Índice del número 278

Febrero de 1952. Año 26. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

El gran dilema de la sociedad moderna

Refiriéndose Nuestro Santísimo Padre el Papa Pío XII a los abrumadores problemas sociales del presente, ha dicho que, o se resuelven con un sentido equitativo y cristiano, o el mundo se verá muy pronto, no en las tensiones de la "guerra fría", sino en los horrores de la "guerra que arde".

A medida que avanzan los progresos de la técnica, se va ahondando también entre los hombres esa desigualdad trágica y lacerante que existe entre los que todo lo despilfarran y los miles de infelices, reducidos por la pobreza y miseria, según las palabras del Papa, a una condición de vida Indigna de seres humanos.

Ya en los primeros albores de al Iglesia, se alzaba la voz encendida y vibrante de San Pablo, para apostrofar a aquellos que profanaban la Casa de Dios, yendo a ella a hartarse, mientras otros no tenían qué comer...

Eco de aquel clamor del gran adalid de Jesucristo es la obra que adelanta entre nosotros nuestro amadísimo Prelado, atento siempre a mejorar las condiciones de vida de los obreros y campesinos, a proteger los intereses de los humildes, a demostrar, en fin, con obras, que el Evangelio puede dar, y de hecho da, por los caminos de la Justicia y del Amor, lo que jamás le dieron a la humanidad los corifeos del materialismo ateo, por las vías del odio y la violencia.

Los católicos sabemos que el comunismo es intrínsecamente perverso, según sentencia fulminante del gran Pontífice Pío XI, y por ende, nunca podremos compartir sus métodos de iniquidad, para desarticular lo poco que queda en pie de lo que pudiéramos llamar el Orden Social.

Pero ante el avance apocalíptico de las fuerzas del Mal tampoco podemos permanecer cruzados de brazos, con peligro de ¡ser arrollados por ese torbellino de Satanás, sino que emulando y superando la actividad nefasta de los hijos de las tinieblas, hemos de unirnos para resolver en cristiano el gran dilema social que agobia al mundo, a fin de que brille y se afiance en él aquella paz que constituye el máximo anhelo del corazón del Vicario de Jesucristo, [aquella paz que el Papa lleva esculpida con letras de oro en su escudo de armas: la Paz que es obra de la Justicia.

Nuestro apostolado en Argentina

Como anunció LA ACCION ANTONIANA, el día 24 de noviembre, con dos Padres jóvenes, salí del aeródromo de Barajas en dirección a la Argentina. Realicé allí la visita canónica de nuestra Comisaría de San Antonio; y el día 10 de enero tomaba de nuevo tierra en Barajas. Miles de kilómetros recorridos en pocas semanas. Impresiones múltiples y rápidas. Nada de extraño, por lo mismo, que más de un amigo y algunos religiosos me hayan sugerido la idea de escribir un relato del viaje. A decir verdad, para algo así me falta el tiempo y el humor. Pero lo que me parece muy justo es dar a conocer al público franciscano la labor que la Provincia Seráfica de Valencia realiza en las tierras argentinas. Y para esto sabré hallar tiempo. Es lo que se proponen estos artículos.

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Visita del P. Joaquín Sanchis, Min prov siendo el P. Joaquín Ribes Custodio. 1950.
En la primera fila los Hnos ___, Joaquín Sanchis, Joaquín Ribes y ___.
En la segunda fila, Hnos ___, Javier Pons, Fidel Presa y ___.

I. La presencia de España en la ruta transoceánica.

Los antiguos misioneros ocupaban la mitad de su tiempo en viajes. El Arzobispo de Bostra, tan conocido de la Valencia franciscana, contaba que el último año de Teología lo cursó a bordo del vapor que le condujo de España a su misión de Filipinas. ¡Todo un curso teológico hecho en un viaje!

Los progresos científicos de nuestro siglo han cortado las distancias. El avión de la Compañía "Iberia" que despega de Barajas los sábados a las nueve de la mañana, te deja en Buenos Aires al día siguiente a las seis de la tarde.

Por eso subimos al avión con la impresión de quien iba a hacer un viaje no más que de unos cientos de kilómetros. Y las horas se hicieron cortas, merced a las atenciones y buen servicio de la Compañía. Y en la altura de 2.500 metros a que volaba el avión, nos creíamos tan estables y seguros como en tierra firme, gracias a la destreza de los pilotos españoles, que tan merecidamente se han conquistado un nombre en el mundo.

Una hora larga duró la travesía de la Península. Después volábamos sobre él Atlántico. Pronto divisamos a nuestra izquierda las Canarias. Rápidamente nos fuimos alejando luego de tierras españolas. Pero no; porque nuestro avión mismo era un pedazo de España. Un pedazo de España, no sólo porque el cuatrimotor se adorna con la bandera española, y transporta pasajeros en su mayoría españoles, y en su interior se respira, se habla y se lee español, sino más aun porque "Iberia" marca doquiera la presencia de España, la España que, si no puede asombrar al mundo por su potencia económica, le subyuga por su contenido espiritual. Un rasgo de esta presencia de España se hizo patente al llegar a Natal.

Era la una y media de la madrugada. Domingo. La voz del mayordomo nos despertó, avisando que terminábamos de dar el salto sobre el Atlántico, al propio tiempo que anunciaba que el día del Señor sería santificado al pisar tierra americana con la celebración de la santa Misa. Con el natural regocijo nos dispusimos á poner pie en tierra firme. Y al descender del avión, vimos un salón del aeródromo convertido en capilla provisional, y a un sacerdote, ya revestido, dispuesto a comenzar el santo sacrificio. ¡Qué gesto tan de la católica España! "Iberia", tan española como su nombre, no sólo piensa en los gustos y las necesidades temporales de sus pasajeros, sino también en las espirituales.

Y no puedo ocultar la satisfacción personal que sentí cuando el sacerdote brasileño tuvo la gentileza de ofrecerme la celebración de la Misa. ¡Mi primera ocupación al pisar tierra americana, ofrecer el Santo Sacrificio!

España oraba en aquel salón del aeródromo brasileño, y España se dio allí a conocer a sí misma, cuando en el momento de la comunión se arrodillaron en el comulgatorio como una buena mitad de los 42 pasajeros del avión.

II. La Argentina en su aspecto físico y étnico.

Al tomar el avión tierra en Buenos Aires. parecía que llegábamos a una ciudad española. La brevedad del viaje impide se tenga la sensación de la verdadera lejanía de España; y al oír hablar castellano, no se le ocurre a uno pensar que ha llegado a tierra extraña. Mas los requisitos policíacos nos despertarán pronto a la realidad, y nos dirán que estamos en la República Argentina.

Buenos Aires es una ciudad cosmopolita. La capital federal cuenta con tres millones de habitantes. Agregando a estos 3 millones los que viven fuera del circuito de la capital federal, es decir, en todo él Gran Buenos Aires, se llega a la cifra de siete millones. Demasiada cabeza, en verdad, para un cuerpo de 17 millones; que ésta es la cifra que se asigna hoy día a la población total de la República. Pero los argentinos están orgullosos de tal cabeza.

Y también de su "cuerpo", es decir, de su nación. Se dan cuenta de la enorme riqueza de su suelo, seis veces mayor que el de España. Como auténticos americanos, sienten, además, el prurito de poseer grandes cosas.

Y las tienen. Si se trata de montañas, pueden señalar al Aconcagua, cuyas cumbres nevadas alcanzan la altura de 7.100 metros. Si de ríos, el Paraná, con sus 40 kilómetros de anchura a la altura de Rosario, sobrepuja los cálculos más exagerados. Si de calles, la de Rivadávia en Buenos Aires tiene fama de ser la mayor del mundo. Si de llanuras, la Pampa argentina es un mar interminable de tierra sin horizonte. Y de buena tierra.
La verdad es que, si algún gobierno acometiera la hazaña de canalizar el Paraná y convertir en regadío las llanuras argentinas, la población actual se quintuplicaría sin necesidad de hacinar la gente. Hoy por hoy se recorren kilómetros y más kilómetros de tierra fértil sin encontrar más que estancias, en medio de ricos prados, donde pacen innumerables cabezas de ganado. Sólo de cuando en cuando se tropieza con algún poblado.

En la provincia de Mendoza es donde la fertilidad del suelo se señala más abiertamente. Las aguas que caen de los Andes, han permitido un sistema de regadío muy semejante al de Valencia. Pero a pesar de ser las moles andinas tan gigantescas, no proporcionan sus nieves perpetuas suficiente deshielo para la enorme extensión de 1í¡ provincia (ciento sesenta y siete mil Km. cuadrados), que queda dividida en eriales y vergeles. Indefectiblemente allá donde llega el agua, el desierto se convierte en paraíso.

Hago estas referencias para que el lector se dé cuenta de que la inmigración es ley necesaria en la Argentina. Es una nación que invita a ser ocupada, un suelo que necesita brazos. No que los tesoros estén a pedir de boca y salgan al encuentro de cualquier emigrante, pero sí que un sistema de inmigración bien estudiado puede convertir la Argentina en una potencia económica y política de primer orden.

Ese porvenir abre horizontes muy vastos y delinea problemas serios al catolicismo. ¿Quién no vislumbra, en efecto, lo que supondría una nación católica de cien millones de habitantes en el hemisferio Sur, y en un clima muy análogo al de la Europa meridional? Pero a nadie se le esconde tampoco las dificultades que la formación cristiana de un conglomerado así de gentes presentaría.

Este problema no es simplemente del porvenir. Es ya actual. La población de Argentina ha crecido enormemente en estos últimos años merced a la inmigración. Étnicamente supone esto un bien. Los nativos de Argentina tienen fama de indolentes y necesitan de la acometividad de los que acuden a aquellas tierras hospitalarias con el afán de explotar sus riquezas. Pero moralmente no se ha ganado mucho. Los inmigrados proceden de todas las partes del mundo. Allí afluyen de cualesquiera razas y religiones. Verdad es que las naciones de mayor aportación humana son Italia y España, pueblos católicos. Pero desgraciadamente la piedad de los inmigrados en ninguna parte puede señalarse como modelo. Al faltarles el calor de la tradición y el estímulo del ambiente de parientes y conocidos en que vivían, fácilmente se olvidan de lo que en la patria aprendieron. El resultado es que, por unas u otras causas, con la inmigración sale ganando siempre el indiferentismo religioso.

La indolencia de los indígenas no sólo es proverbial. Es un hecho innegable. De un obrero venido del campo al brillo de los jornales que se ganaban en la ciudad, me contó un patrono que la primera semana acudió puntualmente a la fábrica, realizó su trabajo y cobró al final su sueldo. A la semana siguiente, empero, ya no apareció. Pasados unos días, hizo de nuevo acto de presencia en su lugar de trabajo. Preguntado por la causa de su falta, contestó tranquilamente que aun no se le había terminado el dinero cobrado la primera semana.

Esta manera de ser tan "providencialista" tiene su explicación. En el campo argentino no es problema la comida. Hay pan, carne, leche y huevos en abundancia. De ahí que no se sienta la necesidad del ahorro como en nuestras tierras europeas. De ahí también que las grandes fortunas caigan en manos de los advenedizos. En la ciudad de San Rafael un valenciano me llevó en su coche a recorrer sus fincas. En total, 750 hectáreas de regadío, a más de una soberbia fábrica en construcción. Todo levantado de la nada. A Argentina no llevó más que sus fuerzas y talento. Lo contaba ufano, y con razón.

Por lo demás, los inmigrados se sienten bien pronto argentinos. Esto es una ventaja para la nación, que, por lo mismo, favorece la nacionalización del inmigrante. Pero, como se colige a simple vista, el problema religioso no queda con ello resuelto.

Fr. Joaquín Sanchis, ofm
Ministro Provincial

(Continuará.)