El franciscano, el Arzobispo más joven de España
Mons. Carlos Amigo
—Tánger es tierra de misión y la Iglesia ni es cómoda ni es inmovilista.
—Atención a los musulmanes sin proselitismo.
—Pienso que la angustia de otras diócesis reside en la falta comunicación, que aquí, afortunadamente, no existe.
—Monseñor Aldegunde, mi antecesor, trabajo con una agilidad y un sentido del equilibrio admirables.
Parece un jugador de baloncesto vestido de franciscano, acaba de cumplir los cuarenta, ya es obispo y vive la extraordinaria aventura, para un sacerdote español, de ejercer su mandato evangélico en auténtica tierra de misión y en un marco institucional de total separación entre la Iglesia y el Estado.
Monseñor Carlos Amigo Vallejo, padre Amigo para todo el mundo, arzobispo de Tánger desde la pasada primavera, es el más joven prelado español y es uno de los miembros de la Conferencia episcopal del Norte de África, de la que forma parte el cardenal argelino Etienne Duval. Hemos tenido el placer de conocerlo en su despacho episcopal, en la Casa-misión tangerina, sita en la calle San Francisco —toda una deferencia marroquí, pues no ha habido cambio de toponímicos—, pero lo mismo lo pudimos haber encontrado en la playa, tomando un baño o paseando curioso por el Bulevar Pasteur en mangas de camisa, confundido entre los turistas. Su figura deportiva, su talante cordial, su deseo permanente de aprender y escuchar a los demás, han llevado a la comunidad católica del norte de Marruecos una experiencia pastoral «electrizante», el P. Amigo se ha convertido, en seguida, en un personaje popular al que todo el mundo quiere conocer...
Aunque no faltan sacerdotes jóvenes en la misión franciscana española de Marruecos, lo cierto es que la edad media de los religiosos —50 en total— sobrepasa los sesenta años. El obispo es el benjamín y ha venido a sustituir a otro prelado —monseñor Aldegunde Borrego—, que se acercaba ya a los 80 años. Resulta lógico que el Rvdo. P. Amigo atraiga el interés y hasta la curiosidad de los católicos residentes en Marruecos, algunos de los cuales se preguntan si la renovación tan radical de la sede episcopal no se ha producido demasiado tarde... Efectivamente, la llegada de monseñor Amigo Valle jo ha coincidido con los preparativos de un éxodo masivo de los españoles afectados por la «marroquización» y en la diócesis se respira un lógico ambiente de inquietud. Los franciscanos de la misión han educado, formado e instruido a generaciones enteras de españoles, han sufrido con ellos los problemas de la emigración, han vivido sus penas y sus alegrías y hoy esas familias, que han visto crecer, se van.
—Nosotros, como Iglesia —nos dice monseñor Amigo Vallejo—, no podemos sentirnos ajenos a este drama. Pero también como Iglesia nos alegramos, porque esperamos que una vez instalados en España estos españoles, encuentren la seguridad social que hoy no tienen.
Ayuda a los musulmanes
—¿Qué consecuencias, padre, cree usted que tendrá en la Misión católica esta marcha de católicos? Si no nos equivocamos, la colectividad española se reducirá a más de la mitad y quizás queden extendidos por todo Marruecos menos de quince mil.
—La primera consecuencia será que podremos atender mejor a los católicos que sigan en este país y a la población musulmana, atención ajena, por supuesto, a todo tipo de proselitismo.
—¿Qué clase de ayuda prestan los franciscanos a los musulmanes?
—El objetivo que perseguimos es el de la promoción de los valores que apoya la Iglesia, como pueden ser la educación, la salud, la forma social. Por ejemplo, las religiosas colaboran eficazmente en los hospitales civiles de Nador, Alhucemas, Tetuán y Larache; dan cursos de puericultura y de promoción femenina; atienden una leprosería y acuden a cuantas solicitudes reciben de las autoridades marroquíes en estos terrenos. Entre los sacerdotes hay quienes estudian Medicina para dedicarse después como médicos a quienes necesiten de sus servicios. Es decir, estamos siempre dispuestos a aportar nuestra colaboración a la promoción de este país que nos acoge.
—¿De qué viven ustedes, padre?
—Exclusivamente de la limosna de los católicos. Nos basta porque vivimos con enorme austeridad, tanto en el vestir como en el comer. Ni los días de fiesta se toma café. Ya sabe que uno de nuestros votos es la pobreza...
—¿Pero no reciben ayuda alguna del Estado español ni del Vaticano?
—Pues... casi no. La Obra Pía nos remite cada año unas cien mil pesetas y Propaganda Fide una cantidad ínfima también. La verdad es que nuestra existencia es plenamente autónoma en materia financiera.
—¿Qué pasará cuando se vaya del país la masa de católicos que hoy les sostiene?
—No nos ha preocupado el problema todavía. Creemos que bastará con apretarnos un poco más todavía el cíngulo. Dios es grande...
—Aparte el tema del éxodo, ¿qué problemas concretos se plantean en su archidiócesis?
—Antes que de los problemas me gustaría subrayar las satisfacciones inmensas que estoy recibiendo como obispo. Aquí los católicos viven la fe con mayor inquietud, con más deseo de conservarla, con auténtico espíritu evangélico. Por otra parte, no existen las tensiones que se conocen, por ejemplo, en España. Esta es tierra de misión y, por supuesto, la Iglesia ni es cómoda ni inmovilista. Lo que ocurre es que algunas de las tensiones que se registran en otras latitudes ya se han superado; el clero es homogéneo, está al cabo de la calle de los problemas que agobian a los cristianos y dedican todo su esfuerzo a aliviarlos, no a enfrentarse entre sí. Pienso que la angustia de otras diócesis reside en la falta de comunicación, que aquí, afortunadamente, no existe. Aquí hay problemas concretos que atender y se atienden; en España, los orígenes de las tensiones son más heterogéneos...
España, país de misión
El arzobispo más joven de España, que ha vivido las tensiones del clero español como todo sacerdote de su edad, ha pasado por una buena experiencia en este terreno: el concilio pastoral de Galicia, en el que trabajó algunos años.
—¿Cree usted, padre —le preguntamos— que debiera considerarse España como tierra de misión?
—Ya lo creo —nos dice con suavidad—, es una genuina tierra de misión. La descristianización es patente en muchos sectores y quizás sea llegado el momento de pensar en comenzar de nuevo su evangelización. Precisamente voy a pronunciar una conferencia en Chipiona, en la que abordaré este punto en el marco del tema que voy a desarrollar...
—Permítanos una pregunta personal, padre, una pregunta que le hacemos como cristianos, con sana curiosidad. ¿Qué sensaciones tiene usted como obispo joven, como responsable pastoral de miles de católicos y de unas decenas de religiosos que sirven en tierra extraña?
—En primer lugar, una gran felicidad. Sí, felicidad. He llegado al tope de lo que podríamos llamar carrera eclesiástica y pienso que puedo trabajar de acuerdo con las cada día mayores exigencias de la Iglesia. Quizás la consagración me haya servido como una llamada a una mayor atención hacia las cosas de Dios, una llamada también a la prudencia, a la contención de las emociones, pero con la finalidad de concentrar la actividad en la misión evangelizadora, en el cuidado pastoral, en la vivencia de la fe. En mi discurso de entrada en la archidiócesis dije que mi deseo era aprender y servir. Y mi felicidad viene de mi íntima convicción de que, como obispo en una Iglesia misionera, soy capaz de servir.

Fray Carlos Amigo preside en la Basílica de los Desamparados la Salve que el Congreso Bonaventuriano dedicó a la Virgen como primicia de sus ¡ornadas de estudio
—¿Y no cree usted que su nombramiento puede representar un contraste excesivo con la labor desplegada por su antecesor?
—Oh, no. Monseñor Aldegunde tenía 78 años, pero ello no quiere decir que era viejo o que tenía mentalidad de viejo. El ha servido, aquí en Marruecos, en unas circunstancias distintas, en una fase de cambio de protectorado a independencia. Ha trabajado con una agilidad y un sentido del equilibrio admirables. Ahora vivimos otro tiempo, otras circunstancias. La Iglesia exige cada vez más... Eso es todo.
Fray Amigo, que quiso ser médico antes que fraile, nació en Medina de Rioseco, en Valladolid. Ingresó en la Orden franciscana a los 19 años; estudió Teología y Filosofía en Santiago, se licenció en Filosofía en Roma, y en Psicología en Madrid. También cursó estudios sociales y, a lo largo de su vida sacerdotal, ha sido vicedirector de varios colegios, provincial de Santiago. También ha sido profesor de Psicología y Antropología de la Universidad santiagueña. Un buen bagaje cultural y humano que le permite afrontar su nueva misión con la tranquilidad y sin angustias. «Los franciscanos —nos dice a modo de despedida— ya sabe que no nos complicamos la vida. Las cosas hay que abordarlas con sencillez y con alegría, lo que no impide que nos volquemos con todo nuestro saber, con todas nuestras fuerzas, en la ayuda a los demás...».
Manuel Cruz
Como lo vi, así os lo cuento
Hay en la Játiva de nuestros días un antiguo convento franciscano, convertido en Asilo de Ancianos Desamparados, servido por las Hijas de Santa Teresa de Jesús Jornet. A él se asciende por una calle pina. La iglesia está dedicada a San Antonio de Padua y es uno de los templos setabenses más concurrido por la piedad del pueblo llano, siempre mendicante a los pies del Santo de los Milagros.
Un buzón emparedado, que sólo muestra a la vista una ranura dispuesto a tragarse con avidez insaciable las perras gordas, las monedas de dos realitos, las rubias pesetas y algún que otro duro, hace impacto en el corazón de la gente devota, y se nota como si una aspiradora mecánica «aspirara» y vaciara las faltriqueras que se alejan vacías de menudos, aligeradas de peso.
Estaba, en horas sin culto, embebido en la captación de huellas del pasado franciscano de una de las ramas más pobres y humildes de la Orden Franciscana, cuando pasó por allí una mujer del campo, todavía moza, con una cesta repleta de huevos colgando de un brazo, y del otro con unos pares de conejos y gallinas, para venderlos, seguramente, por las casas. Iba con la cabeza gacha, como ensimismada en sus pensamientos, que no podían ser otros que los de la «Lechera» de la fábula. Mas al pasar frente a la ranura del buzón de San Antonio, repentinamente se alertó, y depositando en tierra su preciosa mercancía, metió mano en su escondida faltriquera, sacó unas monedas, las puso al borde del buzón, y éste se las tragó. Al topar con las que yacían en el fondo, se oyó un grato ruido dadivoso, como si una voz, la del Santo Fraile, le dijera: «Gracias, mujer... Dios te lo pague».
El hecho, del que era yo testigo, me hizo fijar los ojos en ella, casi con descaro. Era una campesina ciertamente. Era una mujer de anatomía ^ sincera y arcaica, como escapada de unos versos del picaresco Arcipreste de Hita. Era un puro barro sin alfarero. Sin embargo, era compendio de teología y de filosofía ancilar, con poca ciencia del cosmos, pero con mucha sabiduría del más allá, de Dios, de la inmortalidad del alma y de la Comunión de los Santos.
Qué lección que Dios esconde a los sabios engreídos y que muestra a los humildes e ignorantes.
Rafael Alventosa García
Maternidad en el claustro
En el silencio, el día nace detrás de los vitrales historiados
difundiendo amplias irisaciones de color en el coro monástico.
Una junto a otra, en el silencio de la meditación,
las monjas son sombras oscuras de soledad.
¡Oh, Dios, qué vacío de cosas humanas,
qué pobreza inmensa es este silencio
que ahonda en el corazón la esperanza y la sed de Ti, Bien Infinito,
en Quien perderse como un rayo en su manantial...!
Tú me has dado un corazón de mujer, Señor,
un corazón ardiente y tembloroso,
hecho para amar y ser amado:
un corazón que sugiere la tibieza de un hogar
y la risa cantarina de niños
y las miradas negras y profundas
que se posan tiernamente sobre los hijos.
Y has separado para Ti este corazón mío,
como un suelo virgen para tu Palabra.
Le has rodeado de una soledad vasta y silenciosa,
la soledad celosa de tu Amor,
Dios de ojos inmensos como el infinito.
«Palabra del Señor: La atraeré a mí,
la llevaré al desierto y la hablaré al corazón...
Te haré esposa mía para siempre...
y tú reconocerás al Señor.» (Oseas
2, 14-20.)
Y mientras Tú hablas a mi corazón
en el silencio humilde y fervoroso de este día que nace,
el mundo entero es, en mí, como un niño que despierta
y que llama
y se dirige a Ti, Señor, con el nombre de Padre.
Es una multitud infinita de gente que, en mí, te tiende los brazos,
una humanidad que se desvela al amanecer:
voces inquietas de angustia y de pena,
voces alegres de niños que van a la escuela,
voces rabiosas de obreros que han perdido el trabajo,
voces de gente agotada que llora;
todo está en este pobre corazón «separado»,
todo está reunido y presentado a Ti en un ofrecimiento
que tiene las dimensiones del mundo.
Señor Dios, que me amas y que me has enamorado,
mi jornada, también hoy, será solitaria, oscura,
oculta a los ojos de todos, llena quizá de fatiga y de pena.
Pero mi corazón es tierno y tembloroso,
es un corazón de mujer hecho para amar y ser amado.
Y en el silencio en que lo posees, lo conviertes en cuna
donde todo hombre renace a tu Amor.
Clara Augusta Lainati — Clarisa
Ha muerto Fr. Julián Coll, franciscano
La vida del P. Julián no es de las que resistan ser contadas generosamente por años. Treinta y nueve, ni más ni menos, contaba el día en que, desfallecido de fatiga y transido de dolor, cortaba al fin las amarras de esta vida y despegaba hacia los horizontes de Dios, en que se le investiría de otra más duradera. Durante la Misa de óbito, iniciado el ofertorio, el pueblo unánime cantó, nunca tan oportunamente: «Te ofrecemos, Señor, nuestra juventud.»
Entre jóvenes, los del Colegio, transcurrió también lo mejor y lo peor de sus últimos años de aliento. Poco aliento, porque sus dolencias, en no poco tiempo, fueron adormeciendo lentamente las brasas últimas de su vitalidad recia. El mismo previo el desenlace y no volvió la espalda al trance presentido. Se presentó ante la amenaza con serenidad y silenciosa espera. Tuvo el convencimiento de que en las cercanías le rondaba y alertaba Dios, Desechó, entonces, de su habitación objetos amigos que ya no le acompañarían por mucho tiempo; puso en orden compromisos y su vida misma; se cercioró una vez más de que los análisis médicos le desahuciaban. Y esperó. Esperó con naturalidad, con el arrojo sencillo y sin alardes del que sabe que en realidad es poco lo que se pierde y que tiene una cita eterna con Dios. Noble ejemplo con que daba sentido y plenitud a una vida joven que se le troncharía llena aún de posibilidades.
Sus horas últimas fueron la historia intensa de un suplicio descoyuntador. El daño le encegó las venas y los pulmones le negaron el aire. Hubo una tregua de mentida recuperación en que, contra su costumbre, se mostró locuaz, momento que aprovechó para testimoniar agradecimiento a quienes le habían tratado con generosidad. Los desesperados esfuerzos por rescatar su vida, sólo lograron extremar su agonía. En un largo y penoso acezamiento, fue ganando terreno a la muerte hasta saltar de pronto y para siempre hacia su último destino.
Dios quiso llenarle las manos de merecimientos; puso alto preció a su vida; y el P. Julián supo responder con sufrido acogimiento. Quienes le ayudaron a vivir, no le olvidarán pronto; quienes le acompañaron en su dolor, te recordarán siempre.
* * *
El P. Julián había nacido, en los comienzos del año 1936 (el 6 de enero). Inicia estudios en Zaragoza, su ciudad natal, y en Benisa (Alicante) los prosigue y completa, en su etapa básica, al tiempo que pone a prueba su incipiente vocación. A la edad de 19 años vestía el hábito franciscano, el 7 de septiembre de 1955, en Santo Espíritu del Monte, y profesa solemnemente el 9 de septiembre de 1960.
Cursa Teología en Teruel, recibe órdenes sagradas; y alcanza, por fin, el sacerdocio el 23 de junio de 1963. El día que celebra por vez primera la santa misa se estremece y apenas si consigue dominar la emoción. Año tras año recordaría luego esa fecha como una frontera que partiría en dos su vida. «¡Qué lejos ya! —comentaría—; si bien cierto que el hombre es un ser en camino.»
Ejerce el ministerio en Zaragoza y Benisa. Es un fraile piadoso, responsable, más bien serio, sobrio en sus costumbres, silencioso y hábil en la dirección espiritual.
En Carcagente ejerce como profesor sin abandonar su ministerio. No se hace notar; gusta estar solo; y cuando se hace acompañar, más bien escucha. Pero sus convicciones son profundas, aragonés al fin, y cuando expone sus puntos de vista, afirma sus opiniones con el peso de sus frases cortadas.
Tenía especial disposición para la enseñanza del Latín, aunque no opuso reparos en atender otras disciplinas como Lengua española y Religión, porque entendía que era más acertado plegarse a las exigencias del Colegio que a las conveniencias personales.
Le preocupaban sobremanera los alumnos cuyo aprovechamiento o conducta no respondiera positivamente al interés que en tales casos él mostraba por ellos. Era exigente, pero justo. Laborioso, puntual y efectivo.
Cuando la enfermedad le avisa, acepta el régimen con disciplinada disposición y no duda en extremar perseverancia y rigor, porque entiende que el precepto de «no matar» es una disposición positiva.
Se sabe herido de muerte, pero adivina en ello una segunda y más definitiva llamada. El 5 de enero del año actual rinde su alma a los pies de Dios. Un 6 de enero había empezado a vivir.
Algunas de las bienaventuranzas de HOY
1. Bienaventuradas las pobres mujeres que, después de trabajar todo el día, para ganarse la vida, tienen que atender, día y noche, sus faenas caseras.
2. Bienaventuradas las madres agobiadas por el hijo que va a nacer y abrumadas por los hijos pequeños.
3. Bienaventuradas las viudas infinitamente tristes, infinitamente solas, cargadas de problemas.
4. Bienaventurados los niños que tan pequeños abandonan casi de noche la cama tibia para ir al colegio.
5. Bienaventurados los estudiantes, con exámenes continuos, trasnochados, ojerosos e inseguros.
6. Bienaventurados los maestros, los profesores, los catedráticos enfrentados con alumnos hostiles, duramente incomprendidos.
7. Bienaventurados los hombres del campo, que durante meses esperan la lluvia, sin poder hacer nada viendo que se pierde todo.
8. Bienaventurados los que trabajan fuera del país, explotados a veces, pagados sólo con dinero, oyendo un idioma que no es el suyo.
9. Bienaventurados esos albañiles, que comen en torno a un pobre fuego, calentando sus manos ásperas y heladas, rodeados de la indiferencia de los que pasan.
10. Bienaventurados los que con varios empleos tratan de reunir el dinero indispensable para vivir malamente.
11. Bienaventurados los dependientes de los grandes almacenes, que soportan las rebajas y las impertinencias de las señoras con sus dudas interminables.
12. Bienaventurados los enfermos, doloridos, inmóviles, asustados... Todos ellos, los que sufren y trabajan sin gloria, serán algún día maravillosamente consolados, compensados, colmados de justicia y de paz y acogidos por Dios con los brazos abiertos.
Pilar García Norena
Los niños zurdos
Las dudas comienzan a los seis meses, cuando el crío se da cuenta de que tiene manos y quiere utilizarlas. Alcanza todo lo alcanzable y se lo lleva a la boca. Con su pequeña mano izquierda aprieta con rabia el collar de perlas de su madre que, preocupada porque no se rompa, no se da cuenta de que es precisamente la mano izquierda la que utiliza para cometer su primera trastada. Los meses van pasando y el chiquillo se desenvuelve con más seguridad cuando utiliza su mano izquierda que cuando utiliza la derecha. Pese a todo no se le da importancia. ¡Ya se le pasará!
Pero ya por la mente de la madre ha pasado una duda. Una duda que va haciéndose realidad. ¿Será su hijo zurdo? ¿Se trata de un defecto físico? ¿Cómo combatirlo?
Diestros y zurdos
En toda persona existe un predominio de alguna de las dos partes de su cerebro. Más que lo normal es el caso de la mayoría. Se trata entonces de una persona diestra, esto es que utiliza más su mano derecha. Con ella escribe, come o se peina.
Pero el caso de los zurdos es precisamente el contrario.
La parte derecha de su cerebro predomina sobre la izquierda. Entonces su mano útil es la izquierda.
Sin que llegue a tratarse de un defecto puede convertirse en tal, si como tal se le combate. La madre, el padre o el profesor que pretende que el chiquillo zurdo deje de utilizar su mano izquierda, obligándole a que maneje la derecha, lo hace por ignorancia. Ignora las consecuencias que del esfuerzo que hace el niño pueden derivarse.
Visto simplemente a través del sentido común es absurdo pensar en el zurdo como en una persona que sufre de un defecto físico o psíquico. ¿Qué importancia tiene que pueda repercutir en la vida de una persona? Sencillamente ninguna.
En cambio se han dado casos de desequilibrios en niños zurdos obligados a la fuerza a utilizar la mano derecha. Al utilizar la mano derecha el predominio de una de las partes del cerebro desaparece. Aparecen entonces complejos o verdaderos defectos.
Existe un caso claro de defecto producido por la imposición de un padre o un maestro: la pérdida de sensación de equilibrio. Son claros porque se manifiestan inmediatamente después de que el chiquillo deja de manejarse con la diestra.
Nada hay más claro en la educación de los hijos que lo referente a los zurdos. Lo mejor es no darles importancia, dejarlos."
Unas veces ellos mismos cambian al cabo de los años y hacen más uso de su derecha. Otras, en el peor de los casos, serán zurdos toda su vida. Pero no por ello dejarán de tener un puesto de trabajo o de valerse por sí mismos. ¿Para qué un esfuerzo maligno e inútil derrochado en lo que no es un defecto?
Susan Claire
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