo diario en mi misa y en mis plegarias».
Este es el camino. Debemos movilizar la caridad y la plegaria. Debemos lanzar un urgente mensaje a las comunidades de vida contemplativa, a los claustros, a los comandos de la fe ingenua y verdadera y debemos revestirnos nosotros de la caridad de Cristo. Si 480 millones de hombres decimos Sí, el milagro se hará.
Ando con ellos
«Tengo vida celestial.» (San Juan de la Cruz.)
Me place andar con los héroes
de la más alta nobleza,
vida limpia, fechos pulcros,
pasaron con gentileza.
Mis héroes son los que están
en la historia de la Iglesia,
los que pasaron solemnes
ajenos a las bajezas.
Siempre serenos, hidalgos,
con nobleza de piedades,
adorando al Dios del cielo
y vertiendo caridades.
En el mundo ellos vivieron,
pero ellos del mundo no eran,
que vivían a distancia
de aquestas cosas terrenas.
Que llevaban en su frente
pensamientos elevados,
que llevaban en su pecho
sentimientos delicados.
Eran flor de caridad
y azucenas de pureza,
violetas de humildad
y robles de fortaleza.
Eran perfume oloroso
que su espíritu vertía,
eran Christi bonus odor,
que pronto se les sentía.
Recordad al pobrecito
de Asís, la gran maravilla
de la gracia, era el amigo
del hombre y el avecilla.
Recordad a la princesa d
e Hungría, Isabel la buena,
la que en palacio vivía
la que daba a manos llenas.
Recordad nuestra Teresa
de Jesús, la de Moradas,
la que sabía de cielo,
la que la tierra alegraba.
Recordad al gran Javier,
al divino aventurero,
al que marchara a las Indias
a llenarlas de Evangelios.
Y la legión de los Mártires,
los que escribieron el Credo
con la sangre de sus venas
en el vasto Coliseo.
Y los Padres del desierto,
Antonio, Pablo, Pacomio,
las flores de soledad,
los de celestes coloquios.
Y esa pléyade de Vírgenes
que son gloria de la raza
cristiana, las que pasaron
como nieve de montaña.
Y esos monjes medievales
que entre rezos y entre libros
vivieron vida sublime
dando esplendor a su siglo.
Ah, con éstos yo me quedo,
éstos son generación
que no ha pasado ni pasa,
nuestro más bello florón.
Dieron lustre con su vida
al pueblo donde nacieron;
loor y gloria a los héroes que,
aunque muertos, no murieron.
Vicente Monroy Alaguero Redentorista
Hablemos de una gran devoción mariana
¡En nuestros días se hacen muchos discursos! Sé habla de mil cosas más o menos importantes. Se habla en las iglesias, en las cátedras, en las escuelas, por la radio, en la prensa, etc.
Oímos hoy felizmente a hombres y mujeres de espíritu apostólico hablar de los graves problemas de nuestros tiempos, cuando en otros tiempos se callaban demasiado. Con todo, nos lamentamos y nos entristecemos de oír tan poco de un tema religioso de los más importantes: la devoción al Inmaculado Corazón de María como medio de salvación querido por Dios en una época de crisis religiosa, tal vez la más difícil de la historia de la Iglesia.
¿Me engañaré? En nuestro medio —o vuestro, de quien lee estas líneas— ¿no sucederá así? El Sagrado Corazón de María, ¿es acaso el tema por excelencia de los sermones y de las conferencias? Sacerdotes y seglares ¿aprovecharán todas las ocasiones para preparar el triunfo del Corazón Inmaculado de María?
Cuando en 1942, en plena guerra, el Santo Padre Pío XII, Papa escogido por la Providencia para nuestros tiempos borrascosos, solicitó de la humanidad la devoción al Inmaculado Corazón de María; cuando, pocas semanas después, en la Iglesia de San Pedro, de Roma, en presencia de numerosos obispos, él consagró solemnemente el universo entero al Inmaculado Corazón de María, el mundo católico se estremeció de alegría.
Rayó el 1.° de mayo de 1948 y, con él, la Encíclica en la cual el Soberano Pontífice establece el paralelo entre la consagración del género humano por León XIII y la consagración del universo que en 1942 él mismo hiciera al Corazón Inmaculado de María. En esa Encíclica Pío XII exhorta a los párrocos a realizar esa consagración en sus parroquias, y no solamente una vez, sino tantas como para ello se presentara una ocasión favorable.
Al final el Santo Padre recuerda a los cristianos, Uberiora beneficia et praemia caelestia, que quiere decir: «La superabundancia de beneficios y de los favores celestiales», de que gozarán aquellos que hicieren y propagaren esta consagración en sus medios.
¿Podría haber hecho más el soberano Pontífice? Pues lo hizo. Muchas veces en sus alocuciones, en sus discursos, en sus escritos, en sus cartas apostólicas, Pío XII recomendó y estimuló la devoción al Corazón de María.
Nada podía detenerle en su celo mariano a aquel «que clamaba en el desierto». Se intentaba impedir que hablara; se aducían dificultades
que podía originar, en países de confesiones mixtas, su mentalidad fundamentalmente mariana. Le atribuían palabras que Pío XII nunca tenía pronunciado, palabras que podrían inducir a pensar que el propio soberano Pontífice dudaba del Mensaje de Fátima.
El Santo Padre Pío XII nunca se dejó desviar de su ruta mariana, ni por intrigas ni por consideraciones hechas, tal vez, con buena intención... Más aún: hoy, después de su muerte, más que nunca vemos ante nosotros, grande y sublime, en ese domingo de Cristo Rey y en ese día de la Inmaculada Concepción de 1942, proclamando el Mensaje del Corazón Inmaculado de María en su oración de consagración, compuesta y pronunciada por él mismo, para confiar para siempre la cristiandad entera a la «Reina del Santísimo Rosario, Auxilio de los cristianos, Refugio del género humano», en suma: al Corazón Inmaculado de María.
Era de esperar que esta consagración solemne, este singular hecho mariano del Sumo Pontífice tuviese una tal resonancia en el corazón de los fieles que su impresión no pudiera jamás apagarse ni disminuir. Era de esperar que las numerosas recomendaciones del Padre Santo relativas a la devoción del Corazón Inmaculado de María hubieran provocado en el espíritu de los cristianos —sacerdotes y seglares— un entusiasmo tal, un abandono tal en ese Corazón Maternal tan tierno y bueno, que su eco continuase a percibir en el corazón de sus hijos y de los nietos de aquellos que tuvieron la dicha de ser testigos privilegiados del grande acontecimiento.
¡Ay de nosotros! Hemos de reconocer hoy que de aquella llama de entusiasmo ya no resta, en la mayor parte, sino una brasa insignificante, sin luz y sin calor!
¿Dónde están los predicadores elocuentes, con el corazón ardiente de un San Bernardo, apasionados por la gloria del Corazón Inmaculado de María? ¿Dónde los predicadores que no se cansan de inflamar con palabras de fuego los corazones en el amor de la «Mujer victoriosa en todas las batallas de Dios»? ¿Son frecuentes las solemnidades en honra de la más tierna de las Madres? ¿Dónde están las Congregaciones Marianas que ofrezcan un terreno favorable para el cultivo de las más bellas flores marianas: la devoción al Inmaculado Corazón de María? ¿Cómo va vuestra parroquia en lo que respecta a los primeros sábados de mes, sábados del Inmaculado Corazón de María? ¿Cuántas familias de la parroquia han hecho la consagración al mismo Corazón Inmaculado? ¿Cuántas
veces, secundando los deseos del Padre Santo, renovamos esa Consagración?
A fin de que todas estas interrogaciones, verdaderamente incendiarias, reciban millares de respuestas afirmativas, es preciso que hablemos y no dejemos de hablar del Corazón de nuestra Madre.
Hace diez años el autor de este artículo decía en un folleto editado en la ciudad santa de Jerusalén: «La devoción al Inmaculado Corazón de María tendrá un lugar de predilección en el culto mariano de la Iglesia católica. Una verdadera tempestad mariana va a sacudir la Iglesia de Dios, llevando las olas de entusiasmo por
el Corazón Inmaculado de María hasta las poblaciones más remotas, perdidas entre las montañas.»
Esta radiante perspectiva por el momento no pasa de ser un bello sueño. Para que se traduzca en una feliz realidad es preciso que todos nosotros, los que amamos a María —sacerdotes y seglares—, tomemos como dichas para cada uno de nosotros en particular aquellas palabras de nuestro Señor dirigidas a San Pablo durante la noche: «No temas, pero habla y no te calles».
Mons. José Gorbach
Viena de Austria.
Familia y educación
Ya que estamos en época veraniega y, por lo tanto, de vacaciones, vamos a tratar brevemente un par de aspectos de la educación familiar precisamente donde falla. Me refiero al ejemplo no siempre bueno que dan los padres a los hijos, los mayores a los pequeños. Y dejándonos de indiferencias, el ejemplo que no es bueno, es malo. Y el mal ejemplo es escándalo. Y de él dijo el Señor: «¡Ay de aquel de quien el escándalo viene...!»
Parece que exagero. Bien. Ahí van dos casos concretos que he prometido. Juzguen ustedes.
La familia está de veraneo a un par de kilómetros de la ciudad o del pueblo. Al pueblo se baja con frecuencia casi diaria por la compra, el correo, el cine... cualquier cosa. Y llega un domingo por la mañana en que no hay compra, ni correo, ni cine... y la familia entera se queda sin oír misa por ahorrarse la molestia de bajar al pueblo. El padre, quizá llegado cansado la noche del sábado a pasar el fin de semana con los suyos, lo justifica: «Si estando en el campo no hay obligación...» Ese par de kilómetros, el calor, el sol, lo justifican. Y acto seguido la familia se va a tomar el baño a la playa..., de la que quizá también se diste un par de kilómetros.
Decidme, en este caso concreto frecuentemente repetido, con ligeras variantes, ante sus hijos, ¿dan mal ejemplo los padres? ¿Hay escándalo en ello? No lo juzguemos nosotros. Yo sólo quería enfocarlo desde el punto de vista de la educación negativa y deformadora que implica.
¿Otro caso? Ahí va. Al llegar el verano, y concretamente las vacaciones, mucha gente deja de lado prejuicios y conveniencias sociales prescindiendo de ello como de una prenda de vestir que el calor hace innecesaria. Bueno, aquí iba yo a parar. A que mucha gente de ordinario pulcra y atildada so pretexto de comodidad llega a extremos inconvenientes en lo que a atuendo y maneras se refiere. La gente va en «playeros» por las calles, en pijama por la playa, en alpargatas a la iglesia, en pantalón corto a todas partes. Y todo ello con un desenfado que trasciende y guarda relación con el sistema todo de vida de esta época.
Dentro de ciertos límites es tolerable, pero, en general, decidme: la urbanidad, buenas maneras y costumbres, la cortesía que en nuestros hijos deseamos, la formación y educación toda que a lo largo del curso han ido recibiendo los niños en el colegio o escuela, ¿no se resentirá y amenazará deformarse peligrosamente ante este ambiente, medio y sistema de vida un poco «a lo loco»?
Yo creo que gran número de lectores me darán la razón.
Felipe G. Perles Martí
—
Florecillas del santo retiro de Chelva
VIII.
Un comisario famoso: Venerable Pedro Esteve
El convento seráfico de esta villa, desde sus inicios, fue escogido por la divina Providencia para ser remanso de santidad y buen olor de Cristo. Italia envió a unos de sus mejores religiosos para dejar huellas imborrables en toda clase de virtud.
Y la Provincia franciscana fue entregando a sus más ejemplares religiosos en toda clase de virtud y ciencia. Ya hemos hecho desfilar por estas páginas a varios de los que con su fama de santos han perfumado este convento.
Hoy aparece otro, que si no fue Guardián dotado del don de hacer milagros, como el Beato Nicolás Factor, fue religioso que casi recién ordenado vino a este convento para ejercitarse en sus primeras lides apostólicas y a empaparse de la santidad seráfica: nos referimos al Venerable P. Pedro Esteve, un apóstol en todo el sentido de la palabra.
Todo es admirable en la vida de este religioso. La ciudad de Denia fue la cuna de este famoso predicador y Comisario de Tierra Santa.
Pero pronto, todavía joven, después de llevar una vida ejemplar que a todos sus amigos admiraba, decidió abandonar el mundo, y queriendo seguir las huellas de muchos héroes, como la divina andariega avilesa
Teresa de Jesús y su hermanito, que se fugan de casa para que les descabecen en tierras de moros, nuestro religioso también se fugó de casa para ingresar en la Orden Seráfica, sin decir adiós a sus padres, como quien sale a tierras de lid y trofeos, que realmente logró muchos en su dilatada vida evangelizadora.
La odisea que el canónigo, hijo ilustre de Denia, Roque Chabás nos relata en su historia, publicada en 1880, con motivo de su despedida. Después de haber ayudado a misa, muy de mañanita, a su propio tío beneficiado de la iglesia parroquial mosén Juan Puig, sin decirle nada en absoluto abandona su ciudad natal para encaminarse a Valencia y cumplir su anhelo de ser religioso franciscano. En el trayecto encuentra a un amigo de su padre. Al verle éste extrañó mucho el que anduviera a pie y sin compañía ninguna y sin aprovisionamiento. Le preguntó ese amigo al lugar que se encaminaba, y con sencillez columbina y sin rodeo ninguno, le dijo que abandonaba el mundo para entregarse a servir a Dios en la austera religión del P. San Francisco. Se maravilló dicho amigo de su resolución y le puso delante de sus ojos que en su casa, y en compañía de sus padres, también podría servir al Señor. Repelió sus argumentos con una dialéctica contundente, y solamente le dijo para terminar que le prestara para el camino real y medio, con la seguridad de que sus padres se lo pagarían, si no pretendía hacerle esa limosna por el amor de Dios.
Así fue siguiendo los pasos de la Providencia; llegó a Valencia sin percance ninguno y se dirigió al gran convento de San Francisco para poder entrevistarse con el P. Provincial. Tuvo la suerte de encontrarle, y después de una larga entrevista con el P. Provincial fray Francisco Ramírez, fue admitido a la Orden, pasando casi a continuación al convento de Santa María de Jesús, a extramuros de Valencia, distante solamente una hora, en donde hizo el santo noviciado.
Roque Chabás nos cuenta con detalles y pormenores todo cuanto hizo este joven a la edad de dieciocho años en aquel santo
Noviciado, santificado por tantos y tan ejemplares varones franciscanos. Era asiduo en la oración, el primero en las humillaciones y desprecios y siempre constante en verse el último, cuando podía ser de los primeros, por su rara santidad. Pero tuvo que luchar de una tremenda tentación. Aquel arriesgado y valeroso muchacho, que despreció el mundo con sus halagos y no quiso despedirse de sus padres y hermanos, ahora siente una lucha tremenda. Cuantas veces acuden a su memoria sus padres y hermanos no puede contener las lágrimas, y la voluntad desfallece. Pero fue valiente y denodado. En la oración encontró fuerzas y energías, y después de resistir con bríos formidables, tuvo el consuelo de hacer la profesión religiosa, obteniendo los votos unánimes de toda la comunidad, que veían en él una esperanza segura de algo extraordinario en la virtud y en la ciencia.
Del convento de Santa María de Jesús, de Valencia, pasó para continuar los estudios, una vez terminado el santo noviciado, al convento de Santa Bárbara, de Alcira. Fueron la santidad y la ciencia los dos anhelos que movieron su voluntad decidida. Roque Chabás nos cuenta que «no tenía más que una túnica y hábito austero, bajo los cuales ocultaba un áspero cilicio que daba vuelta a todo su cuerpo; interiormente se cubría con unos paños menores del más rústico lienzo. A los ayunos forzosos de la Regla añadía otros, y no pocos días se contentaba con sólo pan y agua y se mortificaba con ásperas disciplinas con que encendía su fervor. Sus esfuerzos se dirigían a sujetar sus pasiones y hasta el más pequeño de los movimientos que éstas pueden causar en un joven. Tenía la dicha de hermanar una completa salud y se aprovechaba de ésta para poder practicar aquella vida tan austera» (Roque Chabás: Historia, pág. 15. Denia, 1880).
Pero la nota original y específica fue prescindir de sandalias, yendo constantemente desde su mocedad con los pies descalzos. Tendría que luchar por este motivo con no pocos que creían era más efecto de notoriedad que anhelo de ser un verdadero discípulo del Seráfico Padre en ese aspecto de la descalcez. Esta faceta de su vida austera y franciscana le darían un título que para él fue siempre timbre de honor. Se le llamaría vulgarmente el Frare Pere el descalç. Tanto en Alcira, en cuyo convento estuvo edificando a todos con sus raras virtudes, como en el de la Virgen de Rebollet, de Oliva, que fue el que le albergó después de haber permanecido más de un año en Alcira, su vida fue la que le granjeó notoriedad de santo verdadero.
De ese convento de Oliva pasó al de San Francisco, de Valencia, en donde continuó sus estudios, en los que hizo grandes progresos no
solamente en las ciencias filosóficas, sino también en todas las ramas de la Teología mística, dogmática, escriturística y moral. De ello tenemos dos grandes testimonios. El pavorde (1) Grau, que hizo el discurso en sus exequias, nos dice «que le había oído muchas veces y muchos años sin disonar en lo más mínimo en materias de filosofía, teología moral, escolástica y mística y también en la exposición de la Sagrada Escritura». Y el otro es del Arzobispo de Valencia Fr. Isidoro Aliaga, que afirmaba «que la doctrina de Fr. Pedro era sana y grave» (Roque Chabás, pág. 18).
Debidamente preparado, cantó su primera misa, y muy pronto le mandaron al convento de San Francisco, de Chelva, para que allí, en aquella soledad, se dedicara a la virtud, a la ciencia y a la obra evangélica, que debió ser sumamente provechosa para toda esta villa.
No hemos podido sacar nada extraordinario de cuanto seguramente hizo aquí. Tanto el Padre Cristóbal Mercader, que publicó la vida del Venerable P. Pedro Esteve, en 1677, unos veinte años después de morir, como la que refundió y pudo ilustrar el hijo de Denia Roque Chabás, apenas dicen nada de su estancia en Chelva. Se limitan a poner de relieve el cargo que le otorgaron de Predicador, el cual ejerció primeramente en Chelva, y que a la edad de treinta y dos años, el 1606, fue nombrado Comisario de Tierra Santa por voluntad expresa del P. Provincial Fr. Gaspar Menor.
Este nombramiento es índice de lo que en virtud y en ciencia brilló Frare Pere en la villa de Chelva. Roque Chabás, en las breves líneas que le dedica mientras estuvo en Chelva, da a traslucir lo que hizo y aprendió en una de las cuevas de los mártires de Granada que escogió por celda y oratorio. «Fr. Pedro escogió una de aquellas cuevas para retiro. Pasaba grandes ratos, yéndose allí a estudiar y meditar la Sagrada Escritura, los comentarios y exposiciones de los santos Padres y las glosas; de las cuales adquirió mucha noticia.
Al estudio juntaba la oración, y de tal modo alternaba estos dos ejercicios, que en la oración aprendía y estudiando meditaba.» "Verdad es que para hacer esto no hay mejor libro que la Biblia", y éste era justamente el que a todas horas rumiaba Fr. Pedro... No es para explicado los frutos de virtud con que nuestro religioso se enriqueció a sí mismo y a los demás en Chelva, donde con aplauso de todos vivió algún tiempo» (Roque Chabás, pág. 21).
Chelva nos ha podido ofrecer otra florecilla franciscana. Muere en Valencia en 1658, pero Chelva aspiró su perfume y contempló sus heroicas virtudes cuando era joven y predicador de rara santidad.
(1) Pavorde: En la Iglesia metropolitana y en la Universidad de Valencia, título de honor que se daba a algunos catedráticos de teología, cánones o derecho civil, que tenían silla en el coro después de los canónigos y usaban hábitos canonicales.
San Francisco, ladrón de herejes
Se ha publicado en Londres la autobiografía de la ilustre convertida al catolicismo Clara Sheridan, personalidad contemporánea del arte y de la vida inglesa. Prima hermana del antiguo premier británico Winston Churchill y de familia anglicana, confiesa en sus memorias la influencia que tuvo en su conversión el Pobrecillo de Asís San Francisco.
Extractamos algunos pasajes de su entrada en la religión católica, haciendo resaltar la influencia que siempre ha tenido el gran Santo de Asís sobre los extraviados herejes que han buscado la verdad, encontrándola tras las tinieblas de sus dudas y vacilaciones.
La puerta franciscana
Clara Sheridan sentía hace ya tiempo una fuerte nostalgia religiosa. Esta se agudizó en 1937 con la muerte de su hijo. Educada en el colegio católico de la Asunción, de París, tenía sus vacilaciones y sus congojas en abrazar y descubrir la verdadera fe. Cuando acabó la segunda guerra mundial —en 1945— experimentó una verdadera necesidad de entrar en la religión católica.
«Desde mi estancia en el convento de París la idea de ser católica —nos confesará en sus memorias— me asaltaba periódicamente. Mientras esculpía mi crucifijo de encina, esta idea llegó luego a ser tan vehemente que me condujo a las puertas del Monasterio franciscano de Rieti. Esta palabra, franciscano, provoca en mí todo un complejo de emociones y sentimientos: mis recuerdos de la inolvidable ciudad de Asís.»
«¡Qué camino más apropiado y más sublime para entrar en la religión católica el del espíritu franciscano! Era el mismo camino que había cogido Santa Clara, pero ella —a diferencia mía— no había tenido que llamar a ninguna puerta. Los mismos frailes habían venido a escoltarla con luz de antorchas. De una manera más humilde y menos espectacular pasaría yo también por el gran intermediario de conversos: San Francisco.»
«No era tampoco una cuestión de conversión, sino simplemente de colocarme en el lugar donde debía de estar. Una gran paz se apoderó de mí, la paz del corazón, la que nace de una decisión justa aunque por mucho tiempo haya sido retardada.»
Abjuración en Asís
En 1945, después de un difícil viaje que hizo Clara Sheridan a Asís, se verificó su entrada en la iglesia, punió culminante de todo su proceso de convertida. Nos lo narrará así bellamente descrito:
«De mañana me levanté y salí pronto de casa; subiendo la cuesta empinada de la pequeña calle de adoquines pregunté a la única persona que marchaba en la misma dirección cuál era el camino para la iglesia de Santa Clara. Casi siempre que me encuentro con extranjeros por casualidad me han caído en suerte hombres que merecen la pena en algún aspecto. Había rogado a San Francisco que me ayudara, y éste había colocado a aquel hombre en mi camino. Se trataba de un fondista suizo retirado y también —como me enteraría días después— terciario franciscano, quien ayudaba todos los días a la misa de seis en la tumba del Santo.
»Le pregunté si podría buscarme un sacerdote que hablara inglés o francés. Como él me instara a hablar con cualquiera de ellos, yo le confié la razón de mi viaje a Asís. "Es preciso informar al Obispo", me decía. Yo, por mi parte, no dejaba de repetirle que no era al Obispo a quien necesitaba, sino a un sacerdote. Mas él, mientras yo oraba en la iglesia de Santa Clara, descendió de nuevo la cuesta para llegarse a la Basílica y encontrar a alguno de los frailes que estuviera dispuesto a comenzar mi "instrucción"...
«Asís no es sitio donde se puede permanecer indiferente a aquello que a uno le rodea. Aun no habiendo ningún indicador de los benditos lugares, yo me preguntaba cuál era la razón de que sus habitantes puedan vivir tranquilos sin ser consumidos ante tantas bellezas de orden natural y sobrenatural que allí se respiran. Por todas partes encontraba una sonrisa angélica en los habitantes de Asís como saludo a mi venida. Perdí la noción del tiempo y del espacio orando en la cripta en aquella mañana del 11 de agosto, vigilia de Santa Clara.
»Por la madrugada, al otro día, al subir de nuevo la larga cuesta, estaba segurísima de que antes de que el sol se ocultara yo sería católica. A mi llegada al convento un mensaje me esperaba: el del Obispo de Asís, quien me anunciaba podría visitarle a las cinco de la tarde en la Catedral. Fui y el Obispo llegó con media hora de retraso (¡cuál no sería mi angustia en esta prolongada espera!). Las puertas de la capilla se cerraron. Yo me arrodillé en el reclinatorio y me sentí muy emocionada. No había, en verdad, nada de horroroso, ni aun de impresionante, en que una herética fuera recibida en la iglesia. Sorprendí a los asistentes escasos al acto leyendo mi abjuración en italiano y mostrando que no se me escapaba el sentido de ninguna palabra. El Obispo hacía constantemente gestos de aprobación y yo experimentaba placer en esta lectura. ¡La lengua italiana es tan bella! Pero de pronto ocurrió algo inesperado: el Obispo me dijo que debía confesarme, y como adivinara en el rostro mi inquietud, añadió sonriente: "Yo la ayudaré..."
Clare Sheridan tallando una imagen de la Virgen
«Después la ceremonia de la confirmación y para acabar la bendición del Obispo. Ya no me quedaban más que seis días. En el curso de los cuatro primeros recibí una instrucción intensiva en vista de mi primera Comunión. No me olvidaré nunca la noche última antes de la ceremonia. Vagué por el campo fuera de la ciudad y durante algunos instantes pensé en los cosas extrañas que me sucedían. No importaba. Era yo la que lo había querido. Pero, sin embargo, todo eso parecía trascender la escala de mi sola voluntad. En adelante todo había de ser diferente para mí: una nueva vida y yo otra distinta...»
La primera confesión
«Es una extraordinaria experiencia hablar con un extranjero y además consagrado a Dios, no ver su rostro y descargar una su alma sin pedirle nada de vuelta. El no sabrá jamás la impresión que me ha hecho, ni el coraje que supo comunicarme para afrontar el resto de mi vida de una manera enteramente nueva.
»En este estado de exaltación espiritual fue como bajé luego la sombría escalerita que conduce a la cripta, allí estaba Luigi, el fondista suizo que ayudaría a la misa al P. Nonni, religiosas y algunas terciarias y terciarios franciscanos a los que quizá ya no iba a volver a ver más en la vida, pero que, sin embargo, los consideraba verdaderos amigos. Llevaba en mi corazón innumerables amistades muertas y viva». Tenía una sensación casi física de su presencia, y es verdaderamente un sentimiento extraordinario el sentirse así, confiada y envuelta en esto. Cuando salimos de la iglesia con el brillante sol matinal, era el principio de una jornada de iniciación. Por la noche tuvo lugar otra ceremonia en la cripta, ceremonia muy simple, en el curso de la cual yo me enrolaría en las filas de la Tercera Orden Franciscana».
Luchas finales
«Yo no sospechaba que una versión tan deformada, lastimosa e incomprensiblemente de esta ceremonia apareciese en la prensa inglesa. ¿Qué podrían saber los periodistas de los terciarios franciscanos...? Mi hija Margaret fue despertada por teléfono a media noche para decirla que su madre se había hecho religiosa... ¡Cuando Margaret no sabía aún que yo era católica!
«Días más tarde, en el viaje de regreso, me detuve en Ginebra, Winston Churchill y su familia residían en el borde del lago en una casa puesta a su disposición por el Gobierno suizo. En el recibidor vino hacia mí con los brazos abiertos mientras me decía: "Estoy ya enterado de lo que has hecho" —en efecto, la noticia había sido anunciada por Radio Vaticano—; asaltada a preguntas permanecí confusa. Winston me hizo saber que él estaba en las mejores relaciones con el Santo Padre y de acuerdo sobre la mayor parte de las cuestiones políticas importantes. "La Iglesia —me dijo— representa el individualismo frente al comunismo." "Como hombre político estoy del lado de la Iglesia —continuó—, pero aún sigo defendiendo con Federico el Grande que cada uno tiene el derecho de escoger la ruta que le conviene para ir al cielo..."»
J. Weil
Confidencias
⇒ Que no haya ni un solo minuto que no esté consagrado a amar a Dios, y estaremos ciertos de haber hecho del tiempo el mejor uso posible.
⇒ No busquemos nunca nuestra perfección fuera o al lado del camino que nos toca recorrer.
⇒ La solicitud excesiva en nuestras obras es un desorden que urge remediar aun cuando sea difícil el hacerlo.
⇒ La excesiva solicitud nace de la pasión del deseo; y como es una pasión muy ardiente por su propia naturaleza, es difícil reprimirla. Pidámoslo al Señor en la oración.
⇒ No os quejéis más. Evitad el ocupar a los demás con vuestras penas y lograréis una admirable tranquilidad de espíritu. Que el amor a Jesús crucificado nos levante por encima de todas las cosas sensibles.
⇒ Jesús quiere serlo todo para vuestra alma, y así, mediante circunstancias independientes de vuestra voluntad, deja a la criatura que se retire y aparte... Desea que sólo su pensamiento y amor llenen vuestro corazón.
⇒ No te dé tanta pena lo que se piensa y dice contra ti; aun cuando el giro de los sucesos te parezca desfavorable. Hazte superior a todo, si tienes a tu favor el testimonio de la conciencia. Descansa en Dios. Fía en El.
⇒ ¡Dios mío!, libradme de obrar impulsada por un motivo imperfecto. ¡Dios mío!, ¡concededme la gracia de obrar siempre conforme a vuestra santísima voluntad!... ¡Qué hermosa oración!
⇒ Es un error el creer que el arrepentimiento y la humildad nos obligan a mirar siempre al «pasado»... Dios, que ya lo perdonó y olvidó, no permite que hagamos de ese pasado un motivo de inquietud que impida consagrar al «presente» toda nuestra atención y voluntad.
⇒ El estado de sufrimiento es siempre una gran oración. Pero no os alejéis jamás del Sagrario, ni interrumpáis vuestras oraciones por la razón de que sufrís mucho... Pensad que nuestro Señor ejerce sobre vuestra alma los derechos que libremente le habéis concedido para transformaros en su semejanza.
María de Santángel
Cantares de Nazaret
Canto 3.°: Canto de la natura a la Virgen su Reina pura
Jesús y María sentados junto a la fuente de Nazaret
Jesús. — El reposo y el descanso
en este suave remanso
bien nos hace recordar
las gracias de aquel cantar
con que el agua de la fuente
resonaba tiernamente
las loas de tu hermosura,
así parece ahora cantar
también por tu amor la natura.
Puesto que hablamos del cantar
bien será que reposemos
y con amor escuchemos
la ternura y los encantos
que sienten por ti los seres,
puesto que la Reina tú eres
de toda la creación.
María. — Si esa es tu decisión
hágase como tú quieres.
Jesús. — Ya verás tengo razón.
¿No has visto al amanecer
cómo los seres creados
todos de ti enamorados
te han mostrado su querer?
Las estrellas rezagadas
por verte ir a la fuente
no seguían al poniente
mirándote a ti aleladas;
y a eso por el oriente
una clara pincelada
de mil colores dotada
alumbró el valle y el monte
y esparció los mil colores
de su luz bella y hermosa
dando su gracia a la rosa
y a todas las otras flores.
Vistió con ampos de nieve
a los lirios y azucenas
y de ardiente color llenas,
movidas con soplo leve,
fueron mostrando las rosas
que eran flores preferidas
de la luz, reconocidas
como las reinas hermosas
de los valles y jardines;
y la celeste violeta
y el carmesí en los claveles,
como niñas y donceles,
era una fiesta discreta
que te ofrecieron las flores
de la luz en los albores.
Porque flores a María
con sus perfumes y aromas
cantaba en valles y lomas
el himno que te ofrecía
la creación mañanera,
de gracia y de luz toda entera.
Y el céfiro desprendido
de sus ocultas cabañas
mostró su aliento y sus mañas,
y juguetón y atrevido
removió las arboledas
despertando así a las aves,
que con sus cantos suaves,
regocijadas y ledas,
comenzaron su armonía
de mil variadas canciones,
y el arpegio de sus sones
siempre sonaba María,
como brotaba en las flores
en sus perfumes y aromas,
llenando valles y lomas
la esencia de sus amores
con esta suave armonía:
Flores, flores a María
y canciones a su amor,
y resaltó en la armonía
como lo hace cada día
el gracioso ruiseñor
cuando la luz ya invadía
la tierra con su esplendor.
Y por fin, con su llave santa
y con diadema de oro fino
abrió las puertas el día,
y el sol, rozando los montes
e invadiendo los valles,
con arpegios de luz pura
hizo sonar en la tierra
el canto del Avemaría.
¿Está ya ahora mi mamita
satisfecha y convencida
de que no sólo la fuente,
sino las flores y el día
y toda la creación patente
le cantan y la bendicen
y son con ello felices
de mostrarle así su amor?
María.— Loado sea el Señor
que así exalta y engrandece
a esta su humilde sierva
rendida toda a su amor.
Hijo mío, tuya es y a ti se debe
esta gloria y este honor.
Y estos cantares gloriosos
sean todos para Dios.
En los momentos en que escribo estas líneas me hallo bien acomodado en mi escritorio, después de haber entornado la ventana por donde se divisan las aguas cristalinas del Mirití. Y es que el río me evoca en estos días recuerdos fatales recientemente vividos...
Hace apenas una semana que regresé de la visita practicada a la Colonia Penal de Araracuara, que queda a unos 800 km. de mi residencia.
Después de permanecer durante unos días en dicha Colonia, emprendí el viaje de regreso, que de realizarse normalmente no tendría por qué escribir estas letras.
Pero ved ahí la historia...
«Acomodado» en una pequeña embarcación impulsada por un motor fuera de borda, de 10 HP., me fui alejando rápidamente río Caquetá abajo. Y así pasaron unas cuatro horas, hasta que de pronto se me declaró en huelga el motor y no quiso «respirar» más, a pesar de que el pobre motorista se pasó largas horas revisando las bujías, platinos, cables, etc.
¡Qué desaliento sentí al escuchar el «diagnóstico»!:
—Padre, los cables del encendido no sirven y no tengo a mano repuesto alguno...
¿Qué hacer? Regresar a la Colonia era ya imposible por no poder arrastrar con un solo remo una tonelada de carga y, además, más arriba borbotaba rabiosamente el agua en el
chorro del «Quinché», siendo completamente imposible salvarlo cuesta arriba y a remo. Y seguir viajando dejándonos llevar por la corriente era también casi imposible, pues nos hallábamos cerca de otro chorro, el cual no se atrevía a pasar el motorista.
No tocó más remedio que amarrar la canoa en la orilla y esperar que aconteciese algo más que un milagro... Lo peor del caso era que ni tan sólo podíamos saltar a tierra por lo tupida y enmarañada que es la selva en toda esa región del Caquetá.
¡Ah, cuán difícil se me hizo durante esas largas horas de la noche el «no pensar en el mañana»...! Pasarían las horas, tal vez me tocaría ver jugar al escondite muchas veces al sol y a la luna, y yo seguiría allá, en esa orilla, limpiando el último huesito de gallina fría que me quedaba, y esperar... hasta que alguien subiera de Pedrera a buscarme.
No pude dormir esa noche ni aun medio recostado en la maleta.
Y amaneció el nuevo día, gris, triste como mi ánimo...
—Mira, muchacho, así no podemos seguir esperando sin hacer nada. Hay que ingeniarse algo. Intentemos dejarnos llevar por la corriente y a ver si podemos pasar el chorro, aunque sea con un solo remo.
Momentos angustiosos al ver allá, a lo lejos, esas peñas que nos anunciaban la proximidad del
chorro, pero... ¡nada!, fue más el susto, pues las aguas estaban mansitas y no opusieron la menor resistencia a nuestra débil y enclenque embarcación.
Después, ¡qué días tan largos, Dios mío!, aguantando el sol ardiente, la lluvia torrencial y, lo peor de todo, el hambre, que me hacía suspirar por un poquito de fariña o cazabe... Por suerte, con un poquito de avena y azúcar fui evitando una posible oxidación de mi estómago...
Después de rodar al capricho del río durante dos días, llegamos a la casa de un indio, en donde pude saborear un buen zancocho y descansar un rato para seguir después viajando.
A pesar de qué digan por ahí que con la barriga llena no se tienen buenas ideas, yo les probaría lo contrario, pues lo cierto fue que después de saborear la sopa me llegó de pronto el gran «chispazo»...
En mi maleta, allá en aquel rincón de la derecha, tenía yo guardado un cable de antena... ¡¡¡El cable, mi salvación!!! Se lo entregué al motorista, y aunque él se me quedó mirando escéptico, le ordené que intentara usarlo en vez de los dañados, pues lo único que se necesitaba era hacer llegar corriente a las bujías.
Gaudeus gaudebo in Domino! (1). ¿Cómo expresar fielmente la alegría casi desesperante que invadió todo mi ser al escuchar resoplar el motor?
¡Se acabaron mis pesares! Ahora sí, a correr se dijo, río abajo, acariciado por la suave brisa producida por la velocidad del motor.
El resto del viaje fue más fácil que coser y cantar (aunque lo primero sea para mí más que imposible). En dos días llegué a Pedrera, en donde me recibió alegremente el P. Ignacio, que en vista de mi retraso ya estaba organizando mi rescate.
Al día siguiente pensaba proseguir el viaje hasta el Mirití, pero me vi «obligado» a quedarme hasta el domingo, día en que se jugaba un interesante partido de fútbol, y yo necesitaba ejercitar mis piernas casi entumecidas de tenerlas encogidas en la canoa...
Y empieza el segundo capítulo de la historia. Esa segunda etapa del viaje fue tanto o más desafortunada que la primera. A pesar de que mi embarcación va impulsada por un motor de popa, le instalé algo parecido a un control remoto, aunque más de una vez me he arrepentido de mi invento, pues antes uno sólo era suficiente para manejar el motor, pero ahora, al instalarle el timón en la proa, me toca a mí en suerte desempeñar el oficio de motorista, atento siempre a las señales del timonel, que se sirve de una sirena de bicicleta para indicarme las diversas maniobras.
El cuadro de esa noche se me presenta como una visión apocalíptica o diluvial... A la luz de la pálida luna miré el reloj: las once de la noche.
Sonó el pito de la sirena y, obediente a la señal, puse en marcha el motor. Con la linterna fui revisándolo todo, cual piloto antes de emprender el vuelo: el tanque lleno de gasolina, los cables en contacto con las bujías, la sirena... No tuve tiempo de concluir la inspección, cuando
de pronto siento un golpe tremendo al chocar la embarcación contra algo, e inmediatamente empieza a colarse agua por la popa. Al darme cuenta del peligro grité desesperadamente, mientras instintivamente apagaba el motor.
Todo quedó en silencio, mientras allá a lo lejos resonaba aún el eco de mi grito, mezclado con graznidos de aves nocturnas.
Pero, ¡oh providencia de Dios! Sin saber cómo, la embarcación se desmontó de la palizada contra la que había chocado y cesó de entrar agua al estabilizarse nuevamente en las aguas del río.
Por unos momentos quedé medio aturdido, hasta que ya algo recobrado del susto me puse a achicar desesperadamente en el bote. ¿A qué fue debido el estrellazo? Pues se enredó el cable del timón, dejó de funcionar la sirena y no oí los gritos del timonel debido al ruido del motor.
Mientras sacaba baldes y más baldes, contemplaba esa agua tan apetecida por el sediento, pero tan odiada por el náufrago, y decidí alejarme siquiera durante unas horas de ese enemigo taimado. Regresé a un rancho cercano y procuré aquietar algo mis nervios allá lejos, ¡lejos del río!, echado a la hamaca...
A las primeras horas del alba nuevamente navegaba por el Caquetá, que en la claridad del día no me pareció tan cruel como en la noche anterior...
Pasó ese día sin ningún percance, hasta que al atardecer ¡nos falla el motor! Y pasan las horas en un intento inútil de hacer resoplar nuevamente la máquina, pero ¡nada! Por suerte llevaba un motor de 2 HP., que más o menos funcionaba algo mejor que el dañado, y con ese nos regresamos otra vez ante la imposibilidad de dominar el batelón de subida con un motor de tan poco caballaje.
Al llegar al rancho de donde había salido la noche anterior, dejé allá la embarcación y seguí viaje a Pedrera en una canoa pequeña, a la que le entraba más agua que a un colador: Pero nuevamente se me apareció mi ángel custodio. Mientras iba achicando la canoa divisé allá en la orilla opuesta una embarcación impulsada a motor. ¡Esa podía ser mi salvación! Empecé a hacerles señas, y al poco estaba contando mis cuitas al motorista providencial, que en pocas horas me dejó el motor curado de todas sus dolencias.
Ahora sí pude seguir navegando durante seis días más hasta que por fin divisé lleno de júbilo mi casita del Mirití.
Días más tarde, mientras iba transcribiendo en los libros los treinta bautizos y ochenta confirmaciones administrados en esa excursión apostólica, se me ocurrió que posiblemente todos los malos ratos pasados en ese largo viaje fueron debidos a una rabiosa picardía del diablo...
—Padre, ¿cuándo regresa nuevamente a Pedrera?
—¡Por favor, no me hablen de viajes por ahora; no, no, no...!
P. Norberto del Prat
(De El Apostolado Franciscano. Enero de 1959.)
(1) Me alegraré en el Señor. Es el principio del Introito de la misa de la fiesta de la Inmaculada Concepción. Los franciscanos celebrarban esa liturgia todos los sábados que no tuvieran otra fiesta. Por eso todos se los sabían de memoria.
Madrid - Meditación
Doña Carlota
—Señora, una limosna, por favor.
Doña Carlota no pudo ni contestar. Ahí la tienen ustedes un domingo por la mañana, saliendo de oír misa de once, a la puerta de la iglesia de San José; véanla cómo toma la dirección de su casa con el rostro iracundo y hasta congestionado, a una velocidad debida más a su indignación y nervio que a la ligereza de sus piernas; véanla cómo lanza a los santos de su devoción varias de sus frecuentes acusaciones; véanla, con un poco de imaginación, trocada en toga su negra falda, cómo afila sus armas, convertida en fiscal del Juicio Ultimo, dispuesta a garantizar con su intransigente actuación la justicia más irreprochable para entrar en el reino de los cielos. Ah, si ella hubiera estado en el Calvario no hubiera dejado arrebatar un puesto en el paraíso para un ladrón. El Padre Eterno, piensa, es demasiado bueno, pero a ella no se la pega nadie.
Doña Carlota ya está en sus dominios. Ante el espejo de su vetusto ropero comienza a liberar sus entrecanos cabellos del velo negro que los oculta...
Y aquí en su casa sí que puede ella levantar la voz:
—Tiene gracia la cosa, a mí, ¡a mí!, pedirme ese andrajoso una limosna «por favor»...
E instintivamente emprendió la airada búsqueda de agravantes...
—Y lo ha hecho con toda intención, porque me vio salir de misa; porque sabe que una piensa como piensa...
Y volviendo los ojos al paciente de San Antonio que, sepultado entre velas y puntillas medio sonreía en un ángulo de la habitación, le espetó con-energía:
— ¿Adónde vamos a llegar, San Antonio bendito? ¡Qué falta de religión tienen las gentes!... ¡Por favor...!; lo hace para molestar, porque sabe que una es lo que es...
En esto erraba doña Carlota, porque el pobre que pidió el favor de una limosna no tenía ni la más remota idea de lo que era la encopetada señora que tan ostentosamente salía de cumplir el precepto dominical, ni conocía su condición de presidenta parroquial de la Junta de Damas para ayuda al menesteroso, ni se imaginaba siquiera la magnitud e importancia de sus apostólicos quehaceres.
El pobre, en realidad, pidió una limosna porque a lo mejor se la daban.
Doña Carlota limpió cuidadosamente una imaginaria motita de polvo que vio en el cuadro de Santa Teresita y se dirigió al comedor dispuesta a enfrentarse con un buen desayuno.
Entre tanto sus pensamientos le iban sumiendo en la nostalgia de su pasado feliz:
Aquellos tiempos...
Aquellos tiempos en que los pobres sabían ser pobres; cuando salíamos de misa de once —a la que iba lo más distinguido del distrito— nos íbamos a tomar el sol dominguero, y aun cuando aquellos eran tiempos mejores, también había pobres, porque pobres tiene que haber siempre, y se nos acercaban con aquella humildad, con aquella resignación, y nos pedían por amor de Dios una limosna, y hasta había algunos, por no decir todos, que mientras buscaba una en el monedero, rezaban por los difuntos. Ahora, ni rezar saben, seguro. ¡Qué tiempos, Señor, qué tiempos!
—¡Jacinta! Cada día está peor el chocolate y cada día lo sirves más caliente.
—Como la señora dijo ayer que estaba frío...
—¿Y por qué no me pones bizcochos, es que no quedan?
—Como la señora ayer no los quiso...
—Ayer... ayer no los tomé porque —y contuvo su enfado— había hecho una promesa a San Onofre. ¿Tú es que no haces ninguna promesa?
—Yo, si a la señora no le parece mal..., una...
—¡Qué servicio, Señor, qué servicio!
* * *
Doña Carlota, viuda, rentista con estrecheces, vieja y añorante, es una pobre señora a quien no se puede pedir más por una ignorante simplicidad de la que quizá no sea culpable.
Lo malo del caso es que a nuestra sociedad —sociedad tradicionalmente cristiana— se le podría atribuir en muchas ocasiones —y todos somos un poco responsables— las cualidades buenas , y malas de la tal señora.
A nuestra sociedad —sociedad tradicionalmente católica— da ganas de llamarle Carlota:
Porque rodea sus pretendidos fervores con un empaque y una suntuosidad excesivos para ser sinceros, excesivos para ser íntimamente sentidos.
Porque sus masivos deberes religiosos y sus entusiastas devociones populares no son tales, sino costumbres; costumbres que se cumplen por inercia o por el qué dirán.
Porque prefiere ser juzgada en masa —la católica España, la católica sociedad española; no el católico señor Tal o el católico señor Cual— para evitarse molestas preocupaciones.
Porque es tan egoísta que sólo da cuando se le pide invocando el nombre de Dios, para que quien pide se entere, y de paso Dios también que se da por amor a Dios y no por amor al prójimo.
Porque ventea demasiado los servicios prestados desde que existe como tal sociedad.
Porque alardea en exceso de pueblo predilecto de Dios.
Porque airea con estúpido orgullo su rancia condición de «cristianos viejos», sin que se observe la firme voluntad de ser «cristianos actuales».
Y porque su responsabilidad, nuestra responsabilidad, se crece porque nos atribuimos funciones directivas con pretensiones de orientar y de guiar a los demás.
Nuestra responsabilidad se crece porque del doloroso parto del 36 nació una sociedad nueva que ni siquiera le llama Carlota y que quiere ser, debe ser distinta.
Yo creo que esta moza crecerá a pesar de las zancadillas que le ponga la vieja, a pesar del lastre que lleva.
Lo creo porque nació del sacrificio supremo de unos hombres.
Lo creo porque creo y espero en España y en Dios.
Vicente M. Vicent
Madrid, 1959.
Johni
(Continuación)
Seguí a Kiyosi al puerto y señalando con el dedo me mostró de lejos su pequeña embarcación. Al subir a la barcaza la tripulación me miró como a un ser raro y extraño, como a un intruso. Habían allí de varias razas, pero abundaban los chinos. La barcaza estaba sucia y era además fea. Abandonamos el puerto aquella misma noche. Después de comer el rancho me ordenó Kiyosi que fuera a dormir. Yo se lo agradecí, pues estaba cansado y tenía la cara hinchada de tanto llorar. Sería media noche cuando sentí en mi rostro como salpicaduras de agua. Bajé de la litera y sentí bajo las plantas de mis pies la furia del agua. Una gran inquietud se apoderó de mí; tenía miedo, pues aquella barcaza era poco resistente para aquel fuerte temporal. En cubierta se oían gritos. Kiyosi daba órdenes a la tripulación. Las olas rugían enfurecidas sacudiendo la barcaza en todas las direcciones.
En una de aquellas sacudidas caí al suelo rodando como una bola. Intenté levantarme, pero no podía; arrastrándome por el suelo salí de allí llegando hasta la escalera. Agarrándome a la baranda subí unos peldaños y sentándome allí me quedé acurrucado; Un marinero al verme me cogió del brazo, quería sacarme a cubierta; yo me defendía sujetándome fuertemente a la baranda, pero él más fuerte que yo consiguió soltarme y arrastrándome me llevó a cubierta. Seguramente quería que yo también trabajara en alguna cosa, pero como yo no entendía lo que me decía me dejó por inútil.
Tendido en el suelo me sujeté a unos hierros, las olas bañaban la cubierta, yo me sentía incapaz de abandonar aquel puesto. La espuma de las olas nublaban mis ojos. En estos momentos de gran emoción sufrí un fuerte golpe en la cabeza y seguramente perdí el conocimiento, pues cuando desperté me encontraba otra vez en mi litera. Un fuerte escalofrío me hizo temblar, estaba calado hasta los huesos. Uno de mis compañeros, al ver mi estado febril me trajo un vaso de whisky. Aquella bebida me hizo reaccionar y pude concentrar mis ideas. Me levanté y cambié mis ropas.
Aquel fue mi primer bautizo como marinero pirata, pues Kiyosi, .además de la pesca, se dedicaba al contrabando de drogas y al robo en algunas islas de Malasia. La tripulación se divertía jugando y bebiendo; eran seres desheredados de la fortuna, sin otra preocupación que el plato de rancho. Kiyosi cuando hacía una buena operación los invitaba a emborracharse; ellos con eso se sentían felices. Yo procuraba permanecer alejado. La vida de pirata no me gustaba después de haberla conocido, pues éstos eran hombres sin conciencia y duros de corazón, y llegué a odiar aquella forma de vivir, y como veía en peligro mi vida y mi salud, pues siempre estaba chapuceando en el agua, decidí abandonar aquel oficio.
Kiyosi, cuando conoció mi intención de abandonarlo, se enfureció y levantó la mano amenazándome pegar.
—No te marches —me suplicó arrepentido de su arrebato—. Serás mi socio y te casarás con mi hija más pequeña, yo soy inmensamente rico. Tú tienes temple y capacidad para llevar un negocio, no eres como estos miserables que no piensan más que en emborracharse.
Procuré ocultar mi propósito y poco a poco fui preparando mi fuga, la cual llevé a cabo con éxito. Marché a Australia y allí trabajé de criado en una granja. Pronto gané la confianza de mis amos, que me ayudaron económicamente. Me dediqué al ganado lanar, Dios me ayudó e hice una fortuna. Como me hacía viejo pensé en casarme, deseaba ardientemente tener un hijo a quien dejar mi hacienda y negocios. Conocí muchas mujeres hermosas, pero eran demasiado frívolas; pensé en regresar a mi patria y buscar a una hija de mi tierra. Escribí a mi familia después de casi treinta años de ausencia y envié dinero para que compraran esta casa.
Luego indiqué la fecha de mi llegada, pero antes tenía que hacer un viaje a Nueva Zelanda, tenía allí pendiente una deuda. Embarqué en Sydney, la travesía se presentó magnífica, recordé mis tiempos de pirata Pero muy cerca de la costa de la gran isla nos sorprendió un fuerte huracán que derribó los mástiles del barco. El buque, seguramente arrastrado por el huracán y las corrientes de aquellos mares perdió el rumbo. Debió darse cuenta el capitán que el barco iba a naufragar, porque ordenó el salvamento de la tripulación. La gente no quería abandonar el barco, pues la lluvia y el aire les hacía imposible salir a cubierta. El barco había encallado en un banco de arena movediza. El capitán gritaba hasta enronquecer:
—Démonos prisa si no queremos morir ahogados por la arena—, gritaba sin cesar.
La noche era oscura. Con el rugir de las olas, los gritos de las mujeres y los niños, era imposible entenderse, todos habían perdido la razón. Ayudé al que pude a ponerse el salvavidas y ayudé también a desalojar el buque. Pero las olas se precipitaban sobre los botes y algunos desaparecían envueltos por las mismas entre gritos de socorro y plegarias. No se sabía qué era mejor, si abandonar el barco o morir allí. Mi bote fue uno de los últimos en abandonar el buque. A los pocos momentos éste se hundió. En la barca que yo iba éramos más de quince, pero era tal el alboroto que parecía oírse más de mil voces. Se pegaban unos a otros y pedían socorro. Yo intenté poner orden, pero me amenazaron con arrojarme al agua. Alguien se abalanzó sobre mí golpeándome y dejándome sin sentido, pisoteando mi cuerpo. Al darme cuenta estaba magullado, herido y lleno de moraduras.
Olga Bauzá de Lloréns
(Continuará)
Noticias
Su Santidad el Papa regala un precioso relicario al convento de Baccanello, cuyo P. Guardián recibió al mismo tiempo !a siguiente carta del Sr. Cardenal Secretario de Estado: «Reverendo Padre: Con la mayor diligencia he hecho expedir a V. R. un espléndido relicario de San Carlos de Sezze que el Augusto Pontífice se ha dignado destinar a ese convento franciscano de Baccanello. Desde los primeros días de su elevación al Supremo Pontificado sintió vivamente Su Santidad el deseo y necesidad de legar a Baccanello un significativo recuerdo suyo, porque ese convento es la primera casa religiosa que conoció el Santo Padre. El eco de las campanas de su iglesia —muy pocos pasos distantes de su casa natal— quedó impreso en su alma y despertó siempre en él gran fervor religioso y un sentimiento de afecto y de respeto inalterable: evocó en su espíritu imágenes de fe, de bondad y de paz durante las horas ya de alegría, ya de tristeza, que pasó en Oriente y en Occidente.
Ha llegado, pues, la ocasión propicia para apagar tal necesidad y deseo. La canonización de San Carlos de Sezze es la primera que el Sumo Pontífice reinante ha realizado y le ha proporcionado feliz coyuntura y grata posibilidad para alegrar a ese convento, tan querido de su corazón, con un obsequio franciscano; la dedicatoria en latín, hecha grabar al pie del relicario, transmitirá a la posteridad el augusto gesto. El Padre Común, para refrendar sus paternales votos por el progreso en el camino de la perfección evangélica de esa comunidad, augurándole copiosas consolaciones e impulso de la gracia celestial, imparte a V. R. y a sus Hermanos la bendición apostólica.
«Aprovecho muy gustoso esta oportunidad para hacerle presente a V. R. mi mayor aprecio.
D. Card. Tardini.
»Desde el Vaticano, 16 de abril de 1959.»
Nuevo Lector General de la Orden.—
El P. Antonio Álvarez Tomás, de la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón, después de dos años de brillantes estudios en el Colegio de San Antonio, en Grottaferrata (Roma), ha obtenido el honroso título de Lector General de la Orden en Pedagogía, y ha regresado a España. Nuestra sincera bienvenida y cordial felicitación.
Otro misionero franciscano a la Argentina.—
El P. Andrés Soler Gadea, de la Seráfica Provincia de Valencia y Aragón, embarcó, en Barcelona, el día 7 de los corrientes, en el Cabo San Vicente, para ayudar a los religiosos de dicha Seráfica Provincia que misionan en la República Argentina. Le deseamos feliz viaje y abundante fruto en su apostolado.
Superior de Ain-Karem.—
Ha sido nombrado Superior del convento franciscano de Ain-Karem (Palestina) el P. Jesús Sanjuán Navarro, religioso de la Seráfica Provincia de Valencia, que se halla misionando en la Custodia franciscana de Tierra Santa. Reciba nuestra enhorabuena.
Los seis grandes de la ayuda a las Misiones.—
El año 1958 católicos procedentes de 54 países contribuyeren con sus limosnas a la Obra de la
Propagación de la Fe, que puso a disposición del Romano Pontífice 17.008.539'89 dólares para su distribución en territorios de misión. He aquí los seis países que contribuyeron con más dólares: Estados Unidos, 10.434.226; Alemania, 1.317.788; Canadá, 928.200; Italia, 800.000; Francia, 714.284; España, 617. La aportación española, teniendo en cuenta el nivel de nuestra vida y el valor de nuestra moneda, es notable. Pero todavía España puede dar mucho más.
Un clérigo anglicano sacerdote católico.—
Cada día es mayor el acercamiento de los anglicanos (protestantes) hacia Roma. El periódico Catholic Herald ha informado sobre la ordenación sacerdotal en Roma del exclérigo anglicano Waston Honnach. Era un intelectual. Hacía años que había publicado unos libros sobre la masonería que habían causado honda impresión en Inglaterra.
No cabe acuerdo con el comunismo.—
Ya muchas veces ha sido condenado el comunismo, y últimamente Roma ha hablado en contra. No caben componendas, ni es lícito a un católico apoyar con su voto al comunismo ni a partidos políticos aliados del comunismo.
Y ha dado la razón. Porque el comunismo es materialista y anticristiano. Además, los dirigentes del comunismo, aunque con palabras, declaran alguna vez que no combaten la religión, de hecho, con la teoría y con la acción, se muestran hostiles a Dios y a la Iglesia de Cristo.
"Aitape", en Nueva Guinea australiana.— El Vicariato apostólico de «Aitape» está encomendado a la Provincia Franciscana de Santo Espíritu, en Australia. En él misionan 26 Padres y 5 Hermanos legos. Tiene.96.000 km2. La Misión está dividida en dos vicariatos foráneos y abarca 21 residencias primarias y 176 secundarias. Hay 178 escuelas elementales con 3.389 niños y 1.822 niñas; una escuela para los catequistas con 42 alumnos; 2 hospitales y 8 farmacias, y 1 leprosería con 420 leprosos. El año pasado- se administraron los siguientes bautismos: a adultos, 748; a niños, 1.840; en peligro de muerte, 169. Hay 50.000 paganos, 19.091 católicos y 3.145 catecúmenos.
Cuando en el año 1946 los Padres franciscanos se hicieron cargo de esta Misión, eran poquísimos los cristianos —casi ninguno—; ahora, después de doce años de intenso trabajo, hay 19.091. ¡Grandísimo progreso!
Un grave peligro en Uruguay y para todo el mundo.—
En el mes de marzo se celebró en Montevideo el II Congreso Internacional para la Fraternidad Universal, organizado por la asociación masónica Fraternidad Universal. Su objetivo: expansión del comunismo en todo el mundo. La masonería y el comunismo unidos en un frente común. Lo ha dicho el Gran Maestre de la logia de París: «El comunismo y la masonería tienen ideales comunes de felicidad terrestre.» Los masones logran sus fines por medios secretamente subversivos; los comunistas, con medios abiertamente revolucionarios; el masón va a la minoría política y el comunismo se apoya en la política de las masas. Pero los dos
juntos y de mutuo acuerdo para borrar todo lo que sea religión y catolicismo.
«Marruecos» (antes español) ahora Archidiócesis de Tánger.— Tiene 28.373 km2, y 1.500.000 habitantes, de los cuales 100.000 son católicos. 60 sacerdotes regentan 23 parroquias, 5 de éstas en la Archidiócesis de Rabat.
Allí los Padres franciscanos editan Mauritania, revista muy importante y alabada, y cinco publicaciones más de menos importancia. Tienen una imprenta en donde se editan libros en español, árabe y francés. En todas las parroquias hay una biblioteca popular, una escuela parroquial, un salón de cine y varias asociaciones espirituales, además de la Acción Católica, que está muy floreciente.
En muchos lugares hay también comedores para los pobres. El año pasado administraron los bautismos siguientes: a adultos, 29; a niños, 2.190; en peligro de muerte, 2.433.
Distinción especial para un capellán de circo.— El capellán de circo P. Schonig ha visitado durante los días de Pascua a los artistas circenses en Alemania. Su labor apostólica la realiza entre unos 3.000 católicos, artistas del circo como de la escena en la República Federal Alemana, Austria y Suiza. El Club Internacional de Cine, Teatro y Prensa, compuesto de personalidades alemanas y extranjeras, y cuyo lema es Veritas vincit, ha nombrado a dicho capellán Presidente de honor vitalicio como reconocimiento de los muchos méritos y frutos conseguidos por dicho Padre en la cura pastoral de tales artistas.
La Orden franciscana es eminentemente misionera.— Actualmente hay más de 4.000 frailes en Misiones de infieles, Misiones auténticas. En el año pasado administraron los siguientes bautismos: de niños, 123.093; de adultos, 22.244; de moribundos, 10.799. Total, más de 150.000 bautismos en el último año. Además han atendido a 2.250 iglesias y capillas, 598 parroquias, 707 seminarios, 2.665 escuelas y colegios, con 280.815 alumnos; 10 tipografías, 42 hospitales y 108 farmacias.
Trabajan con ellos 3.124 religiosas franciscanas y 71.008 terciarios franciscanos, de los cuales son 122 sacerdotes seculares. En suma: 78.132 misioneros franciscanos. A este número hay que sumar los misioneros, efectivos también, de los capuchinos, que son muy numerosos, y de las otras ramas franciscanas.