Índice del número 93

Marzo de 1928. Año 9º. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm

Bendición seráfica

Por conducto del Procurador General de la Orden P. Antonio Iglesias hemos recibido para nuestra revista una amorosa bendición del Reverendísimo Padre Buenaventura Marrani, Ministro General de la Orden Franciscana. He aquí sus palabras:

Bendigo paternalmente al director, colaboradores y lectores de ''La Acción Antoniana" en el noveno año de su exhuberante vida.

Que esa flor, plantada y cultivada por nuestros religiosos en el hermoso jardín valenciano, continúe exhalando su perfume de religión y piedad, prosiguiendo así el fecundo apostolado del Serafín de Asís y del Santo de los Milagros.

Fr. Buenaventura Marrani
Ministro General, O. F. M.
Roma, Febrero de 1928.

De actualidad

La voz del Papa

La última Encíclica y su objeto.—De nuevo ha resonado en todo el orbe católico la voz augusta de! Sumo Pontífice, para condenar errores, disipar dudas, resolver objeciones, deshacer equívocos, y difundir la verdad clara, concreta, definida, luminosa, como emanada del foco inextinguible de luz celestial que brilla en el Vaticano, para iluminar a todos los hombres que viven en este mundo.

Y el asunto de esta Encíclica no puede ser más interesante y de mayor trascendencia y actualidad, en nuestros tiempos, en los que se trabaja con gran tesón por algunos, «por medio de congresos, reuniones y conferencias» para «unir de cualquier manera en un solo cuerpo a todos los hombres, que se llaman cristianos»; tomando como lazo de unión «la profesión de algunas doctrinas que sean como fundamento común de la vida espiritual»; y pretendiendo con esto realizar la unión que para todos sus discípulos pidió N. S. Jesucristo a su Eterno Padre.

Y como estas razones, aparentes y seductoras, han hecho caer a muchos incautos católicos, por esto el Soberano Pontífice, Pastor solícito de todas las ovejas, que forman el verdadero y único rebaño de la Iglesia Católica, levanta ahora su voz augusta para desbaratar los planes absurdos y desautorizar a sus fautores malignos, dirigiéndose especialmente a los Patriarcas, Primados, Arzobispos, Obispos, y demás Prelados, que viven en comunión con la Santa Sede, para que por ellos llegue a todos los fieles cristianos del mundo, y sepan estos a qué atenerse en asunto de tanta transcendencia y de tan capital importancia.

Verdades principales de la Encíclica—Y como nos es imposible transcribir aquí el texto íntegro de la mencionada Encíclica, nos limitaremos solamente a entresacar las verdades principales que contiene, para que sirvan de luz, norma y guía a nuestros lectores, en las dudas que puedan surgirles acerca de este asunto "de la verdadera unión de todos los cristianos.

Primera verdad.—Dios, Creador de todos los hombres tiene perfecto derecho a ser adorado y servido por todos ellos, y a ser servido y adorado en la forma y manera que El quiere. Y como esta forma y manera de adorarle y servirle se ha dignado El revelarla claramente, resulta «que ninguna religión puede ser verdadera, fuera de aquella que se funda en la palabra revelada por Dios, revelación que, comenzada desde el principio y continuada durante la Ley Antigua, fue perfeccionada por el mismo Jesucristo con la Ley Nueva».

Segunda verdad.—Nuestro Señor Jesucristo, Hijo Unigénito del Padre «fundó en la tierra una Iglesia, y precisamente una sola, como un solo cuerpo de fieles, concordes en una misma doctrina, y bajo un solo magisterio y gobierno» y «Cristo Nuestro Señor instituyó su Iglesia como sociedad perfecta, externa y visible por su propia naturaleza, a fin de que prosiguiese realizando, de allí en adelante, la obra de la salvación del género humano, bajo la guía de una sola cabeza, con magisterio de viva voz, y por medio de la administración de los Sacramentos, fuente de la gracia divina». «Por lo tanto, la Iglesia de Cristo no solo ha de existir necesariamente hoy, mañana y siempre, sino también ha de ser exactamente la misma que fue en los tiempos apostólicos, si no queremos decir—y de ello estamos muy lejos—que Cristo Nuestro Señor no ha cumplido su propósito, o se engañó cuando dijo que las puertas del infierno nunca habían de prevalecer contra ella».

Tercera verdad.—«La Sede Apostólica no puede presidir, ni tomar parte alguna en los mencionados Congresos de unión de todos los cristianos; ni pueden tampoco, en manera alguna, los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos; y si lo hiciesen, darían Autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única verdadera Iglesia de Cristo».

Cuarta verdad.—«Para instruir en la fe evangélica a todas las naciones envió Cristo por el mundo todo a los Apóstoles, y para que estos no errasen en nada, quiso que el Espíritu Santo les enseñase previamente toda verdad. . Y Nuestro Divino Redentor manifestó expresamente que su Evangelio no solo era para los tiempos Apostólicos, sino también para las edades futuras».

Quinta verdad.—«Cuando el Hijo Unigénito de Dios mandó a sus legados que enseñasen a todas las naciones, impuso a todos los hombres la obligación de dar fe a cuanto les fuese enseñado por los testigos predestinados por Dios; pero ambos preceptos de Cristo, uno de enseñar y otro de creer, que pueden dejar de cumplirse para alcanzar la Salvación eterna, no pueden siquiera entenderse si la Iglesia no propone, íntegra y clara, la doctrina evangélica, y si al proponerla no está ella exenta de todo peligro de equivocaciones».

Sexta verdad.—«Siendo la fe íntegra y sincera como el fundamento y raíz de la caridad, necesario es que los discípulos de Cristo estén unidos principalmente con el vínculo de la unidad de fe Por tanto, no es posible imaginar una confederación cristiana, cada uno de cuyos miembros pueda, hasta en materia de fe, conservar su sentir y juicio propios, aunque contradigan al juicio y sentir de los demás. Y de ninguna manera podrían formar una sola y misma Asociación de fieles, los hombres que defienden doctrinas». De todo lo cual se deduce que «la unidad de la Iglesia no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos».

Séptima verdad.— «En materia de fe, no es lícito recurrir a cierta diferencia que se pretende establecer entre artículos fundamentales, y no fundamentales, como si fuese obligatorio admitir todos primeros, y libre la aceptación de los segundos. La virtud de la Fe tiene por causa formal la autoridad de Dios revelador, y este no permite introducir semejante distinción. Por eso los que son verdaderamente cristianos la misma fe dan por ejemplo, al dogma de la Inmaculada Concepción que al misterio de la Santísima Trinidad, y lo mismo creen en la Encarnación del Verbo, que en el magisterio infalible del Romano Pontífice, entendida desde luego, este magisterio en el sentido determinado por el Concilio Ecuménico Vaticano».

Octava verdad.— «La unión de los cristianos no se puede fomentar de otro modo que procurando el retorno de los disidentes a la única y verdadera Iglesia de Cristo, de la cual un día desdichadamente se alejaron; a aquella única y verdadera Iglesia que todos ciertamente conocen, y que por la voluntad de su Fundador debe permanecer siempre tal cual Él mismo la fundó para salvación de todos... Ahora bien: en esta única Iglesia de Cristo nadie existe, y nadie persevera, que no reconozca y acepte con obediencia la suprema Autoridad de Pedro y de sus legítimos sucesores».

He aquí como en breve compendio, reunidas las verdades principales de la última Encíclica del Soberano Pontífice, el Papa Pío XI.

Y en cada una de ellas se siente palpitar el corazón del Padre Amantísimo, que no ansia otra cosa que la unión eficaz y duradera de todos los cristianos del mundo en la única Iglesia, fundada por Nuestro Señor Jesucristo, formando un solo rebaño con un solo Pastor, que no puede ser otro que el legítimo sucesor de San Pedro en Roma.

Y termina el Papa su importante documento con un tierno llamamiento a todas las sectas disidentes, diciendo: «Vuelvan a la Sede Apostólica, asentada en esta ciudad de Roma, que consagraren con su sangre los Príncipes de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, a la Sede «raíz y matriz de la Iglesia Católica»; vuelvan los hijos disidentes, no ya con el deseo y la esperanza de que «la Iglesia del Dios vivo, la columna y el sostén de la verdad» abdique de la integridad de su fe, y consienta los errores de ellos, sino para someterse al magisterio y al gobierno de ella... Nuestro Divino Salvador... oiga nuestras ardientes oraciones para que se digne llamar a la unidad de la Iglesia a cuantos están separados de ella».

J. B.

a

Página poética

La mort de sant Josep

Dins de sa blanca caseta,
lo fuster de Nazareth
per poc que traballe' s cansa,
vol seguir i no pot mes.

¡Bón Jesuset, ajudeu-lo,
qu'l pobre está molt vellet;
vol acabar una taula
i te atres cóses que fer.

El bón Jesús prou l'ajuda,
pero'l vell no está pa res;
de cap a peus tot tremóla
i comenta a sentir fret.

María, que cus i fila
sentada baix d' un gesmiler,
l ti diu que hi vaja a sentarse,
que allí baix estará be.

De la má Jesús el porta,
i s'asenten tots, los tres,
baix lo gesmiler, que sombra
els fa i servix de dossel.

De pronte venen com baixen
del cél ángels a milers
portant uns rica corona
i atres, varios instruments.

Los mes petits inquiets bólen
cullint flórs per els vergers,
i algúns atrevits ne cullen
p'el jardí del bón fuster.

No culliu eixes floretes,
angelets, bóns angelets;
per a Jesús o son pare
vol fer María un ramell.

Per tot angelets se veuen,
dins de casa, en los rosers
del cél sens parar ne baixen;
alló sembla un colomer.

Per fi Josep els pregunta
si es que venen ja per ell,
puix li van faltant les forces,
se mor poquet a poquet.

Si no veniu per mí encara,
mireu, diu, qu'estic molt vell;
vullc anarmen en vosotros,
angelets, bons angelets.

Plens los ulls de dolces llágrimes,
li respón Jesús per ells.
Per vos venen, puix ja es hóra
qu'en el Limbo descanseu.

Anuncieu a aquells sants Pares,
digan als meus agüelets
que del cel pronte les portes
obriré com tinc promés.

L' abraca i torna a abracar-lo,
li dona un bes i atre bes,
i ab Ell l'abraca María,
que aixina li va diguent:

El Senyor, Josep, vos premie
quant a veu patit i fet,
a Jesús i a mí lliurant-mos
de perills tant manifests.

Descansen en tantes penes,
i de dolors tan cruels;
jo puc sufrir mes encara,
soc jove i en sufriré.

Satisfet Josep els mira,
se despedix sonríent,
i apoyant-se en aquells braços
expira lo sant vellet.

Els angelets que l'esperen
s' arremolinen llaugers,
i recibint-lo en ses ales,
van pujant p'el firmament.

I entre núvols de floretes,
de perfúms i d' angelets,
sonant dolces armoníes,
San Josep desapareix.

 

Fr. Luis Angel, ofm

Paisajes franciscanos II

Es lamentable nuestra pobreza para la evocación. La evocación es fruto guardado por muchas y muchas envolturas que la meditación va separando al valor de la voluntad. La literatura, para prestarse a la figura de Cristo y la figura de un santo su personalidad, y medir la hondura y la trascendencia de los que a simple vista son matices, ha de caldear la pluma en la fragua del costado. Ese es el secreto del Evangelio y el secreto de las Florecillas: el literato quedó absorto para escuchar al discípulo y al amigo, y de esta suerte flota en el libro aquel encanto inefable en cuya quietud se explaya un eco suavísimo y una luminosa diafanidad.

Pero nuestra mirada de modernos, encariñada mucho con el color y poco con los perfiles, nuestro tacto febril separa con dificultad las dichas envolturas. Tenemos demasiada prisa; en nuestra sed acercamos los labios al manantial de la evocación, y cuando debíamos beber ingenuamente, lentamente en su transparencia, una inquietud absurda nos empuja sin tino. La leyenda de oro habla de aquel ermitaño suspenso durante siglos cabe una fuente mientras oía a un ruiseñor; y es muy seguro que al cabo se volviera hacia su monasterio ignorante aún de la intimidad del agua y de los trinos. Digo esto porque nunca como el pensar en estos grandes santos me acudía la necesidad de mantener sosegados los ojos del espíritu y contemplar sin agitaciones, despojado de todo sentido terreno, desgarradas mallas y vestiduras, y cuidando tan sólo de acercar el pecho a la inmensa hoguera que no es franciscana ni carmelitana ni eremítica sino el corazón de Dios abrasando en lucha de amores a un Francisco de Asís y a una Teresa de Jesús y a un Juan de la Cruz, y a un Domingo de Guzmán...

Despojado de todo sentido terreno! Quizá estamos en la médula del franciscanismo, en la síntesis maravillosa de lo divino y lo humano, que no cierra los ojos ante criatura alguna de la tierra y sabe ver el espíritu de Dios en todos. Por eso San Francisco es el primer poeta del mundo al sentir como nadie la armonía universal. Y por eso los poetas que se atrevieron a imitarle nos dejaron versos vacíos: les faltaba el sentido divino de lo terreno.

Ese sentido que yo he podido atisbar en celdas y en claustros y en pasajes cuya vida tiene un ritmo que en su sosiego y en su hondura no es el ritmo de fuera. He asistido en Santo Espíritu del Monte a la disciplina y después de los Misereres grandiosos de las Catedrales he comprendido que el Miserere no podía tener otra música que aquellos chasquidos: las exaltaciones de un músico y el fervor momentáneo y la zozobra desequilibrada cedían su sitio a la verdad, la verdad que es decir el dolor. Y en mi Colegio de Onteniente he visto al Hermano Juan o al Hermano Daniel, que habían hallado su camino espiritual arrancado cotidianamente dos, tres, cuatro manojos de acelgas para llevarlos a la cocina. Sabían que Dios los había criado para ser franciscanos y sabían que para ser buenos franciscanos habían de cuidar del huerto con sus habichuelas, sus coles, sus acelgas. La mano de Dios aparecía más visible en aquellos surcos que en los libros de los Padres Profesores, y el sol reverberaba en la azada de un modo singular.
El aliento de San Francisco lo sentían y no lo necesitaban comentarlo. Hablaban de él con la justeza con que se habla de quien vive con nosotros. Y a la distancia de siete siglos alguna tarde, en la quietud de aquel rincón, yo esperaba que abriesen los labios como otros evangelistas: «En aquel tiempo dijo nuestro Padre a Fray Junípero...

La evocación se nos ofrece cubierta por muchas y muchas envolturas a nuestra mirada de mundanos y nuestro tacto febril. Mas por fortuna, aún hay muchas almas de Hermanos Juanes y Hermanos Danieles que viven con San Francisco en*«l valle sobrenatural de las Florecillas.

José Corts
Ex colegial de Onteniente

Divulgación teológica

Mutuo amor entre Dios y el alma II

Conformidad de voluntades (Continuación)

En el último artículo nos entretuvimos describiendo la gratitud que debe mostrar el hombre a su Dios, por haberle amado él primero. Veamos hoy, cual sea la prueba mayor v más clara con la cual demos a conocer a nuestro divino Jesús, que le amamos como debemos; y esa prueba según demostraremos, no es otra que la perfecta conformidad e identidad entre nuestra voluntad y su voluntad divina.

Hemos dicho, que tanto más intenso es el acto de amor, cuanto mayor identidad de voluntades por él se consigue. Es ley de la voluntad el identificarse con el objeto amado. ¿Quién no conoce la unión de amores de dos personas amigas, que mutuamente se alegran de sus felices sucesos y se entristecen de sus mutuas desgracias? Y ¿quién no ha sentido la acción amorosa de la madre, que llegando a los más recónditos secretos del alma de su hijo niño, sabe preservarle de mil peligros y prodigarle cariñosa cuanto le ocasiona gozo y alegría? ¡Como solícita, no osa quitar los ojos de su hijo querido, temerosa de que algún mal le suceda! ¡qué identificada tiene su alma con la del hijo, teniendo unos mismos sentimientos, pues aun antes que el niño dé señales con sus tiernos miembros, de querer algo, ya ella con su característica intuición ha sabido interpretar su deseo! Es el amor el que hace obrar a la madre como si tuviera con su hijo una misma voluntad.

Si, pues, es ley del amor el identificarse con los quereres y deseos de la persona amada, y esta ley tiene su más o menos perfecto cumplimiento aún entre personas tan sólo unidas por los lazos de la amistad o por los de la sangre ¿cual no debe ser la identidad de voluntades que se debe establecer entre el Creador y la criatura? Si pensáramos lo que importa la creación, los incontables e infinitos bienes que Dios reportó al hombre con el acto omnipotente de la creación, nos consideraríamos moralmente obligados a estrechar cuanto nos fuera posible, por medio del amor, nuestras relaciones con el Autor de todo cuanto somos, y nos violentaríamos por apartar de nuestro corazón todo lo que entorpece nuestra amistad con Dios, todo lo que de El nos aleja y separa, todo lo que le desagrada y ofende, para llegar así a la más estrecha unión de voluntades, a la mayor fusión de amores.

Si la simpatía natural es suficiente para unirse dos amigos por el amor; si la identidad de sangre qué riega nuestras venas y arterias es bastante para estrechar tan fuertemente a la madre con su hijo, que es feliz con su felicidad o infeliz con su desgracia, mucho más, incomparablemente mayor debe ser nuestra unión amistosa con nuestro Dios, provocada por el acto inefable de habernos creado, de habernos sacado de la nada al ser, de habernos embellecido con la forma del cuerpo humano, de habernos encumbrado a la noble dignidad de seres racionales, alumbrados con la antorcha fulgente de la razón y penetrados por el fuego ardoroso del amor, que abrasa a nuestra alma ante el atractivo del bien. Y este acto creador no es producto de sólo un momento de la vida divina, sino que continúa repitiéndose sucesivamente, no siendo la conservación más que una creación repetida, de tal forma que si Dios no siguiera conservándonos, en ese instante mismo seríamos reducidos al no ser, caeríamos inevitablemente en el abismo insondable de la nada.

Se deduce de lo dicho que nuestra amistad para con nuestro Dios creador debe ser más íntima y estrecha que la que profesamos a los amigos y hermanos.

Fr. Ludovico Rubert, ofm
(Continuará)

Página pedagógica

Los derechos del niño

El primero de los derechos formulados por la Declaración de Ginebra, dice: «El niño debe ser colocado en situación de desarrollarse normalmente en lo material y espiritual».

Los que han formulado ese derecho no concretan sobre quién recae el deber corralativo, ni cuál ha de ser esa situación, ni qué dificultades pueden impedir al niño el llegar a ella, ni en qué consiste el fin último y el ideal supremo de la niñez. No hay, por tanto, ideal ni aspiración determinados ni es posible sospecharlos de la letra de ese derecho; pues como se ve, a simple vista, el lenguaje de esa Declaración es ampuloso, impreciso, y se presta a confusión en asuntos de tanta delicadeza.

Por el contrario el derecho supremo del niño lo concreta Jesucristo en esta sencilla frase, a manera de Mandamiento: «Dejad en paz a los niños y no les estorbéis de venir a mi, porque de los que son como ellos es el reino de los cielos». (Mt 19, 14). ¿Quién no entiende aquí claramente que el niño, por su inocencia, (pues sin ella deja de serlo, como veremos otro día) tiende naturalmente hacia Jesucristo que es la inocencia suma? ¿Y quién deja de ver que cuando el niño no va a Jesucristo es porque encuentra en nosotros alguna dificultad que desvía su candor del camino que a Él conduce?

Como se ve por el texto del evangelista S. Mateo, lo mismo que por el de S. Marcos: «Dejad que vengan a mí los niños (Mc 10, 13), y por el de S. Lucas: «Dejad venir a mí los niños (Lc 18, 5) pues los tres relatan ese pasaje casi con idénticas palabras, el niño tiene el indiscutible y natural derecho a que le de¡en en paz para acercarse a Jesucristo.

No dice Jesucristo traedme los niños, ni procurad que vengan, sino dejadles en paz y no les estorbéis venir a mí. Todo ello prueba, como decimos antes, que los niños tienden naturalmente a Cristo atraídos por el imán de la inocencia, y, por lo tanto, no necesitan de otro estímulo que hallar el camino expedido y libre de trabas.

La palabra dejad nos da a entender, por otra parte, que no sólo no está en nuestra mano proveer al niño de inocencia para que puede acercarse a Cristo, pero ni siquiera perfeccionarla. Es más, el Divino Maestro conmina a sus discípulos, y en ellos a todos los nombres, a que se hagan como niños si quieren tener parte con El en el reino de los cielos.

Jesucristo es, pues, el ideal supremo del niño, puesto que basta dejarle en paz para que vaya a Él; y siendo, como a Sí mismo se define, el Camino, la Verdad y la Vida, es decir, el verdadero progreso, la suprema ciencia y la perfecta salud, resulta necesariamente que la única situación en que puede colocarse al niño para desarrollarse normalmente en lo material y espiritual es rodearle de paz y no estorbar su inocencia con nuestras iniquidades.

Mientras el niño no pierda esa situación de su inocencia, su desarrollo en todos los órdenes honestos de la vida será normal y armónico, y su progreso o avance se deslizará con la misma suavidad con que avanza por la vía un tren expreso, o el automóvil por la pista asfaltada, o el navío por la tersa superficie de un tranquilo lago.

F. M. Morales.