Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia
II. Del maravilloso poder que prestaba a
Fr. Humilde su rara mansedumbre.
La virtud da al alma señorío sobre la parte animal del compuesto humano. Nada raro, pues, que los santos ejerzan un subyugador influjo sobre los animales. Es esta una señal de virtud muy franciscana. Las Florecillas nos ofrecen abundantes casos que atestiguan el poderío que Francisco tenía sobre el lobo, la tórtola, el cordero, las aves y todas aquellas criaturas de Dios a las que llamaba hermanos.
De Fr. Humilde se cuenta que ejercía una especie de influjo magnético sobre las bestias de carga de que se servía en su oficio de hortelano, las que respondían a sus caricias y mimos como si entendiesen su lenguaje.
Un día, estando de morador en Benigánim, pasaba por Lugar Nuevo de Fenollet en dirección a Oliva. Desde lejos divisó a unos labradores que golpeaban fieramente a un caballo atascado en los campos de arroz; al acercarse a ellos, se estremeció su alma por las blasfemias que proferían; y no pudiendo resistir más tantas maldiciones se adentró campo adentro por los arrozales, en dirección al grupo, como si anduviera por suelo firme. Los trabajadores quedaron atónitos al contemplarle, y escucharon avergonzados la reprensión que, con su acostumbrada mansedumbre, les dirigió el bendito hermano. Después de afearles así su conducta, pasó Fr. Humilde suavemente su mano sobre las espaldas del animal, requiriéndole a que saliera del atolladero. Y al momento, ante el asombro de aquellos rudos labriegos, comenzó a andar la bestia por los arrozales con la misma facilidad con que había caminado el religioso.
Una vez la bestia sobre el camino, se despidió Fr. Humilde de aquellos hombres con devotas palabras, no sin antes exhórtales al temor de Dios. Ellos quedaron atónitos y mudos, como quien ve maravillas.
Lo prodigioso del caso no terminó aquí. El domingo siguiente a este encuentro se presentaron los labriegos en el convento de Benigánim y refirieron al Padre Guardián lo ocurrido con el bendito hermano; le aseguraron que desde aquel instante no pudieron descansar, impulsados del remordimiento; que venían a confesarse y que le pedían les dejase hablar con aquel santo religioso para pedirle perdón y agradecerle el bien que les había hecho. El P. Guardián, que lo era el Padre Conrado Arnau, comprendió al punto que se trataba de Fr. Humilde. Les oyó en confesión y les citó para otro día, pues Fr. Humilde no había vuelto todavía de su viaje; prometiéndoles que, aunque no hablarían con el hermanito lego, pues ello supondría una mortificación muy grande para, su humildad, él les proporcionaría ocasión de verle.
Los buenos hombres de Lugar Nuevo volvieron el día de la cita. El P. Guardián les hizo esperar en el claustro y mandó a Fr. Humilde a la sacristía con el pretexto de ayudar al sacristán Fr. Francisco Pascual, ya de antemano avisado. En su camino hacia la sacristía hubo de pasar Fr. Humilde por el claustro, y los labriegos tuvieron así la satisfacción de volver a sus casas después de haber visto a quien ellos tenían por santo.
En otra ocasión, yendo Fr. Humilde de limosna, encontró a unos arrieros con el carro atascado en el camino de Beniarjó a Potríes. Las blasfemias y palabras soeces iban por lo alto. Fr. Humilde les reconvino. Ellos le invitaron, entre avergonzados e irónicos, a que hiciera mover las caballerías con palabras más blandas o con oraciones. Entonces el bendito hermano les hizo apartar a todos; acarició a cada uno de los animales; y al momento, a una ligera voz del hermano, obedecieron las bestias y arrancaron intrépidas. Agradecidos y admirados los arrieros, le llevaron luego de limosna una arroba de aceite a Oliva.
Fr. Joaquín Sanchis, ofm
Actuación del espíritu franciscano
II.-
«Proceded según el Espíritu Santo» (San Pablo).
El Espíritu Santo es uno y es único. Es la tercera persona de la Santísima Trinidad, que procede del Padre y del Hijo por la mutua aspiración amorosa de entrambos.
La Sagrada Humanidad de Jesucristo estuvo plenamente poseída desde el principio y divinamente gobernada en todo momento por el Espíritu Santo, el cual, si procede de Jesucristo en cuanto Dios, nos fue merecido para nosotros por Jesucristo en cuanto Dios-Hombre. Por estas razones es llamado el Espíritu Santo en las Sagradas Escrituras «Espíritu del Hijo» (Gal 4, 6) y «Espíritu de Cristo» (1 Petr 1, 11).
Sin salir de la Sagrada Humanidad de Jesucristo, extiende desde allí el Espíritu Santo su acción a las almas en gracia, a las que sobrenaturalmente vivifica. ¿Qué hará en ellas sino lo mismo que está haciendo en Jesucristo? Los mismos sentimientos, pensamientos y aspiraciones que suscitó en Jesucristo como cabeza de la Iglesia, suscita ahora en sus miembros, que somos nosotros. Quiere esto decir que el Espíritu Santo nos inclina suavemente y desde dentro a pensar, sentir y obrar según Jesucristo y como Jesucristo. ¿No será esto impulsarnos a imitar a Jesucristo? Lo es ciertamente; y con una imitación no superficial y externa, sino íntima y vital. De poco nos serviría remedar lo exterior de Jesucristo si nuestro corazón no fuese semejante al de Cristo; es decir, si nuestro pensar, nuestro sentir y nuestro vivir no fuesen como los de Cristo. Sin vida cristiana no es posible imitar a Cristo, como sin vida humana no es posible seguir el proceder humano. Lo fundamental y substancial de la imitación de Jesucristo está indudablemente en vivir la vida de Cristo, o, como suele decirse, en vivir en gracia o estar en gracia de Dios.
La gracia es vida en período de crecimiento perfectivo. Crece y se perfecciona la gracia con el uso de los sacramentos y la práctica de las buenas obras. El primer grado de la gracia bautismal fue un germen de Jesucristo puesto por el Espíritu Santo en nuestra alma. Creciendo él, absorbe y asimila progresivamente nuestra actividad natural, sobrenaturalizándola de suerte que, sin dejar de ser actividad nuestra, es también actividad de Cristo en nosotros. Es Cristo quien entonces vive y obra en el alma y en ella se manifiesta, realizándose de este modo una verdadera configuración del alma con Cristo. El alma se va despojando de lo pecaminoso que no puede ser asimilado por Cristo, y entregando a Cristo cuanto tiene naturalmente bueno, para que Cristo lo vaya llenando de su vida y de su virtud. Es como un cristal antes manchado y oscuro, penetrado luego de la luz del sol, y resplandeciente con ella como foco de luz solar.
Las almas a este punto llegadas son trasunto de Jesucristo en el mundo: como Jesucristo, aman con todas sus fuerzas a Dios y aman al prójimo con la abnegación con que Jesucristo ama a las almas hasta dar por ellas su vida; enseñadas por Jesucristo, han llegado a ser dulces, suaves y humildes como El; tienen con el Padre Celestial una filial confianza que no conoce límites; llenas de los sentimientos, intenciones y deseos de Jesucristo, oran, en unión con Él, por sí y por las necesidades de la Iglesia, y consiguen cuanto conviene e interesa a la salvación de las almas. Con la mirada interior puesta siempre en Jesucristo, obran como ahora obraría Jesucristo en su caso; al lado de ellas se siente algo de la virtud de Jesucristo, que está en ellas e irradia en torno suyo.
Todo esto es obra del Espíritu Santo, que suscita en ellas los sentimientos y disposiciones de Jesucristo, produciendo, con la cooperación de ellas, una perfecta imitación de Jesucristo que las constituye imágenes vivas de Él.
Podemos con esto contestar a la pregunta antes formulada, pues sabemos ya lo que nos toca hacer para imitar a Jesucristo: dejarnos guiar dócilmente por el Espíritu de Cristo que en nosotros mora. Indefectiblemente nos llevará este buen Espíritu a evitar cuanto huele a pecado
y a cumplir cuidadosamente los mandamientos de Dios. A cumplir todos los mandamientos y a cumplirlos siempre; este es el deber estricto de todo cristiano que quiera hallarse en camino de salvación. A esto le estimula amorosamente el espíritu franciscano, que es, ante todo, espíritu cristiano. Por Cristo y en Cristo hemos de salvarnos. Fuera de Cristo no hay salvación posible. La gran ventaja del espíritu franciscano es que robustece y refuerza el espíritu cristiano, nos allega y une a Cristo y nos hace más dóciles a su divino Espíritu.
Un ejemplo reciente ilustrará esta gran verdad:
En 1935 pasó a mejor vida un joven de veintitrés años, pidiendo en su agonía ser amortajado con el hábito franciscano. Se llamaba Eduardo Carles Blat, y había terminado brillantemente su carrera universitaria y ganado por oposición una cátedra en el C. E. U. Se mostró desde su temprano uso de razón buen cristiano práctico, cada día más convencido y fervoroso. Sin respetos humanos, se conducía en todas partes como cristiano práctico. Solía decir que «hemos nacido no sólo para salvarnos, sino para santificarnos, y que el hombre que no procura su santificación no cumple su fin». Con miras a cumplirlo, leyó este buen muchacho, luego de haber hecho ejercicios espirituales en el convento de Santo Espíritu (Gilet), la vida de N. P. S. Francisco, y esta lectura «le hizo profundizar en el conocimiento de Jesucristo y le dio la norma de su espiritualidad grande, elevada, universal, sencilla, alegre, dispuesta a todas las donaciones. Desde aquel momento fue un loco de San Francisco; lo penetró, y, según decía, le descubrió lo que es el verdadero espíritu del cristianismo» (La Vida Sobrenatural, nov-dic., 1941).
Tal fue Eduardo Carles Blat, según testimonio sincero de su propia madre, y tal será todo el que se haya dejado penetrar del verdadero espíritu franciscano, del que afirma Pío XI (Rite expiatis) que «resucitó en la sociedad la gloria de las más sublimes virtudes y renovó la faz de la tierra, y estando hoy como antes lleno de savia sobrenatural, tiene eficacia para salvar el mundo y para dar adecuada solución a los actuales problemas sociales».
Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm
Bendito sea Dios...
Estas palabras o alabanzas en forma de letanías, que diariamente y con tanto fervor y devoción se repiten en todas las iglesias del mundo, tienen su origen en el siglo XVIII y fueron escritas por el ilustre misionero franciscano San Leonardo de Puerto-Mauricio. Este Santo, llevado de su amor ardiente a Jesús Sacramentado, en sus misiones predicaba una plática diaria sobre las finezas de Jesús en la Eucaristía. Introdujo la costumbre de acompañar al Viático con velas y hachas encendidas; propagó la adoración perpetua a Jesús Sacramentado, y finalmente, compuso esas preces para ser recitadas delante de Jesús Sacramentado, y suplicaba a los Obispos que las recomendasen a sus diocesanos.
Es, pues, una devoción y práctica franciscana.

Estampas evangélicas
El banquete de Simón el Leproso
A raíz de la resurrección de Lázaro celebraron reunión los pontífices y fariseos para atajar la corriente de simpatía que había derivado hacia Jesús después de tan estupendo milagro. La tradición medieval ha localizado esa reunión en el llamado monte del mal consejo, dicho así por el nefando acuerdo tomado en él de acabar a toda costa con Jesús de Nazaret. Allí fue profeta Caifás, muy a pesar suyo. Así lo advierte el evangelista San Juan refiriendo aquella frase célebre del príncipe de los sacerdotes: Es preciso que muera un hombre por el pueblo, y así no perezca toda la nación.
Y seis días antes de la Pascua aparece de nuevo Jesús en Betania. Le seguían con algún recelo los apóstoles, que temían alguna mala jugada de parte de los judíos enemigos del Maestro. Estos habían dado ya la consigna y Jesús era buscado en el templo.
La visita última de Jesús a Betania va unida al banquete que en su honor dio un vecino de esta aldea llamado Simón el Leproso.
Simón, apellidado el Leproso, era de los personajes más destacados de Betania, y su generosidad con el Maestro hace pensar en algún beneficio recibido de El, tal vez la curación de la lepra, a lo que debería acaso su sobrenombre distintivo. Como quiera que sea, debía de estar en muy buenas relaciones con la familia de
Lázaro, a quien debió, por ventura, el conocimiento de Jesús.
El Evangelio de San Juan nos refiere con más pormenores la cena de Betania en casa de Simón, según dice San Mateo y San Marcos. Marta estaba, encargada del servicio y Lázaro era uno de los convidados con Jesús. En cuanto a María, tomó una libra de nardo precioso y ungió los pies de Jesús, que secó con su larga cabellera. En este momento entró en escena la figura nefasta de Judas, el traidor, quien echa en cara a la Magdalena su prodigalidad, so capa de caridad con los pobres; pero el Maestro zanja el enojoso incidente defendiendo el gesto profético de esa mujer.
Despechado Judas, sale de Betania y pacta la traición de su Maestro.
* * *
La sierva de Dios Ana Catalina Emmerich tuvo una visión sobre esta escena de la vida de Jesús, que voy a transcribir en obsequio a mis lectores. Dice así: «Comieron hoy en un vestíbulo abierto, engalanado, cuya abertura superior estaba cubierta de ¿asa transparente en forma de cúpula. A entrambos lados de ésta pendían dos pirámides verdes de una hierba crespa, pardiverdosa lozana, con hojitas redondas; no recuerdo su nombre. Bajo este ornato del techo estaba el asiento de Jesús.
«Preparado todo, fueron Simón y su siervo, vestidos de gala, a conducir a la
mesa a Jesús, los apóstoles y Lázaro. Los asientos en que se recostaron eran anchos, cada uno para dos personas. Jesús estaba sentado solo, en el centro.
«Había sobre la mesa varias copas grandes... Desde luego se sirvió un cordero, extendido en un azafate oblongo, la cabeza sobre las patas delanteras y hacia el Señor. Quien tomó un cuchillo blanco, como de hueso o piedra, lo hundió en la cerviz del cordero e hizo un corte recto a entrambos lados del cuello, y luego otro a lo largo de toda la espalda y cabeza... Puso delante de Juan, Pedro y de sí mismo los trozos. Simón, como dueño de casa, siguió dividiendo la carne y la repartió.
«Tenían las mujeres un cordero más pequeño, con la cabeza vuelta hacia la Virgen, que lo partió.
«Después del cordero se sirvieron tres peces grandes y algunos chicos. Los grandes estaban tendidos, como nadando, en una salsa blanca, espesa. Luego vinieron dulces... Después de comer el cordero, bebieron; antes de comer, oraron.
»Las mujeres, de siete a nueve, estaban sentadas en torno de su mesa; Magdalena enfrente de la Santísima Virgen. Ya durante la comida había llorado mucho.
«Jesús continuaba en la mesa enseñando sin cesar. Estaba casi terminada la comida; Jesús hablaba y los apóstoles todos escuchaban suspensos, con los labios entreabiertos. Simón, que servía, escuchaba también, enfrente, inmóvil, frígido.
«Magdalena, empero, se había levantado silenciosamente. Tenía cendal azulado y cubierto de un velo el cabello suelto. Con el ungüento en los pliegues del manto, entró por detrás de Jesús en la sala, se postró,a sus pies sollozando e inclinando el rostro sobre uno de ellos, que descansaba en el asiento; el otro, que colgaba más hacia el suelo, se lo acercó el Señor mismo. Le desató las sandalias y le ungió los pies por encima y a los lados. Cogió luego con ambas manos su larga y suelta cabellera cubierta del velo; le enjugó con ella los pies y le volvió a atar las sandalias... Ungidos ya los
pies, se puso Magdalena detrás de Jesús y le derramó sobre la cabeza el agua olorosa, de forma que se vertió en todos sus vestidos...»
Amable lector, es forzoso interrumpir el relato de esa visión por alargarse más de la cuenta este articulito. Saciaré en otra ocasión tu devoción.
Fr. Rafael Fuster Pons, ofm
Se necesita la oración
Ella es una parte esencial del culto: con la oración se adora a Dios, se le alaba, se le dan gracias, se le ama, se le implora. De esta suerte, la oración incluye el ejercicio de las más excelentes virtudes: la fe, la esperanza, la caridad, la humildad, la confianza. La oración honra todas las perfecciones divinas: el poder, la sabiduría, la bondad de Dios. La oración es la primera necesidad de nuestra flaqueza, el primer grito del dolor y de la desgracia. Es un instinto que Dios ha puesto en nosotros; el mundo ha rezado siempre, y a pesar de los sofismas de la impiedad, el mundo no dejará nunca de rezar. Nunca el hombre es tan grande como cuando se anonada ante el Creador para rendirle homenaje e implorar su socorro.
«Yo creo —escribía Donoso Cortés— que los que rezan hacen más por el mundo que los que combaten, y que si el mundo va de mal en peor es porque hay más batallas que oraciones. Si nosotros pudiéramos penetrar en los secretos de Dios y de la historia, quedaríamos asombrados ante los prodigiosos efectos de la oración, aun en las cosas humanas. Para que la sociedad esté tranquila se necesita un cierto equilibrio, que sólo Dios conoce, entre las oraciones y las acciones, entre la vida contemplativa y la vida activa. Si hubiera una sola hora de un solo día en que la tierra no enviara alguna plegaria al cielo, ese día y esa hora serían el último día y la última hora del universo.»
Que los hogares de nuestros días vuelvan a ser casas de oración, y la sociedad, sin duda, mejorará.
Judas, pésimo comerciante
Conocida es y aleccionadora la traición de Judas. Escogido entre millares quizá resulte ser el hombre más ingrato de cuantos han sido alumbrados por el sol, han pisado la tierra, han comido pan y han administrado bienes ajenos.
Retirado Jesús en el Huerto de Getsemaní, acompañado de los suyos ora con insistencia. Se le acerca el momento decisivo y cruel y hay que prevenirse acumulando espíritu. Los suyos, despreocupados, duermen; Judas, astuto, vengativo por instinto, vigila, espía, trama la venta de su bienhechor y Maestro.
En efecto: «Le vino un sudor como de gotas de sangre, que chorreaba hasta el suelo. Y levantándose de la oración y viniendo a sus discípulos, los halló dormidos por causa de la tristeza. Y les dijo: "¿Por qué dormís? Levantaos y orad para no caer en tentación". Estando todavía con la palabra en la boca sobrevino un tropel de gente; delante de la cual iba uno de los doce, llamado Judas, el cual se arrimó a Jesús para besarle; y Jesús le dijo: "¡Judas, con un beso entregas al Hijo del Hombre!" Despertó Pedro, asombrado, sorprendido, y reaccionó contra los asaltantes, y como "tenía una espada, la desenvainó, y dando un golpe a un criado del Pontífice, le cortó la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco".
«Jesús, Príncipe de la Paz y enemigo jurado de toda disensión y lucha fratricida, tomando la mano, dijo: "Dejadlo, no paséis adelante." Y habiendo tocado la oreja del herido, le curó.»
Dos actitudes internas que corresponden a dos corazones diferenciados: Judas y Pedro. Judas se ingenia para traicionar; Pedro se afana y esfuerza en ser fiel y agradecido. Judas, vende; Pedro, compra. Judas había sido galardonado con la prebenda de la administración; pero jamás salió de su pecho un suspiro generoso, ni de su boca una palabra de agradecimiento. Tenía un corazón duro, pétreo. Pedro, en cambio, había dicho y repetía: «Aun cuando fueres para todos los demás objeto de escándalo, no lo serás para mí.» Y en otro momento:
«Aunque me sea forzoso morir contigo, yo no te negaré.»
Pero Judas y Pedro, Pedro y Judas, eran flacos y caen. Caen como la piedra que, desgajada del risco, se precipita en lo profundo del abismo. Judas, avaro, vende a Cristo; Pedro, vanidoso, tocado del amor propio y de la honrilla condenada, le niega. ¡Miserables!
Caído está el uno; caído está el otro. ¿Cómo reaccionan, sintiéndose como se sienten pronto acuciados del aguijón del remordimiento? Reaccionan conforme a la intimidad de sus corazones, conforme a lo que son. Judas, desesperado por su crimen, que tendrá resonancias eternales, primero intenta deshacer su contrato nefando, el de haber vendido al Hijo del Hombre por treinta monedas, el precio de un esclavo; pero los compradores, los príncipes y sacerdotes sumos del pueblo judaico, ladinos, mefistofélicos, se niegan a recibir el precio infame, y a las palabras henchidas de presentimientos desgraciados y sentimientos angustiosos: «¿Qué haré con él?», contestan: Tu videris (allá tú), palabras durísimas que le sumen en la desesperación. Sin asidero moral interior, sin asidero social y sin asidero divino, se ahorcó, y como se dice en los Actos: Crepuit medius (reventó).
«Pésimo comerciante», Judas vendió a muy bajo precio la sangre del Justo; tan bajo fue que, reintegrándolo después a los compradores, lo despreciaron con sarcasmos y con burlas.. Así había de acabar quien, obcecado por el dinero, endureció su corazón y le llenó hasta rebasar de negra y resentida ingratitud. El que no podía perdonar no tuvo la virtud mínima para pedir perdón a quien le esperaba con los brazos abiertos, a pesar de que había sido traicionado con un beso. Lo que muchos ignoran es que la Rusia soviética ha erigido un monumento para glorificar a este «comerciante pésimo». Cual es el hombre, tales son sus obras. Los hombres soviéticos son as!: coronan la venalidad y la traición. ¿Tendrán el fin de Judas?
En cambio, Pedro, hombre de buen corazón, negó a Cristo, es decir, le vendió por timidez, por no arriesgarse a soportar la risa y los dicterios de una sirvienta, y reconvenido por la mirada penetrante y lastimera de su Maestro, abatió su espíritu, reconoció su error, se humilló y flevit amare (lloró amargamente). Sus lágrimas lo fueron de redención, de purificación; sus lágrimas se trocaron en perlas para su corona de gloria, que brilla eternamente.
Judas vendió a Cristo y no le supo comprar; Pedro, a su modo, también vendió a Cristo, pero supo comprarle de nuevo a precio de lágrimas. Seamos mercaderes como Pedro, jamás como Judas. La humildad cristiana es salvadora; la soberbia, el orgullo, esclaviza, ciega y mata.
Fr. Juan Bta. Gomis, ofm
Madrid, San Francisco el Grande, marzo de 1947.
La lámpara de San Francisco
En oración estaba San Francisco implorando seguramente la misericordia de Dios cuando aun era infante en su vida seráfica. De ella debió salir cambiado a juzgar por los recelos de sus compañeros, quienes trataban de sonsacarle el secreto de la reserva que con ellos se le notaba.
Se le veía frecuentar las iglesias en busca, sin duda, de dar cima a un anhelo incomprendido que brotaba en lo íntimo de su corazón. Acudía donde debía para salir de dudas; y allí, en sus arrobos con Dios, halló una respuesta categórica.
Un Crucifijo ante quien se postró, le habló en San Damián estas palabras: «Francisco, ¿no ves que mi casa se destruye? Anda, pues, y repárala.»
San Francisco, sin esperar más, respondió: «Lo haré de buena gana, Señor.»
Mucho debió de impresionar esta escena a San Francisco, ya que inmediatamente entregó dinero a un sacerdote que a la sazón se encontraba en la puerta de dicho templo, diciéndole: «Señor, te ruego que compres aceite y procures alimentar la lámpara de delante de aquel Crucifijo; y para ello, gastada la cantidad, os entregaré de nuevo cuanto necesario fuere.»
Este fue un gesto exterior digno de su nobleza y caballerosidad; pero nacía de su corazón, ya herido para siempre de amor al Redentor; tan posesionado de él, que desde aquella hora le regaló con la impresión de sus llagas.
San Francisco agradeció este favor, penetrándose tanto de la Pasión del Señor que tomó grandes maceraciones y adoptó una austeridad extrema, que le puso remordimiento en la hora de la muerte, y hubo de confesar que «había pecado contra el hermano asno» (así llamaba a su cuerpo), y lloraba inconsolable hasta llegar a contaminar el llanto a los demás.
La lámpara que mandó encender a sus costas no fue más que el símbolo de su corazón, enardecido en el amor a Cristo Crucificado, y por todos sus sentidos hablaba de la Pasión del Señor para mover a los hombres al arrepentimiento, a
la vez que afirmar su humildad en medio de tan sobrenaturales beneficios. Así iluminó la vida de muchos para que conocieran a Dios.
El se consumía suavemente devorado por el deseo de imitar al Redentor, y nada se perdonó para llegar a ser su retrato vivo y el retablo de sus misericordias, y logró una legión de seguidores, embelesados de sus renunciamientos y de su estrecho abrazo con Jesús.
San Francisco, que en sus achaques corporales jamás lanzó ni un respiro de inquietud, ni se le vio triste, ni quejumbroso, no pudo disimular el llanto cuando le asaltaba el recuerdo de las escenas dolorosas de la Redención, y en cierta ocasión, hasta en plena calle, respondió profundamente herido de dolor: «Lloro la Pasión de mi Señor Jesucristo, por cuyo motivo no debería avergonzarme de correr todo el mundo llorando en alta voz.»
¡Cuán cierto es que el sentimiento intenso de la Pasión de Jesucristo espolea a procurar adoradores de la Cruz y que, si el mundo resolviera sus problemas a la sombra de ésta, mirando al Divino Crucificado contaría con más aciertos y haría posible la paz de los espíritus!
Si San Francisco salvó a su época haciéndose el pregonero de la misericordia divina, ¿entre tantos que hemos recibido el legado de sus ejemplos no podremos, siguiendo sus huellas, trabajar por reconstruir la sociedad sobre tantas ruinas como lamentamos?
Enrique Barrachina Gil, Pbro.
Arcipreste de Chiva
Prefiero que dejéis de ser discípulos de un hombre antes que continuar siendo discípulos de un cobarde.
De las astillas de las cátedras destrozadas por el despotismo haremos tribunas para enseñar la justicia y predicar la libertad.
Es un crimen y una insensatez borrar la historia.
José Manuel Estrada
Cáliz de amargura
La luz alumbra opaca y mortecina
el triste huerto de Getsemaní;
una nube sutil, graciosa y fina,
destrenza sus cabellos junto allí.
Es la luna que brilla gemibunda,
envuelta entre celajes de dolor,
al contemplar la pena muy profunda
que refleja la faz del Redentor.
Allí, rendido de mortal tortura
e imantado de blanca lividez,
se ve a Jesús, que con dolor murmura
suspiros, preces, llantos a la vez.
Contempla en incesante cabalgata
a la inicua y perversa humanidad,
que en vez de agradecer su amor, ingrata,
le ofrendará su saña e iniquidad.
Ve cómo corren turbulentos ríos
de crímenes nefastos y rencor;
y en lontananza admira pechos fríos
que no quieren premiar su loco amor.
Oye la voz de inmensa gritería
que niega su realeza y su poder,
y con satánica locura impía
rugen por destruir su vida y ser.
Ante sus ojos brilla, deslumbrante
de iniquidad, perfidia y de furor,
la humanidad, que gime suplicante
por destronar el Reino de su Amor. |
Y ante visión de luz enrojecida
por tanta inicua y negra ingratitud,
siente Jesús que su alma dolorida
la oprime del dolor la magnitud.
Y entre preces de llanto y de tortura,
clama con voz de pena y aflicción:
Pasa de mí este cáliz de amargura;
¡Padre mío!, de mí ten compasión.
Y al gemido profundo de su pecho
la sangre se desliza sin cesar
de su cuerpo, de pena y hiel deshecho,
cual si fuera de ajenjo, rojo mar.
Agitando sus alas, de los cielos
desciende raudo un ángel del Señor;
baja a prestar dulzuras y consuelos
y lleva un Cáliz lleno de dolor.
«Este Cáliz —le dice el ángel bueno—
lo has de beber, Jesús, sin compasión,
y al apurarlo todo, de hiel lleno,
tendrá el género humano redención.»
Jesús, que se halla en tierra sumergido,
ante el peso de tanta iniquidad
se levanta, y exclama dolorido:
¡Oh Padre!, cúmplase tu voluntad.
Desde entonces el Cáliz de Amargura,
que el mundo sin cesar ha de beber,
sólo tiene en Jesús dicha y ventura
al cargar con la Cruz del padecer. |
Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Teruel, 27 enero 1947.
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