Índice del número 239-340

Noviembre-diciembre de 1948. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

  1. Y los suyos no le recibieron. ESE
    El Almirantazgo de Castilla. Salvador Riera, T. F.
    Esos tus ojos. Poema. Jesús Galbis
    Navidad. Poema. Arturo Fosar Bayarri
    El idilio de Belén.
    Amor de madre. Poema. Jesús Galbis
    P. Maximiliano Kolbe. P. Bonaventura Meseguer, ofm
    Noticias
    Fr. Pascual Cominches García, in memoriam.

Misterio de amor y de paz

El hecho de que el mismo Hijo de Dios, consubstancial al Padre, tomando, por obra del Espíritu Santo, naturaleza de siervo en el seno de una Virgen Inmaculada, descienda al mundo para redimir y salvar al hombre, constituye un inefable MISTERIO DE AMOR, en cuya realización estupendamente sencilla, los Ángeles rinden a Dios el tributo de la gloria y brindan a la tierra' el augurio felicísimo de la Paz.

Rey Pacífico, Príncipe de la Paz, he aquí los títulos más preclaros del divino pequeñuelo de Belén, de cuyos ojos recibe el sol sus fulgores para teñir de púrpura la aurora y abrasar con su fuego el pleno día-
La majestad de Dios con todo su poder infinito e inmenso queda come eclipsada y reducida a su mas mínima expresión en el .dulce llanto de este Niño encantador, que estremece a todo el cielo, y en su tierno y delicado cuerpecillo, que la Virgen Maidre acaricia con embeleso, que contempla San José con arrobo, que festeja el arrullo de los ángeles y al que los, pastores y los Magos obsequian con sus mejores presentes y con los más encendidos afectos de sus almas sencillas y candorosas.

Nosotros, hijos del seráfico Loquillo de Belén y devotos fervientes de San Antonio de Padua, en cuyos brazos, como en trono viviente de pureza, y de amor, vemos siempre al Niño Jesús, anhelamos de todo corazón que en esta hora crucial y angustiosa de la historia del mundo, renazca en Cristo la torpe y desquiciada humanidad, y enderece sus pasos por las rutas del Evangelio, iluminada y conducida siempre por la Estrella de Belén, cuyos destellos son para las almas un perenne y celestial mensaje de amor y de paz.

Carta Encíclica "Optatíssima Pax"

Exhortación a los fieles para que rueguen por la paz. Es menester volver al recto camino tanto en la vida privada como en la política, dice el Papa

Venerables hermanos: Salud y bendición apostólica.

La tan deseada paz, que debe ser la tranquilidad en el orden (San Agustín, «De civitate Dei», lib. 19, cap. XIII; Santo Tomás, secunda secundae, 29, I, ad primum) y la libertad tranquila (Cicerón, 2.a filípica, cap. XLIV), tras las cruentas vicisitudes de una larga guerra, vacila hoy, como todos notan con tristeza y amargura, todavía insegura, y tiene como suspendido en un angustioso afán el espíritu de los pueblos, mientras que en no pocas naciones, devastadas últimamente por el conflicto mundial y por las destrucciones y miserias que han sido su dolorosa consecuencia, las clases sociales, movidas recíprocamente por amargo odio, amenazan, como todos ven, minar y convertir, con tumultos y turbulencias sin cuento, los cimientos mismos de los Estados.

Una profunda amargura oprime nuestro espíritu ante tan funesto y miserando espectáculo, y nos parece que el mandato paterno y universal que de Dios hemos recibido, no sólo nos impulsa a encarecer a todos qué procuren apagar los secretos odios y renovar felizmente la concordia, sino también a exhortar a cuantos son nuestros hijos en Cristo a que eleven al cielo con mayor frecuencia sus plegarias, porque como muy bien sabemos, todo lo que sin la protección divina se lleva a cabo, resulta defectuoso y estéril, según la sentencia del Salmista: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles.» (Salmo 126, 1.)

Son inmensos los males que exigen un inaplazable remedio. Porque, por una parte, en muchas naciones la economía, por los enormes gastos militares y las inmensas destrucciones bélicas, se halla en tal situación de inseguridad y agotamiento, que muchas veces no está en condiciones de resolver los problemas que se van planteando y de sostener las oportunas iniciativas, que podrían dar trabajo a quienes, por desgracia contra su voluntad, se ven constreñidos a un ocio inútil. Por otra parte, desdichadamente, no faltan quienes exasperan y explotan la miseria de las clases proletarias, con secreto y astuto cálculo, obstaculizando así los nobles esfuerzos enderezados a la reconstrucción en el recto orden y en la justicia de las fortunas deshechas.

Es necesario que, finalmente, comprendan todos que no se pueden conseguir de nuevo los bienes perdidos, ni conservar los que peligran, mediante las discordias, los tumultos y las matanzas entre hermanos, sino solamente con la laboriosa concordia, la mutua comprensión y el trabajo pacífico. Los que con plan premeditado agitan inconsiderablemente las multitudes, excitándolas al tumulto, a la sedición y a las injurias a la libertad ajena, sin duda ninguna no ayudan a mitigar la indigencia del pueblo, sino que más bien la aumentan, provocando la ruina final, exacerbando el odio e interrumpiendo el curso de las actividades de la vida social. De hecho, las luchas de los partidos fueron y serán para muchos pueblos una calamidad mayor que la guerra misma, que el hambre y que la peste (Tito Livio, «Historia», lib. IV, cap. IX).

Pero al mismo tiempo, todos deben comprender que la crisis Social es tan grande hoy y tan peligrosa para el porvenir, que es necesario que todos y cada uno, y especialmente los que más tienen, antepongan el bien común a los provechos y utilidades privadas. Y, antes que nada, urge la pacificación de los espíritus, trayéndolos al acuerdo fraternal, a la comprensión mutua, a la recíproca colaboración. Hasta el punto de que puedan llevarse a la práctica aquellas doctrinas y aquellas normas directivas que están de acuerdo con las enseñanzas cristianas y con las circunstancias del momento.

Tengan todos presente que el acervo de males que en los últimos años hemos tenido que soportar ha descargado sobre la Humanidad, principalmente porque la religión divina de Jesucristo, que promueve la mutua caridad entre les hombres, los pueblos y las naciones, no era, como habría debido serlo, la regla de la vida privada, familiar y pública. Sí, pues, se ha perdido el recto camino por haberse alejado de Jesucristo, es menester volver a él tanto en la vida privada como en la pública. Si el error ha entenebrecido las inteligencias, hay que volver a aquella verdad divinamente revelada, que muestra la senda que lleva al cielo. Si, por fin, el odio ha dado frutos amargos de muerte, habrá que encender de nuevo aquel amor cristiano, que es el único que puede curar tantas heridas mortales, superar tan tremendos peligros y endulzar, tantas angustias y sufrimientos.

Y puesto que se acercan ya las suaves fiestas de Navidad, que nos hacen contemplar a aquel Niño Jesús, que en el pesebre deja oír sus vagidos, y aquellos angélicos coros, que invocan para los hombres la paz, juzgamos oportuno exhortar caluorsamente a todos los cristianos, y especialmente a los que están en la flor de los años, para que corran en gran número a los nacimientos y allí derramen sus plegarias, para hacer que el Niño Dios quiera benignamente apagar y alejar las amenazadoras teas que agita el odio en las sediciones y en los tumultos.

Que Él ilumine con su luz las inteligencias de los que muchas veces, más que movidos por la terca malicia, son arrastrados al engaño por errores que se camuflan bajo las espaciosas apariencias de la verdad; que reprima y aplaque el odio de los espíritus, componga las discordias, haga vivir y florecer de nuevo la caridad cristiana; que a los que gozan de abundante fortuna les enseñe, la abundante generosidad con los pobres; que a los que padecen de necesidad y pobreza les aporte con su ejemplo y con su ayuda los consuelos del espíritu y enderece sus deseos sobre todas las cosas celestiales, que son las mejores y las que nunca se pierden.

Entre las angustias presentes, ponemos gran confianza en las oraciones de los niños inocentes, escogidos y preferidos por el Divino Redentor de modo especial. Alcen, pues, ellos sus cándidas voces y sus débiles manecitas, símbolo de su inocencia interior, implorando la paz, la concordia y la mutua caridad, y que a las fervorosas plegarias unan aquellas prácticas piadosas y aquellos óbolos generosos con que la divina justicia, por tantas culpas ofendida, se pueda aplacar y, al mismo tiempo, los indigentes puedan recibir, en la medida que permite la disponibilidad de cada uno, los socorros convenientes.

Tengamos plena confianza, venerables hermanos, en que, con el empeño y diligencia de que habéis dado tantas pruebas, haréis que estas paternales exhortaciones nuestras sean actuadas y produzcan dichosos frutos, y en que todos y de modo especial los niños, corresponderán con decisión y entusiasmo a esta invitación nuestra, que vosotros haréis vuestra.

Confortado con esta suave esperanza, como prenda de nuestra paternal benevolencia y auspicio de las gracias celestiales, os damos a todos y a cada uno de vosotros, venerables hermanos, lo mismo que a la grey confiada a vuestros cuidados, la bendición apostólica. — Dado en Roma, junto a San Pedro, el día 18 de diciembre del año 1947, IX de nuestro Pontificado.

Pío PP. XII


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

XVII. Otro ejemplo de ciega obediencia ocurrido en el eremitorio de Santa Ana de Onteniente

Dimos comienzo a estas «Florecillas» con la narración de algunos ejemplos de la sencilla obediencia de Fr. Humilde Soria, tomadas del tiempo en que moró en el eremitorio de Santa Ana de Onteniente, donde se instalara la primitiva Comunidad franciscana mientras se levantaba el Convento. A aquella edificante Comunidad pertenecía también otro hermano lego, de nombre Fr. Mariano Esteve, hombre de profunda oración y de arraigada virtud. Ejercía en la Comunidad el cargo de cocinero y todas las, noches, después de las oraciones, se dirigía, conforme se le había ordenado, a la celda del Superior P. Felipe Bellver, preguntándole qué comida debía preparar el día siguiente.

Una noche, como de costumbre, llamó a la celda del P. Superior, y arrodillado a sus pies, le hizo la consabida pregunta: «¿Padre, mañana qué hago?»

El P. Felipe, debía estar de buen humor aquel día, y le contestó secamente: «Muecas».

El virtuoso hermano, sin demostración alguna de contrariedad, le besó la manó y se retiró. Como la «faena» mandada era fácil, el cocinero pudo darse al día siguiente con tranquilidad a la oración.

Eran las once de la mañana, cuando el P. Superior, ante el silencio que reinaba en la cocina, comenzó a temer si el bendito hermano habría tomado en serio su ocurrencia.

Sucedió como se temía. Acudió el P. Felipe a la cocina y la encontró cerrada. Los platos estaban ya repartidos en el refectorio, pero vacíos.

Entonces se fue apresuradamente al coro, cierto de que encontraría allí al cocinero. Efectivamente, allí estaba Fr. Mariano en oración. El P. Felipe se dio entonces plena cuenta del desaguisado que por su buen humor y sin tener en cuenta la sencilla y ciega obediencia del hermano cocinero, había cometido; y le mandó que preparase en seguida la comida, de forma que a la hora de costumbre pudiese acudir la Comunidad al refectorio sin notar novedad alguna.

Así se cumplió. A las 12, hora de horario, se servía a la Comunidad la comida como de costumbre.

Cuando alguna vez se le ocurría al P. Felipe contar esta peripecia, añadía: "No sé si fue por la virtud de la obediencia, o por la oración del cocinero, o porque yo me hube de arremangar ayudando al bendito hermano; lo cierto es que aquel día en una hora se hizo lo que de ordinario duraba toda una mañana».

El virtuoso Fr. Mariano Esteve abandonó este miserable suelo el año 1921 en Pego, dejando en toda la Provincia una estela de afecto. Los últimos años de su vida desempeñaba el cargo de enfermero, y pasó como el religioso modelo de abnegación y caridad fraterna. El Señor, que no deja sin recompensa un vaso de agua fría dado en su nombre, habrá recompensado generosamente los muchísimos servicios de caridad que prestó a sus hermanos, y los admirables ejemplos de virtud que dejó en pos de sí.

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

Magisterio de amor

Fr. Juan de los Ángeles

(Continuación)

Cantó también, como nadie, con númen inspiradísimo, las excelencias y carísimas del Llagado Serafín de Asís, cuyo Corazón fue, según frase suya, inolvidable, «paraíso de los deleites de Dios».

Con gran fruición de su alma, recitaba y aconsejaba que recitase, la oración de su Padre Seráfico: Absorbeat...

XII. — "El Benjamín querido"; "Abrazado con Cristo"

En la vida del Padre Fray Juan de los Ángeles, tan rica de espíritu, encontramos dos rasgos de tipo domes tico merecedores de recordación, pues tienen un relieve singular: «Están, do un día predicando a un lucido y majestuoso auditorio, pendiente de sus labios por la afluencia de sentencias graves y discursos, y entrando su padre en el templo, con traje de un pobre labrador, dijo desde el púlpito:

—Señores, ese buen viejo que llega ahí, es mi padre; háganle vuestras mercedes lugar, que me viene a oír. Con cuyo acto de humildad, a vista de concurso tan noble, le dieron el primer asiento, pasmado de admiración todo el circo». Lo trae Fray Marcos de Alcalá, en su Crónica de la Provincia de S. José.

El otro hecho memorable se remonta a su venerable ancianidad: El año 1608, cuando contaba 72 de vida, le visitó en su convento de Madrid, Ana Martínez, hermana suya, con su hija del mismo nombre, acompañada de Juan García Arroyo, humilde campesino que no sabía echar una firma. Querían contraer matrimonio y carecían de recursos, por lo que suplicaron al tío les favoreciese. El tío se constituyó en «dotador extraño» y ofreció 350 ducados, precio de libros suyos vendidos, que le fueron entregados por Francisco López, su librero.

Lo grande no es aquí el hecho, sino el recurso, el medio personal de que se valió, no acudiendo a ninguno de los muchos ricos y potentados que se hubieran honrado abriéndole gustosos sus arcas. Ya tenía declarado, en otra ocasión, que vivía desinteresado de los bienes de la Tierra.

Hay otro episodio de índole diversa: Vivía con él, en Zamora, el Religioso Fr. Bartolomé de Aranda, quien de acuerdo con su esposa, pasó de las bodas al claustro, como otro San Alejo. Ejercitó la obediencia regando un tronco seco.

Estando moribundo y asitiéndole el Padre Ángeles, quien le suplicó se dignase, queriéndolo Dios, notificarle su salvación. Prometió que, si muerto él, reverdecía el tronco, no esperase otra señal. El tronco reverdeció repentinamente, quedando consolado el venerable maestro. Le amaban y, hasta en la otra vida le obedecían obsequiosamente los discípulos siempre amados de su enamorado corazón.
Varón santo, prudente y docto, guardó para el fin, «el mejor vino», el Vergel Espiritual, «el Benjamín querido de mi alma», la exposición de la sacratísima Pasión y Muerte del Señor, padre, amigo y esposo de su alma.

No podía tomar otra postura ni proceder de otro modo quien tan vivamente ansiaba morir abrazado con su Cristo «y, metido en sus Llagas rosadas y llenas de misericordia, esperar por ellas (dice con humildad) lo que mis injusticias me ruegan» «Testigo es mi Señor Dios —añade — que ningún otro sentimiento tengo de mí, que el que pudo tener en la cruz el ladrón que se salvó»

Al fin, como fue su vida fue su muerte, angelical, metido en las Llagas rosadas de su adorable Redentor.

El amor divino fue siempre el númen de su magisterio, que a tantas almas ennobleció y remontó a la Gloria.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm
Madrid (San Francisco el Grande), año 1945.

Estampas evangélicas

...Llena de gracia... (Lc 1,26-28)

Nazaret era un pueblo insignificante de Galilea, perteneciente a la tribu de Zabulón y situado en las últimas vertientes que desciende del Líbano.

Llena de graciaGrupo de casas sin estilo, es Nazaret un pueblo de aspecto rústico y pobre. Sus viviendas, adosadas a la montaña constaban de dos partes: una, en forma de gruta, excavada o natural, y otra, exterior, formada de piedras y troncos de árboles. La casa de la Virgen se encontraba al sur y no debía ser diferente de las otras. La parte exterior fue, según la tradición, trasladada a Loreto. Ea Nazaret, en la gruta que formaba la parte interior, hay actualmente dos columnas, la una llamada del ángel y al otra llamada de la Virgen, las cuales señalan el lugar que respectivamente ocupaban en la escena de la Anunciación.

María, según la tradición, había sido llevada al Templo a los tres años y allí había vivido, en el departamento destinado a las que estaban consagradas al servicio del Santuario. A los 14 años, muertos ya sus padres, Joaquín y Ana, salió del Templo, y, por consejo de los sacerdotes de Jerusalén, se desposó, para vivir con él casta y santamente, con José, varón justo, de la regia estirpe de David, destinado por Dios para ser su esposo, su guardián y protector.

Los judíos consideraban el celibato como un oprobio y equivalía a una renuncia implícita a la excelsa dignidad, que había de tener una de las hijas de Sión, de ser madre del Mesías. Por este motivo, fue dada por esposa al virtuoso José.

Mientras prometían a María con José, tenía Zacarías la visión del arcángel Gabriel, el cual le anunciaba que tendría un hijo y le ordenaba que le pusiese el nombre de Juan. Este había de ser el precursor de Jesús, el grande, delante del Señor, y lleno del Espíritu Santo, desde el seno de su madre.

Pasados seis meses desde esta misión de Zacarías y de la concepción de Juan en el vientre de Isabel, tuvo lugar otra misión cíe más trascendental alcance: el mismo arcángel Gabriel anunciaba a María, en su morada de Nazaret, la concepción más maravillosa: la del Hijo de Dios en su seno virginal. Mas Dios «que siempre respetaba la libertad humana, a pesar de emplearla para sus designios, quiso, escribe Dehaut, que María cooperase a esta gran obra de la Encarnación y que la salvación de los hombres estuviese ligada a este consentimiento, de suerte que María, como otra Eva, decidiese la suerte del linaje humano».

María se encontraba en oración: ¿Qué pediría a Dios? Sin duda, repetía con los profetas de Israel, que las nubes lloviesen el Justo, que la tierra se abriese y germinase el Salvador.

Ave María

«Ave», Dios te salve, le dijo el ángel. Esta palabra latina responde a la fórmula de la salutación de las griegos: «Jaire», alégrate, la cual, a su vez era interpretación fiel del saludo empleado por los hebreos. La paz sea contigo. Salutación inefable, dada por el ángel, de parte de Dios Porque la paz del alma, la alegría del espíritu, sólo es verdadera cuando es Dios quien nos la da.

La maravilla, va aumentando y el ángel comienza a enumerar los títulos de grandeza: Llena eres de gracia. El Señor es contigo. Bendita tú eres entre todas las mujeres.

María era ya entonces toda graciosa a los ojos del Señor; estaba llena de gracia, no de una gracia simplemente actual, sino habitual, esto es, santificante; y no sólo de una gracia especial, para el cumplimiento de una misión extraordinaria, sino de todas las gracias, en su plenitud. Mas esta plenitud no le impedía aumentarla constantemente mediante los actos de las más heroicas virtudes. El aroma de éstas, purísimo como el incienso, se elevará cada día más agradable, hacia el cielo, hasta el día de su gloriosa Asunción.

El Señor es contigo. El Señor está con ella, porque habita en su corazón. El es quien inspira todos sus buenos pensamientos y promueve todos sus afectos. La Santísima Trinidad deposita en ella los mejores tesoros de naturaleza y gracia, para que pueda el Padre adoptarla por hija, el Hijo tomarla por madre y el Espíritu Santo escogerla por esposa. Ella será (ya comienza a serlo) templo y sagrario de la Santísima Trinidad.

Bendita tú eres entre todas las mujeres. A Raquel le fue dada la hermosura; a Rebeca, la gentileza; a Judit, el valor; a Ester, el valimiento; a Abigail, la prudencia. Pero a María se le dan todas las gracias, y está llena de bendiciones, porque, concebida sin mácula de pecado, es escogida Madre de Aquel en quien son benditas todas las generaciones de la tierra.

* * *

Las palabras de este Evangelio constituyen una declaración, por parte del ángel, de la suprema santidad de María. La plenitud de la gracia dada a conocer por el ángel, nos dice que, entre las puras criaturas, no puede haber .santidad superior, a la de María. Después de Dios, del Verbo encarnado, que es la gracia misma, no existe santidad, comparable con la de María.

Aunque la Inmamulada Concepción de María no fue dogma de fe hasta la proclamación, como tal, hecha por Pío IX, esto no quiere decir que no fuese una creencia tan antigua como el cristianismo. Por encima de las discusiones de escuela, siempre persistió, entre los cristianos, la convicción de que María, por haber sido escogida por Madre del Verbo, había sido concebida sin pecado original.

La historia del humano linaje está comprendida entre dos abismos: el de la caída original y el de la Redención. Todos pecamos en Adán y todos hemos sido redimidos por Jesucristo. Una sola excepción ha habido, en la transmisión de la culpa. Esta criatura excepcional, única en la historia de la humanidad, es la Virgen Purísima, destinada a ser madre del Redentor.

Las prerrogativas de María tienen por fundamento la divina maternidad, y la corona más gloriosa de estas prerrogativas es su Concepción Inmaculada.

Pedro Ginebra Espona, Pbro
Licenciado en Sagrada Escritura

«Nadie del ausente aquí murmure»...

En el saloncito del piso que ocupa una piadosa familia, he visto un lindo cartelito que, en destacados caracteres para que todos puedan, leerlos, pone ante los ojos del visitante aquellos famosos versos de San Agustín:

«Nadie del ausente aquí murmure.
Y quien en esto piense desmandarse
Procure de la silla levantarse.»

Bien está la advertencia en boca del santo Doctor, y en el saloncito de una piadosa familia. No fuera ella piadosa, y todavía estaría bien aquel adorno en la pared del saloncito, recordando tan sano consejo moral Siempre es cosa laudable el guardarse de murmurar y el contribuir a que otros se guarden. Si no hubiera quien escuchara al murmurador, pronto se callaría éste o cambiaría de tema. Por esto hay más de un responsable allí donde se murmura. Y ¡cuántas conversaciones hay salpicadas de murmuración!

Pocos toman en su boca al ausente tan sólo para alabarle. Muchos excitan al murmurador con indirectas, con reticencias o con preguntas indiscretas. La murmuración es un mal muy extendido, y no lleva camino de tener remedio, a no ser que cada cual refrene su lengua para no hablar mal del prójimo. Y estamos a esto obligados todos los cristianos. Fulminantemente nos lo dice el apóstol Santiago en su canónica 1,26: «Quien no refrena su lengua, no puede ser buen cristiano». La lengua desenfrenada fácilmente se desliza del chiste inocente, a la palabra picante y a la frase denigrante. ¿Quién detendrá la piedra luego de lanzada? «La lengua es un miembro pequeño que puede producir grandes trastornos. Pues la lengua es también un fuego... que inflama toda la carrera de nuestra vida y es muy difícil domarla.» (Santiago 3,5 sig).

La dificultad de tenerla a raya en lo que toca a la murmuración, estriba en la curiosidad que sentimos de
conocer y de indagar las debilidades del prójimo, y en el gustito de comunicarlas a otros, aforradas en comentarios en los que se regodea nuestra vanidad, cuando no la envidia o un rencorcillo mal disimulado. Todos hemos sentido alguna vez los deplorables efectos de este contagio que marea las almas, no menos que el aire viciado transtorna los cuerpos.

Mortificar esa nuestra aviesa propensión a cebarnos en vidas ajenas, es deber cristiano, cuyo cumplimiento sería altamente beneficioso para todos. Pruébalo, la estima en que tenemos a aquel de quien nos consta que nuestra reputación no sufrirá jamás menoscabo. Segura en todo lance estaría la buena fama del prójimo en labios cristianos, si cada cual pusiera su tantico de empeño en que no se le desmandara la lengua a decir de otros lo que no quisiera que se dijera de sí propio. Gozaríamos de un bienestar y una paz que frecuentemente vemos perturbados por la maledicencia, la murmuración y la detracción.

Murmurar es descubrir sin necesidad las faltas del prójimo. Exceptuados los casos en que el mal es público o en que hay justo motivo para manifestar faltas ajenas por razón del bien general o particular, la murmuración es manifiesta falta de caridad e injusticia muy odiosa mortal en cosa grave y venial en cosa leve.

A los murmuradores y maledicentes aborrece, Dios, según testifica el Espíritu Santo. (Ecclo 28,15.) Mejor que ocuparnos de los defectos del prójimo nos estaría recapacitar acerca de los propios para enmendarnos de ellos. Descubriríamos entonces que tenemos los mismos defectos de que solemos murmurar, o quizá mayores. Somos linces para descubrir las faltas ajenas y topos para reparar en las nuestras. «¿Con qué cara te pones, dice Jesucristo, a mirar la mota en el ojo de tu hermano si no caes
en la cuenta de la viga que está dentro del tuyo?» (Mt 7, 3.)

No todos pueden mortificarse con el ayuno corporal; pero todos podemos mortificar nuestro depravado gustito de hablar mal del prójimo. Hagámoslo con espíritu de mortificación cristiana. Lo quiere así Jesucristo quien no sólo proíbe la maledicencia aunque sea de una sola palabra (Mt 5, 22), sino que quiere curarla de raíz abriendo generosamente nuestro corazón al amor del prójimo. Nadie, en efecto, murmura de una persona querida. En verdad que nunca murmuraríamos si tuviese debida eficacia en nosotros este encargo de Jesucristo: «Amad a vuestros enemigos; haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os persiguen y calumnian para que seáis hijos imitadores de vuestro Padre Celestial, el cual hace nacer su sol para buenos y malos y llover sobre justos y pecadores. Si no amáis a los que os aman, ¿qué premio habéis de tener? ¿No hacen también eso los pecadores?» (Mt 5, 44-46)

Eco de tales enseñanzas son estas tres palabras de San Pablo: «Os conjuro que os portéis dignamente soportándoos unos a otros con caridad, solícitos en conservar la unión de los espíritus con el vínculo de la paz» (Ef 4, 1-3).

De N. P. S. Francisco nos dice San Buenaventura que «aborrecía como mordedura de serpiente el vicio de la murmuración. Oyendo a un religioso que denigraba la fama de otro, se volvió inmediatamente a su vicario y le dijo: Averigua con diligencia la verdad de este caso; y, si llegares a convencerte de que el religioso acusado es inocente, castiga ejemplarmente al acusador para escarmiento de todos.» (Leg. c. 8).

No basta ser buenos cuando estamos en la iglesia. Lo hemos de ser también en casa, en la calle, en el paseo, en los espectáculos, en las visitas. Lo hemos de ser en nuestros pensamientos, en nuestras conversaciones y en nuestras acciones. Lo hemos de ser en todo y en todas partes, porque en todo lugar está. Dios y en todo lugar y tiempo somos cristianos. ¡Cuidado, pues, con la lengua! «Es fuego, es veneno.» (Santg 3, 6 y 8)

«No hables en consideradamente ni seas fácil en proferir palabras indiscretas. Sean pocas y muy medidas tus palabras; pues quien mucho habla mucho hierra.» (Eccl 5,1-2).

Esta doctrina general tiene más estrecha aplicación en las personas de comunión frecuente. Como ha dicho muy bien una maría del sagrario, «deben ellas tener la lengua limpia de críticas y de murmuraciones para que Jesús no sienta repulsión al tocarla. Debe ser tratada la lengua como un vaso sagrado. Al poner a Jesús en ella debe estar limpia como una patena».

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

El misionero

Según expresión de S. S. Benedicto XV, «Es el obrero de la viña del Señor, en cuyas manos está principalmente, junto con la propagación de la Doctrina de Cristo, la salvación de muchas almas... Su ocupación, completamente divina y apartada de la pequeñez de humanas ocupaciones, es traer luz a los que yacen en la sombra de la muerte y abrir el camino del cielo a los que corren a su perdición».

Su Santidad Pío XI llamó a los misioneros «pregoneros de la fe y campeones de la caridad que, a través de innumerables trabajos, extienden y propagan por todas partes las fronteras del reino de Dios».

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