Índice del número 241

Enero de 1949. Director: Fr. José A. Arnau, ofm

  1. Arte sagrado. J. Mª Bayarri
    La adoración de los Magos. Arturo Fosar Bayarri
    Al Beato Juan de Ribera. Soneto. J. Mª Bayarri
    A trenc de Nadal. Poema. J. Mª Bayarri
    Jesusín que me sonríes... Poema.Fr. Bernardino Rubert, ofm
    Fr. Maximiliano Kolbe, sacerdote activo y ejemplar. Fr. Bonaventura Meseguer, ofm
    La estrella de Oriente. P.P.
    Noticias.

¡Un año más!

Cada vez que en el libro de nuestra vida se nos abre la página de un nuevo año, sentimos flotar sobre nuestro corazón la incógnita del misterio.

Sin embargo, a nosotros los cristianos, lejos de causamos inquietad y tristeza esta ley implacable a que está sometida la humanidad, debe llenarnos de santo regocijo, porque para nosotros el comienzo de cada año significa un nuevo plazo que la misericordia de Dios nos concede para borrar las manchas de nuestro historial pasado y para acrecentar los méritos con que granjeamos tesoros de vida eterna.

Podemos ganar a Dios en cada instante sucesivo de nuestra vida. Esta es la gran verdad, capaz de hacer de antemano intrínsecamente felices para nosotros todos los acontecimientos que nos sobrevengan.

Sólo hace falta para ello nuestra buena voluntad y la rectitud de nuestra intención: disposiciones éstas que, ciertamente, nos exigirán con frecuencia actitudes enérgicas y hasta a veces heroicas, pero con la gracia de Dios todo lo podemos y la esplendidez del premio que nos aguarda compensa con creces la magnitud, cualquiera que ella sea, de nuestro esfuerzo.

Esto es lo que pedimos para nosotros y lo que deseamos a los lectores y amigos de LA ACCION ANTONIANA en los albores del año 1949: que ganemos a Dios en todos y cada uno de sus minutos, y que ganando a Dios para nosotros y a nosotros para Dios, cooperemos al bienestar y a la paz del mundo, tan empobrecido y desquiciadlo, precisamente por faltar, en la inmensa mayoría de los hombres, aquella buena voluntad a la que condicionaron los ángeles el don inestimable de la paz en la noche mirífica de Belén.

Guerra en Tierra Santa

Carta del P. Ministro General de los Frailes Menores

Las tristísimas y cada día más deplorables nuevas que llegan de los sagrados lugares de Palestina nos producen una acerba solicitud. No podemos menos de mirar acongojados las guerras y odios que destruyen aquella santísima región devastada por diarias mortandades y ruinas.

Mas no siendo los dictámenes y prudencia de los hombres ni proporcionados ni bastante idóneos para dar fin a las discordias, y no habiendo remedio sino en el auxilio del cielo, pensamos que ante todo se ha de recurrir a Dios. Rogamos también que exhortéis a los alumnos de vuestras Provincias, a los hermanos de la Tercera Orden y a todos los fieles que frecuentan las iglesias a nosotros confiadas a que oren con empeño en favor de los sagrados lugares de Palestina y por la salud de nuestros hermanos que la custodian.

Roguemos al divino Redentor para que por la bondad con que siempre ha favorecido a los míseros hijos de Adán, tenga compasión de su patria que de nuevo se tiñe de abundante sangre; tenga compasión de Jerusalén, que oprimida bajo el peso de furiosa maldición, paga la pena de su gran maldad. Pidámosle que mire las ciudades y fortificaciones, los caminos y montes que le oyeron predicar la caridad ardiendo en guerra atroz; los cielos que en otro tiempo dejaron ver a los ángeles que anunciaban la paz a los hombres manchados por el polvo de las batallas.

¿A quién no le parece ver presentes a los antiguos profetas llorando a la señora de las gentes oprimida de amargura, destruida por los golpes de las máquinas bélicas y próxima a la ruina? ¿Quién no oye la voz dulcísima y llena de misericordia de Jesús que llora porque los lugares que santificó con su vida mortal están afligidos por tantos males a causa de la negligencia de las naciones cristianas que ordenan todas las cosas a su utilidad presente?

Esta nuestra carta traduce la voz del Romano Pontífice, el cual en su Encíclica «Auspicia quaedam» exhortó a los fieles cristianos a que ofreciesen a Dios oraciones y sacrificios expiatorios con el fin de alcanzar el término de la inhumana guerra.

Muy bien sabéis el amor con que amó Nuestro Seráfico Padre aquellos santísimos lugares, lo que trabajaron allí nuestros hermanos, de lo que aquella tierra bendita, defendida a costa de tanta sangre del pueblo cristiano, es merece] dora de nuestra parte. Así, pues, aunque el cielo está ofuscado por muchas y graves nubes, nada, con todo, os preocupe tanto como el asunto de Tierra Santa Siguiendo las huellas del santo Pontífice decidimos que cuanto antes se hagan públicas oraciones en nuestras iglesias un día señalado. Después, sin descuidar ninguna diligencia perseveraréis en la oración hasta que días más pros peros iluminen los Santos Lugares y los directores de las naciones tomen en consideración los derechos adquiridos por la diligente custodia de setecientos años y sean prescritos en los públicos acuerdos.

¡Ojalá que las lágrimas y palabras de los profetas nos sirviesen para enseñar, cuando las cosas permitan llegar a esto, a las naciones cristianas que tienen contraída para con Dios una gravísima obligación! ¡Ojalá que el corazón encendido por el ardor de la Divina Pasión del Seráfico Padre San Francisco fuese con el que 'compeliésemos a los fieles a que, cumpliendo a perfección la labor de los soldados cristianos, hechos un mismo ejército con nosotros, insistan con sus oraciones a Dios pidiendo que destruya Él mismo los odios, que arregle las discordias y suspendidas las mortandades y las guerras, devuelva la tan deseada paz a las tierras en que el evangelio de la caridad comenzó a propagarse.

Recibid con ánimo bien dispuesto esta nuestra solicitud, Padres muy Reverendos, considerando los males que vendrían en el caso de que al resolver la cuestión no se tuviese primeramente ante los ojos que aquellos lugares son la cuna de la religión cristiana y de toda la humanidad. A cada uno de vosotros su excelente voluntad llena de humanidad y de piedad le dirá muchas cosas que calla esta nuestra carta.

Deseándoos toda clase de bienes en cuyo feliz augurio os impartimos la bendición del Seráfico Padre en el día de la translación de su santísimo cuerpo y de la consagración de la Basílica de Asís, haciendo extensiva esta bendición a todos aquellos que trabajen con entusiasmo en esta santa labor.

Fr. Pacífico Perantoni,
Ministro General de los Frailes Menores
Roma, 25 de mayo de 1948.


Florecillas de la Seráfica Provincia de Valencia

XVII. El vigía de la Virgen

El tema de China es de palpitante actualidad. Por eso me parece bien evocar de nuevo la memoria de aquel virtuoso misionero franciscano, P. Severino González, de quien ya nos hemos ocupado más de una vez en estas «Florecillas».

Tai'yuan'fu, la capital del Vicariato, está actualmente asediada por las tropas comunistas. El P. Severino, conocedor de los planes rojos, avisó a tiempo y pudo evacuarse el seminario. Los misioneros de las aldeas pudieron escapar a la ciudad, menos los que cayeron en manos de los comunistas. En aquel Vicariato no ha quedado más que un centinela de la fe: el P. Severino. Preparó a los demás el camino, pero él ha querido quedarse entre sus cristianos y al frente del Santuario de la Virgen.

Quien conozca el celo y el arrojo del Padre podrá formarse idea de la tarea que le espera. En una carta llegada a manos del P. Gonzalo Valls, le cuenta el celoso misionero valenciano algo de lo que forma como su diario plan de trabajo. Reproducimos parte de la misma:

«Como V. R. ya estará enterado, después de volver mi última vez de Tayuanfú. los comunistas ocuparon toda esta región y hasta hoy son dueños de la situación. A mí me han tratado y tratan como amigo (aunque no me fío de ellos) y a los cristianos de por aquí, por ahora, no les tratan mal, antes les invitan a ir a la iglesia y hacer sus rezos. Todo, como comprendo, política solapada. Pero piensen ellos como quieran, yo pienso aprovechar esta circunstancia para visitar los cristianos y administrarles los sacramentos. Verdaderamente que fue la providencia divina que dispuso que no marchara yo a Siganfú y dejara esto, pues todos los sacerdotes de esta región se marcharon a la ciudad. Y puede suponer cómo he de tener listas mis largas piernas para correr de aquí para allá.

Un sábado por la tarde me llamaron para una Extremaunción. En el camino encontré unos treinta cristianos de varios pagos que subían al santuario para confesarse y pedir la lluvia y la paz, etc. Al ver que marchaba, quedaron muy contrariados, más les prometí que al día siguiente (domingo), por la mañanita volvería y les confesaría y celebraría la misa. Al llegar al pueblo del enfermo, ya me esperaban de otro para otra Extremaunción. El domingo, después de celebrar la santa misa y llevar la Comunión al enfermo, marché hacia el santuario (como había prometido), llevando de paso el Viático a otro enfermo. En el santuario oí 70 confesiones, y celebrada la misa y dada la bendición eucarística, ya eran más de las 12.

De Hung-Kutze me esperaban para otra Extremaunción. Allá fui, bajo una buena lluvia. Volví al santuario, y apenas cené, nueve y media, me llaman de Hoshangtzui, para otra Extremaunción (todos estos pagos distan del santuario unas 3 horas de camino). Para mí es esto de gran consuelo, pues me confirmo más en que el Señor vigila y atiende a sus hijitos, lo que me da más fuerzas para continuar contento y alegre entre estos comunistas, hasta que Dios disponga de otro modo. Por ahora, al santuario van poco los comunistas, pues están muy ocupados por los pueblos de abajo.»

Hasta aquí el propio P. Severino. El P. Gonzalo termina la carta en que me adjunta la página copiada, con una petición, que yo me permito hacer pública, esperando que algún amigo de las misiones le dé oídos:

«Se está preparando la primera versión china completa de la Biblia, hecha según los textos originales, cosa que desde siglos se deseaba y que el Papa Pío XI indicó como cosa urgente. De ello se ha encargado una comisión franciscana de frailes nuestros chinos y europeos. Han salido ya tres volúmenes y los trabajos están adelantados para dar cada año un volumen. Esta es una gloria que nos envidian todos. ¿No podría buscarnos alguna limosna con que sufragar los gastos de la edición?»

Fr. Joaquín Sanchis Alventosa, ofm

Santísimo nombre de Jesús

Con el nacimiento de Cristo comienza la Redención del género humano, la de la sociedad y la del individuo, todas tres solidarias.

Estas tres redenciones están divinamente personificadas en Jesús, en María y en José, que santifican estos tres primeros meses del año con sus tres festividades especiales: El Santísimo Nombre de Jesús, la Purificación de María y el Patriarca San José, el Varón justo. Los tres son Personas aparte, no con exclusión, sino como se aparta, elevándola, una lámpara para que desde la cumbre de la santidad alumbre con su resplandor y sea guía y consuelo de los que caminamos por las sombras de la muerte.

Jesús es santidad y santificación. En cuanto Dios, es manantial santo; en cuanto Hombre, es río santificador, caudaloso y fecundo, que da fertilidad a la tierra de nuestro corazón. De Él, que es gracia santificad ora, procede la gracia santificante que se nos comunica por los cauces sacramentales.
La santidad, de la que Jesús tiene la plenitud (pues no hay santidad sin Él ni fuera de Él), viene a significar, a un mismo tiempo, salud o vida perfecta y absoluta, que no menoscaba.

Las diferentes interpretaciones o significaciones que se traducen como definición de cada uno de los vocablos latinos SANCTUS y SANUS (santo y sano) tienen en el diccionario, como en un vértice, un vocablo común: PURO. Así, pues, la santidad es la salud del alma, y la salud es la santidad o perfección del cuerpo, y una y otra, la pureza del ser.

El nombre sustantivo del Hijo de Dios hecho Hombre es JESÚS; nombre propio de su divina Persona, encarnada para comunicarnos su santidad o salud por medio de la Redención. Por eso JESÚS significa SALVADOR o REDENTOR, para que recobremos la salud y santidad, es decir, la pureza que perdimos por el pecado.

En este año de 1949 coinciden consecutivas, por ser día 2 la primera dominica del año, la Circuncisión, en que se impone al Divino Infante el santísimo nombre de JESÚS, declarado o revelado distintamente por el Ángel a María á José, y la festividad del Santísimo Nombre de Jesús.

La santidad del Hijo de Dios entra en nuestro año civil santificándolo desde el día primero, y todo este mes lo llena el Santo de los Santos en las cuatro festividades primeras de su infancia: La Circuncisión, o Nacimiento para nosotros Emmanuel (o Dios con nosotros); su Santísimo Nombre; la Sagrada Familia, de la que es causa sobrenatural y natural; y la Epifanía o manifestación universal a todos los hombres, representados en los Reyes y en los Pastores.

Todos los santos lo son por Él, y forman la gran policromía reflejada de su infinita Santidad. Nuestro Padre San Francisco le refleja tanto que es llamado el «alter Christus». La humildad de su alma y de su obra, grano de mostaza en simiente y árbol frondoso en desarrollo y fecundidad, es una hiedra o un injerto en el Costado de Cristo desde el pesebre hasta la cruz, y su Tercera Orden, permanentemente primitiva por su incorruptible sencillez evangélica, es plantel y semillero de la Acción Católica.

Nuestro actual Pontífice, Pío XII, en su alocución a nuestros Terciarios, el día 20 de septiembre de 1945 manifestó la urgencia de inyectar lo franciscano en la sociedad: «Ese espíritu franciscano es el del que la sociedad humana tiene urgente necesidad, no sólo para su paz, su felicidad y su prosperidad, sino en cierto modo para su misma existencia. A vosotros, hijos e hijas de San Francisco, que vivís en el mundo, toca cooperar para hacerle resplandecer e irradiar. Es este Nuestro ferviente voto.»

Comencemos, pues, el año franciscanamente, santificándonos en JESÚS. Cooperemos con la Iglesia a esa gran reforma de la Humanidad.

F. M. Morales, T. F.

Estampas evangélicas

Circuncisión e imposición del Nombre de Jesús

"En aquel tiempo, llegado el día octavo, en que debía ser circuncidado el niño, le fue puesto por nombre Jesús, nombre que le puso el ángel antes que fuese concebido."
(Lc 2, 21)

Nacido en Belén el divino Infante; José y María dispusieron, a los ocho días, que se practicase en él la ceremonia de la circuncisión. Este precepto legal, sangriento y doloroso, "había sido dado por Yavé a Abrahán, el primer patriarca del pueblo escogido, como una señal perenne de alianza que con él contraía y como una demostración de la fe del padre de los creyentes en el Mesías Redentor.

Mas, como sea que el Salvador del mundo había de expiar nuestros pecados y había de enseñarnos a sufrir con él, no convenía que fuese eximido de la reputación de pecador y que dejase de aceptar una pena que era símbolo de la muerte merecida por el pecado. Derramaría entonces las primeras gotas de su sangre, las primicias de aquella sangre preciosa que, en el ara del Calvario, sería ofrecida toda entera por la salvación de la humanidad.

La ejecución de este rito no era cosa reservada a los sacerdotes y a los levitas. Por tratarse de un rito tan corriente y necesario, todos los israelitas, aun las mujeres, podían practicarlo. Mas, como era una operación muy delicada, solía encargarse de ello una persona experta llamada Mohel o circuncisor. Con una piedra de corte finísimo y en presencia de diez testigos, la ejecutaba en el seno de la familia o, muy de mañana, en las sinagogas. Era un día de gran gozo para todos los familiares, pues los asistentes, con grandes transportes de alegría, alababan al Señor Dios de Israel por haberse dignado introducir aquel niño en la alianza contraída con Abrahán, al ser ése constituido Cabeza de aquella nación, que había de ser la depositaría de las divinas promesas.

La circuncisión no era, pues, propiamente una señal de pecado, sino, como dice el Apóstol, una señal de la justicia de la fe, es decir, de la confianza que tenía Abrahán en las promesas hechas por Dios. El divino Infante, al aceptarla, contraída la obligación de la observancia de la Ley y quitaba a los judíos toda ocasión de rehusar su doctrina. Además, significaba en él, el cumplimiento de la antigua afianza, según la cual, la bendición divina, después de haber germinado en Israel, había de derramarse por toda la Tierra.

Y así como a Abrahán le fue dado un nombre, al serle intimada esta ordenación divina, de la misma manera existía entre los hebreos la costumbre de imponer un nombre al niño. La elección de este nombre estaba reservada a su padre; pero al tratarse de Juan Bautista, el Precursor del Mesías, y, sobre todo, al tratarse del divino Niño, el Redentor del mundo, el nombre no había de ser impuesto por ningún hombre de la tierra, sino por consejo de Dios. Había de ser un nombre todo él celestial, que designase la naturaleza y la misión del circuncidado, que revelase su oficio de Redentor. Por esto le fue impuesto el nombre de JESÚS, que contiene la suavidad, la fortaleza y las maravillas de todos los demás nombres, pues quiere decir Salvador. Así lo había dicho el ángel del Señor a José, antes de que el Niño naciese: Le llamarás Jesús, esto es, Salvador, porque él será quien salvará a su pueblo. de todos sus pecados.

Desde entonces, como pregonaba el príncipe de los Apóstoles, no ha sido dado debajo del cielo otro nombre a los hombres, en el cual convenga que todos nos salvemos.

* * *

Jesús en la circuncisión nos da un ejemplo alentador de amor a la Ley y a la obediencia. Él, al tomar las apariencias de pecador, se somete espontáneamente a la circuncisión legal, para indicarnos la necesidad de la circuncisión del corazón. Se somete gustosamente a un precepto de la ley humillante y difícil de cumplir, sin estar obligado a ello en manera alguna, mientras nosotros somos refractarios en cumplirla en cosas fáciles y en las cuales tenemos una obligación estricta. Y téngase en cuenta que la infracción grave de la Ley acarrea el pecado mortal al alma, y el cristiano ha de mostrarse dispuesto a perderlo todo antes que perder a Dios, por una falta mortal. Por esto, el ejemplo de Jesús ha de darnos alientos para hacer renacer en nosotros el espíritu de sacrificio necesario para cumplir la ley y para que la cumplamos gustosamente, aunque se trate de algún precepto humillante, pues la circuncisión del corazón, la penitencia rigurosa es, para el pecador, el camino más recto para llegar a Dios.

¡Qué ejemplo el de una Madre santísima y el de un padre adoptivo, al permitir que su hijo sufra por cumplir la voluntad de Dios! Pensemos en ello y, si alguna vez nos encontramos en el duro trance de ver padecer a los que más queremos, acordémonos de María y de José y ofrezcamos el sacrificio de nuestro dolor al buen Jesús, sin quejarnos y, sobre todo, sin enojarnos contra los designios de la Providencia. Y, si en alguna ocasión, a causa de nuestro cargo de padres, de maestros, de superiores, acontece que seamos nosotros los que hayamos de dar pena a los amados de nuestro corazón, no dudemos en cumplir nuestro deber, que es la voluntad de Dios, y estemos seguros de que nuestro sacrificio subirá en olor de suavidad, en unión del de María Santísima y del glorioso Patriarca, los cuales nos dieron de ello tan heroico y elevadísimo ejemplo.

Empero, lo más trascendental en este evangelio es la imposición al divino Niño del nombre de JESÚS. Su grandeza es inconmensurable, su excelencia, infinita. Es un nombre todo divino, pues nació del cielo, de la Trinidad beatísima, y fue revelado a la tierra por el mensaje de un ángel. Es de una majestad infinita, pues, al pronunciarse este nombre, caen de rodillas los cielos, la tierra y los abismos. Como también es de un poder y de una eficacia tan ilimitada, que no existe otro nombre en el cual podamos salvarnos.

Sea, pues, el nombre de Jesús «el grito de triunfo de nuestras alegrías, el quejido de nuestra añoranza, la dulzura de nuestro hablar, la alegría de nuestro vivir y nuestro consuelo al morir».

Pedro Ginebra Espona, Pbro
Licenciado en Sagrada Escritura

Leyenda de las margaritas

Cuando los Reyes Magos llegaron a Belén para adorar al Niño Jesús, algunos pastores, no teniendo qué ofrecerle, juntaron algunas flores del campo para presentarlas al recién nacido; pero, cuando vieron los ricos presentes de los Reyes, llenos de tristeza, se dijeron: Junto a esos ricos presentes de oro y plata, ¿de qué servirán nuestras flores? ¡El Niño no se dignará ni siquiera mirarlas!

Mas, cuando al fin se presentaron los pastores, el divino Niño, retirando con sus manecitas los ricos dones que tenía delante, tomó de entre las flores que le presentaban, una margarita de los campos, y llevándola a los labios, le dio un beso.

Desde entonces las margaritas, que eran enteramente blancas, tomaron un color de aurora y en su centro llevan un rayo de oro caído de los divinos labios.

La modestia es la preferida de las virtudes

Epifanía

I.—Llamamiento de la estrella

De los ojos dulcísimos del Niño
que en Belén de María al mundo nace
se desprende la mágica centella
por cuyo fuego se ilumina y arde
la Estrella misteriosa
que transmite al Oriente su mensaje...

En la luz de esa Estrella resplandecen
misterios y dulzuras inefables...
Se embelesan los ojos que la miran
y a las almas atrae
con fuerza irresistible,
como el imán mejor de los imanes...
¡Estrella de Jesús, divina Estrella,
quién pudiera en tus llamas abrasarse!...

¡Estrella de Jesús, divina Estrella,
quién pudiera en tus llamas abrasarse!...

Los Magos del Oriente,
señores buenos, poderosos, graves,
dirigen sus atónitas miradas
a los altos espacios siderales,
y al contemplar el brillo de esa Estrella,
entre el fulgor de espléndidos celajes,
se aprestan a seguirla,
sintiendo que les corre por la sangre
una chispa de fuego que convierte
sus pechos en volcanes
de purísimo amor hacia el Mesías,
que les llama con voz tan admirable...

II.—Viaje de los Magos

Abrasados y atraídos
por el fulgor de la Estrella,
con amor grande los Magos
de joyas sus cofres llenan,
y largo viaje emprenden,
del cual Belén es la meta,
con el cortejo que exige
su poder y su riqueza...

En la penosa jornada
los vientos fríos arrecian;
quizás la escarcha y la nieve
doquier a su paso encuentran;
del cansancio y la fatiga
una y otra vez son presa,
mas sus ojos, anhelantes,
miran de nuevo la Estrella,
cuya luz les da a sus almas
aliento, vigor y fuerzas...

Caminando, caminando
a la ciudad santa llegan
de Jerusalén, que toda
se conmueve a su presencia.
¡Qué lujosa caravana
la que, atónitos, con templan
los ciudadanos que viven
en la gran ciudad aquella!...

Los Magos al rey Herodes,
muy corteses cumplimentan,
y con el alma en los labios
le preguntan: «¿Do se encuentra
el recién nacido, Rey
de los judíos?... Su Estrella
hemos visto en el Oriente

y venimos con ofrendas
a adorarle...» Aquel tirano,
herida su alma pequeña
de envidia, llama en consulta
con la mayor diligencia
a sacerdotes y escribas,
doctos en Sagradas Letras,
quienes le dicen, acordes,
que la voz de los profetas
señala a Belén cual patria
del Mesías que se espera...

Entonces con gran secreto
Herodes a su presencia
llama a los Magos, y astuto,
deseos grandes les muestra
de adorar aquel Niñito
a quien ellos tanto anhelan...
Les dice que a Belén vayan
y a su regreso, les ruega
le den noticias del Niño,
para que también él pueda
ir a adorarle... ¡Malvado!,
¡cuán otra cosa tú intentas!.

Cuando salen del palacio
de Herodes, los Magos tiemblan
de gozo, porque de nuevo
sobre sus frentes serenas
ven los mágicos fulgores
de su clarísima Estrella,
y guiados por su brillo,
a Belén ansiosos llegan,
sin dejar de contemplarla,
ni más de vista perderla...

III. Adoración y ofrenda

Imantan a la Estrella misteriosa
los plácidos ojuelos del Dios-Niño,
y el astro aquel concentra sus fulgores
sobre la casa que le presta abrigo...
El cielo está encerrado
en la humilde mansión... ¡Oh qué prodigio!...

Los Magos son señores poderosos,
ilustres, sabios, nobles y muy ricos,
a pesar de lo cual su fe mantienen
y no desdeñan penetrar, sumisos,
en aquella casita limpia y pobre,
palacio señorial del Rey divino,
delicia, encanto y gloria de los cielos,
tesoro de los siglos....
y encuentran en los brazos de María
al tierno y dulce Niño,
a quien adoran con amor sublime
y con inmenso y santo regocijo...

Delante del gran Rey de cielo y tierra
y de la Virgen, bella como un lirio,
y del santo José, que embelesado,
del amor de los dos está cautivo,
los Magos ajaren sus tesoros regios
y a Jesús los ofrecen, complacidos:
Incienso, como a Dios. En él adoran
a su Padre y Señor, cual buenos hijos...

Como a Rey de los pueblos y naciones
le brindan al Señor oro purísimo,
y a su reinado universal proclaman,
a la faz de las gentes y los siglos...
Y le ofrecen también amarga mirra
señal de sacrificio,
como a Hombre mortal, con cuya Sangre
a todos luego habrá de redimirnos...

El buen Jesús les mira con aquellos
sus ojos, como perlas, dulces, lindos,
y de su tierno Corazón le brota
de amor un dardo fino,
que a los Magos traspasa y les convierte
en siervos suyos fieles y escogidos...
La Virgen les pronuncia unas palabras
de gratitud, cual nunca las han dicho
los labios de los hombres...
Y San José, de paz y gozo henchido,
despide con abrazos fraternales
a quienes de su afecto son tan dignos...

En sueño placentero y apacible
a los Magos el cielo les da aviso
que no regresen al infame Herodes...
y por otros caminos
vuelven ellos, alegres, a sus patrias,
paladeando su feliz destino...

Jesús Galbis

«Quien mucho habla, mucho yerra»

Lo anteriormente dicho acerca de la murmuración y de la mentira nos lleva como de la mano a decir algo sobre el cuidado que debemos tener de la lengua para que se mantenga, al hablar, dentro de los límites de la discreción y de la prudencia.

Pequeña y sin hueso, es la lengua ágil en sus movimientos; no siempre ordenados ni santos. «En el mucho hablar no faltará pecado», nos advierte el Espíritu Santo (Prov 10. 19). Por esto es saludable ejercicio de mortificación Cristiana el detenerse unos momentos antes de hablar, reflexionando acerca dé lo que vamos a decir. Se evitan con esto imprudencias y ligerezas que luego lamentamos. A más llega la precaución cristiana de almas sinceramente virtuosas: no sólo meditan lo que han de decir y el modo más prudente de decirlo, sino que encomiendan el buen suceso de sus palabras a la Sma. Virgen rezándole un Ave María antes de hablar. San Alfonso confiaba mucho en el feliz éxito de las palabras que van como encerradas entre dos Avemarías. Tenía él la buena costumbre de rezarlas y la recomendaba a otros.

Suponemos con razón que los devotos de San Francisco y de San Antonio que nos lean son buenos cristianos a carta cabal, que jamás han manchado soezmente con su palabra el santo nombre de Dios, ni han proferido perjurios, maldiciones, calumnias, chismes, ni han tenido siquiera conversaciones frívolas, con pérdida de tiempo y con descuido del propio deber. Aun siendo así. ¿quién puede asegurar que no ha pecado con la lengua? «Muchas veces hemos faltado todos con ella», dice el Apóstol Santiago en su carta, y convencido de la dificultad de hablar con mesura y prudencia, añade a renglón seguido; «Si alguno no tropieza en sus palabras, puede asegurarse de él que es varón perfecto y que puede tener a raya todas sus pasiones.» Y continúa insistiendo en este pensamiento y declarándolo con expresivos símiles: «A la manera que con un pequeño freno en la boca del caballo se le domina y conduce a voluntad, y con un pequeño timón se guía una nave, así la lengua, siendo ella pequeña. puede ser origen de cosas de gran bulto. Una chispa puede incendiar un bosque. Una lengua sin freno contamina todo el cuerpo e inficiona toda nuestra vida. El hecho es que más fácilmente doma el hombre los animales fieros que su propia lengua, y ¡cuidado con los estragos que una lengua no domada puede ocasionar!» (Sant 3, 2-8).

De acuerdo con estas enseñanzas, nos dice San Pedro en su primera carta. 3, 10: «El que quiera vivir días dichosos, refrene su lengua del mal y sus labios no se desplieguen a favor de la falsedad.»

David cantaba en el salmo 38: «Pondré exquisito cuidado en no faltar con mi lengua.» Y no fiándose de sí propio, añadía esta sentida súplica en el 140: «Pon, Señor, custodia a mi boca y una puerta a mis labios que herméticamente los cierre, y no permitas que mi corazón se deslice en palabras maliciosas.»
La Iglesia, maestra de oración y de buenas costumbres, exhorta a sus sacerdotes cada día, a la hora de la salida del sol, a que supliquen al Señor los libré de pecar en aquel día, y para ello, que ante todo modere su lengua, frenándola. a fin de que no promueva contiendas, altercados ni litigios.

Excelente medio para domar la lengua y tenerla a raya sin que al hablar falte a la prudencia, a la justicia ni a la caridad, es el guardar algún ratito de silencio. Guardar silencio es callar cuando la necesidad o la conveniencia no nos piden que hablemos. Así practicado el silencio, es una virtud que participa algo de la prudencia y algo de la fortaleza de ánimo. Si se guarda silencio por fines humanos será virtud natural; si por agradar a Dios e imitar a Jesucristo, será virtud sobrenatural.

A Jesús le acusaron y calumniaron en las tristes horas de su pasión, y frente a las imposturas de sus enemigos, Jesús guardaba, silencio. Ni siquiera invitado por el Sumo Sacerdote a sincerarse quiso Jesús desplegar sus labios. Permaneció como hasta entonces en, augusto silencio. (Mt 26, 63 y Mc 14, 61). Por honrar este silencio de Jesús se mantenían en silencio largas horas Santa Margarita María, fray Junípero, el célebre compañero de N. P. S. Francisco, y muchos santos.

Los maestros de da vida espiritual recomiendan encarecidamente el silencio como disposición necesaria para hacer bien la oración. Conocida es la importaría grande que para el fruto de los ejercicios espirituales concede al silencio exterior e interior el gran psicólogo práctico San Ignacio.

Los educadores de niños y los forjadores de caracteres conceden no pequeña importancia al esfuerzo de voluntad que sujeta la lengua y la hace guardar un rato de silencio. Recordemos los cinco minutos de absoluto y solemne silencio que los norteamericanos han impuesto repetidas veces a las masas en conmemoración de algún notable suceso. Algo de imponente tiene siempre y en todas partes el silencio. San Juan nos dice en el Apocalipsis que. luego de ser abierto el séptimo sello, «se siguió un silencio en el cielo cosa de media hora» (Ap 8, 1). En el cielo de las almas también se producen ratos de silencio. No. así en el mundo, donde se alborota con exceso y se charla en demasía. La gente charla, a toda hora y los altavoces y bocinas y timbres no cesan de meter ruido, ni en las altas horas de la noche, con detrimento de la sólida formación científica, de la salud, de la firmeza del carácter, de la reflexión meditativa y de la atención que debemos prestar a nuestro mundo interior, ese mundo del espíritu en el que mora Jesús por la gracia que nos infundió en el bautismo y donde enseña trascendentales verdades a las almas que saben guardar silencio para escucharle y entenderle.

Alma que frecuenta el trato con Jesús, gusta pronto de permanecer en silencio. Alma que quiere comenzar a tratar con Jesús, va suprimiendo instintivamente conversaciones inútiles y palabras superfluas. «Quien habla mucho con los hombres, decía San José de Calasanz, habla poco con Dios y Dios habla poco con él.»

A este tenor van la práctica y los consejos de los santos. A sus frailes dice el P. S. Francisco, en el capítulo 3 de su regla: «Cuando van por el mundo no litiguen ni contiendan con palabras ni juzguen a otros; mas sean benignos.... y hablen honestamente a todos según conviene.»

Para ir de viaje les daba estos consejos: «Procurad que no salgan de vuestros labios palabras vanas ni ociosas, y cuidad de que vuestra conversación sea tan moderada y prudente como si estuvierais en la celda.» (Espejo de perfección c. 65).

A sus amados Terciarios les dice en la regla primitiva, c. 13: «En sus conversaciones evitarán todo juramento, y si alguno profieren inadvertidamente, rezarán tres Padrenuestros en penitencia».

Para todos escribió estos prudentes avisos: «Bienaventurado el que no es precipitado en el hablar, sino que medita con mucha prudencia lo que debe decir y responder. Bienaventurado el que no tiene propensión a excusarse y sufre con humildad afrentas y represensiones por la falta en que no tuvo culpa.» (Avisos 22 y 23).

¿Acaso no necesitaremos nosotros atenernos a estas enseñanzas como lo necesitaron los que vivieron en compañía de los santos? Lo necesitamos, seguramente, más que ellos. Quien no mira donde pone su pie, fácilmente resbala, y quien no mira donde pone su lengua, por maravilla dejará de incurrir en palabras censurables.

El hombre prudente sabe callar. El locuaz y vocinglero, a sí propio hace daño, asegura el Eclesiastés, y lo repite el saber popular español cuando dice: «Quien mucho habla, mucho yerra.»

Fr. Luis Mestre Ferrer, ofm

Páginas de historia franciscana

«Al paso de unas reliquias»

Una noche, hallándose en oración, Domingo de Guzmán vio a la Santísima Virgen que presentaba ¡Si Señor dos hombres que podían salvar a la humanidad. En uno se reconoció a sí mismo... Y al levantarse se halló a Francisco de Asís, a quien no conocía; y le abrazó. Domingo había reconocido en él al otro hombre de la visión profética.

Desde aquel abrazo de los dos patriarcas, que unieron espiritualmente a sus órdenes, el aire de la Historia soplaría en la rosa de los vientos, entre los puntos cardinales que marcaron el italiano y el español.

Y el abrazo fue así: Francisco y Domingo, Italia y España. Unas veces fueron sus mismos hijos los que estrecharon aquel su abrazo, y otras, simplemente italianos que vinieron a España o españoles que fueron a Italia. Pero no, la historia no es simple. El cielo le dio su destino; un destino que me recuerda, ahora, el paso de unas reliquias.

En aquella hora superespañola de la contrarreforma, precisamente en el año en que moría un santo español, que marchó a Italia y fue terciario franciscano, San Ignacio de Loyola, nacía en España otro santo, que un día, llevado de una voz interior — ¡Ve a Roma, ve a Roma!—, marcaría su viento entre los cardinales de Francisco y de Domingo. El santo se llamaría José, de la casa de los Calasanz y Gastón.

Porque los hechos lo dicen. Siguen a los Patriarcas, Antonio de Padua, Bernardino de Sena, etc., y en ese continuo abrazarse, de ir y venir, José de Calasanz, el español aragonés —ya en Italia— sale de Roma peregrino a Asís, para ganar el Jubileo de la Porciúncula. Años antes, en dicha solemnidad, había ido ya y con gran consuelo para su alma se le había aparecido San Francisco, que «le enseñó y le animó» a ganar la preciosa indulgencia. Era éste el año 1597, cuando se le volvió a aparecer el
santo de su gran devoción, acompañado de tres celestiales vírgenes. ¡Y qué lejos estaba aquella mañana de marzo en el palacio del Cardenal Giustíniani! San Francisco le alargó tres anillos riquísimos, mandándole amorosamente se desposase con ellos. Obedeció José, y ellos fueron los tres votos simples que emitiría al formar su orden en aquella mañana dicha y que le había ofrecido el día del jubileo el Seráfico Padre: La Pobreza, la Castidad y la Obediencia.

Se iba a marchitar su vida cuando aún volvería a ser esa fecha franciscana del 2 de agosto, abrazado por aquella alma santa y española. Goya nos la ha legado en un estupendo lienzo: «La última comunión.» Fue el año 1648. Dios le deparó ese regalo para salir de este mundo.

El destino de nuestro gran santo habían sido los niños. Un día al salir del Palacio del Cardenal Colonna, el cual le hospedaba —feliz designación— en la celda del que fue Cardenal Borromeo, San Carlos, terciario nuestro, también, el abandono de tanto niño engolfado en las calles romanas determinó su vocación: crear escuelas populares píamente. Y se le llamó el Santo de los niños.

Estos días la prensa titula una reseña así: «El Ángel de los niños.» ¿Será del Santo? Pues, no. Es un avión italiano que marcha a América a recaudar fondos para los 50.000 niños italianos mutilados de guerra. Sus dos pilotos confían su protección en una reliquia de San Francisco que les acompaña. ¿Verdad. que se siente enlazarse las almas? ¡Cómo se hermanan los santos!

En este mes vendrán sus reliquias a Valencia, en conmemoración del centenario. Su paso por el barrio que ha tomado el nombre de sus Escuelas ha inspirado, a este su ex alumno, el abrazo históricamente simbólico que se estrechó en aquel sueño profético de una noche italiana.

Salvador Piera