Índice del número 229

Enero de 1948. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

Feliz año nuevo

En pleno sabor de alegrías navideñas estamparnos en nuestra primera página de 1948 estas sencillas y cordiales palabras, que encierran para nosotros, los cristianos, un hondo y trascendental sentido, ya que la última campanada del año que termina nos anuncia el cierre de una página de nuestra vida y la apertura de nueva hoja, en las que inevitablemente quedará escrito, en orden a nuestro destino eterno, el historial bueno o malo de nuestra existencia.

Se cuenta del famoso escritor católico H. Hansjakob que cuando el ángel de la muerte estaba ya colocado en el umbral de su alcoba, haciéndole, a su alma la señal misteriosa para seguirle, él pidió a su hermana un trozo de papel y con voz entrecortada por los estertores de la agonía le dijo: "En mi vida he escrito muchas cosas¡ que sería mejor no quedasen escritas, mas ahora quiero escribir algo de un mérito singular", y con mano trémula empezó a trazar el nombre de Jesús, que no tuvo fuerzas para concluir.
Así nosotros, si miramos los años que dejamos atrás, tal vez tengamos que confesar ruborizados ante Dios y ante nuestra propia conciencia; que en esas páginas del libro de nuestra vida hemos escrito muchas cosas que sería mejor quedasen suprimidas.

Por lo tanto, esforcémonos para que no ocurra lo mismo en este nuevo plazo que nos brinda la Divina Providencia y propongamos emplear el año que empieza pensando, hablando y obrando el bien, para que todos nuestros pensamientos, palabras y acciones de 1948 promuevan y sellen nuestra salvación.
Grabemos el nombre de Jesús en nuestros corazones y proyectemos su espíritu sobre todas nuestras obras, para que así las campanas de Belén en sus ondas sonoras traigan al mundo la paz, a la Iglesia el consuelo, a España la reafirmación de su avance y a todos y cada uno de nuestros suscriptores y amigos un Año Nuevo lleno de felicidad y de bendición.

Anatomía de la paz

Revolución pensamiento político y social

El pensamiento político y social del día está atravesando una era de revolución muy semejante a la que la astronomía y las ciencias exactas atravesaron durante el Renacimiento.

Por más de catorce siglos, para el mundo científico la tierra fue el centro del universo, alrededor del cual giraban el sol, la luna y las estrellas.

Por primitivo que nos parezca hoy día este concepto, se sostuvo indiscutido en la práctica más o menos hasta el año 1500 de la era cristiana. Nuevos métodos de observación condujeron entonces a uno de los más gigantescos pasos del progreso científico en la historia de la humanidad: el establecimiento del sistema de Copérnico abrió las puertas de un nuevo mundo, y señaló el camino que finalmente hubo de llevar a la concepción verdadera del universo: que la tierra, como todos los demás planetas, gira en el espacio alrededor del sol.

Hoy en día tenemos que revaluar nuestro concepto político, como revaluó Copérnico los conceptos científicos de su tiempo. Vivimos en un mundo de naciones-estados. El centro de nuestro universo político es nuestra propia nación, punto inconmovible alrededor del cual presumimos que gira e' resto del mundo.

Podemos resolver problemas de orden político, económico y social dentro de nuestra propia nación, por medio de la ley y del gobierno. Pero en cuanto a nuestras relaciones con otros países, nos parece que esos mismos problemas han de ser tratados por medio de la «política» y de la «diplomacia». Este es y ha sido nuestro dogma fundamental, pero es hoy en día un dogma completamente anticuado.

Dictante varios siglos tal concepto se ha sostenido inconmovible, porque resolvía todos los problemas en forma satisfactoria. Pero los adelantos científicos y tecnológicos han traído cambios tan profundamente revolucionarios, que ya es imperativa la necesidad de un concepto nuevo. En un siglo la población de la
tierra se ha más que triplicado. Por millares de años las comunicaciones de pueblo a pueblo dependieron de la fuerza animal; luego, en un solo siglo, vinieron el ferrocarril, el automóvil y el areoplano de propulsión de charro. El cambio creado por el industrialismo no tiene paralelo en la historia de la humanidad.

Ninguna de las teorías hasta hoy aceptadas posee la eficacia necesaria para afrontar los complejos y perturbadores problemas de esta hora. Nos hallamos completamente impotentes, armados sólo con las naciones inadecuadas que heredamos del mundo anterior a la industrialización.

A pesar del tremendo radio que alcanza el sistema moderno de transportes, no podemos evitar que haya hambre en muchos lugares, a tiempo que hay abundancia en otras partes de la tierra. Centenares de millones de consumidores necesitan productos industriales y claman por ellos desesperadamente, pero no podemos impedir el desempleo en masa. Aunque hemos extraído de las minas más oro que nunca, no es dable estabilizar la moneda. Todos los países disponen, y producen mercancías que faltan en otras naciones, y .sin embargo, 110 hemos logrado organizar un método de intercambio satisfactorio. Y, finalmente, por más que la mayoría de los seres humanos odian la violencia y aspiran a vivir en paz, somos incapaces de evitar la repetición de la guerra en forma cada vez mayor y más devastadora.

En todos los estados soberanos del mundo estamos pensando todavía que nuestra nación es el centro inconmovible alrededor del cual gira cuanto existe; Los extraños y dramáticos sucesos ocurridos entre las dos guerras mundiales, nos confunden inevitablemente si los consideramos desde el punto de vista de una sola nación. Lo mismo Tokio que Varsovia, Riga que Roma, Praga que Budapest, cada nación interpreta los sucesos desde su punto d€ observación nacional lijo, y por ello es por lo que los ciudadanos, de todos los países estarán siempre convencidos de que sus ideas son claras e infalibles.
Se sigue de aquí que mientras todas estas naciones soberanas retengan su soberanía,'' es decir, mientras sean libres de hacer lo que les plazca, serán inevitables los conflictos violentos entre pueblo y pueblo, y no podremos contar jamás con la esperanza de ver realizada la seguridad mundial.

Tiempo es ya de comprender que nuestro método de observación en materias políticas es puerilmente primitivo, irremediablemente inadecuado y absolutamente erróneo. Si queremos crear, cuando menos, un principio de relaciones ordenadas entre los países, debemos tratar de llegar a un método de observación más científico. Tenemos que cambiar nuestro punto de vista v contemplar a todas las naciones en relación mutua, moviéndose dentro de unas mismas leyes, sin los puntos fijos creados por la imaginación para la propia conveniencia.

En otras palabras, nos toca apreciar el hecho de que es necesario limitar la soberanía de las naciones y establecer un gobierno mundial que regule las relaciones entre países por medio de la ley, del mismo modo que el gobierno federal de los Estados Unidos regula las relaciones entre los estados que forman la
unión. No hay la menor esperanza de que podamos resolver de otra manera ninguno de los problemas vitales de nuestra generación, o de que nos sea posible evitar futuras y más desastrosas guerras.

De entre el presente torbellino de las relaciones internacionales Oímos levantarse, en la más extraordinaria forma, la voz de los distintos países acosándose unos a otros.

Los países fascistas afirman que la democracia y el comunismo, son una misma cosa, y que el sistema democrático de gobierno conduce al bolchevismo.

Los países comunistas sostienen que la democracia y el fascismo son capitalistas; que bajo ambos sistemas el capital privado explota a los trabajadores, y que el fascismo es un arbitrio de reaccionarios para destruir el socialismo.

Por último los países democráticos sostienen que fascismo y comunismo son una misma cosa, ambos dictaduras totalitarias que destruyen todas las libertades y reducen al individuo al estado de servidumbre.

Cada uno de estos lados del triángulo expresa un punto de vista superficial. Puesto que la Humanidad ha venido peleando alrededor de estos tres conceptos preciso es definir claramente los puntos vitales de la cuestión.

Emery Reves
Tomado de «Selecciones» Revista Argentina

San Francisco y la paz

Poco después de haber compuesto San Francisco el Cántico del Hermano Sol, se suscitó entre el Obispo de Asís y los Magistrados de la ciudad, un litigio, y el disgusto llegó a tal extremo que el pifiado puso entredicho a los Magistrados, y éstos, a su modo, se lo pusieron al prelado, prohibiendo que ninguno tratase con él, que nadie le vendiese cosa alguna ni a él ni a sus familiares, y que no se les comprase nada. Afligido el Santo al tener noticia de este caso, y porque no había nadie que se prestase a ponerlos en paz, añadió a su Cántico del Sol estas palabras: «Loado seáis¡ Señor, por aquellos que perdonan por tu amor y sufren enfermedades y tribulaciones. Bienaventurados los que sostuvieren la paz, que de ti, el Altísimo, serán amados».

Después, dijo a sus compañeros: «Id con toda confianza a casa de los Magistrados, y decidles que yo les suplico que se sirvan ir al palacio del. Obispo. Cuando estuviéreis en su presencia, no tengáis vergüenza, cantad a dos coros, como cantores del Señor, este cántico con la última estrofa que le he añadido». Los religiosos hicieron puntualmente lo que les había mandado. El Obispo y los Magistrados tuvieron a bien reunirse por respeto al Santo, y apenas oyeron cantar su devotísimo cántico, obrando la divina gracia en sus corazones por la sencillez de aquellas palabras, se abrazaron y se pidieron mutuamente perdón.


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

X. Una conversión sonada obtenida por el P. Molíns

Siendo el P. Vicente Molíns Guardián del Convento de Cocentaina, fue llamado a predicar el Novenario de ánimas de Muro por el cura, D. Francisco Tormo. La llamada obedecía a una finalidad particular, como vamos a ver.

Había en Muro un sujeto de vida muy licenciosa, que no dejaba tranquilas a las recatadas doncellas del pueblo. Deseoso de remover para siempre aquella piedra de escándalo, un buen muchacho, católico activo, sugirió al Sr. Cura la idea de que llamara al P. Molíns para dicho novenario, que en Muro tenía carácter de misión, seguro de que el celoso Predicador convertiría al escandaloso joven.

Lo primero que había de conseguirse era que el sujeto en cuestión, asistiera a los sermones. Y lo consiguió su entusiasta «apóstol», el joven católico de referencia, quien por su simpatía ejercía sobre él un gran ascendiente.

Sin que el Sr. Cura advirtiera nada al P. Vicente, el primer sermón, como si hubiese sido inspirado por Dios, le pareció al desdichado que iba directamente para él. Su ánimo, primeramente indiferente, comenzó a turbarse, y terminó por agitarse de tal forma, que no tuvo paciencia para aguardar más, sino que, al terminar el sermón, esperó al Padre al pie del púlpito y le pidió confesión.

Fue aquella una confesión sincera, y tanto que, queriendo reparar sus escándalos llegó a concebir el arrepentido pecador el deseo de entrar en un convento.

Así lo expresó a su joven «apóstol», que le servía de acompañante a la iglesia desde su primer día. Al salir una noche del sermón, le dijo, como descubriéndole lodo el fondo de su alma: «Si llegara a morir mi hijo (un hijo natural de pocos meses), entraría en un convento».

Providencialmente, a los quince días, el niño, que se criaba muy robusto, murió de un accidente imprevisto, y el padre vio en aquello un signo claro de la voluntad de Dios, que le llamaba al claustro a hacer penitencia de sus pecados.

Acudió sin pérdida de tiempo al Padre Guardián de Cocentaina, quien, conmovido por una conversión tan patente, le arregló con puntualidad la documentación, a fin de dar cumplimiento cuanto antes a los deseos que Dios le inspiraba.

Dos años o más estaba en el Convento; y como todavía había de pasar algún tiempo sin que le fuera permitido ingresar en el Noviciado, un hermano suyo le sugirió la idea de pasarse a otra Orden religiosa, en la cual le admitirían más pronto a la profesión, y a la que se dirigía él mismo.

Sucumbió a la tentación el ya donado franciscano, tal vez porque no tenía ahora consigo al P. Molíns; que le hubiera aconsejado mejor, y se fue al Postulantado de la Orden religiosa en la que ingresaba su hermano ya dicho.

Allí llegó a profesar. Pero a los primeros fervores siguió la disipación, y a ésta el recuerdo del camino abandonado. Valiéndose de la confianza que pusieron en él sus Superiores, fue tomándose libertades, que le llevaron al precipicio. Cuando se quiso poner remedio, era ya tarde. El fraile volvió al siglo, y aquí se aficionó de nuevo a la mala vida pasada, y vino a ser otra vez el escándalo de sus paisanos.

Por suerte, aquel joven que le llevó antaño al buen camino, no le perdió de vista. También él postuló en la Orden franciscana algún tiempo después que su convertido, y asimismo fue admitido por el P. Molíns. Y al tener ahora noticia de los desaciertos del convertido de sus mocedades, se presentó abiertamente ante él y le agitó su conciencia con el recuerdo de la gracia que el Señor le h¡cera por medio del P. Molíns y del peligro en que ahora se hallaba de la desgracia eterna, si no aprovechaba este último llamamiento y se cerraba en su obstinación.

El recuerdo del P. Molíns y de los días de su conversión impresionaron al pecador, que volvió a arrepentirse y a llevar una vida arreglada, muriendo, por fin, cristianamente. Seguramente que el Padre Molíns desde el cielo pondría su granito de arena sobre la balanza de las divinas misericordias.

El religioso franciscano, segundo protagonista de esta narración, vive aún, y recuerda en todos sus pormenores esta historia, que contiene un serio aviso para todo aquel que un día fue favorecido con la gracia divina. El Señor nos conceda a todos la santa perseverancia.

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

Congreso Asuncionista Franciscano Español

Conclusiones

1ª. Examinada la muerte de la Santísima Virgen, a la luz de la Sagrada Escritura, Tradición y razones teológicas, se ha concluido que no hay motivo alguno para afirmar la inmortalidad de la Virgen María, toda vez que existen fortísimas razones para sostener la doctrina tradicional de su muerte.

2ª. La creencia actual de la Iglesia, docente y discente nos ofrece suficiente fundamento para proceder con toda seguridad a la definición dogmática de la Asunción.

3ª. Siendo probable la sentencia de los que piensan que la Bienaventurada Virgen murió el año 48, o sea a los setenta y dos años de su edad, es sumamente oportuno que el año 1948 y, si esto no es posible, el año 1950 sea proclamado Año Jubilar, con el fin de conmemorar la muerte y la resurrección anticipada de la Santísima Virgen.

4ª. Es de suma conveniencia y oportunidad que la doctrina de la Asunción sea definida cuanto antes como dogma de fe divino-católica.

Votos del Congreso

1º. El Congreso Asuncionista Franciscano Español, postrado humildemente n los pies de Su Santidad, el Papa Pío XII, le pide que tenga a bien definir cuanto antes como dogma de fe divino-católica la doctrina que tiene que la Bienaventurada Virgen está glorificada en cuerpo y alma en el cielo.

2º. El Congreso suplica asimismo con toda humildad que, con ocasión de la definición dogmática de la Asunción prescriba un Jubileo universal con el fin de celebrar el XIX centenario de la muerte y resurrección anticipada de la Corredentora del género humano.

3º. Hallándose el movimiento asuncionista actual en íntima relación con el dogma de la Inmaculada Concepción, y como quiera que el Beato Juan Duns Escoto fue el portaestandarte de los teólogos que defendieron los fueros del privilegio original de María y estuvo representado con cátedras en Alcalá, Salamanca y Sevilla, el Congreso ruega humildemente que se digne inscribirle entre los Santos Doctores-de la Iglesia católica.

4º. Para promover la devoción pública de la Asunción de la Virgen Asunta y obtener así la protección eficaz de la Madre de Dios contra los actuales errores del materialismo histórico, el Congreso formula el voto dé que en varias ciudades españolas y principalmente en Madrid, Capital de España, se dedique una calle a la Virgen en el misterio de la Asunción.

5º. Siendo el titular de la Iglesia de San Francisco el Grande, lugar donde se ha reunido el Congreso, Santa María de los Ángeles, se ruega sea promovida dicha Iglesia a la categoría de Basílica menor.

Pasó haciendo el bien

Óigame, hermano: ¿el Padre Lorenzo?

En seguida, responde el portero. Y una llamada corta, tan corta como la espera, precedía el sonsonete fue marcaban las pisadas del buen Padre al bajar, ansioso en todo momento de ejercer las funciones sagradas de su ministerio.

Corre uno al encuentro y el Padre —siempre igual— risueño, bondadoso, humilde, seráfico, como quien lleva en si la gracia de Dios y la virtud del Padre San Francisco, dibuja en su rostro la satisfacción por brindar el remedio y el perdón a sus «hijitos».

A solas con el Padre —¿quién de sus dirigidos no lo recuerda?—. Era el corazón paternal hecho jirones para mitigar una pena o aliviar un desconsuelo. Sabio, santo y prudente, su consejo fue oportuno; su inspiración acertada; su parecer sin segundo.

¡Cómo procuraba imitar las enseñanzas evangélicas del Redentor prodigando . vida y consuelo al alma que, en medio del mundo, ora, cae tras infernal sacudida, ora vive amargada entre los reveses —la vida es así— de algún pesado contratiempo!

Para todo y para todos el Padre Lorenzo tenía siempre luz en las tinieblas, guía en la dificultad, fortaleza en el desmayo. Trocaba los sinsabores de tal forma, que al final de la entrevista salía uno como resignado, contento y dando gracias a Dios.

Así un día y otro día, durante más dé cuarenta años. Ni la vejez ni las molestias de su quebrantada salud fueron obstáculo al celo que devoraba su espíritu. A toda hora se le podía visitar. Y hasta el Hermano Portero tenía ordenado que se le avisara al menor requerimiento.

Su confesonario, cual pórtico de acceso al redil de Cristo, se hallaba a toda hora rodeado de las queridas ovejitas anhelantes de reconciliación. ¡Cuántas horas permanecía sentado en el Santo Tribunal! ¡Qué alegría en medio del cansancio! Y aun decía —todo compasión—: «pobrecillos, bastante, hacen con humillarse a confesar la culpa».

* * *

Ya todo ha pasado y el Padre Lorenzo, tras una santa vida, cuajada de preciosas virtudes y heroico apostolado, duerme el sueño del justo. La muerte segó, implacable, su existencia corporal, más que como presagio de gloria que como tributo de culpa.

Yo le vi —jamás podré olvidarlo— como dormido en el ataúd, vistiendo el santo hábito que tanto honró en su vida Una estola morada y un crucifijo entre las manos —símbolo heráldico de quien fue— ornaban sus restos. Arrodillado a sus pies le recé un sufragio mientras observaba a dos .piadosas mujeres, enlutadas y llorosas musitando plegarias y suspiros.

No creo aventurado profetizar que si pretendiéramos resumir en breves palabras el trabajo y la obra del Padre Lorenzo esculpiríamos como epitafio, de recuerdo aquellas palabras del Libro Sagrado: «Pertransiit benefaciendo», pasó haciendo bien.

Sí, pasó haciendo bien. Recuerdo a este particular —es el único lenitivo se-miconsolador para mi alma en el momento presente— que a las pocas horas de haber fallecido el buen Padre, dijo una alta jerarquía del clero valentino estas palabras: «cuánto bien ha hecho ese frailecito». Así nace la estela que dejó a su paso el inolvidable Padre Lorenzo, cuya personalidad —oh paradoja sublime del cristianismo— vive y vivirá por muchos años en la conciencia de una legión incalculable de hijos suyos, dispuestos a transmitir e inculcar el bien recibido en el seno de la familia y de la sociedad.

Concédele, Señor, el descanso eterno v brille ante sus ojos la luz perpetua. Descanse en paz.

Un dirigido del Padre Lorenzo

Fátima y el espíritu franciscano

El Loquillo de Belén
se ha extasiado ante una Cueva,
y en upa pobre Familia
y en unos pastores sueña.

Lo que a Francisco allí atrae,
y de sí lo saca fuera,
es la carencia de todo,
su nunca vista pobreza.

No hay que pensar en placeres,
hay que armarse de paciencia,
y abrazarse al sufrimiento,
y gozarse aun en las penas.

Esa es la lección sublime
que el Niño Jesús enseña
al Pobrecillo de Asís,
que es su copia más perfecta.

En su oración incesante,
por los pecadores ruega,
y hasta por los enemigos
llora y hace penitencia.

¡Ay, que el amor no es amado!
clama Francisco en la selva,
y a alabar a Dios invita
a las aves y a las bestias.

Pide también a sus hijos
suplan tales deficiencias,
amando mucho al Señor,
reparando sus ofensas.

Por salvar los pecadores,
ora, gime y se desvela,
y, por sí o sus religiosos,
recorre todo el planeta.

Suplica, allá en la Porciúncula,
por ellos a Dios clemencia,
y a la Reina de los Ángeles
tiene allí por Medianera.

Esto mismo es lo que en Fátima
ocurre por dicha nuestra,
donde aquella buena Madre
entre Dios y el hombre media.

Es esto lo que el mensaje
de Fátima nos recuerda;
lo que en verdad constituye
de ese mensaje la esencia.

El Ángel santo y la Virgen
a los pastorcitos ruegan
que al Señor sus oraciones
y sacrificios ofrezcan.

Y eso por la paz del mundo,
por el Papa y por la Iglesia,
porque los pecados cesen,
y Rusia al fin se convierta.

Puede estar, pues, satisfecho
el franciscano, de veras,
y propagar el mensaje
que ya su Padre le diera.

Propáguelo con su ejemplo,
y con todo lo que pueda,
para agradar a Señor
y a aquella Madre tan buena.

¡Que se acelere el reinado
de Cristo sobre la tierra,
y con Él tendremos parte
en tan gloriosa regencia.

Fr. Luis Ángel Roig, ofm

A la jovencita Fifí

La joven no es una monja

De acuerdo, Fifí, contigo: la joven no es una monja. Pero dame la razón en que una monja puede ser joven, ya que no todas son viejas.

Me apena el pensar que haya personas tan intransigentes que quieran hacer de la joven, lindo capullito primaveral, un ser algo así, entre misántropo y agorero; un ser alejado, entenebrecido y silencioso, que, como mariposa de museo, tenga que parar fatalmente entre las húmedas paredes de viejo cenobio; un ser desengañado y sin ideal para vivir la vida, que se fuerce a acabar la existencia en triste Convento, donde fenezca con el desengaño del corazón...

¿No se piensa así de las pobres monjitas? Esto decían dos jovencitas como tú:

—Ahora nos sonríe la vida. Yo sueño en el amor. Quiero vivir.

—Y yo también. El encierro para las monjas, que han fracasado en el amor... Aun no estoy desengañada de la vida.

Y reían argentinas y frescas melodías de juventud.

Pero eso no es verdad —y vaya como paréntesis—. La monja no la hace el monasterio, ni la vida retirada, ni los desengaños. La hace la vocación, el llamamiento divino. Cuando Dios llama, la joven o la vieja se retiran del mundo, no para olvidar, sino para servir a la divina Majestad.

La joven, Fifí, no es una monja. Su primavera, rebosante de vitalidad, la empuja al movimiento y a la alegría. No puede reposar, no puede callar, no puede dejar de reír. Y como vive en medio del mundo, porque tal vez Dios la quiere allí, precisa de esparcimiento, de distracción, de ambiente propicio a su ilusión de embriagador albada.

Las relaciones sociales la empujan, así que adelanta en edad —sosegada y apaciguada un tanto—, a alternar con los jóvenes del otro sexo, en los que acaba por elegir tabernáculo para depositar su corazón. Cuando se traspasen los umbrales del matrimonio, ya aquellas cosas que se habrá de dejar para entregarse de lleno a su nuevo estado.

Mas no porque la joven no sea una monja se la va a considerar desligada de las leyes dictadas por Dios para la humanidad. La joven precisa de esparcimiento, es verdad, pero ¡cuidado no se pase de aquél, para caer en las claudicaciones y desvergüenzas modernas! Por muy joven que se sea y por sobrado derecho que se tenga al esparcimiento y diversión, jamás se tolerarán aquellas cosas vedadas por el honor y la decencia. Jamás aquéllas turbias intimidades, y procaces galanteos, y atrevidas conversaciones. Jamás las modas provocadoras, que incitan a la ruina espiritual del prójimo y degradan la dignidad del bello sexo.

Es verdad que la joven no es una monja, pero tiene también sus deberes familiares que cumplir, de los que por nada podrá desentenderse. Y aún más tiene que ejercitarse en el papel que le tocará desempañar en el próximo mañana.

La joven muy pronto entrará a formar un nuevo hogar. La señora no se puede improvisar, como la inocencia de los niños en sus juegos la improvisa. Urge la preparación. ¿No se esfuerza y trabaja la modista para perfeccionarse en el corte-y en la confección? Mayor esfuerzo y trabajo ha de poner la joven para saber cortar y confeccionar los futuros ciudadanos de la tierra y del cielo. Esas horas en devaneos y monstruosas diversiones a que arrastra la vida moderna son un robo que la juventud hace a sus futuros hogares.

Y perdona, Fifí, me haya puesto seriecito. Piensa que, porque eres joven, no eres una monja. Pero no olvides que te debes a tu futuro esposo y a los hijos de tus dorados ensueños. Por ellos te has de preparar a ser una buena madre, una fiel esposa y una señora de tu hogar.

Y eso precisa de tiempo. De ese tiempo que destrozas por querer seguir las corrientes de la vida moderna.

Amón

La llegada de los Reyes Magos

«Reyes que venís por ellas,
no busquéis estrellas ya
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas."

Mirando sus luces bellas,
no sigáis la vuelta ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

No busquéis la estrella ahora
que su luz a oscurecido
este sol recién nacido
en esta Virgen Aurora.

Ya no hallaréis luz en ellas,
el niño os alumbra ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas.

Aunque eclipsarse pretende
no reparéis en su llanto,
porque nunca llueve tanto
como cuando el sol se enciende.

Aquellas lágrimas bellas
la estrella oscurecen ya,
porque donde el sol está
no tienen luz las estrellas

Lope de Vega
Terciario Franciscano.

El Nombre de Jesús

Nombre que cuajas de estrellas
el azul del firmamento,
Nombre que borras las huellas
del humano sufrimiento...
Nombre que al labio das mieles
de sempiterna dulzura,
que hacen olvidar las hieles
de la terrena amargura...
Nombre que eres la esperanza
de los míseros mortales
y la gloria y bienandanza
de los coros celestiales.
Nombre augusto, que yo adoro.
Nombre suavísimo y fuerte;
en la vida mi tesoro
y mi refugio en la muerte...
Nombre que grabar ansío
en mis labios pecadores
y en el pobre pecho mío
con fuego santo de amores;
para que mi vida loca
que al cerrarme tú la boca
me abras las puertas del cielo...

Jesús Galbis

En trance de ejercitar la paciencia

Entre las obras de misericordia, menciona el catecismo del P. Vives la de «sufrir con paciencia las flaquezas de nuestros prójimos». No poca mansedumbre y bondad se requieren para esto en determinadas ocasiones. El tenerlas en tales casos, y, no pudiendo remediar lo que lamentamos, hacerse el ánimo de aguantarlo, de disimular, callar y olvidar, es efecto de sólida virtud.

Ya San Pablo nos exhorta a todos dirigiéndose a los colosenses (3,13) y a los gálatas, a que aguantemos y suframos los defectos de nuestros prójimos asegurándonos un inmenso bien si así llegamos a hacerlo: «Comportad las cargas unos de otros y así cumpliréis la ley de Cristo». (Ga 6,2). Nuestra salvación eterna ha de ser precio del cumplimiento de la ley de Cristo que se resume toda entera en el amor de caridad: amor a Dios por sí mismo y al prójimo por Dios.

Ahora bien; San Juan, el apóstol del amor, nos enseña que no podemos tener verdadero amor a Dios si al propio tiempo no amamos juntamente a nuestro prójimo. «Si alguno dice que ama a Dios al paso que aborrece a su hermano, es un mentiroso. Pues el que no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo podrá amar a Dios a quien no ve?» (1 Jo 4,20).

El amor de caridad al prójimo es, pues garantía y manifestación auténtica de nuestro amor a Dios. De donde se sigue en verdad que si amo a mi prójimo, no tan sólo de palabra, sino con la verdad y la elocuencia de las obras, y cuento entre éstas el soportar pacientemente las flaquezas de mi prójimo, tengo con esto asegurado el cumplimiento de la ley de Cristo y la eterna salvación que tanto anhelo.

Y menudean por cierto las ocasiones de soportarnos unos a otros. Aunque no siempre por igual, no hay apenas día en que no tengamos ocasión de conllevar algún peso del prójimo.

Dios nos ha hecho muy limitados en fuerzas, talentos y habilidades para que, no bastándose nadie a sí mismo, nos busquemos unos a otros, nos ayudemos mutuamente, y entre todos levantemos la carga y lo hagamos todo. La vida social es natural del hombre. Vivimos juntos porque nos necesitamos unos a otros; y, para que haya concierto y buen orden entre todos, nos es forzoso obrar de común acuerdo, y ceder más de una vez de nuestro interés particular en aras del general y común. Forzosamente ha de traer esto molestias y. roces inevitables.

Dios, que nos quiere en sociedad, quiere también estas condiciones o circunstancias actuales de la vida social, y las quiere para que nos sirvan de ocasión de practicar las virtudes cristianas, únicas que sirven de firme base a la perfección individual y al verdadero progreso social.

Es pues, necesaria a todos la paciencia. Tenemos, en efecto, distintos caracteres y temperamentos; diversos gustos y aficiones; desigual salud, fuerzas y recursos materiales y es menester, para no romper la armonía. de la convivencia social y hasta para no faltar a nuestro deber con los superiores, iguales o inferiores, que nos carguemos de paciencia pensando que el vecino también ha de proveerse de ella por idénticas razones. Quiere Dios que tengamos que sufrir algo de nuestros prójimos y hermanos, aun sin culpa de ellos, para que así se manifieste de cuánta virtud es cada uno, y tomemos pie y ocasión para medrar espiritualmente.

Más que el ayuno corporal y la aflicción de los miembros del cuerpo estima Dios en sus siervos la condescendencia, la. compasión y el buen trato de unos con otros. «¿Sabéis qué ayuno quiere el Señor? Romper las ataduras de la iniquidad..., partir tu pan con el hambriento, albergar al pobre desvalido, vestir al desnudo, y no torcer el rostro ante tu hermano... Entonces llamarás a Dios y te oirá; le invocarás y Él dirá: Heme aquí.» (Is 58, 6ss).

Jesucristo nos pide todavía mayor perfección en su sublime sermón del Monte: «Yo os digo: amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen y calumnian para que seáis hijos de vuestro Padre Celestial, el cual hace nacer su sol sobre buenos y malos, y llover sobre justos y pecadores. Que si no amáis, sino a los que os aman, ¿qué premio habéis de tener? ¿No lo hacen así aun los publícanos? Y si no saludáis a otros que a vuestros hermanos, ¿qué tiene eso de particular? ¿Por ventura no hacen también esto los paganos? Sed, pues, vosotros perfectos, así como vuestro Padre Celestial es perfecto.» (Mt 5, 44-48).

Precioso fruto de estos sentimientos de caridad universal que se extiende a todo prójimo aunque sea nuestro enemigo, es la inalterable paz de corazón que se trasluce e irradia hacia fuera en la paz de las familias, pueblos y naciones. De esta paz decía Jesús a sus discípulos: «Mi paz os dejo; mi paz os doy. Guardad la paz entre vosotros.» (Jn 14,27 y Mc 9,49).

Esta paz poseía N. P. S. Francisco y deseaba que todos Ja gozasen. «El Señor os dé la paz», decía al comenzar a hablar en público; «La paz sea en vuestra casa», decía al entrar en ella. «Id, decía a sus primeros hijos al enviarlos a predicar por el mundo, id anunciando la paz a los hombres; predicadles la penitencia para alcanzar la remisión de los pecados; sed pacientes en la tribulación, solícitos en la oración, sufridos en la adversidad, activos y constantes en el trabajo, modestos en las palabras, graves en vuestras costumbres, agradecidos al recibir beneficios, y sabed que en recompensa de esto os está prometido un reino que no ha de tener fin.» (San Buenaventura)

De este modo procuraba informar toda la actuación de sus hijos con el espíritu del Evangelio de que él estaba lleno y del que anhelaba se llenase el mundo.

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

La adulación

La adulación es la plaga de la Humanidad, y la encontraréis al lado de los tronos, en los grandes puestos de la sociedad y en cualquier asunto que favorezca al adulador.

Ten por máxima que el lenguaje de la verdad nunca llega a las grandes alturas, y tan verdad es cuanto te indico, que si alguna persona pretendiese decirle la verdad a quien se encuentra rodeado de aduladores, sólo conseguiría un enemigo encarnizado, que le rebajaría hasta lo sumo, y...

Se representa a la adulación en forma de una dama vestida con toda elegancia, que pasa sus más deliciosos ratos tocando una flauta y completamente rodeada de abejas, que liban la miel; estos insectos tienen unos grandes aguijones y un fuelle, significando que la adulación apaga la luz de la razón y enciende el fuego de las pasiones.

¡Alerta, católico! Ni adules ni consientas que te rindan adulación una camarilla de vividores o vividoras, que cuanto realizan contigo lo harán con quien te suceda en el cargo que ocupas.

Ten presente lo que decía un tonto a uno a quien alababan, y en su tontería nunca dijo más la verdad: «No hagas caso de cuanto te dicen; eso se lo han dicho a todos los generales que han pasado por aquí; soy viejo y he visto mucho, habiendo oído más, y me he convencido que el mundo es una veleta: ésta es constante en su inconstancia; el mundo, ni siquiera eso.»

El «crucifige eum» está muy cerca del Hosanna; todos tenemos nuestro viernes santo en la vida al descender de posición social.

Renfex

Meditación para este mes

¡Que nos lo roban!

Todos aquellos, todos los que no pudieron ir a Belén, porque allí olía mal y no había calefacción, ni taxis por las callejuelas, ni bar en aquel «hotel», ni «cine» en toda la localidad..., los que temiendo aburrirse se quedaron en la ciudad, sabedlo, se conjugaron hace siglos y en todas las Nochebuenas nos roban al recién nacido.

Se han marchado los ángeles a buscar a los pastores; ¡ah!, ellos no lo hubieran consentido, ellos ¡tienen espadas!; sólo han quedado allí con las bestias Nuestra Señora y San José, tan santos, tan buenos, tanto, tanto, que ya veis... ¿Dónde está el Niño?

Fui a buscarlo por los suburbios de la ciudad, por los sotabancos y por las buhardillas, en la cárcel y en el hospital, y encontré hambre y llanto, y bestias, estiércol y frío, santos también como José y María algunas figuritas de barro y... algunas migajas de turrón, las que sobraron de ciertas mesas y banquetes... Pero ¿y el Niño?

Allí, en el gran salón donde ha corrillo el champán y los ojos han mirado con lujuria y los labios han contado cosas equívocas; allí, donde se danzó —¡oh!, recuerdos de Heredías y Salomé—, y se comió, y se mareó, y se pecó; allí, asombrosamente allí, entre muchas luces y escabeles, sobre unos encajes finísimos, perfumado embriagadoramente de violeta; allí, allí está el Niño del Belén, pero sin pesebre, ni estiércol, ni asnos, ni pastores... Gracias a la civilización y al cariño que sienten por él, éstos sus «amigos», ya no padece frío, ni hambre, ni huele mal; ve bailar, ve beber, ve reírse a su alrededor, ve a estos pastores de frac y a las pastoras «de noche»...

Pero el Niño llora. Ciertamente es incomprensible. ¿Llora porque no le hacen mucho caso los que bailan? Pero si ya le lían cantado villancicos...; pero si todas son personas decentísimas; pero si todo se hace delante de los «papás»; pero si la fiesta va a acabar exactamente a las tres de la madrugada, nada más que a las tres; pero si El es el rey y motivo de la fiesta? ¿De qué se queja?

Y vosotros, pastores de Belén, pastores de Madrid o del Congo; vosotros, los que ateridos de frío rozáis vuestras manos con el humazo de esa hoguera trabajosa; vosotros, a los que os han dado de aguinaldo dos pesetas con cincuenta céntimos, tres figuritas de mazapán y medio pitillo por barba, vosotros os habéis quedado sin Él. Os lo han comprado. Buen estraperlo, por cierto. El que esos «señores» saben hacer...

Pero esperad, esperad. Mirad hacia las estrellas. Por allí andan en esa noche los ángeles. Los mismos de aquel humo y aquellas praderas. Ellos van a hacer de nuevo un milagro. Ellos os traerán a Jesús. Al que os robaron los hombres. En sus salones y nacimientos artificiales dejarán un muñeco perfumado. Y en el fondo amargado de vuestras almas nacerá una esperanza...

José Mª de Llanos, S. J.

Niñito que duermes

Niñito, que dormido dulcemente
de tu madre en el dulce y blando seno,
describes y dibujas tiernamente
un sonrís de fulgor y encantos lleno:

¿Por qué ríes, con gracia y donosura,
que hechiza el alma, y das al pecho mío,
una nota candente de hermosura,
y una sarta de perlas de roció?

¿Por qué cierras tus ojos relucientes,
y abres tus labios lindos y hechiceros,
y desfloras cadencias sonrientes,
mientras duermes tus sueños lisonjeros?

¿Por qué agitas tus labios sonrosados
que contienen matices, cual las flores,
y tus miembros de gracia iluminados
están quedos radiantes de fulgores?

Niñito que dormido en el regazo
de tu madre .desfloras tus sonrisas...
Ya sé por qué sonríes, y ese lazo
tic amor forjas, soñando con las brisas.

Tus miembros perfumados y turgentes
inmóviles se quedan en el suelo...;
mas tu alma, entre fulgores relucientes,
habla con Dios, en la región del cielo.

Fr. Bernardino Mª Rubert, ofm
Carcagente, diciembre 1947