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Iglesia de San Francisco

El convento de los Franciscanos menores de Teruel tiene una preciosa iglesia gótica, bien conservada, de la que les damos un poco de historia y algunos detalles de su fábrica.

VI Centenario de la terminación de
la iglesia de San Francisco

1402-2002

Con motivo del VI Centenario de la inauguración de la Iglesia de San Francisco, en cuya obra se invirtieron diez años, desde 1392 a 1402, el P. Juan Oliver, Provincial entonces de la Provincia franciscana de Valencia y hoy obispo del Vicariato de Requema, en Perú, escribía las siguientes palabras conmemorativas:

Cuentan los primeros biógrafos de Francisco que, al comienzo de su conversión, caminando cerca de la iglesia de San Damián, se sintió guiado por el Espíritu a entrar en ella para orar, y que, postrado ante el crucifijo, escuchó de sus labios: “Francisco, vete, repara mi casa, que, como ves, viene del todo al suelo”. Y, al momento, se dispuso a obedecer la palabra escuchada (2 Cel 10; TC 13c).

1Francisco, siempre atento a la voz del Señor, se aprestó a reparar aquella iglesia antigua y casi derruida. Más tarde llegaría a comprender que esto sólo fue el comienzo y que la voz del crucificado le llamaba a renovar la Iglesia, la comunidad de los seguidores de Jesús (LM 2, 1).

Nos sorprende sobre todo en este relato la respuesta de Francisco, su prontitud, su escucha atenta y la puesta en práctica de lo escuchado. Esta fue la práctica, también, de sus primeros seguidores. Y lo que constituye la misión de todos los que queremos vivir el Evangelio como él lo vivió y lo encarnó.

También hoy el Señor Crucificado y Resucitado nos dirige a todos nosotros su palabra: “Ve, repara mi Iglesia”. La Iglesia, comunidad de fieles, pueblo en marcha formado por todos los que se seguimos y le amamos, los que tenemos puestos nuestros ojos en Él; pueblo inmenso y diverso, que anhela vivir para servir al Señor Dios. Todos nosotros llamados, también, por Él a hacer viva la Iglesia, a renovarla, a hacer de Ella lo que Él quiere que sea: sus brazos para acoger, sus manos para curar, sus pies para recorrer el mundo, su corazón para que todos encuentren el amor, la misericordia y la paz.

La Iglesia es también el templo que nos acoge, como la casa familiar. En él nos reunimos para alabar y dar gracias, para recibir los sacramentos de la vida. El templo es bello cuando la comunidad es viva, cuando el amor es nuestra forma de vivir, nuestra misión y nuestra tarea, cuando todos vivimos, deseamos y nos esforzamos por ser Cuerpo de Jesucristo.

El templo, para nosotros ahora, la Iglesia de San Francisco es testigo secular de la fe de este pueblo que camina delante de nosotros, que nos ha dejado la pasión por Jesús, por el Reino de Dios. Innumerables testigos que hoy nos contemplan y nos animan a hacer y re-hacer la Iglesia.

Damos gracias a Dios por su testimonio de vida y por la belleza de este templo que nos reúne y acoge. Le damos gracias y estamos atentos a su voz: “Ve, repara mi Iglesia”. Como Francisco y tantos seguidores suyos, queremos ser oyentes fieles que, día a día, en las cosas más sencillas y cotidianas, queremos que nuestra Iglesia sea bella: espacio abierto a todos, lugar de misericordia y reconciliación, hogar de hermanos.

Fr. Juan Oliver, ofm.

Reseña de los templo sucesivos en honor de
los Santos Mártires

Desde que nuestros santos religiosos, martirizados en la Placita de la Higuera, en Valencia, en el año 1228, y el posterior traslado de sus restos a Teruel, la veneración de sus reliquias ha venido determinando la erección y amplitud de las iglesias sucesivas en las que reposaron de siglo en siglo.

Planta del templo actual

Los sagrados restos fueron conseguidos de los árabes, a instancias de los nobles aragoneses D. Blasco de Aragón y Dartal de Luna, mediante la permuta de un determinado número de nobles musulmanes, hechos presos en la toma de Morella por D. Blasco, en nombre del rey.

Los restos, contenidos en una urna de alabastro, fueron portados en procesión y depositados en la ermita de San Bartolomé, sobre el púlpito, en el conventículo fundado por los propios santos, junto al río.

Allí permanecen hasta que la creciente veneración de las santas reliquias aconseja edificar una iglesia cuadrangular más capaz, que cobije en su interior la antigua ermita y permita el acceso de fieles y devotos, sin las estrecheces a que obligaba el reducido habitáculo de dicha ermita, que desde entonces será conocida como el oratorio. Al tiempo, junto a la iglesia, se edifica igualmente un convento de dimensiones tales, que dé cabida a una comunidad más numerosa.

Se puede establecer como fecha de inauguración de la nueva iglesia el año 1249, pero se ignota el estilo en que fue concebida, y hay datos que confirman que seguía cumpliendo sus funciones por los años de 1352, cuarenta años antes de que comenzase a erigirse la iglesia gótica posterior.

Se ignoran asimismo los detalles que pudieran permitir una descripción del templo, y apenas si podemos hablar más que del destino de algunas de sus capillas laterales, como la de san Luis, propiedad de los reyes de Aragón y la de Santa Catalina. Una y otra capillas volverían a erigirse por sus dueños en la iglesia definitiva que sustituiría a esta primera de planta cuadrangular.

De la segunda Relación para la causa de canonización de nuestros mártires, se deduce que en el presbiterio había una reja de madera, coronada por la efigies de los dos santos, procedentes de las que figuraron sobre las dos celdas que habitaron a ambos lados de la primitiva ermita de san Bartolomé.

Igualmente, parece que de esta iglesia cuadrangular procede el cuadro que figuraría luego en la sacristía de la iglesia monumental que erige luego D. García, donde aparecían los dos santos a ambos lados de Cristo crucificado, con su Madre María y san Juan a ambos lados de la cruz.

La capilla dedicada a san Luis, consta por una cláusula del testamento de D. Giménez Pérez, señor de Uncastillo, caballero que fue del Consejo Real de D. Alfonso el Benigno y luego de su hijo D. Pedro IV, que D. Pedro el Benigno la cedió como lugar de enterramiento del susodicho caballero, D. Giménez, en agradecimiento a sus servicios.

La de Santa Catalina ya figura erigida en un documento de 1352, y prueba de que vuelve a ocupar un lugar en la iglesia gótica que sustituiría después a la cuadrangular, es que figura de nuevo en 1567, según testimonio del superior fray Juan Assa.

Iglesia y comunidad franciscana venían perteneciendo a una amplia Custodia de la Provincia de Aragón que incluía los conventos de Valencia, hasta que en 1357, junto con los conventos de Daroca, Calatayud, y Molina de Aragón, pasan a constituir la custodia aragonesa de la Serranía, por un decreto dado en Roma por el General de la Orden, fray Juan Bouchier.

Nave de la Iglesia. Vista del lado izquierdo

No gozó de demasiada longevidad el templo sustitutivo de la antigua ermita, porque algunos años después de su erección, D. García Fernández de Heredia, arzobispo de Zaragoza, decide en 1391, elevar una iglesia todavía más amplia y espléndida, de piedra sillar, según las pautas del estilo gótico más elegante, donde, al socaire de la devoción de los mártires, pudieran descansar sus propios restos, a la manera como su tío D. Juan Fernández de Heredia, Maestre de la Orden del Hospital, había erigido otra iglesia mortuoria en Caspe, donde descansar después de muerto.

Las obras comienzas en el año 1292 y concluyen diez años después, a un ritmo trepidante, encomendadas a los arquitectos Conrat Rey y Gonzalo de Vilvo, para quienes trabajan sin descanso un conjunto de nutridas cuadrillas de canteros, los mismos que elaborarían después las piedras de sillería de la iglesia de Mora e incluso algunos de su castillo, del señorío de los Fernández Heredia.

La configuración de la iglesia responde a las directrices dadas por dominicos y franciscanos, que desde el siglo XIII demandan templos con nave única, las llamadas iglesias de predicación, más anchas y largas que las de tres naves, a fin de concentrar a los fieles en torno al púlpito, colocado en zona central. El problema de sustituir las naves laterales, meramente funcionales, que servían para contener el empuje lateral de las bóvedas góticas hacia las columnas, había quedado resuelto en la catedral de Gerona, con gruesos estribos sustitutorios, que es la solución dada también a nuestra iglesia. No olvidemos que dominicos y franciscanos, en el siglo XIII, se dedican con ardor a predicar el evangelio de Jesús por toda la cristiandad, incitando a la renovación del corazón y las costumbres.

Esa única nave unitaria es la principal característica del nuevo templo, que llaman de estilo levantino. El resultado es una iglesia más amplia y vistosa, a lo que se añade la elegancia de su justa austeridad.

Los gruesos contrafuertes sustitutivos de las naves, que en nuestra Iglesia alcanzan casi un metro de grosor, hábilmente enmascarados tras la amplitud del juego de columnas, abren numerosos tramos entre dicho estribos, convertidos en capillas laterales, cuyos altares ofrecían así la oportunidad de celebrar misa a un mismo tiempo a los sacerdotes de la numerosa comunidad.

Mientras duran las obras, los religiosos viven en un convento improvisado a la otra parte del río, al arrimo de alguna ermitita donde celebrar, orar y decir el oficio divino.

Concluidas las obras, para su inauguración, presidida por D. García y autoridades locales, y con gran afluencia de fieles, los religiosos acuden desde el convento provisional que habían habitado a “la otra parte del río”, y trasladan los restos sagrados de los mártires, desde su urna de alabastro, a una de las capillas laterales, concretamente la conocida por capilla del Cristo, a la que daba nombre una efigie de Jesús crucificado, venerado en ella, tal vez procedente de la iglesia “cuadrangular”anterior.

“La iglesia, escribe doctamente Cristóbal Guitar Aparicio, responde estrictamente al patrón más frecuente en el gótico mediterráneo, que crearon precisamente los franciscanos y dominicos en el siglo XIII, y compite en dimensiones, elegancia y purismo con los mejores del estilo, mostrándose sin tapujos su esquema arquitectónico. Poco atendida por los historiadores españoles , son los aragoneses Sebastián López, F. Santos y C. Atienza quienes la han estudiado. Sus medidas son de unos cincuenta metros de longitud, siendo su nave de trece metros de ancho, y consta de cinco tramos. La luz le llega a través de hermosos ventanales apuntados, con tracerías, y su interior se embellece con haces de columnillas que descienden de los nervios, adosados a los muros, y con las arcadas apuntadas de las capillas, también abovedadas en crucería. Su hastial es uno de los más bellos del gótico de Aragón, con frontis triangular, gran óvalo y portada apuntada bajo gablete, flanqueada por dos contrafuertes. Análoga es la portada sur, pero sin gablete.”

La fama de los santos era tal, que prelados y personas de alto abolengo compiten por hacerse con objetos, fragmentos y piezas enteras de sus reliquia, lo que lleva a la angustiada comunidad a ocultar en secreto la urna que las contenía en lugar seguro, concretamente el muro de la Capilla del Cristo, a la altura de los pies del crucificado, para evitar la desaparición de las mismas. Y es tal el celo en mantener el secreto, que con el tiempo, hasta se llegó a perder la memoria del sitio exacto del muro donde quedaban ocultos los susodichos restos, hasta el año 1481 en que el padre Vega, conventual de San Francisco de Valencia, inopinadamente, da a conocer el sitio donde fueron escondidos.

Ya en el siglo XVI, los religiosos edifican el coro, según los nuevos cánones del renacimiento, junto con el brocal del pozo de los mártires y una espadaña, a la parte del ábside en lo alto de la iglesia, novedades que prepararían los ánimos para que, en el XVII, el irresistible atractivo de la modernidad del estilo barroco, representativo de la Contrarreforma, deslumbrara a los religiosos, hasta concebir una nueva configuración interior de la iglesia, a fin de ocultar la antigua y denostada hechura gótica de la misma, mediante revoques de yeso y escayola, que cubrieran con su blancura y retorcidas molduras doradas la desnuda y austera piedra sillar.

Escudo de un capitel, en la fachada de la iglesia

Tenemos que limitarnos a imaginar cuál sería su aspecto con cambio tan singular y desafortunado, porque no nos han llegado otras noticias fehacientes de traza tan forzada y caprichosa que la de su altar mayor, que conocemos por el contrato previo a su realización, en el que sus artífices establecen dimensiones y pormenores artísticos, relativos a la distribución del sus partes y hornacinas. No sabemos, sin embargo, qué fue de dicho retablo, imágenes y pinturas, si es que sobrevivieron a los sesenta y cino años en que el templo ejerció como almacén de madera, como tampoco de la gran verja de forja que separaba el presbiterio, de la amplia nave. Parece ser que al llegar los religiosos, tras la larga etapa de la exclaustración, ante el mal estado de la iglesia, derriban los restos de la iglesia barroca y con los escombros alzan el piso de la nave, para aminorar los efectos de las frecuentes riadas del Guadalaviar.

La iglesia así configurada, fue la que presenció la invasión y consiguiente defensa ciudadana contra las tropas napoleónicas, que convierten en caballerizas iglesia y convento, no sin antes expulsar de él a los religiosos; esa misma la que hubo de soportar, mal que bien, los destrozos fratricidas de las guerras carlistas, y esa, finalmente, la que desde 1835 sufre los cuarenta años de abandono a que obliga el decreto inicuo de la desamortización y su consiguiente enajenación, impuesta por aquel Mendizábal de tan infausta memoria, más los que transcurren después, hasta que la propiedad del inmueble revierte de nuevo a sus antiguos moradores, los franciscanos.

Debemos a la generosidad de la noble señora Dª. Ricarda Gonzalo de Liria, la providencial iniciativa de rescatar oportunamente el viejo templo, junto con los viejos muros del solar conventual y una pequeña huerta aneja al mismo, de la dejadez de sus propietarios oficiales, mediante permuta con otro edificio, hoy Archivo Provincial, situada en la Ronda, edificado a este fin en estilo modernista.

En el año 1900, de nuevo se hace cargo del convento, convenientemente restaurado, un grupo de franciscanos destacados a Teruel, presididos por el P. Agustín Fortea, que de momento venían hospedándose durante los tres años que dura la restauración, primero en el palacio episcopal, luego en una casa próxima a la plaza del Torico.

Ocupan su nueva morada el 3 de octubre de 1902, un año después de haberse colocado la primera piedra del nuevo cenobio, rehecho desde sus cimientos, prácticamente destruido por tan largo abandono. Habían pasado 67 años desde que lo hubieron de abandonar.

La iglesia requiere más tiempo, dada la envergadura de su obra, hasta remozarse y recobrar su aspecto original. Le cabe al buen gusto del religioso franciscano fray Maseo, arquitecto prolífico, el acierto de haber restituido el maltrecho templo a su primitiva hechura y dignidad de la piedra desnuda y configuración gótica, despojándolo del revoque de yeso pintado, que lo recubría, muy deteriorado el conjunto por el tiempo transcurrido y la desidia de quienes lo habían convertido en informe almacén.

Se inaugura el templo el 29 de agosto de 1903, haciendo coincidir la fecha con la celebración solemne de la fiesta de los santos mártires, a cuyo fin se realiza el traslado de las santas reliquias a la capilla en que actualmente se veneran, desde el monasterio de Santa Clara, donde habían permanecido cuidadosamente guardadas por nuestras hermanas las religiosas clarisas.

La iglesia lucía ya en su altar mayor un luminoso retablo gótico, obra del artista valenciano Bellido. Y un año después, se colocarían los más minuciosos y elaborados que dignifican las capillas laterales, que salieron de las hábiles manos artesanas del hermano lego fray Salvador Pelufo, que, salvo su menor tamaño, no desmerecen lo más mínimo del más esbelto que brilla en el altar mayor.

Durante la revolución de 1931, los religiosos deben a abandonar el convento y hospedarse en casas particulares de personas amigas o en las suyas propias, durante algunos días. La guerra civil del año 1936 fue más duradera y cruel, y vuelve a poner en fuga a los religiosos de la comunidad, con el consiguiente abandono de iglesia y convento, que sufren los efectos devastadores de la guerra. Una bomba destruye las viviendas de los religiosos y perfora una de las bóvedas de la iglesia. El rosetón del frontispicio de la iglesia y algunos de los nervios que sustentan las bóvedas sufren igualmente el efecto devastador del cañón de un tanque ruso, que intentaba acallar el machaqueo de una ametralladora colocada en las bóvedas. Por si era poco, en el convento, convertido muy pronto en cuartel y prisión, quedan impresos los efectos de conversión tan extraña a su naturaleza espiritual, de que dan fe el deterioro aún manifiesto en sus piedras y claustro superior, muestras fehacientes del capítulo más oscuro de su historia reciente.

La reconstrucción, en época económicamente difícil, resultó lenta, manifiesta en los sucesivos mandatos de su guardianía: se colocan nuevas vidrieras en el presbiterio y se restaura fachada y rosetón, en tiempos del padre José A. Arnau (1961-1964), se renuevan las vidrieras laterales por fray Carlos Sáez, a expensas de D. Mariano Rubio, se restaura el órgano por la casa Alberdi de Barcelona, a instancias de fray Vicente Pérez-Jorge (1956), músico y compositor eximio.

Dios quiera que la larga paz de que disfrutamos sea duradera, y el silencio y la devoción arropen siempre la piedra tranquila de nuestra iglesia, que aún muestra las mordeduras de los proyectiles de un tanque ruso en sus nervaduras góticas, y puedan los fieles visitar a sus mártires sin los sobresaltos de infaustas algaradas y enfrentamientos, siempre perniciosos y lamentables luego.

Las capillas de la iglesia

Fueron diez las capillas laterales que flanqueaban la nave central de la Iglesia actual de San Francisco, ocupando para ello los tramos que resultaban de los contrafuertes sustitutivos de las naves laterales de la iglesia.

La única nave unitaria que caracteriza su estilo, es el resultado de un nuevo concepto de iglesia para predicar, que instituyen franciscanos y dominicos, lo que obliga a eliminar las dos naves laterales, cuya función, meramente funcional, consistía en apoyar la nave central, a fin de evitar que se abriera, dado que las líneas de descarga bajan lateralmente por los nervios de las bóvedas a las columnas. El resultado es una iglesia más amplia, en la que la gente queda más cerca del predicador.

El problema que esto plateaba se resolvió añadiendo a las columnas fuertes contrafuertes, en sustitución de ambas naves, que en nuestra Iglesia alcanzan casi un metro de grosor, de lo que resultan numerosos tramos entre dicho estribos.

Capilla de los Santos Mártires

Capilla de San Pascual Bailón

Capilla de la Virgen del Pilar, anteriormente de San Luis

Capilla de San Luis,
en la actualidad de la Virgen del Pilar

Estos estribos resultantes invita de inmediato a instalar en ellos sendos altares, que ofrecían así la oportunidad celebrar misa a un mismo tiempo a los sacerdotes de la numerosa comunidad.

La primera vez que los arquitectos han de enfrentarse a este nuevo planteamiento, ocurre en la catedral de Gerona, que fue concebida al modo clásico, con tres naves, pero, concluido ya el presbiterio, se suspenden la obras para cambiar de proyecto por una iglesia de nave unitaria, no sin antes resolver los nuevos problemas arquitectónicos que planteaba la nueva concepción de la iglesia, reuniendo a este fin a un determinado número de arquitectos convocados a consulta.

Las capillas de nuestra Iglesia no siempre tuvieron la misma advocación ni patronazgos, como ya estudió el P. Benjamín Agulló, ofm (1). En siglos anteriores al nuestro, cambiaron a veces de propietario e igualmente de advocación. Así la de San Luis y la de Santa Catalina, fueron titulares que ya existían en la iglesia anterior de 1249, de modo que se conservaron su localización correspondiente en la actual, la primera dedicada hoy a la Virgen del Pilar y la segunda en el lado de la epístola, respectivamente.Consta que desde 1583,

Al lado del evangelio

Al lado de la epístola,

La de San Luis, es denominación que procede de la determinación del rey D. Jaime I de conmemorar el milagro que dicho santo obra en favor suyo, con motivo de la grave herida contraída en lucha con los moros en Murcia. El rey llega a Teruel y se encomienda al cuidado de los religiosos de este convento de San Francisco. Una noche se le aparece en sueños el santo y le toca la herida. A la mañana siguiente, al despertar el monarca y sentirse curado, lo manifiesta gozoso y hace ver a todos, y manda que en esa capilla elegida por él se digan misas todos los días del año, costumbre que mantienen luego los reyes de Aragón, hasta su unión con Castilla, en el siglo XV.

Hubo siempre la memoria de este hecho, fijado con pinturas medievales en las paredes de la sala que el rey habitó durante su enfermedad. Destruida al erigir nueva iglesia y convento más grande el arzobispo de Zaragoza, D. García, se vuelve a pintar de similar manera la habitación correspondiente a la primera. Hoy, hasta se ha perdio la memoria de cuál pudo ser aquella habitación real.

Nota (1) Crónica de las celebraciones del 750 Aniversario del glorioso martirio de San Juan de Perusa y san Pedro de Saxoferrato, Teruel, 1978, pags. 97 ss.

Distribución actual de las capillas laterales.
Pulse sobre la imagen y podrá ver unas notas sobre cada capilla

Noticia de D. García Fernández Heredia

El primero en proporcionar noticias sobre el origen los Heredia fue Miguel Martínez del Villar, quien nombra a los hermanos de Juan Heredia, Blasco y Donosa, casada ella con el también munebrense Sancho Gonzáles de Heredia (Juan Agustín Funes, Tratado del patronado, antigüedades, gobierno, y varones ilustres de la ciudad, y comunidad de Calatayud y su arcedianado, Zaragoza, 1598, pág. 16)

De Juan Fernández Heredia, personaje singular de la corte aragonesa y tío de nuestro D. García, se sabe que pertenece a una familia de la pequeña nobleza de Albarracín. Fue hijo de García Fernández Heredia, nombre que heredaría nuestro biografiado, y hermano de Gonzalo, probable primogénito, de Donosa y de Blasco, que fue Justicia de Aragón(1360-1362), (Juan Manuel Cacho Blecua, El gran maestre Juan Fernández Heredia, 1997, Zaragoza, p. 13).

García Fernández, padre de Juan, rigió el castillo de Ródenas (Teruel) a instancias de Jaime II, 1323, y en 1316 es lugarteniente del mayordomo de la infanta doña Leonor.

Juan Agustín Funes, en su Tratado del patronado, antigüedades, govierno y varones ilustres de la ciudad y comunidad de Calatayud y su arcedianado, entre otros hombres ilustres, cita a estos dos miembros destacados de la familia Fernández de Heredia, como son Juan Blasco y su sobrino García Fernández Heredia, arzobispo que fue de Zaragoza.

De Juan se dice, sin embargo, que “nació en Munébrega, en los palacios de su casa del castillo, a cuya iglesia dio muchos ornamentos”, etc. (Juan Manuel Cacho Blecua, o.c. p. 15 y ss.).

Según estima este autor, pudo haber nacido en 1310, puesto que figura ya como freire del Hospital en el 5 de octubre de 1328. Fue nombrado maestre de la orden sanjuanista por Benedicto XIII, el papa Luna, en Aviñón, ciudad donde D. Juan residió largamente, como maestre de la orden hospitalaria y siempre al servicio de su rey, Pedro IV de Aragón. (o.c., p. 14).

Es bien sabido que, en la Corona de Aragón, las órdenes de san Juan de Jerusalén y la del Temple predominaban sobre las nacionales de Santiago y Alcántara y Calatrava.

En el museo de Munébrega se conservan retratos de munebreses ilustres, entre ellos uno que representa a Juan Fernández, atribuible a Tomás Peliguet, “artista de formación italiana”, contratado en 1571 para realizar los retratos de la orden del Hospital, ya que entre los escudos que se le encomendaros figura el de un tal Heredia. ( Juan Manuel Cacho, o.c., p. 16).

Juan, después de haber fungido como lugarteniente del comendador de Alfambra, de la que acabó por ser titular, hacia 1337, y luego de Villel, entre 1338 y 1339, y sobre todo en castellán de Amposta, se convertiría en uno de los apoyos más decisivos de Pedro VI, lo que les sirve para escalar honores y puestos en la escala social. Al rey le debe los siguientes dominios: Torres de Montes, Vicién, Blecua, Fraella, Maria de Huerva. Fuedetodos Alcalá de la Selva y Valacloche. Otros bienes añadidos por la familia son Jaulín, Mediana, Ayles, Tormón, El Cuervo, Valbona, Alfambra, Sarión y Mora de Rubielos.

No deja de favoreces a los miembros de su familia, cuyo patrimonio incrementa con sucesivas concesiones y compras. Un sobrino suyo, Blasco Fernández de Heredia, hermano de D. García, compraría Mora y Valbona por 280.000 libras barcelonesas, en el 17 de octubre de 1387, y establece en su espléndido castillo la casa señorial de los Fernández Heredia, que alcanzarían la categoría de marquesado.

No cabe la menor duda de que Juan Fernández Heredia es la figura más sobresaliente de la familia Fernández Heredia, cuyo influjo en favor de sus familiares no debió de ser poco. Consta el rápido ascenso político de Juan, desde sus inicios en la orden sanjuanista, requisito necesario para acceder a otras instancias, como la de caballero o sacerdote. “El caballero sanjuanista disfrutaba de un alto rango en la sociedad y se lucraba de la potencialidad económicas de la Orden” (p. 17). Y da un salto importante cuando, entre octubre de 1338 y mayo de 1339, por sus relaciones con Pedro IV, coronado en Zaragoza, en 1336, entra a formar parte de su Consejo Real. No parece sino que su nombramiento estaba relacionado con su representación del elemento eclesiástico. Fue un paso decisivo; el Consejo, tan numeroso que sobrepasaba los 50 miembros, entendía en los asuntos de mayor relieve de la Corona, tales como “las relaciones con Castilla o los conflictos de las Uniones”. (Ibid., p. 19). Lo formaban príncipes, el obispo confesor del rey, nobles de muy diversa índole, jueces, secretarios y representantes de Barcelona, Valencia, Zaragoza, Lérida, Gerona y Perpiñán. No se sabe cómo surgen la relación entre el rey y su protegido, pero de su preeminencia en la corte, habla claro el hecho de que figure ya, por parte aragonesa, a la par del maestre de Alcántara, en la capitulación que establecen Alfonso XI de Castilla y Pedro IV de Aragón, en 1339, a fin de prevenir los posibles ataques que les puedan inferir los reyes de Marruecos y Granada (Ibid., p. 20). Y efectivamente, logra suceder, no sin sufrir de su agraviado antecesor graves contratiempos, como la prisión, al castellán Sancho de Aragón, en la castellanía de Amposta, agobiado por sus retrasos en el pagos de sus gabelas al rey.

Las castellanía representaban la vanguardia cristiana, en la lucha de la reconquista contra el Islán. Culminaría su carrera con el nombramiento de gran maestre del Hospital, el cargo más eminente en la Orden de san Juan de Jerusalén, que ejerce desde 1377 a 1396, fecha de su muerte. Dio muestras de su destreza política en sus relaciones con los reyes Pedro IV y Juan I de Aragón, y con los papas Inocencio VI, Gregorio XI, y Clemente VII, lo que le forzó a vivir gran parte de su vida en Aviñón. Su obra literario es muy estimable, por cuanto constituyó un equipo de traductores al aragonés de una cantidad muy notable de obras latinas y griegas.

Se desconoce, en realidad, cuál sea el origen lejano preciso de los Fernández de Heredia, dado el afán de emparentarles con linajes legendarios (Cf. Juan Manuel, p. 63). Si hay que situar el solar familiar en Munébrega, lo más probable es que también nuestro García Fernández Heredia tuviera allí su lugar de nacimiento o en Zaragoza, lugar de residencia del Justicia de Aragón (1360), su padre, casado dos veces, con Teresa Centelles primero, y con Toda Ruiz después. Hijos de este segundo casamiento con Dª. Toda son dos varones y dos hijas: D. García, nuestro hombre, su hermanos D. Blasco (1411), señor de Foyos, que casaría su vez con Dª. Violante Boil, Juana y Teresa.

D. Juan poseyó casas en Teruel, que pasan a manos de D. García, de las que haría donación a la comunidad franciscana de las que situadas a espaldas del ábside de la iglesia, con motivo de su construcción, destinada a ser su iglesia mortuoria. De este dato se sirve el P. León Amorós para suponerlo nacido aquí.

1El nombre de García Fernández de Heredia aparece ya registrado en 1319 en la encomienda de Villel.

D. García goza en todo momento de la protección singular de su tío, que se mueve con holgura en la corte papal de Aviñón. Nada de extraño tendría que ese patronazgo pesara al momento facilitarle la silla episcopal de Vich, y luego, en 1389, a la arzobispal de Zaragoza. Poco sabemos de su actuación eclesial y política. Es de suponer que cuando, a imitación de su tío, que erige una iglesia mortuoria en Caspe, D. García decide hacer lo propio en el la iglesia que regentan en Teruel los religiosos franciscanos, llevado de su devoción a los santos mártires, Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato, venerados en su iglesia.

Debía de contar ya con una edad avanzada cuando decide erigir dicho templo a toda prisa, ya que encomienda las obras a dos arquitectos, Conrat Rey y Gonzalo de Vilvo, para que la concluyan en el término de diez años, desde 1292 hasta 1302. No erró mucho el prelado la cuenta sobre su propio longevidad, si advertimos que diez años después, aunque no por causas naturales, entrega su alma a Dios. Con todo, debió de influir asimismo en su ánimo el cometido de dejar en su diócesis construcciones no menos monumentales, como las iglesias de Valderrobles, menor que la de Teruel, pero más suntuosa, y la de Mora, de sillería rodena más deleznable.

Ocurre que, como hombre eminente que es, forma parte del grupo de notables que, en 1411, debaten en las Cortes de Calatayud sobre la difícil sucesión al trono que plantea a la regencia la muerte de Martín I, el día 31 de mayo de 1410, sin haber designado sucesor, en medio de encontradas apetencias entre presuntos herederos y las ya endémicas banderías entre nobles que dividen el reino.

Después de enconados debates, se decanta la mayoría de compromisarios por la candidatura favorable a Fernando de Antequera, determinación en la que pesa de modo decisivo la convencida intervención D. García, lo que le acarrea al punto la condena unánime de sus adversarios, quienes, comandados por Antón de Luna, partidario de Jaime de Urgel, al regreso del arzobispo a Zaragoza, emboscados en algún paraje entre La Almunia y Almonacid, le salen al camino y consiguen darle alevosa muerte.

Se le entierra provisionalmente en la Almunia, desde donde, por disposición del arzobispo de Zaragoza, D. Alonso, sus restos se trasladan a nuestra iglesia, según letras dadas en Muel a 29 de agosto de 1427. Posteriormente, el año 1737, sus restos, enterrados inicialmente bajo la verja del presbiterio, del lado del altar de san Antonio, fueron colocadas en un sarcófago, a nivel del presbiterio, en el lado del evangelio, sustituido después por el actual, en el mismo siglo.

No nos han llegado noticia de la solemne ceremonia del sepelio en nuestra Iglesia, con que se cumplía el objeto que había inspirado su construcción, presumiblemente con la acostumbrada asistencia de familiares, asentados en la cercana población de Mora, nobles, autoridades civiles y eclesiásticas, miembros de la comunidad, clero local y fieles te todo Teruel.

Fr. Ángel Martín