Índice del número 134
Marzo de 1932. Año 13. Director: Fr. Manuel Balaguer, ofm
- El Patriarca San José. Editorial
San José y su Niño. Poema. Fr. Manuel Balaguer, ofm
A la juventud antoniana. Fr. Juan Bta. Botet, ofm
Cuándo tiene que llover. Fr. Eusebio Arbona, ofm - A los lectores de «La Acción Antoniana». Fr. Juan Alventosa, ofm
El Santo Cáliz. J. B.
El Salvador. P. M.
Sermón de la Montaña. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Jesús sentenciado a muerte. Marcos Vilar
Las lágrimas de María. Calasanz Rabaza, Sch. P. - El beso de la ingratitud. Fr. Samuel Leal, ofm
Las tres Marías y el Sepulcro. Noel
Tengo sed. Leyenda. Mª Berta Quintero de Vallespín
Jesús coronado de espinas. P. Antonio Torro, ofm
El Patriarca San José
Nació allá por el año cuarenta o cincuenta antes de Nuestro Señor Jesucristo probablemente en Nazaret, pequeña población de la Galilea Inferior. Era de la tribu de Judá y procedía de la casa real de David. Y aunque a la sazón se hallaba completamente oscurecido el esplendor de esta regia casa, se conservaba su nobleza en los descendientes de ella.
Según autorizada opinión de muchos padres y doctores de la Iglesia, José fue santificado en el seno materno. Habiéndole destinado la divina Providencia para ser esposo de la Virgen María, tutor y padre nutricio de Jesús, quiso que fuese santísimo y de sangre real, aunque muy pobre de fortuna.
Era de profesión carpintero; y s¡bien este oficio era deslucido y humilde, jamás hubo en el mundo hombre n¡más noble n¡más brillante a los ojos de Dios, según escribe San Epifanio. Ninguno se aproximó n¡con mucho al mérito y a la eminente santidad de este excelso Patriarca. Antes aun de ser esposo de María había llegado a aquel supremo grado de perfección que declara el Evangelio con una sola palabra, llamándole "varón justo"; es decir, un hombre que poseía todas las virtudes en grado eminente.
Por eso, cuando el Verbo divino hubo de asumir la naturaleza humana en las entrañas de una Virgen, escogió a María por Madre suya y a José por esposo de María. Era imposible encontrar en el mundo otro hombre tan digno para ser esposo de tan gran Señora y para ser honrado con el título de padre putativo de la prole divina. El doctísimo Gersón, al hablar del Desposorio de San José con la Santísima Virgen, escribe: "No tanto fueron dos esposos cuanto dos virginidades los que contrajeron matrimonio". No hubo n¡habrá jamás en el mundo matrimonio más feliz, porque n¡le hubo n¡le habrá más santo. S¡María tuvo en José un custodio y protector de su virginidad y de su honor, José recibió en María la dignidad más augusta que es dado concebir en un simple mortal al ser esposo suyo. El advenimiento del Niño Jesús, que quiso someterse enteramente a la autoridad de José, reconociéndole y honrándole como a su verdadero padre, llevó a la más alta cumbre tan extraordinaria dignidad; dignidad que estuvo siempre de perfecto acuerdo con la santidad del agraciado.
Y s¡Dios comunica la santidad conforme a los designios que tiene sobre una persona, ¿cuál sería la que comunicó al que debía ser dignísimo esposo de María y padre adoptiva del Verbo encarnado?
En atención a esa altísima dignidad y santidad del Augusto Patriarca, la Iglesia, progresivamente, ha ido acrecentando, la veneración y extendiendo el culto hacia él en el mundo entero. En 1850 el Papa Pío IX lo proclamó Patrono de la Iglesia universal, prerrogativa que últimamente Benedicto XV ratificó y confirmó el 25 de Julio de 1920, Por su parte, León XIII, en su Encíclíca Quamquam pluries, declaró el fundamento teológico del Patrocinio de San José, que es paralelo, en orden, al de la Mediación; universal de la Santísima Virgen.
Doquier ha penetrada la religión del Cristo, conjuntamente con los dulcísimos nombres, de Jesús y de María resuena simpático y victoriosa el del augusto Patriarca San José.
San José es invocado como Patrono de la buena muerte, porque se sabe que su solicitad en pro de los que acuden a él en el último trance de la vida no es menos grande y eficaz que su dignidad y valimiento ante Dios.
¡Individuos, familias, pueblos, sociedades! Ite ad Joseph, acudid al Patriarca San José.
San José y su Niño
Gracioso idilio de amor ardiente,
mirada dulce del Niño-Dios
la vez 'primera que tiernamente
José vio al Niño, juntos los dos.
Los dos se vieron, los dos se amaron
junto al pesebre que fue su cuna;
de padre y de hijo allí brotaron
los dos amores, sin duda alguna.
¡Oh, dicha grande la de José!
Fue el primer hombre que vio al Dios-Niño;
junto al pesebre, con grande fe,
se engendró el fuego de su cariño.
Jesús le mira con dulces ojos.
«Tú eres m¡padre», le repetía
con su mirada libre de enojos
y con su gracia le sonreía.
«Tú eres m¡padre». José, pasmado
, dentro del pecho escuchó esa voz
y enardecido, de amor colmado,
él le decía: «Tú eres m¡Dios».
Y Dios y el hombre, con amor tierno
, se concertaron amor prolijo:
José le ofrece su amor paterno,
Jesús le rinde su amor de hijo;
y enamorados de inmenso amor
José besaba a su dulce Niño,
aquel capullo de ardiente flor,
aquella frente de puro armiño,
mientras gracioso Jesús le mira
y s¡no le habla, porque no es hora,
bien claro dice que amor delira
con esos ojos de luz de aurora.
¡Oh, qué mirada! ¡Oh, qué pregón
de amor eterno! ¡Oh, dulce amor!
José delira con emoción:
es ya hijo suyo y es su Señor.Cultura religiosa
A la juventud Antoniana
Mis queridos Antonianos: Os decía en m¡conferencia anterior, que debemos amar a la Iglesia Católica porque es nuestra madre; madre que nos ama mucho más que todas las madres juntas aman a sus hijos, y madre que nos engendra a la vida sobrenatural de la gracia; vida que nos hace semejantes a los ángeles del cielo, participantes de la misma naturaleza divina y nos constituye herederos del reino de los cielos, de la visión beatífica con la luz de la gloria y de la posesión y gozo eterno del Sumo Bien, compendio de todos los bienes.
Y para avivar más en vosotros el amor que debéis tener a esta madre, voy a trazaros, aunque en líneas generales, un boceto, como un retrato de ella, para que lo tengáis siempre a la vista y en el corazón, como los buenos hijos llevan siempre consigo el retrato de su madre y lo miran y lo contemplan y lo besan repetidas veces, para mantener siempre vivo el fuego del amor que arde en su pecho.
La Iglesia Católica es el conjunto de todos los fieles hijos de Dios, ya los que viven luchando acá en la tierra, ya los que se están purificando en el Purgatorio, ya los que viven triunfantes en el cielo.
Esto es toda la Iglesia, dividida en tres partes: la militante, la purgante y la triunfante.
Mas mirándola sólo en la parte que vive acá en la tierra, y que podemos contemplar más de cerca, es la Iglesia una sociedad de fieles cristianos, instituida por Jesucristo, Hijo de Dios, para conservar su doctrina, observar sus leyes, y, bajo la autoridad de su Vicario en la tierra que es el Papa, conducir al hombre a su último fin que es la salvación eterna.
Y es la Iglesia militante una sociedad perfecta, porque toda sociedad es una reunión de personas que se proponen la realización de un fin común, por medios propios y adecuados a dicha sociedad, bajo la presidencia y dirección de una autoridad o jefe que dirige a los asociados hacia el fin propuesto. Y en la Iglesia Católica existe una reunión de personas, que son todos los fieles cristianos, que se proponen alcanzar un fin común, que es la salvación eterna, con medios adecuados a la sociedad y al fin, que son los Santos Sacramentos, y bajo la presidencia y dirección de una Autoridad, que es el Soberano Pontífice, Vicario de Jesucristo en la tierra.
Y esta sociedad perfecta fue instituida por el mismo Jesucristo, Hijo de Dios y Dios como El mismo, cuando viviendo acá en la tierra, dijo a Simón, uno de sus discípulos: "Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré m¡Iglesia." Y Jesucristo cumplió fielmente esta promesa cuando dio a sus Apóstoles orden y potestad para que predicasen su doctrina a todos los hombres, les administrasen los sacramentos, instituidos por El mismo, y los gobernasen a todos bajo la Autoridad del Romano Pontífice, prometiéndoles, además, que estaría siempre con ellos hasta la consumación de los siglos.
Y esta Iglesia es una, porque una misma su fe, unas mismas sus leyes, uno mismo su culto, unos mismos sus sacramentos, y uno mismo su Jefe visible que es el Papa.
Es santa, porque su Divino Fundador es la fuente de la santidad misma, porque su fin es la santificación de las almas, porque los medios de que se vale son santos y producen la santidad y porque en todo tiempo ha tenido y tiene santos eminentes.
Es católica, porque se halla extendida por toda la tierra, siendo la misma en todas partes, abraza a todos los fieles de todos los tiempos y lugares y todos los hombres, de cualquier estado y condición que sean, son llamados a formar parte de ella.
Es apostólica, porque se remonta hasta los mismos Apóstoles, sin solución de continuidad, y cree y enseña la misma doctrina que enseñaron los Apóstoles y es gobernada por sus legítimos sucesores.
Y esta Iglesia una, santa, católica y apostólica es llamada Romana, porque estas cuatro notas se hallan reunidas única y exclusivamente en la Iglesia que tiene por cabeza al Romano Pontífice, Obispo de Roma, legítimo sucesor de San Pedro.Y esta es la única y verdadera Iglesia, en la cual como en un arca de salvación han de entrar todos los hombres que quieran salvarse, y todos aquellos que vivan y mueran fuera de ella perecerán en el último diluvio de destrucción que tendrá lugar el último día del mundo.
Ahí tenéis, mis queridos antonianos, un breve resumen, un compendio, como un boceto de lo que es la Iglesia nuestra Madre, a la cual debemos amar con toda nuestra alma y por la cual debemos estar dispuestos a derramar la última gota de nuestra sangre.
Un comentario de Gustavo Hervé a la política antirreligiosa de España: «En lugar de Padres Jesuítas para la educación e instrucción de sus colegiales tendrán en adelante en España profesores fracmasones y ateos. En lugar de Hermanos de las Escuelas Cristianas, maestros colectivistas, comunistas y anarquistas. Ya nos dirán los resultados de aquí a veinte años.» Así hablan los revolucionarios que ante la terrible experiencia han comprendido la verdad.
Divulgación científica
Único método para saber cuándo tiene que llover
Y lo mejor que tiene este aparatito es que es muy barato y en cualquier momento podemos usar de él sin que por eso se deteriore; pero tiene, como todos sus similares, el peligro de no interpretar bien lo que él señala. Ya estaréis cavilando qué chisme será al que me refiero; ¿será el barómetro?..., ¿el higrómetro? ..., ¿el termómetro?...,¿la veleta?...No es ninguno de éstos en particular, y son todos juntos, s¡queréis; pero sin que sean necesarios aparatos de precisión para el caso.
Con todo, s¡alguno os recomiendo es el barómetro, no precisamente porque sea el más necesario, sino porque sus indicaciones no las aprecian inmediatamente nuestros sentidos. Los demás fenómenos como la temperatura ya es percibido por los sentidos, y la humedad se reconoce de mil maneras, como por mojarse la sal o hincharse las maderas de las puertas y ventanas, etc.; y del viento, todo el mundo sabe hallar su dirección: s¡no hay veleta sirve como tal el humo, los árboles, y cuando no obsérvese a qué parte del cuerpo da el aire. Pero el peso de éste, o sea la presión atmosférica, es difícil, por no decir imposible, averiguarle sin el barómetro.
No es m¡propósito describir ahora este aparato, tan común en las casas de los aficionados, n¡hacer consideraciones acerca de su uso; tan sólo quiero llamar la atención sobre el mal uso que de ordinario se hace de él. Lo primero que tengo que advertir es que las indicaciones puestas en el limbo graduado no sólo no deben interpretarse al pie de la letra, sino que en muchas ocasiones son enteramente falsas. Os acordáis del temporal pasado del 22 al 26 de Diciembre; pues bien: la lluvia se inició marcando el barómetro 670 de presión, que es donde precisamente comienza a señalar "buen tiempo"; continuó subiendo el aparatito en todo el día siguiente, 23, y el 24 hasta mediodía, y el tiempo sin hacer caso de lo que le indicaba el barómetro, que, por distracción quizá, se subió hasta 678, donde ponen los dichos aparatos: «buen tiempo fijo». ¡No teníamos mal tiempo! con una lluvia seguida, a ratos fuerte y con truenos. Sólo a partir del mediodía del 24 se inició la baja de la presión y se recrudecía el temporal de una manera decisiva. Pero no se crea que la baja fue hasta donde dice el barómetro «lluvia» o «temporal», sino hasta los 667, más arriba de donde pone variable. De manera que s¡el tiempo hubiese seguido las indicaciones del barómetro a estas horas no hubiese caído esa copiosa y benéfica lluvia, que tantísima falta nos hacía, sino solo algunos chaparrones.
Y es que el llover o no depende no tan sólo de la presión absoluta n¡aun relativa de la atmósfera, sino más directamente del grado de humedad del aire y de la temperatura de las masas de aire que se ponen en contacto en las diversas capas de la atmósfera. La distribución de su peso en la superficie de la tierra determinan los vientos; pero unos mismos vientos y con la misma intensidad unas veces acarrean lluvias, otras sólo nubosidad. Únicamente cuando la humedad existente en el aire de una localidad, sumada a la que los vientos marinos acarrean y a la condensación que ocasiona el ascenso de esas masas cargadas de vapor de agua (por una de las varias causas que determinan esa subida), sea suficiente para dar una fuerte condensación se presentará la lluvia moderada o fuerte.
Ahora bien; el único índice de esa grande condensación del vapor de agua existente en las altas capas de la atmósfera, para un observador desprovisto de globos para sondear la atmósfera, es la observación de las nubes. El color, aspecto de sus bordes, la dirección y su desarrollo, son los únicos indicadores de esta necesaria condensación para que llueva. En nuestra región muy pocas veces se dan condiciones completas para llover, y s¡cuando se dan la lluvia no es copiosa y se limita a producir una pequeña sazón es como pasar de largo una ocasión preciosa que no sabemos cuándo volverá. Quedamos, pues, en que es difícil predecir un próximo régimen de lluvias, siendo el mejor auxiliar para esto una atenta observación de las nubes, sin descuidar las indicaciones del barómetro, viento, termómetro e higrómetro. Cada uno de éstos en particular vale poco; comparándolos entre sí, son de gran valor.
Panacea divina
¡Taumaturgo Paduano,
de los hombres dulce hermano,
su esperanza!
Tú, al que boga en estos mares
de amarguras y pesares,
das bonanza.
En t¡fijan hoy los ojos
los que cruzan entre abrojos
por la vida,
y no siente los dolores
de los cardos punzadores
su alma herida.
Es tu nombre dulce canto
con que calmas nuestro llanto,
y florece
en los labios la sonrisa
que es, Antonio, tu divisa,
te embellece.
No hay tristeza n¡dolor,
desgracia n¡sinsabor,
tedio o pena,
que resista a la dulzura,
que en nosotros vierte pura
tu alma llena.Paz, hacienda, honor y vida,
y cualquier cosa perdida
recupera
quien no ya sólo de boca,
mas de corazón te invoca
y en t¡espera.
Panacea eres del Cielo
para aquel que en este suelo
peregrina,
y a la patria venturosa,
por la senda pedregosa,
se encamina.
Cura siempre nuestros males
y dispensa a los mortales
tus favores;
con que siempre aquí te amemos
y en el cielo te admiremos
triunfadores.
¡Dulce Antonio, buen amigo,
sólo anhelo estar contigo;
siempre amarte,
y en el Cielo, donde moras,
extasiado a todas horas,
contemplarte!—