Índice del número 95

Mayo de 1928. Año 9º. Director: Fr. Juan Bta. Botet, ofm

La mejor Madre

La madre es la más apta para explicar a¡sus hijos, con el amor y eficacia con que ella sabe hacerlo, que así como la tienen a ella por madre en el orden natural, así tienen también otra Madre en el orden sobrenatural, que les engendra a la vida de la gracia. Ella debe enseñarles que, así como tienen una madre que les engendra a la vida natural, sufriendo por ellos indecibles penas, y exponiendo por ellos mil veces la vida, así tienen también una Madre que les engendró a la vida sobrenatural de la gracia, sufriendo en su alma acerbos dolores y asociándose a la dolorosa pasión y muerte que por todos sufría en la Cruz nuestro adorable Redentor.

Virgen de los DesamparadosY así como la madre congrega a su alrededor y atiende con especial cuidado a los hijos recién, nacidos, porque entonces son más débiles y tiernos y necesitan de mayores atenciones, así también la Santísima Virgen, como verdadera Madre, reúne a su alrededor a los Apóstoles y primeros discípulos, dispersos y fugitivos, después de la tragedia del Calvario, robustece en la fe a los que entonces eran débiles y tímidos, y con el calor de sus palabras amorosas conserva la vida de la gracia a los que estaban en peligro de perderla por sus dudas y perplejidades.

La madre debe enseñar a sus hijos que, así como ella ocupa el centro de la familia, y es el lazo de unión entre ellos y su padre, participando de la naturaleza y condición de ambos, así también la Santísima Virgen está colocada entre Dios y los hombres, y es el lazo de unión entre la naturaleza humana y la divina, por medio de la Encarnación del Verbo; y participa de la naturaleza divina, porque es Madre del mismo Dios y de la naturaleza humana, por ser hija del hombre como nosotros.

María Santísima acorta la distancia infinita que separaba a Dios del hombre; con sus gracias y virtudes extraordinarias atrae a Dios, a quien hace bajar del cielo a la tierra, y por medio de su augusta dignidad de Madre de Dios, levanta la tierra hasta el cielo; de tal manera, que en su regazo materno se dan el abrazo íntimo y estrecho, que nadie podrá separar, la naturaleza humana y la divina.

La madre debe enseñar a sus hijos prácticamente que, así como ella es la medianera entre ellos y su padre para todo, así también la Santísima Virgen es la medianera más poderosa, la más eficaz entre Dios y los hombres; María Santísima infunde confianza en los corazones de los hombres para con Dios, que es su Padre, y atrae las miradas de Dios hacia los hombres, que son sus hijos; y así como nadie va al Padre sino por medio de Jesús, así nadie va a Jesús sino por medio de María. Y Dios ha establecido —dice San Bernardo— no conceder ninguna gracia a los hombres sin que pase antes por las manos de María.

Y así como Jesús, para calmar la Justicia irritada de su Eterno Padre y atraer bendiciones y gracias para los hombres, le presenta continuamente sus méritos, sus llagas, su sangre, su muerte y su cruz, así María Santísima, para obtenerlas gracias que desea para sus hijos, presenta a Jesús sus dolores, sus penas, sus lágrimas, su seno purísimo, su vida toda, consagrada a su Hijo Divino.

Y sobre todo, y lo que más hace a nuestro caso, lo que la madre debe enseñar y hacer comprender a sus hijos, es que las madres aman con mayor ternura y predilección, con mayores atenciones y cuidados, a los hijos desgraciados, a los que tienen algún defecto físico o moral, a los débiles, a los afligidos, a los que sufren alguna enfermedad o tribulación. Y los aman y distinguen entre los demás, precisamente por que son menos acariciados y agasajados por los otros. Y así también la Santísima Virgen, que es la más tierna, la más amorosa y perfecta de todas las madres, ama y distingue con especial predilección a los desgraciados, a los que sufren alguna enfermedad moral o física, a los afligidos, a los atribulados, a los desamparados por los demás. Por eso, no hay título, ni invocación más tierna, ni que mejor revele el amor, la compasión y la misericordia que nos tiene la Santísima Virgen, nuestra Madre, que este título y esta invocación con que la llama y la venera el pueblo valenciano, de Santísima Virgen y Madre de los Desamparados.

Y esto es lo que ha de inculcar de una manera especial la madre a sus hijos, haciéndoles ver que en el cumplimiento de este oficio de Madre de los Desamparados, la Santísima Virgen supera en amor a todas las demás madres: porque una madre, por mucho que ame a sus hijos, no puede ordinariamente más que proporcionarles algún remedio material en sus enfermedades y desgracias; pronunciar en sus oídos algunas palabras de consuelo, cuando están atribulados; llorar juntamente con ellos sus penas e infortunio. Mientras que la Santísima Virgen, nuestra Madre, hace muchísimo más por sus hijos desgraciados; penetra en su corazón y les descubre la causa y el origen de sus tribulaciones; ilumina sus inteligencias con rayos de luz celestial que disipa las tinieblas de sus dudas y vacilaciones en la fe; se coloca a la cabecera de los enfermos y atribulados, pronunciando en sus oídos palabras dulcísimas de consuelo y de esperanza, y derramando en sus corazones bálsamo suavísimo que cura sus heridas.

Además, debe enseñarles que una madre, por mucho que ame a sus hijos, por mucho que sufra y se desvele y agote todos los medios humanos para devolverles la salud, cuando están enfermos, llega, no obstante, un momento en que nada más puede hacer; su amor tiene un límite y una barrera que no puede franquear; no puede detener el curso de la enfermedad, que va consumiendo poco a poco las fuerzas del enfermo, hasta que, por fin, llega la muerte y le arrebata despiadada el fruto de sus entrañas.

Mientras que el amor y el poder de la Santísima Virgen, nuestra Madre, no tiene límites, trabas, ni barreras. Por especial privilegio de Dios, tiene la Santísima Virgen dominio y potestad sobre todas las criaturas, sobre la salud y la enfermedad, sobre las medicinas y sobre los elementos de la naturaleza; puede detener el curso de las enfermedades, comunicar virtud curativa a las aguas, a las plantas, a los mismos medicamentos, cuando por sí mismos no serían suficientes para curar a los enfermos; puede la Santísima Virgen devolver la salud a los enfermos más graves, puede arrebatar a los moribundos de las garras de la muerte, y aun puede obligar a los sepulcros a que devuelvan su presa, resucitando a los muertos. El amor de María Santísima es omnipotente, como dice San Bernardino de Sena, pues «lo que a Dios corresponde por naturaleza, a la Santísima Virgen se le ha concedido por privilegio y por gracia».

Así lo atestiguan también el Angélico Doctor Santo Tomás, San Buenaventura y otros Santos y Doctores de la Iglesia.

Y así lo vemos, además, en los innumerables enfermos que han recobrado la salud; en los atribulados, afligidos y desamparados, que han hallado consuelo, protección, refugio y amparo por mediación de la Santísima Virgen María.

Y ahí nos lo está diciendo, desde hace siglos, con la elocuencia maravillosa de los milagros, esa imagen celestial y divina de nuestra Madre de los Desamparados, que todos los valencianos veneramos como Patrona y Reina de nuestros corazones.

Ahí tenéis un breve resumen de teología mariana, que todas las madres deben enseñar a sus hijos dentro de casa, en familia, educándoles así en la verdadera piedad y devoción a la Santísima Virgen, nuestra Patrona.

Divulgación teológica

Mutuo amor entre Dios y el alma

Conformidad de voluntades

Y si la creación, según vimos en el número de marzo, es de por sí bastante para requerirnos la identidad y conformidad de voluntades entre nosotros y nuestro Creador ¿qué diríamos si analizáramos el acto generoso de la redención? ¿qué diríamos de la determinación de! plan divino de humanarse una las Personas de la Trinidad santísima? ¿qué diríamos de los inefables misterios que se realizaron para tener efecto la generación y el nacimiento temporal del Verbo humanado? ¿qué diríamos de su vida privada en el taller de un humilde artesano siendo su divinidad oscurecida entre la sombra y el olvido? y finalmente ¿qué diríamos de su vida pública sembrada de falsas acusaciones inventadas por sus enemigos que no omitían diligencia alguna por rebajar su fama y ocasionar su pasión y muerte la más infame y afrentosa que han visto los siglos?

Ciertamente que si tuviéramos perfecto conocimiento de todas las verdades que entraña el misterio sacrosanto de la redención, no nos atreveríamos a oponernos a la voluntad santísima de nuestro buen Dios, ya que es el mismo Jesús, una de las personas divinas, la inteligencia, el esplendor y la figura del Padre, el origen y el autor de esa serie de acciones de valor infinito, obradas por nuestra salud, para trasformarnos de hijos de sombras en hijos de luz, de vasallos del demonio en hijos adoptivos del cielo, de muertos por el pecado en miembros vivos de Cristo y templos augustos de la divinidad, no siendo tales acciones mas que eslabones que unidos forman preciosa cadena de oro purísimo, que se extiende de la tierra al cielo, para que asidos a ella podamos subir a las moradas esplendentes de la felicidad eterna. Y todo ese conjunto de gracias y bienes ¿qué son, sino títulos que nos fuerzan a corresponder con nuestro amor, a las grandísimas muestras de amistad y afecto con que nos ha distinguido nuestro Dios Creador y Redentor?

Si Dios se ha dignado colocar sus amores en cosa tan baja y pequeña, como es el hombre ¿por qué éste no pondrá su corazón en el de su Dios y Señor, objeto el más grande y perfecto, el más bello y atrayente que existe, ya que es el mismo principio y origen de la grandeza, de la perfección, de le belleza y del amor? Y si el hombre se trasforma, como suele decirse, en lo que ama, no seamos terrenos amando las cosas de la tierra, sino divinos amando a Dios.

Estrechemos, cuanto nos sea posible, nuestros quereres con los de la divinidad; volquemos el ánfora de nuestros amores en el corazón llagado de Jesús, nuestro Creador y Redentor. Sólo así cuando lleguemos a la identidad de voluntades exigida por la ley del amor, cuando nada nos seduzca, nada nos conturbe y contente, sino la voluntad soberana de Dios, y cuando todo nuestro cuidado sea cumplir fielmente lo que Dios quiere de nosotros, entonces mostraremos amarle con todo nuestro amor.

Fr. Ludovico Mª Rubert, ofm
(Continuará).

A mi amada Patrona

¡Dios te salve María! deja que mis labios con profunda reverencia, entonen un himno de santa alegría: deja que los amores que para ti guarda mi ardoroso pecho, suban como pequeña ofrenda hasta tu trono de gloria. Mi corazón de hija enamorada, ante la proximidad de tu fiesta, siente un júbilo entusiasta, una felicidad inmensa. No es extraño; valenciana soy; y como tal, te adoro con vivo, con entusiasmo ...!

Entre las lindas flores de nuestros jardines, entre la exuberancia de nuestra hermosa huerta, entre aromas intensos de nuestros azahares, y bajo un Cielo limpio, azulado, resplandeciente de luz y de belleza, se alza como Soberana, como Dueña absoluta, tu reverenda imagen ¡Madre de Desamparados!
Centenares de rodillas se doblan diariamente ante ti; demostración clara, evidente, de que el pueblo valenciano te adora, te quiere, te venera, y pone su confianza toda, en el poder inmenso de tu protección ilimitada.

Virgen de los desamparadosPor eso, al llegar la primavera con todos sus encantos; al comenzar mayo, mes poético, de ensueño, de dulzuras inefables, puesto que es el dedicado a nuestra Madre Divina, a la Reina de los ángeles y de los hombres; el alma se agita ante la expansión natural de sus propios sentimientos e ideales y nuestro ser todo se conmueve dulcemente, a los impulsos de la emoción consecuente, de la intensidad de nuestros quereres.

Una fecha ocupa nuestras mentes; una ilusión nos llena de regocijo, un deseo constituye nuestros anhelos... Fecha, aquella en que la atrayente ciudad de Valencia, rinde pleitesía y homenaje a su amada Patrona... ilusión, la de manifestarle en ese día la grandeza de nuestro cariño, tan gráficamente expresado, en aquellos vivas, en aquellas lágrimas, que resbalan silenciosas por nuestras mejillas, en aquellas oraciones fervorosas, que se desprenden de nuestros labios temblorosos por la emoción, en aquellos atronadores aplausos de una multitud apiñada, que en unión de los estampidos de la ruidosa traca, resuenan en el espacio de manera imponente; en aquel grandioso acto, del tan deseado traslado de nuestra Virgen Santísima; deseo... el de darle rendidas gracias por tantos beneficios obtenidos mediante su intercesión; el de presentarle nuestras súplicas, nuestras demandas, nuestras aspiraciones; por parecemos que en ese día, nada puede negar a quien confiadamente invoca su valimiento. ¡Día sublime! ¡Día majestuoso! ¡Día nunca olvidado para todos aquellos que lo han vivido entre nosotros, en esta sugestiva ciudad de las flores!

Por eso, Virgen mía, es natural que esta hija tuya, que tanto sabes ansia verte por todos ensalzada, sonría ya gozosa, pensando que pronto, muy pronto, va a verte aclamada y bendecida, por las calles de este pedazo de mundo, sobre el que reinas con profunda simpatía.

¡Madre de los valencianos!, que te enternezcan nuestras plegarias; te mueva a compasión el espectáculo consolador, con que todos nos aprestamos a obsequiarte, en el segundo domingo de este mes, mil veces bendito y derrama a raudales tus gracias sobre esta tierra que Dios hizo tan fecunda en sus producciones y tan piadosa y cristiana en sus moradores. Tu cabeza inclinada demuestra que estáis siempre dispuesta a escucharnos y el Divino Niño que ostentáis en vuestros brazos pone de manifiesto el poder de tus intercesiones, pues, ¿qué ha de negar el pequeño Jesús a su muy amada Madre?. Eres poderosa, ¡oh María!, y además Madre de pecadores y la palabra madre indica amor y el amor es el que dispensa más gracias.

Juguetones pajarillos, entonad vuestros cánticos en honor de la excelsa Madre de Dios; hermosas flores, lucid la galanura de vuestro ropaje y esparcid el aroma suave de vuestros perfumes, ante el altar de la Reina, y señora naturaleza toda, rendid la armonía de vuestro encantador conjunto, en obsequio de María, mientras que los valencianos todos, conmovidos ante tanta belleza y completamente emocionados, repetimos reverentes y llenos de amor v confianza, aquella tranquilizadora estrofa de sus gozos...

¡Amparadnos, Gran Señora, no nos dejéis deshauciados; pues sois nuestra Amparadora, Madre de Desamparados!

Anita Chust

Ecos de las misiones

No tiene más que ocho años

Recién convertido y ya misionero!... tal es Pedrito, un chinito de ocho años, que apenas hace dos años, frecuenta la escuela de Pekín. Aprende su catecismo con gran aplicación y hasta con gran éxito, pues es inteligente. Pero Pedrito es algo más que un alumno estudioso; es ya un apóstol.

Toda su familia era pagana... Pues bien, él la convertirá... No será que digamos, trabajo de un día, pues, subiendo la escala de jóvenes a ancianos, Pedrito cuenta en ella siete personas;... son, pues, siete victorias que conseguir.

¡La apuesta vale la partida! Pedrito forma sus planes. Helos aquí: para que su apostolado sea fructuoso deberá comenzar por... la abuela, ya que las abuelas tienen siempre una debilidad por sus nietos. La de Pedrito será dócil. Dócil, sí, pero ¡tiene tan dura la cabeza la pobre anciana! El joven profesor cuenta sus vicisitudes a Madre María X,... su maestra de escuela.

a—«¿Qué tal, Pedrito, que hace la abuela?..»

¡Un profundo suspiro!

—¡Ay! la abuela Kunené, no retiene nada,... siempre está en la misma página,... pero, voy a decir un «Padre Nuestro» y, ¡ya verá usted!

—También yo diré otro, Pedrito.

Y de página en página, y de Padre Nuestro en Padre Nuestro, la pobre cabeza de la abuelita ha llegado a retener algo de las principales verdades de la fe. Ha pasado ya, hasta con éxito, su examen de admisión ante el Padre. Pedrito henchido de gozo exclamaba: ¡Ya está, Kunené va a ser bautizada, ya está!..
El buen ejemplo atrae: la madre y la tía del hombrecillo se dejan vencer. Animado por sus proezas Pedrito se lanza a un nuevo campo... se trata ahora de ganar a su hermano mayor... ¡no hay ambición demasiado grande para su celo! Hay algo de lucha aunque pacífica y Wen-nan-tsio termina por rendirse; así es como una tarde Pedrito, triunfante, le hace sentar junto así en el catecismo. Puesto que todos pertenecerán pronto a la gran familia de Dios ¿por qué dejar a los dos pequeñines en sus cunas?.. Estos a lo menos, no pondrán objeción ni entablarán controversia...

Así llegó un día que, como jefe a la cabeza de sus tropas, el niño entró en la parroquia con todos los suyos para que fuesen bautizados. En aquellos momentos ¿quién era feliz, el más feliz de todos?.. Naturalmente Pedrito que triunfaba. De pie junto a su abuelita, cogido de la mano de su hermana mayor, no perdía un detalle en la ceremonia. Verdaderamente fue para él un, día de triunfo. Pero no era esto todo; el domingo siguiente, Pedrito conducía a las tres generaciones a la Sagrada Mesa. Pero un verdadero apóstol nunca dice: «basta». Pedrito no había llegado aún al fin de su tarea...

Paisajes franciscanos

Atrae mas hacer la revolución que escribir su historia, es más hermoso volar que medir, más seguro que afianzar la vida en el suelo es suspenderla en las estrellas. A nuestra devoción se leva la fuerza por una combinación rutinaria de meditaciones cuya eficacia no llega a donde llegaría la rumia constante y sostenida de una sola verdad: «¡Señor mío y Dios mío!» Ante la figura de aquel hombre que ha convertido la creación en un himno, imantando hacia Arriba los espíritus y las cosas, y pasa las horas postrado repitiendo sin tregua esta exclamación, solo cabe aguzar el fervor como una flecha. Y cuando le hemos contemplado así un día y otro día, y nos hemos echado a navegar en la inmensidad del concepto, y a cada instante hemos sentido en su vértice una savia a la vez nueva y eterna ¿para qué entonces las disertaciones sobre el franciscanismo, si el franciscanismo late en nuestro pecho con el latido cumbre? ¿Para qué la filosofía del franciscanismo si sobre toda filosofía en la noche oscura del alma arde ya la vibración luminosa de los estigmas?

San FranciscoY cuando nuestra alma, como enmohecida de lo terreno, no llega a esa altura, la razón y la dialéctica no pueden descubrir el nervio de la aspiración franciscana. No vale acercarse a San Francisco con ojos de curiosidad, como no les valía a los fariseos acercarse a Cristo esperando descubrir con su agudeza !o que a otros se les ofrecía por su humildad. No puede disecarse lo que lleva en sí el más alto sentido de la vida. Todos ante la desilusión sentimos la necesidad de remontar el curso de un consuelo hasta hallar el manantial de donde brotó para quedarnos junto a él; pero la inteligencia y la voluntad no pueden reposar junto a distintas fuentes, no cabe divorciar ni aún distanciar el amor y la verdad sin desequilibrar el alma. Y al advertir que la verdad y el amor forjan la unidad armónica de la vida ¡cómo se aparece el dechado de Cristo y cómo aparece la escala de los santos bebiendo ávidamente en el costado divino y cuán hondamente humana llega la aspiración del espíritu que al encontrar vacío el vaso de su verdad o el de su amor, se acerca como se acercara el Dante a los umbrales de un convento, y con toda la indigencia de su realidad y con todo el ardor de su fiebre poética, implora con el anhelo suplicante: «¡Paz y bien!» El lema franciscano es el lema de la humanidad.

Hoy, como hace siete siglos se le aceraba Fray Maseo, pudiéramos acercarnos a San Francisco y preguntarle: «¿Por qué a ti? ¿Por qué a ti?» Y el Santo, mirándonos a todos, a los que se acercan ávidos y a los que se acercan vacilantes, pero todos fascinados por su gesto, y bajo la propia pesadumbre, pudiera decirnos: «No es a mí, no es a mí, yo soy el Heraldo del Gran Rey, es a Cristo a quien buscáis, son ansias de Cristo vuestras ansias, ansias de un Cristo desconocido ya por vuestras mentiras. Yo no he hecho sino abrir los Evangelios, unos Evangelios escritos para todos, y leer.

Y he visto a Cristo caminar y he sido peregrino de amor; y ha llegado la noche de Getsemaní y he orado con El; y le han arrastrado por la Vía de Amargura y yo he sentido el orgullo de que me arrastraran, y ha quedado sin un triste apoyo donde reclinar la cabeza y yo me he desposado con la renunciación y he puesto en empequeñecerme todo el esfuerzo que antes pusiera en remontarme».

Toda esta lectura del Evangelio, vivida sin mutilaciones, en la plena fecundidad de un ideal que llegó a encarnarse para salud de los hombres cabe en aquella exclamación: «¡Señor mío y Dios mío!».

José Corts
Ex colegial de Onteniente

En torno al lago de Tiberíades

El sordomudo

Al acercarse Jesús al lago, de regreso de Tiro y Sidón, ya al oriente y aún quizás al sureste del mar de Tiberíades, pero con certeza dentro del territorio de la Decápoli, le presentaron un sordomudo para que lo curara. San Marcos nos lo refiere así: «Le tomó a solas, aparte de la gente, le metió los dedos por los oídos; escupiéndole le tocó la lengua y, alzando la vista al cielo, suspiró y le dijo: «¡effathá! esto es: ¡ábrete! Al punto se le abrieron los oídos, se le soltó la atadura de la lengua, y hablaba ya correctamente. Les encargó que a nadie lo dijeran; pero, cuanto más se lo encargó, tanto más ellos lo publicaron; y en gran manera se admiraban las gentes, y decían: ¡Todo lo hizo bien! ¡hasta a los sordos hizo oír, y a los mudos hablar! (Mc 7, 33-37).

Los racionalistas, a quienes no les es posible aceptar, ni aún de lejos, la posibilidad del milagro, como efecto de una acción sobrenatural, baten palmas de júbilo. Han hallado la clave de los milagros de Jesús; el Taumaturgo galileo cura naturalmente, por medicina natural. A lo más conceden que es un ser privilegiado, a quien la naturaleza, que no es justa en la distribución de fuerzas y virtudes, ha dotado, de manera especial, de cualidades curativas, y ha depositado en él virtud particular para sanar enfermedades. Es Jesucristo, admitiendo mucho, según ellos, un curandero de gracia; de los de cruz, saliva y algún rezo. Y quieren concluir lógicamente: nadie afirmaría que cuando tales curanderos consiguen algún efecto de sanidad en sus confiados enfermos, han obrado un milagro; luego ni en Jesús es esto admisible.

Pero yo pregunto, como lo hace García Hugües (Santos Evangelios, Marc. VII, nota) ¿habrá quien piense que el meter los dedos por los oídos y el tocar con la saliva la lengua puedan devolver el habla y el oído a un sordomudo? Sí, los hay, y ya se ve, son los racionalistas. ¡Cuántos de ellos harían un gran bien a la humanidad, creo yo, consagrándose a curar en hospitales y buhardillas sordomudos, ciegos, leprosos, paralíticos, cojos, con saliva y exquisitos tactos! Y hay que advertir que fueron muchos, muchísimos, los cojos, paralíticos, leprosos, ciegos y sordomudos que el Señor curó, y no siempre con tactos y saliva, que algunas veces conseguía estos portentosos efectos con sola una palabra, un mandato, una insinuación, un acto simplicísimo de su voluntad.

Effetá

Invitamos, igualmente, a todos los curanderos, que son legión, y por ahí andan, ganándose la vida por haber nacido en Nochebuena, u otro día feliz, a resucitar muertos, sanar leprosos, en suma, a hacer milagros como Jesucristo. Caso que no lo consigan tengan la amabilidad de encender una lamparilla a la puerta de la casa del racionalista, porque, en pleno siglo de luces, no ven. ¡Señor, toca con tus dedos divinos sus oídos, y diles: «iéffatha»-abrios!», para que oyendo escuchen, y escuchando crean, y creyendo hablen y "digan: ¡Todo lo hizo bien! ¡hasta a los sordos hizo oír, y a los mudos hablar! Como a la vista de éste y otros milagros exclamaron los habitantes paganizados de la Decápoli.

No obstante, es justo reconocer que Jesús en este milagro se porta circunstancialmente diverso de los otros. Separa al paciente de la multitud, levanta los ojos, da un suspiro, toca con los dedos de sus manos los oídos y unge con saliva la lengua del sordomudo. Circunstancias todas que revelan en Jesús, un particular interés, no exento de misterio.

Fr. Juan Alventosa García, ofm
(Continuará)