Índice de los números 392-3

Noviembre y diciembre de 1961. Año 35. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

Una paz que llega a todos

Cristo simboliza la verdad, y ésta, a su vez, es armonía, reunión perfecta de todas cuantas virtudes integran la paz del espíritu. Una prueba irrebatible la ofrece el Hijo de Dios cuando acatando dócilmente los mandatos del Padre, predispone su conciencia a los designios de la divinidad. No hay sombra siquiera de rebeldía ni aún en los cálices de amargura que se le deparan. Acata con humildad las órdenes del Omnipotente y acepta hasta con gozo las pruebas a que es sometida su divina naturaleza.

Todo ello no es sino una consecuencia de la paz, el sosiego que reina en su espíritu. Virtud que no sólo le confiere fortaleza y gloria personal, es más, la esparce como rocío bendito a su alrededor. Paz que dulcifica la aspereza del pecado, que mitiga el juego de la codicia o el odio, que hermosea las fachadas del alma muchas veces mancilladas por la deshonestidad, que presta a los gobernantes fórmulas maravillosas de feliz convivencia, que obra y sirve de base a la realización de aquellos portentosos milagros, que abre incluso senderos rutilantes por donde se avanza hacia la conquista de la suprema felicidad del espíritu. Y todo esto vino a ser producto de la bondad, de la paz que Cristo difundió entre los hombres.

Cristalización perfecta de la misma y pretérita voz que un día lanzasen los ángeles a través de todas las rutas de la tierra: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad...»
Pero por desgracia para nosotros, el celestial mensaje pareció no hallar el eco que debiera en el corazón del ser humano. Muchas de las grandezas que su concepto venía a expresar fueron menospreciadas por la ambición. Los soberbios no querían aceptar la verdad de esta sentencia divina. Les parecía más cómoda la postura del sordo o de quien arguye incapacidad para oír.

De esta forma creían estar a salvo del delito de infidelidad a Dios, era un nuevo lavatorio de manos, un difuminar en la mente del recuerdo de la feliz promesa. Sin embargo, y en esto radica el muro de contención que ha mantenido aún dentro del desequilibrio los niveles justos de la economía espiritual, muchas almas, infinidad de seres, han mantenido el precepto y no sólo han hecho en su interior reverencia de él, sino que trataron o tratan de comunicarlo a sus semejantes. Entre ellos se encuentran los puros, los santos, los espíritus heroicos que en las turbulencias de la vida logran mantener enhiesto el símbolo blanco de su paz.

Ciertamente, Cristo fue quien trazó la pauta de esta virtud. Primero la mostró bajo las formas siempre persuasivas del ejemplo, después les dio volumen armónico al esparcirlas desde el púlpito grandioso de las montañas o sobre las gradas amables de los valles. Era, no una advertencia o enseñanza, era más bien la oración capaz de hacer surgir en lo futuro los moldes maravillosos de una sociedad llena por todos sus poros de paz. Por ello, en esta ocasión, nuestra Revista La Acción Antoniana, al felicitar efusivamente a todos en estas Pascuas de Navidad, les desea que siempre, en cualquier momento, presida en sus hogares, en sus conciencias, la paz, que a fin de cuentas no es más que un sinónimo de prosperidad y grandeza universal.

Francisco de Paula García Sabater

Plenitud de gracia a la Virgen María

Según el Doctor mariano Juan Duns Escoto

Voy a sintetizar aquí la doctrina sobre la plenitud de la gracia concedida a María en el momento de su Inmaculada Concepción en dos puntos del Beato Escoto, consumado maestro y precursor del dogma:

1º. María recibió la plenitud de la gracia.

«La Bienaventurada Virgen María —escribe el Doctor mariano— recibió en el momento mismo de su Concepción la plenitud de la gracia con todos los demás dones que requería la dignidad de Madre de Dios a la que estaba designada.»

Esta afirmación tan rotunda la deduce el Doctor mariano de los conocidos principios: su aproximación al Redentor, de cuya Redención participó en forma más excelente que cualquier otro bienaventurado, o para decirlo mejor, en el modo más excelente posible; su mayor unión con Dios, fuente de todo bien sobrenatural, y, sobre todo, de su excelsa dignidad de Madre de Dios, que reclamaba un mar sin fondos ni orillas de gracia y santidad.

Pero oigámosle a él mismo en sus Comentarios Osconienses: «Que la Bienaventurada Virgen María recibió en el momento mismo de su Concepción aquella plenitud de gracia que convenía a la futura Madre de Dios se evidencia por varios motivos: Ella cerca de Dios, porque debía concebirle en sus entrañas. Esta aproximación a Dios requería el modo más excelente de santificación, de manera que no podemos explicarlo sino diciendo que fue la plenitud de la gracia. Además, su divino Hijo, por cuya Redención y mediación recibimos todo don, debía aplicarle a Ella sus méritos en la forma más excelente y sublime y debía mediar el Padre en su favor en el modo más eficaz y excelso, lo cual equivale a la plenitud de la gracia. Fue tal desde aquel mismo momento la plenitud de la gracia en María, que su santidad no es comparable con otra pura criatura alguna, y aunque no es imposible que Dios concediera tal don a otros, fue, sin embargo, conveniente y decoroso que sólo se otorgase a la futura Madre de su Hijo.»
Siguiendo al mismo Doctor mariano, hemos de apuntar dos salvedades u observaciones a esta santidad inicial de María.

En primer lugar, la diferencia que media entre la gracia de la Virgen y la de Cristo. Constituía preocupación de los Doctores anteriores al Beato Escoto la que supone esta objeción que nuestro Doctor se plantea y resuelve con estas palabras: «No parece ser —dice— que la Bienaventurada Virgen pudiera recibir la plenitud de gracia en su Concepción, porque esto es propio de Cristo por razón de su unión personal con el Verbo divino, por lo que San Juan, en el capítulo I de su Evangelio, escribe: «Vimos su gloria, como la del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»; ahora bien, lo que es propio de Cristo no compete a pura criatura. «A eso responde —continúa— que poseer la plenitud de la gracia es propio de Cristo en cuanto que todos reciben de El la gracia con la cual son santificados, como de la cabeza que fluye a todos los miembros. Y en este sentido es muy diversa una de otra plenitud, puesto que María la recibió también de su Hijo.» Es decir, que a Cristo le es debida y propia la plenitud de gracia, mientras que la de María fluye y se deriva de la de Cristo su Hijo.

En segundo lugar, la plenitud de la gracia de María tampoco es absoluta como en Jesús. Si en el momento de su Concepción María hubiera recibido la gracia ya en su plenitud total y absoluta, no hubiera podido crecer en la misma. Un vaso lleno no admite más líquido. Tal plenitud, pues, hay que entenderla en sentido relativo; la plenitud que admite el recipiente, es decir, tal alma dada la misión a que Dios la predestina y en tal momento. Preguntémonos cuál era la misión a la que María estaba predestinada. Ser Madre de Dios, dignidad que excede toda inteligencia creada, llegando a los confines de la divinidad. Si tal es la medida, deduzcamos, si podemos, la plenitud de gracia recibida por María en su Concepción; la plenitud en la preparación, según escribe San Bernardino de Sena.
Mas para que no parezca que con esta relatividad quitamos algo a la plenitud que acabamos de afirmar, oigamos cómo la pondera el bienaventurado Doctor mariano en el segundo punto:

2º. La gracia de María superó a la de todos los ángeles y santos juntos.

«Esta plenitud de gracia concedida a María en el momento de su Concepción excede y
supera a la de todos los ángeles y santos juntos.»

También esta afirmación, a primera vista hiperbólica, procede del Beato Escoto, siempre tan ponderado en sus opiniones. Sin embargo, hemos de advertir que no todos los teólogos lo admiten, aunque pueda afirmarse que es la opinión más aceptada.

Quizá también el lector se quede maravillado ante una aserción que parece exhorbitada, pero posiblemente no se ha formado de la cuestión una idea exacta.

La gracia no es algo tangible y que, por lo mismo, pueda medirse materialmente. Cuando decimos que la gracia primera de María alcanzó mayor grado y excelencia que la de todos los ángeles y santos juntos, no afirmamos que para medirla precise añadir a María primero la gracia del mayor santo, luego la de otro, y otro, hasta el número total de bienaventurados. No. Prestemos atención a este símil. La gracia santificante es la imagen de Dios en nosotros. El alma del justo es, pues, un espejo en el que se refleja la imagen de Dios. Mil espejos mal azogados juntos no llegan a reflejar una imagen con la perfección que uno solo, puro, terso, divino. Tal espejo es María.

El Doctor mariano prueba su afirmación, que repite con insistencia, con un argumento perentorio: En Dios la medida del amar es el dar. Más todavía, en Dios amar es dar. Y no cabe duda que amó a la Madre de su Hijo más que a todos los bienaventurados juntos. Buena prueba de ello, que sólo a Ella la preservó del pecado original, no sufriéndole el corazón tenerla enemiga ni un instante. Oigamos al Doctor: «Si todos los santos, a excepción de la Virgen, cayeron en Adán, y sólo Ella fue preservada, está claro que Dios amó más a Ella sola que a todos los demás juntos y, por lo mismo, mayor gracia le confirió a Ella que a todos los demás tomados juntos. Pues con todos los demás sin excepción Dios estuvo alguna vez enemistado y airado, y sólo con María jamás estuvo ni airado ni enemistado, y de ahí que Ella sola fue más amada que todos a la vez.»

Pero ¿y los ángeles? ¿Puede afirmarse lo mismo de los ángeles?

Estos jamás pecaron y, además, son de naturaleza superior a la de la Virgen. «Lo mismo [—responde nuestro Doctor— hay que afirmar de t los ángeles. Bien es verdad que su naturaleza supera en excelencia a la de María y que jamás [pecaron. Pero también supera a la de la Humanidad de Cristo y, sin embargo, afirmamos que la gracia de Jesús excede a la de todos ellos. Aunque inferior a los ángeles en naturaleza, y bien que éstos jamás pecaron, la gracia de María supera a la de todos los ángeles juntos por su aproximación a Dios. Los ángeles todos son siervos de Dios... y María Madre de Dios.»
Los Doctores que admiten esta opinión se atienen a las razones del Doctor mariano y aducen en este caso su conocido principio: «Si la Sagrada Escritura y la Tradición no lo contradicen, en la duda hay que atribuir lo más excelente a María, pues de errar es preferible excederse a quedar cortos en la loa de tan excelsa Virgen.»

Fr. Pascual Rambla, ofm

Hechos providenciales

La fecha del 8 de diciembre evoca, desde ha ya más de un lustro, a nuestra mente unos hechos extraordinarios cuyo prurito de divulgación no nos avenimos a acallar habida cuenta de la edificación espiritual que ellos entrañan.

Dice la historia que el día 1 de diciembre de 1854 acogía Pío IX en consistorio el «placet» concorde del Colegio Cardenalicio con respecto a la próxima declaración dogmática de María concebida sin pecado original merced a los previstos méritos de Jesucristo.

Este gesto solemne e infalible lo realiza el soberano Pontífice en el fausto 8 de diciembre del mismo año en la Basílica Vaticana repleta de fieles, teniendo que interrumpir la lectura de la bula dogmática, pues la emoción que se manifestaba por las lágrimas que de sus ojos se deslizaban entorpecía dicha lectura.
La inmensa muchedumbre que frenética aplaudiera al Vicario de Cristo creyó advertir dos señales claras que juzgó extraordinarias: la voz de Pío IX que al declarar el dogma resonó tan alta que fue oída en todos los ámbitos del templo más grande del mundo, y un rayo de sol que en aquel momento rasgaba las nubes penetrando por un ventanal envolvió la persona del que proclamaba el singular privilegio de María de una luz que parecía reclamar aquella otra con que San Juan evangelista había visto un día a la «mulier amicta sole». [mujer vestida de sol]

Pero la señal más poderosa de la intervención celestial en la glorificación de su Reina se verificó en el interior del alma de Pío IX. El mismo repetidas veces lo manifestó a sus íntimos.

Preguntado por una buena religiosa qué había sentido en su alma en el momento de la definición, le respondió: «¿Qué sentimos en el día de la primera Comunión? ¿Qué sintió usted en el día de su profesión y yo en mi ordenación sacerdotal? Pues multiplicad por ciento esos gozos y tendréis una idea de lo que yo sentí en aquel feliz momento.»

En otra ocasión el mismo Pontífice haría público que, al proclamar a María sin pecado original, fue elevado a una penetración tan aguda de la incomparable pureza de la Virgen que se maravilló después de no haber muerto de tanta emoción.

Fr. Deodato Carbajo, ofm

Nochebuena en Belén

Días antes de Navidad Jerusalén rebosa animación. Todos los idiomas se hablan en sus enrevesadas calles, por las que bulle una marejada de peregrinos y turistas llegados de Europa, de América, del Líbano, de Egipto y Siria. Arrostrando todas las dificultades para encontrar alojamiento en la Ciudad Santa —en Belén no hay hoteles—, vienen a celebrar la fiesta en el mismo escenario de la primera noche «buena» de la humanidad.

Al atardecer del día 24 una caravana de coches empieza a desfilar por la zigzagueante carretera que conduce a Belén. En las inmediaciones de la gozosa población se divisa en lo alto la luminosa estrella de cinco puntas. Los villancicos que retozan en el corazón suben a la boca y casi se hacen sonido.

Vamos, pastores, vamos,
vamos a Belén,
a ver en ese Niño
las glorias del Edén.

La entrada en la Basílica está muy bien organizada. Con los boys scouts y los numerosos voluntarios para mantener el orden, colabora eficazmente la policía jordana. Como la puerta de la Basílica es muy estrecha —hay que entrar uno a uno—, esta noche se efectúa el paso por la hostería de los franciscanos, llamada Casa Nova, cuyo corredor conduce directamente al precioso claustro bizantino que precede a la iglesia de Santa Catalina. En ella dan comienzo los solemnes maitines a las once de la noche, pues, como se sabe, la contigua Basílica de la Natividad está en poder de los griegos ortodoxos —cismáticos—, quienes celebran la Navidad en otra fecha, ya que no se ajustan al calendario gregoriano, sino al juliano. Esta iglesia fue erigida en 1882, en sustitución de otra más pequeña de la Edad Media, y comunica con la Basílica.

En el amplio presbiterio se colocan las autoridades religiosas, revestidas de ricos ornamentos, y a uno de los lados se levanta el trono del patriarca latino de Jerusalén. Poco antes de dar comienzo la misa pontifical entran los diplomáticos acreditados en Jordania con uniforme de gala, acompañados de sus esposas y precedidos de la guardia árabe, con largos alfanjes de plata repujada y el tradicional y típico atuendo. Ocupan los primeros lugares, que les están reservados, y detrás de ellos se colocan los personajes distinguidos, los visitantes ilustres y los periodistas; el resto de la iglesia, tres grandes naves, está abarrotado de gente que se apretuja por ver el altar, en el que, sobre el sagrario, está la escultura del Niño Jesús en el pesebre.

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Niño Jesús

Se ha dignado nacer

La belleza de los textos de las Sagradas Escrituras adquiere en este lugar, y en esta noche, su máximo esplendor. En el canto de Maitines se mezclan las voces de los salmos de Isaías, de los primeros Papas, y sus acentos tan conocidos adquieren aquí un sentido más profundo y una emoción más intensa. «Un Niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. El imperio reposa sobre sus hombros y tiene por nombre Consejero maravilloso, Dios fuerte, Príncipe de la Paz»... «El es nuestro Dios y nosotros somos el pueblo de su majada, el rebaño que conduce su mano»... Y a las voces del salmista y del profeta responde la Iglesia: «Hoy por amor a nosotros, el Rey del cielo se ha dignado nacer de una Virgen para librar al hombre de la perdición y devolverle el reino celestial»... «Hoy nos ha bajado del cielo la paz auténtica. Hoy ha caído sobre el mundo entero como un rayo de miel»...

El corazón se va dilatando más y más de esperanza, de paz y de alegría. «El triunfo no está lejano. Eres feliz, pecador; se te ofrece el perdón. Pagano, ten valor; te llaman a la vida»... «Que el cielo se regocije y exulte la tierra. Que el mar se estremezca y todo lo que él contiene. Que tiemble la tierra con todo lo que ella encierra. Que los árboles de la foresta se agiten en presencia del Señor, porque viene»...
Tras de la bella ceremonia preliminar comienza la misa, que oficia su beatitud monseñor Alberto Gori, Patriarca de Jerusalén, asistido por los canónigos y el seminario de la Ciudad Santa, mientras la schola Tierra Sancta canta hermosos motetes y villancicos, acompañada por el órgano.

El valor artístico de estos elementos no es nada extraordinario, como es fácil suponer; pero precisamente su sencillez, su primitivismo, constituyen su encanto, porque contribuyen a acentuar el «clima» emotivo de la evocación. Al entonar el Gloria se ilumina una gran estrella suspendida sobre el altar y el letrero que rodea al ábside, con el himno angélico: Gloria in excelsis Deo, mientras se echan a vuelo todas las campanas de Belén. El Niño del altar parece sonreír dulcemente, bañado por un torrente de luz.

«Aquí»

Terminada la misa tiene lugar la ceremonia más conmovedora de esta bendita noche. Toma el patriarca en sus brazos al Niño Jesús y, seguido en procesión por los oficiantes, los dignatarios de la Iglesia y el
Cuerpo diplomático, recorre el claustro y entra en la Basílica de la Natividad, para descender a la gruta que se encuentra bajo el altar mayor. Durante el trayecto canta el coro el himno de las Vísperas de Navidad. Ya en la gruta, frente a la estrella de plata que está bajo el ara del altar —en la que se lee Hic de Virgine Maria Jesus Christus natus est (Aquí de la Virgen María nació Jesucristo)—, el diácono entona el Evangelio de San Lucas que se leyó en la misa de media noche: «En esos días apareció un edicto de César Augusto»...

Al llegar a las palabras «y dio a luz a su Hijo primogénito y lo envolvió en pañales», el diácono toma al Niño de manos del Patriarca, lo envuelve en fino lienzo y lo coloca en el suelo, sobre la estrella. Prosigue el Evangelio, y cuando dice «lo reclinó en el pesebre porque no hubo lugar para ellos en el albergue», vuelve el diácono a tomar al Niño en brazos, y descendiendo dos escalones, dentro de la misma gruta, lo deposita en el lugar del pesebre, formado por un cajoncito de mármol bajo una oquedad de la roca. Allí permanece durante los días de la octava.

El relato evangélico de la aparición de la milicia celeste a los pastores de las cercanías de Belén termina con el canto a coro del Gloria. A continuación sigue un precioso diálogo entre los oficiantes y los cantores, en el que el adverbio «aquí» produce viva impresión.

—Aquí en Belén, en este reducido rincón de la tierra, nació el Creador del cielo.
—Aquí fue envuelto en pañales.
—Aquí fue reclinado en el pesebre.
—Aquí vinieron los pastores.
—Aquí se detuvo la estrella.
—Aquí cantaron los ángeles Gloria in excelsis Deo. Todas las voces se unen para repetir el ¡ Aleluya!, esa expresión más celestial que terrena, más divina que humana.

Hasta la cueva llegan los ecos lejanos del órgano, el aroma del incienso se diluye en el estrecho recinto, brillan trémulas las múltiples lamparillas, parece arder el oro de los brocados y el corazón se transporta a aquella noche clara y fría en la que la gruta daba albergue a una doncella llamada María, a su joven esposo José y, reclinado en un puñadito de pajas, «aquí», en este mismo rincón, hacía pucheritos un Niño recién nacido que había de llamarse Jesús.

¡Así soy yo!

Termina esta incomparable ceremonia con el canto del Te Deum, entonado por el Patriarca. Al pronunciar el verso «que con tu preciosa sangre nos redimiste», el oficiante, de rodillas, inciensa al Niño Jesús. Vuelve la procesión a la iglesia franciscana y comienzan las misas rezadas en el pequeño altar de los Reyes Magos, frente al pesebre, al igual que en las demás capillas de la gruta y en la iglesia de Santa Catalina. Varios miles reciben la sagrada Comunión en el portal de roca viva, esta noche cubierta con brocados blancos, regalo de España, cuyo escudo real ostentan. Muchas esculturas de Jesús Niño hay en el mundo, pero ninguna es comparable a la de Belén. Representa admirablemente el designio de Dios, que para venir al mundo tomó la forma más sugestiva y conmovedora que hay sobre la tierra, la de un niño, para poder decir a los hombres: ¡Así soy Yo! Porque si Dios es inmenso y sabio y omnipotente y eterno e infinito, es, además de eso y sobre todo eso, Amor.

Deus caritas est.

María Jesús Nidart
(Redactora de "Excelsior", de Méjico)


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Florecillas del santo retiro de Chelva

XX. Gran director de almas: P. Godofredo Aleixandre

No sin especial intento hemos retrasado más de la cuenta el ofrecer a nuestros lectores la perfumada «florecilla» del P. Godofredo, como todos le llamábamos, y aún le recuerdan y pronuncian su nombre bendito muchas personas de Chelva. Como entre todos los moradores del Santo Retiro era este Padre el de más recia personalidad y el que más fama de ejemplar religioso ostentaba, ha sido también el que ha dejado huella más imborrable y el que ofrece al narrador más dificultades para acertar en su debido encuadramiento al ponerlo entre los religiosos que sufrieron el martirio en aquel inolvidable mes de septiembre del año 1936 en la villa de Chelva.

Tanto mientras fue colegial seráfico que cuando ya profeso estudió su carrera sacerdotal, con extraordinarias calificaciones, siempre fue el que presagiaba un final extraordinario en los anales de la santidad.

De inteligencia despejada, se destacó entre todos sus condiscípulos por el halo de santidad que siempre le envolvió y fue el indicio de su muerte heroica. A pesar de haber nacido en un familia muy acomodada de Valencia, su espíritu de austeridad fue siempre la nota cumbre en su no larga carrera religiosa, la que puso de relieve mientras fue estudiante, sacerdote y superior de convento.

El cronista oficial de los mártires de nuestra Cruzada ha sabido cincelar su silueta con estas frases que no puedo resistir a su copia auténtica: «De complexión delicada, pero de una fuerza de voluntad inquebrantable, puso de relieve su formidable amor a la austeridad y a la penitencia. En la Provincia regular tuvo cargos de importancia: organista, Guardián, Secretario y Definidor Provincial, siendo en el desempeño de ellos modelo de actividad y de sacrificio. Sintiéndose llamado a mayor perfección dentro del estado religioso, propuso la fundación el año 1909, a tenor de las Constituciones Generales de la Orden, de un convento de Sagrado Retiro, que fue precisamente este de Chelva, del que fue siempre el principal sostén de su observancia y disciplina regular.»

Dotado de este espíritu religioso de vida íntima tan intensa, no era extraño que su principal obsesión fuera incrementar el ritmo austero y penitencial del Santo Retiro. Siendo Superior de dicho convento, los Prelados Mayores tuvieron que removerlo en cierta ocasión porque se propasaba en el afán de querer llegar a metas que los demás religiosos creían que no estaban obligados a tanto. Con resignación obedeció al ver que los Superiores no eran de su parecer, pero personalmente él aumentaba el rigor y la férrea disciplina para que sus ansias y anhelos quedaran completamente satisfechos.

En los momentos en que pasó el Santo Retiro por una esporádica crisis, fue él quien alentó y hasta animó a los demás para superar las dificultades y no desmayar en la empresa. Sin embargo, lo que sintió enormemente fue que le removieran en cierta ocasión para ejercer el oficio de Secretario provincial de su convento de Chelva. Había ejercido en sus mocedades ese cargo, y cuando al cabo de varios lustros el mismo Padre Provincial que lo tuvo entonces subió a ejercer ese cargo otra vez, recordando los enormes y singulares servicios que le prestó entonces, lo sacó del Santo Retiro para ostentar ese cargo. El P. Provincial que lo sacó lo retuvo en Valencia por espacio de tres años, y viéndose reelegido para otro trienio no quiso hacerle sufrir más reteniéndolo otros tres años. Así se lo oí a dicho Prelado Mayor: «No quiero que sufra más tiempo. Busca y sueña con su Santo Retiro. Que vuelva para gozar de sus encantos y de su paz y cielo.»

Volvió otra vez después de tres años, en los que a pesar de hallarse ausente por el cargo de Secretario provincial, que le obligaba a morar en el convento de San Lorenzo, de Valencia, estuvo siempre pendiente de la vida y en el ambiente del Santo Retiro, para no salir más y recibir allí en Chelva la palma del martirio.

Toda su prolongada estancia en dicho convento, desde el primer momento en que fue erigido, por sus indicaciones y con sus tremendos esfuerzos, en Santo Retiro, fue una continua manifestación de su vida ejemplar y austera, tanto en su vida particular como en su vida de comunidad. Fue siempre el defensor de la más rigurosa austeridad y de la más penitente y pobre vida franciscana, que puso sobre todo de relieve cuando ejerció, en distintos años, el cargo de Superior. Pero sobre todo, su ejemplaridad y su nota característica se pusieron de relieve en su ministerio apostólico y en su dirección espiritual.

Dotado de nobles y distinguidas prendas intelectuales, las puso al servicio de las almas, pues gozaba de dedicarse al ministerio apostólico en misiones, tandas de Ejercicios espirituales y en la predicación constante que tenía que ejercer durante todo el tiempo que estuvo de morador en el Santo Retiro de Chelva. No hemos de repetir lo que ya indicábamos cuando pudimos trazar la silueta del P. Nicolás Villanueva, que era el inseparable compañero en sus lides apostólicas y en sus peregrinaciones, que evocaban las de los primeros discípulos del Santo Padre. Pero sí que tenemos que afirmar que no reparaba en obstáculos e inconvenientes cuando de penitencia se trataba, y muchas veces tuvo que realizar enormes y prolongadas jornadas a pie y muchas veces descalzo, pasando la noche en guaridas y en pajares hasta que amaneciera, para de nuevo emprender el viaje en idéntica forma de penitencia y austeridad franciscana.

Con este comportamiento tan ejemplar y virtuoso las almas quedaban prendidas en las redes de su virtud, y eran multitudes de almas selectas las que le pedían dirección espiritual no solamente en la villa de Chelva, en la que ejercía un verdadero magisterio al estilo del Beato Diego de Cádiz, sino allí donde su celo apostólico le llevaba para sembrar la semilla apostólica en el surco del corazón de los que se sentían hambrientos de santidad.

Hemos pasado largas temporadas en el convento de Chelva, y después de varios lustros de su martirio aún quedan almas, por cierto de un temple extraordinario, que le tuvieron de director y cuentan y no acaban cosas maravillosas de su virtud y de su ministerio, en el que muchas veces resplandecía el halo sobrenatural de las cosas providenciales.

Además de su fecundo apostolado en el campo de las almas selectas de Chelva, lo realizó también en distintos pueblos y ciudades, en las que daba misiones, o retiros, o Ejercicios espirituales. Por donde pasaba sus huellas no se podían borrar. Eran muchas las almas que quedaban impresionadas por su ejemplaridad franciscana, que a muchas y a muchos les movía a buscar otro estado de perfección, ingresando muchos en distintas órdenes religiosas y diversos institutos para ascender la meta de la perfección evangélica.

Todo este fecundo y espiritual apostolado era conocido de los enemigos de la religión, algunos, al ver a sus propias novias que les abandonaban para realizar el ideal de su vocación religiosa, emprendían campañas de feroz descrédito de su virtud, que siempre terminaban con éxitos más rotundos para su virtud y ejemplaridad.

Este estado de cosas fue sin duda alguna el que en parte movió a los enemigos de la Iglesia a ensañarse con los religiosos del Santo Retiro cuando los acontecimientos políticos se desencadenaron contra ellos.
Razón tiene el cronista oficial de la Provincia Franciscana de los mártires de la Cruzada cuando dice que no fue extraño que los marxistas de la localidad concitasen contra el P. Godofredo el odio que abrigaban en sus corazones. Desde el advenimiento de la República, y especialmente desde el triunfo del Frente Popular en febrero de 1936, se dirigieron mil calumnias y difamaciones contra su persona; mas el paciente y sufrido varón, con su conciencia bien tranquila, todo lo sufrió sin inmutarse, con inalterable paciencia, siempre confiado en la voluntad de Dios.

Nunca pensaron los religiosos que formaban la observante y pobre comunidad de Chelva que
hubiesen en el pueblo almas perversas que atentasen contra sus vidas; de ahí que no tomasen ninguna medida de previsión, sobre todo el P. Godofredo, que por sus dotes y su reputación, aunque no era el Superior, era quien más autoridad y prestigio tenía en el convento, y no se preocuparon de ponerse a salvo, no obstante circular rumores poco favorables a los religiosos en toda España. Esa confianza suma que tenían todos los religiosos, especialmente el P. Godofredo, fue la que les perdió sin remisión. La única comunidad que fue totalmente encarcelada fue la de Chelva, debido a no haber tomado precaución ninguna y confiar con exceso en la bondad de los moradores de la villa del Santo Retiro. Encerrados todos los religiosos en la cárcel, no hubo para ellos desde el primer momento ocasión y medio de que no se valiesen los rojos para escarnecer y atropellar a sus víctimas, de manera especial al P. Godofredo, con las más soeces palabras e insultos.

Varias fueron las personas piadosas que les visitaron en la cárcel, con el doble fin de socorrerles materialmente, pues aunque en un principio se comprometieron las autoridades en atenderles en comida y demás, después de unos días quedaron completamente desamparados, a no ser por la caridad de ciertas personas que les pudieron prodigar auxilio material. Con ocasión de atenderles materialmente, dejaron entrever la amargura de quedarse en el pueblo sin sacerdote que les pudiera absolver. El P. Godofredo que lo oyó no pudo menos de afirmar en tono profético: «A nosotros nos matarán, pero quedará en Chelva el coadjutor don Francisco Cervera, con quien podréis confesaros.» Sus palabras tuvieron una realidad inconmovible, ya que sucedió como él lo había profetizado.

En el acto del martirio, contra quien más desahogaron su odio los enemigos de Dios y de la patria fue contra el virtuoso P. Godofredo, sabiendo que así lastimaban los sentimientos de las personas cristianas. Primero le descerrajaron un tiro en la cabeza y luego, al ver que no caía en tierra su cuerpo, con ensañamiento feroz dieron una puñalada con tanta furia que no sólo le hundió la fuerza del golpe, sino que le desgarraron hasta la cintura, dejando el cadáver casi abierto en canal en posición supina. Era el día 9 de septiembre cuando el P. Godofredo consumó su sacrificio, aureolando con la insignia del martirio una vida ejemplar y fervorosa.

Los mismos asesinos, que fueron fusilados después de la Liberación, confesaron que les impresionó la muerte de este santo varón no sólo por las palabras de perdón que pronunciaba y que a ellos mismos les quiso otorgar, sino por la valentía con que vitoreaba a Cristo Rey, y de manera especial porque al caer en tierra su cuerpo exánime estaba aureolado con luz extraña y sobrenatural.

Hoy, después de varios lustros de su muerte gloriosa, aún permanece fresca y sentida entre multitud de personas que le tuvieron de director espiritual, y conservan como reliquias de un santo prendas y cosas que el P. Godofredo utilizara y, sobre todo, se aclaman a él y le invocan en distintos momentos difíciles de su vida, y dicen —a nosotros nos lo han asegurado con minuciosos detalles— que su protección milagrosa es patente y visible a quien lo pretenda estudiar.

Nada de extraño es. Su vida de religioso ejemplar, sacrificado, penitente y sumamente dado a la vida contemplativa, además de ejercer el apostolado, era preciso fuera rubricada con el martirio y ahora con los hechos portentosos que se le atribuyen como exponente de una vida santa y heroica.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

Al divino Infante

Otra vez las cuerdas finas
de la lira de mi pecho
quieren rasgarse amorosas
en delicados requiebros,
para trenzar al Niñito
un idilio de amor tierno
en la noche más sublime
de los sublimes misterios.

Yo quisiera, cual la estrella,
entretejer lindo verso
en la trama primorosa
de su frágil hemisferio
y decirle a mi Niñito,
entre cantares y besos,
que es antorcha siempre en lumbres,
que es suspiro y es requiebro,
que es fanal siempre encendido,
que es chispita y es lucero
y que es endecha inflamada
que hiere mi alma y mi pecho.

Yo quisiera cual la luna,
que duerme quieta, en silencio,
en sus cofres de albor puro
y en su remanso sereno,
mientras teje blonda y plata,
enhebrando dulces sueños,

decirle a mi Niño hermoso
lo que ella dice entre besos
a la noche quieta y plácida,
cubierta de blancos velos,
que es luz, vislumbre y aljófar,
que es hechizo y es destello.

Yo quisiera, como el sol
que canta con sus incendios
el himno de los ardores
que han de latir en el pecho,
cantarle a mi Niño hermoso
que es sol, y gracia, y lucero
que ahuyenta todas las sombras
que envuelven nuestro hemisferio
y llena de claridades
nuestras ansias y deseos.

Otra vez las cuerdas finas
de la lira de mi pecho,
en esta graciosa noche
—Nochebuena y Día eterno—
han vibrado dulcemente
en amorosos requiebros
al Niñito de la cuna
que es estrellita de ensueños,
que es luna y sol esplendente
en el amor de mi pecho.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm

A la Inmaculada

Un cielo aquí

Y también sé tonadillas
en rimar de menos vuelo,
en estrofas bien sencillas,
mas con cadencias de cielo.

Porque son rimas de amor,
ese amor que yo te tengo,
y que expreso cuando vengo
a rezarte con fervor.

Que en llegando a tu capilla
ante tu imagen sagrada
doblo ante Ti la rodilla,
siento el alma transportada.

Y me pongo a contemplarte,
y me enajeno con verte,
no me canso de mirarte,
feliz me siento en quererte.

Me acuerdo de aquellas cosas
tan lindas que te decían
los que tu gloria sentían,
Padres de edades piadosas.

Lo que Areopajita,
lo que te dijo Agustín,
aquellos santos, en fin,
desde el sabio al eremita.

Todo eso que te decimos
los que sabemos rezarte,
los que venimos a amarte,
pues tu grandeza sentimos.

Todo eso que jubilante
canta la Iglesia de Ti,
lo que yo siempre sentí,
lo que sueña el alma amante.

Lo que dicen los ascetas
en sus libros de alabanzas,
lo que riman los poetas
en sus laudes y semblanzas.

Lo que reza el pueblo fiel
cuando viene aquí sencillo
con sus flores y tomillo
y coronas de laurel.

Lo que te digo yo ahora;
aunque Dios omnipotente,
nada hizo más excelente
que Vos, celestial Señora.

Madre mía, ya lo ves;
qué gozo adorarte a Ti,
de rodillas a tus pies...
Oh, yo tengo un cielo aquí.

Vicente Monroy Alaguero
Redentorista

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