Índice del número 268

Abril de 1951. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

Icono: Bto Juan de Cetina, mártir. Vidriera de la iglesia de San Francisco de Teruel

Hora de acción y apostolado

Basta echar urna mirada sobre el campo social para convencerse de todo el mal que aqueja a las almas y a las diversas clases.

Los errores más crasos han entenebrecido los cerebros y han desorientado las conciencias. El egoísmo de los corazones ha creado distancias entre los que sufren y los que ríen, entre los que padecen y los que gozan, entre los pobres y entre los ricos. La desorientación más angustiosa se ha adueñado de los espíritus. Se ignora el origen y el destino humano; se prescinde del más allá; y una corriente anticristiana y antinatural socava los cimientos de la civilización misma.

¡Cuánta orientación que sembrar, cuántos errores que desvirtuar, cuántos males e injusticias que remediar!

El campo social necesita un diluvio de bondad y de amor.

Sin embargo, faltan corazones resueltos, desinteresados, cristianos, que se abran en una pródiga floración de luz y de bien.

¿Por qué no te decides a ser tú, amado lector, una de esas almas, toda luz y toda caridad, toda virtud y toda bondad, que aporte su acción y su influencia a la restauración social, aunque no fuera más que en una limitada y circunscrita irradiación de bien?

No titubees. La religión y la sociedad te piden que despiertes a la cruel realidad que nos tortura. Hay mucho bien que hacer, y no es posible cruzarse de brazos, guiado por una indiferencia y un egoísmo que degradan. Es la hora de la acción y es la hora del apostolado.

Florecillas Franciscanas

Fray Ezequiel Mampel

Era pastor, no mercenario, sino pastor de rebaño propio, es decir, de su padre, campesino acomodado. Pero al jovenzuelo gustábale más pintarrajear paredes y papeles, que velar tras el ganado, ya en campo abierto, ya en las cumbres de los montes, ya en la hondura de los valles. Era más bien alto, delgado, de fino perfil; blanco de tez, ademán suave y miradas dulces. En su pecho latía un corazón virginal, predispuesto a las impresiones religiosas y a las impresiones estéticas. Para todo lo bueno y para todo lo bello tenía siempre abiertas las ventanas de los sentidos, y las tenía cerradas para toda tiniebla de lo malo y de lo feo.

Quien le conocía y le trataba, enamorábase de sus prendas amables: de su sencillez, de su candor, de sus costumbres inocentes y de su gracia noble. ¡Qué capullo semiabierto para recibir ventajosamente los influjos misteriosos de la bondad divina y de la belleza espiritual! Así fue.

Un señor valenciano, influyente y rico, visitaba con alguna frecuencia el hogar de nuestro muchacho, Como suele decirse, le había entrado por el ojo derecho, y llegado que había, preguntaba por él a sus padres: —¿Dónde está el mozo?— Su padre contestó una vez: —Arriba lo tenemos; se le ha metido en la cabeza la idea de ser pintor. Colores y pinceles no tiene, pero no le faltan paredes y carbones. S¡quiere verlo, subamos.

Y en efecto, subieron silenciosamente y, por una mirilla, le vieron afanado dibujando batallas. El niño pacífico y armónico, incapaz de hollar conscientemente una hormiguita, n¡de maltratar un pajarillo, n¡de pisar una flor, pintaba luchas y batallas. El padre dijo a su amigo: —Ahí lo tiene: está en sus delicias—. El amigo contestó modestamente:

—Yo no entiendo nada de dibujo n¡de pintura, pero me parece a mí que el chico promete. Yo le llevaré a Valencia, y que. estudie, que aprenda. ¿Quién sabe s¡será algún nuevo Juan de Juanes o algún otro Ribera que Dios nos envía?

...Y se lo llevó a la capital, insigne y gloriosa en Ciencias, Letras y Artes. ¿Que fue. del cordero de ojos mansos, de manos hábiles y de corazón incontaminado? Maduro grano de trigo, cayó en buena tierra, en tierra feraz: en un hogar donde moraba un corazón cristiano y una mente artística,. don Damián Pastor, hombre genuinamente piadoso escultor religioso auténtico, el primer imaginero de su tiempo en la región valenciana, Y el grano dio su fruto ubérrimo: el ciento por uno.

Don Damián Pastor descubrió en el joven las prendas morales y artísticas que poseía en superabundancia, y quiso que fuese, no pintor, sino escultor; pues así, su propia casa y. su estudio serían escuela y academia del doncel. Le trató, no como a operario de su taller, n¡como discípulo, sino como hijo. Del joven inocente que puso Dios en sus manos, hizo él una imagen de sí mismo: un buen cristiano y un buen escultor: una escultura religiosa, pero viva.

El plan de vida del recién llegado, era bien sencillo: del taller, al templo de Dios; del templo de Dios, al taller. Y vuelta a empezar. N¡paseaba por calles n¡alamedas; n¡acudía a ningún espectáculo público n¡privado; n¡perdía el tiempo entre amigos desocupados y triviales; n¡ocupaba su mente y su corazón, sino en el trabajo de labrar la imagen de su alma, perfeccionándola de día en día, y en aprovechar las lecciones teóricas y prácticas que le daba su maestro, lecciones de virtud y lecciones de Arte. Damián Pastor era un artista santo, y forjaba otro artista santo, en Ezequiel, una escultura hecha a su imagen y semejanza.

Por disposición del padre, que se complacía en ello, el discípulo familiar acompañaba a la hija cuando ésta salía de casa, cuando iba al colegio o bien, a veces, cuando se dirigía a la Iglesia para satisfacer sus deseos piadosos. Pero Ezequiel tenía un corazón saturado y cercado de virtudes, y no quería más posesión que la de Dios. No hacían mella en su espíritu las cosas de la Tierra, sino las del cielo.

Resuelto en su interior, . un buen día hizo la declaración a don Damián: —Estoy determinado a ingresar en la Orden franciscana. Mañana, con su bendición, saldré para Santo Espíritu del Monte, donde Dios y San Francisco me esperan. Don Damián, sorprendido, le contestó: —¿Qué dices? ¡Yo creía que te había caído en gracia m¡hija! ¡Tan contento que yo estaba! iY los años que vives con nosotros, trabajando en el taller! Y yo no te he dado sueldo ninguno! ¿Cómo te pagaré ahora?...

Ezequiel, con el rostro velado por el rubor y con voz dulce y cariñosa, le respondió: —Es la voluntad de Dios, y es m¡deseo. Agradezco cuantos beneficios he recibido en esta casa, y no podré olvidarla durante toda m¡vida. En cuanto al sueldo material, no tiene por qué preocuparse estoy pagado con creces.

Y, con su bendición, gozoso, libre y anhelante, corro quien ha encontrado a la amada de su corazón, partió para el convento franciscano de Santo Espíritu del Monte, mansión de virtud, de paz y de alegría espiritual. Hablase repetido el caso delicioso y emocionante de San Juan de Dios, cuando, en ocasión parecida, salió de la casa de su patrono para seguir su instinto y vocación divina, impidiendo así que le atasen el alma y coartasen los vuelos de su espíritu los bienes y los mentidos halagos de la Tierra.

En vida y en muerte gozó de la envidiable fama de santo. Yo conviví con él en Santo Espíritu del Monte, y doy testimonio de la verdad; y m¡testimonio es verdadero. Hasta fu¡confesor suyo. Su ocupación, jamás interrumpida, fue: hacerse santo, labrar cuidadosa y refinadamente la escultura de su alma, y tallar imágenes. Fueron notables, entre otras, la Sagrada Familia para el Altar mayor del Convento de Pego (Alicante), y San Francisco, para la capilla de la comunión del colegio de Onteniente (Valencia). Manejaba la gubia, cas¡absorto, como s¡manejase un instrumento sagrado. Yo le v¡trabajar su última obra, un San Francisco.

En 1936 los Rojos acabaron con ellas. Su discípulo, Sr. Juan Bautista Ros, conserva como reliquia, un pequeño dibujo, boceto de la Sagrada Familia, así como una carta breve.

En Santo Espíritu del Monte, lugar santo, delicia de las almas, todavía se percibe, intensamente la fragancia de aquella flor espléndida, ornato del claustro en vida, y ornato del cielo en muerte: Fray Ezequiel Mampel. Su maestro, el piadoso Damián Pastor, solía decir: —Yo creo que no ha perdido, nunca la Gracia bautismal.

Fr. Juan Bta. Gomis, ofm

Pascua de Resurrección

De los campanarios
soltóse una inmensa, limpia carcajada.
El sol aquél día, surgía emblemático
como haciendo palmas,
remedando a un corro de graciosas niñas
que «Aleluya» siempre, con fuerza cantaban.

Un viejo cuclillo, que dormir quería
rezongó irritado, dejando las ramas;
mas al oír el aire, diciendo «A ll el u la»,
se unió al casto coro, y en la algazara
—psalmodia y plegaria— su voz hueca, fea
tornóse más grata,
¡cual s¡la supiera!, y fue más alegre
que las alegres «Pascuas».

Y era, si, la Pascua de Resurrección,
—desquite glorioso, sublime venganza,
milagro de Cristo, vertical subida,
del cuerpo tundido victoria lograda—.

Y eso lo entendía, lo vio el cuclillo
...del corro de niñas, su única cantata
de aquel viejo y nuevo, alegre "Aleluya"...
...del sol, las palmadas...
y las carcajadas, del bronce sonoro
desde las campanas.

Fr. David Cervera

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