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Teruel en tiempo de nuestros Mártires

En esta reseña seguimos a D. Jaime Caruana Gómez, Historia de la Provincia de Teruel, Teruel, 1956

Las correrías y conquistas de los reyes de Aragón por tierras musulmanas, desde principios del siglo XII, como Alfonso XI el Batallador, Ramón Berenguer IV y Alfonso II, van mordiendo la moral las tierras, aún de límites imprecisos e impredecibles, de Teruel.

Ocurre la conquista de lo que será su capital, en 1171, gracias al empuje incontenible de las mesnadas del rey Alfonso II, quien, desde Cella, hubo de regresar de pronto a Zaragoza, impelido por asuntos inaplazables, de modo que son sus caballeros quienes realizan la gesta de hacerla suya. Los conquistadores aprovechan las defensas naturales del lugar, una eminencia roqueña ante la cuenca del río Guadalaviar, para convertirla en un poderoso bastión que mantenga a raya a los moros de Villel, encastillados a su vez en un montículo amurallado entre dos valles, a sólo kilómetros de distancia.

Un primo de la reina castellana Dª Sancha de Castilla, D. Rodrigo, conde de Sarria, a quien el rey encomienda la villa de Alfambra para que mantuviera viva la guerra contra la amenaza del poder musulmán, funda la Orden militar de Santiago y más tarde la de Montegaudio, que entran en lucha sin descanso contra la morisma, y establece de la Orden en dicha villa, lo que induce a que se la conozca como de Montegaudio o de Alfambra, y a veces de San Redentar, por el crucifijo que les precedía en combate. El rey les concede además una Casa de la Orden en Teruel, concretamente en la plaza de San Juan. No mucho tiempo después, la Orden de Alfambra se uniría a la de los templarios.

Pronto, los pobladores de la villa obtienen del rey los Fueros de Teruel, "los más perfectos de su tiempo, cuyas prerrogativas y excelencias atraía a colonos de otros lugares, facilitando así su repoblación, al tiempo que establecían las normas de gobierno a qué atenerse, tanto en la villa, como en su extenso territorio. Fijan como autoridad de gobierno, al frente del Consejo, a una juez, elegido anualmente en Pascua y señala qué funciones corresponden a sus componentes. Normaliza el ejército, regula las comunidades que la pueblan, cristianos, judíos y moros, y las relaciones entre patronos y jornaleros.

Las tropas de Teruel, junto a las del enclave independiente de Albarracín, se acreditan en sucesivas campañas, como la toma de Cuenca, que preside el rey castellano Alfonso VII. El pacto entre Castiila y Aragón, firmado a raíz de este acontecimiento, exime del vasallaje de los aragoneses respecto a Castilla.

Alfonso II proseguirá incansable la encarnizada lucha por tierras levantinas de Valencia y Murcia, y al regreso descansa en Teruel, territorio y villa que él mismo había organizado. En 1196, moriría en Perpiñán.

Vista del Teruel cristiano

Teruel en el siglo XII

La derrota inesperada de los cristianos en Fraga, obliga a retroceder, y se pierde en el lance gran parte del territorio conquistado, lo que lleva a un período de reflexiva reorganización y precavida estrategia, que , conservando las tierras bajas, recae en las órdenes militares, como la de Santiago (desde Montalbán), .la de Montegaudio (desde Alfambra, Orrios y Villarluengo), la de Calatrava (desde Alcañiz), la del Temple (desde Villarroya de los Pinares) y la de San Juan de Jerusalén (Aliaga y Samper de Calanda).

El territorio se lo dividen las comunidades de Teruel y Albarracín. La de Teruel comprende un extenso dominio territorial que limitaba al oeste con la comunidad de Albarracín y al norte con la de Daroca, a la que pertenecían Báguena, Burbáguena, Calamocha y otras poblaciones. La de Albarracín iba de Ródenas a Veguillas y el Cuervo.

El régimen de cada lugar lo concertaban los fueros, como los de Teruel y los de Alfambra., o las cartas pueblas, como la de Alcañiz, Villel, Monrroyo, Peña de Aznar, Lagalla y Cascante.

Con la expansión de sucesivas conquistas, el territorio de Teruel llega hasta Albentosa, cuyo juez, D. Pedro de Arrmillas, se apoderaría de Rubielos, al tiempo que la Orden de Calatrava extendía sus posesiones con donaciones reales, como las de Monrroyo, Molinos y Ejulve.

Ocurre también entonces que, desde Teruel, las tropas del Consejo, junto a las de las otras dos comunidades, ocupan Castellfabib y el Rincón de Ademuz, y de regreso, al mando de D. Pedro de Pomar, aún ocupan Camarena de la Sierra.

El siglo XIII

Impensadamente, el emir almohade Abu Yacub Yusuf invade España con fuerza incontenible. La alarma cunde por toda la Cristiandad. Para cortar el ímpetu que empuja a los nuevos invasores, D. Pedro II se une sin tardanza a las tropas castellanas y cruzados extranjeros que han acudido a la llamada, en Toledo.

Inician la marcha hacia el sur musulmán y el 30 de junio de 1212 conquistan Malagón y Calatrava. Los cruzados no se sienten a gusto. La repentina deserción de las tropas extranjeras, no merma, sin embargo, el ánimo que mueve a los cristianos, que aún menguados en números, no tardan en apoderarse de Alarcos.

Franqueada la Sierra Morena, no sin titubeos por la extrema dificultad, el 16 de julio, ocurre la batalla decisiva de Las Navas de Tolosa, donde sufre irreparable derrota Abu Yacub Yusuf, que huye desalado.

Es fama que entre la valerosa aportación de las Órdenes de Calatrava, Santiago, Temple y San Juan, hizo valer su arrojo D. Diego Garcés de Marcilla, el amante famoso.

El rey D, Pedro moriría heroicamente, no mucho tiempo después, en la batalla de Muret.

Teruel cabeza de puente para la conquista de Valencia.

Desde las primeras escaramuzas organizadas desde Teruel en tierras musulmanas del reino de Valencia, la encerrada villa se convierte en un incesante ir y venir de gente de toda condición, que llena sus plazas, calles y espacios vacíos, donde acampa la tropa, mientras se organiza todo para llevar a cabo con bien tan esperada y arriesgada empresa, a lo que se suma al tráfago e intercambio ordinario de mercancías entre Aragón y el Reino valenciano.

No sabemos a cierta cuál pudo ser, y en qué fechas, la relación mantenida entre nuestros mártires y los caballeros que pululaban por la villa, antes de marchar ellos a tierras musulmanas, por más que dos de los caballeros más calificados, D. Blasco de Aragón y Artal de Luna, sean luego, antes de la conquista del reino valenciano, quienes muestren especial estima e interés por que sean recuperados de los restos sagrados de sus reliquias, y se le propongan a D. Jaime su rescate, a cambio de los nobles musulmanes apresados por ellos en la toma de Morella, mientras D. Jaime invadía Mallorca.

Jaime Caruana dice de nuestros santos que "inflamados de ardor apostólico", predicaron la fe entre los musulmanes de Valencia, "en medio de la mezquita", y que los alfaquíes los acusan ante Zeit Abu Zeit, "furiosos, al ver que muchos musulmanes abrazaban el cristianismo".

Las circunstancias que propiciaron la conquista de Valencia son el alzamiento del reyezuelo de Játiva Zaén, contra Abu Zaet, que estaba bajo la protección del rey D. Jaime, y las incitaciones al rey de Aragón, en Alcaniz, de D. Blasco de Aragón y el maestre del hospital Hugo de Folcater, para que no dilate más la invasión de un reino conocido por ellos, tan rico, verdecido y magnífico como pocos, afirmando que si conquistaba tan bello territorio, D. Jaime llegaría a ser uno de los reyes más poderosos de la Cristiandad. El envite no pudo ser más tentador.

Jaime I convoca en Teruel a los caballeros aragoneses, a fin de organizar los preparativos para la conquista del Reino de Valencia. Desde la villa descienden camino del mar levantino. Son varios los bastiones que rendir, entre ellos, el siempre famoso y bien amurallado Sagunto.

La ciudad de Valencia se rendiría ante el empuje de las fuerzas cristianas.

La historia cuenta cómo el arrojo y heroicidad de los turolenses queda patentizada de manera especial en la toma de Villena y la más difícil de Játiva, ante cuyos poderosos muros y torreones, muere el bravo hermano de D. Pedro Fernández de Azagra, comendador de Santiago.

F.A.M. ofm.

La antigua villa de Teruel

La antigua villa de Teruel, más conocida como Villa Vieja, quedaba emplazada sobre una muela abrupta que el rey Alfonso II manda amurallar, como bastión frente a los musulmanes que se hacen fuertes en Villel, a escasos kilómetros, en pleno valle que va hacia la ciudad islámica de Cuenca. El trazado de las murallas alcanza una longitud de unos 2 kilómetros, para un recinto de unas 17 Has, sobre las cuencas del río Alfambra y del Guadalaviar, que confluyen aguas arriba.

La muralla quedaba franqueada por puertas, como la de Zaragoza o del Tozal y la de Daroca, y de trecho en trecho, le daban consistencia y seguridad sucesivos torreones y el mismo alcázar, llamado a veces de Villel, por dar hacia ese enclave moro. Hacia el centro de la villa, la plaza del mercado servía para celebrar espectáculos y actos oficiales.

En el corazón de la villa quedaba la Iglesia de Santa María, llamada de Mediavilla por eso. En ella sobresalía un campanario mudéjar en el que se advierten estilemas islámicos y gótico cristianos. Desde su fundación, quedó aneja al obispado de Zaragoza.

El Fuero de la villa organiza las comunidades que pueblan la aldea, cristianos, judíos y moros. Los, moros se establecen junto a la Iglesia de San Martín, en la calle trasera de la Andaquilla, y ya en el siglo XIII, quedan a extramuros de la villa, en el arrabal; disponían de una mezquita junto a lo que es hoy la Casa de la Cultura, convertida luego en convento de Trinitarios, y llegaron a tener unas 50 familias. Los judíos, protegidos por el Fuero y el Rey, pero que en 1512, por influjo de san Vicente Ferrer, quedan recluidos en su propio recinto particular entre lo que será la iglesia de San Pedro y la calle de Ambeles, llegaron a disponer de dos sinagogas y contaban con unas 50 familias.

El fuero dado a la villa por el rey Alfonso II en 1177 para su ordenamiento y el título de ciudad en 1347, dan a Teruel una notable preponderancia sobre otros lugares, a lo que se suma la creciente importancia que cobrará la iglesia de Santa María, elevada a la dignidad de colegiata en 1343. En torno a ella, que pronto se ordena en capítulo de racioneros presidido por un prior, ya en el s. XIII, a medida que crece la población, van alzándose otras iglesias, como San Martín, Santiago, San Pedro, San Salvador, San Andrés y San Juan, además de conventos como los de San Francisco, San Raimundo de Rocafoft, Trinitarios, Capuchinos, Mercedarios, etc.

Ni qué decir que fue siempre notable en la ciudad el influjo del clero y fue muy rica la variedad de tipos y costumbres, a la par de la organización básica militar y agrícola, con la del trabajo en gremios y cofradías que nos han dejado sus estatutos hasta nuestros días, lo que da a la ciudad una vitalidad muy acentuada y peculiar, que ha dejado su impronta en la galería de tipos del artesonado de la catedral, en la que hasta los mismos artistas mudéjares se representan así mismos labrando vigas y estructuras existentes aún en el artesonado, mientras sus mismas esposas, ataviadas a la usanza morisca, les proporcionan agua y condumio.

La ciudad se regía por un concejo, renovados anualmente sus componentes, como eran el juez, los alcaldes, un escribano, un almotacén que supervisa el buen funcionamiento económico, andadores (alguaciles) y un pregonero. Son personajes de la ciudad a quienes se exige la calidad al menos de caballeros villanos, caracterizados por disponer de un caballo y su correspondiente mantenimiento.

Una nota destacable del Fuero, en la regulación de las relaciones personales, era su tendencia a nivelar nobles y villanos, que además, en la ciudad, quedaban exentos de rendir contribución al rey. Sin embargo, el rey disponía de un baile o lugarteniente en la ciudad.