Índice del números 283
Julio de 1952. Año 26. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- Con la Eucaristía y con el Papa. Editorial
Nuestro apostolado en Argentina. Fr. Joaquín Sanchis, ofm - El silencio es profundo como la eternidad... Predica el Santo. San Antonio de Padua
Santidad de San Buenaventura. Fr. Luis Mestre, ofm - Acerca de la pedagogía de San Buenaventura. Fr. Domingo Savall, ofm
Visita del P. Ministro General a nuestra Provincia. - Fr. Pascualet, artista, misionero y santo. Fr. Eloy de Prado, ofm
Consultorio religioso. Fr. Agnello. - El XXXV Congreso Eucarístico internacional de Barcelona
En el cielo. Cuento de Eduardo Soler ¡Estruch - Noticias.
P. Pedro Alandete Fuster, in memoriam
Con la Eucaristía y con el Papa
Barcelona proclamó a los cuatro vientos, en las efemérides gloriosas que vivió durante los días de la magna asamblea religiosa internacional, la verdad trascendente de sus dos más grandes amores: su absoluta fe y creencia en el misterio de la Santísima Eucaristía y su robusta e inquebrantable sumisión y fidelidad al Papa, Vicario de Jesucristo en la tierra y cabeza visible de la Iglesia. Una proclamación de fe y de fidelidad sincera y viril en el orden particular y en el orden colectivo. Esto representa el apoteósico recibimiento que dispensó en la Puerta de la Paz al cardenal legado pontificio, monseñor Tedeschini; esto significan en el fondo todos los actos del Congreso, y este debe ser el mejor fruto que el Congreso nos deje para el día de mañana.
Fervor eucarístico. He aquí la primera manifestación de todo Congreso Eucarístico, su motivo cabal de gloriosa exultación.
Fervor de adoración y fervor de reparación. Fervor de adoración, por lo que Jesucristo es, por lo que ha hecho por nosotros, por la gracia de su Encarnación y de su Redención, por el don inestimable de esta Encarnación y Redención continuadas que significa en sí mismo el Sacramento de la Eucaristía. Fervor de reparación por los males y daños que a Jesucristo se infieren, hemos inferido y le causan los demás.
Fidelidad y obediencia al Papa y, con ella, aceptación de toda la dogmática de la iglesia. He aquí la segunda manifestación de todo Congreso Eucarístico, su nota complementaria necesariamente.
La fidelidad a toda la dogmática de la Iglesia y la obediencia y sumisión al Romano Pontífice constituyen la característica y patrimonio común de todos los católicos y de los pueblos que en el curso de la historia se preciaron de serlo, porque en la Iglesia Católica no hay cismas, n¡tiene cabida una dogmática y una moral arbitrarias, de secta o grupo, como sucede en las sectas protestantes.
Fervor eucarístico y fidelidad y fidelidad y obediencia al Papa. He aquí también un magnífico programa para todos los católicos y durante todos los días de su vida. No hace falta más para llevar una vida sólidamente cristiana. Tampoco hace falta más para sumar el granito de nuestra arena en el edificio de la paz individual, de la paz familiar, de la paz social y de la paz entre los pueblos.
Todo esto es y representa el XXXV Congreso Eucarístico Internacional de Barcelona. Que su resonancia en nosotros se halle a la altura de todo lo que el Congreso es y representa, para que de este modo el extraordinario fulgor de estas efemérides tenga una proyección y trascendencia histórica en la vida de nuestro pueblo, y de cada uno de nosotros señale el camino de nuestra salvación.
Nuestro apostolado en Argentina
(Continuación)
IX. Convento y parroquia de Villa Atuel
Al llegar por carretera desde San Luis al limite de la provincia de Mendoza, el viajero es saludado por un arco monumental sobre el que destaca la leyenda: «Bienvenido a Mendoza, la tierra del sol y del buen vino.» El autobús se detiene allí, pues la policía demanda la documentación a cada pasajero. Hay tiempo suficiente para visitar a la «Virgen del Buen Camino», que en su diminuta capilla recibe las plegarias y las ofrendas de los «caminantes», todo esto crea la impresión de que se entra en un país extraño.
En realidad, la Argentina de Mendoza es muy distinta de la que hemos conocido hasta ahora. La tierra es más cálida y seca. Pero la bendición de los Andes le proporciona fecundidad y exuberancia. Ya en uno de los artículos precedentes advertimos este contraste del suelo mendozino.
Es «la tierra del sol y del buen vino»; porque aunque produce toda clase de árboles frutales, se muestra más generosa en los viñedos, frondosos, de planta alta, estudiadamente emparrados.
La propia carretera se convierte, en los parajes de regadío, en acogedora y fresca alameda, donde los rigores estivales no apuran.
Así es el camino que conduce a Villa Atuel. Tanta lozanía y exuberancia llena el espíritu de optimismo. Por otra parte, la monotonía de la llanura inmensa que constituye todo el centro de la República, desaparece aquí al divisar la silueta de los Andes, que se avecinan. Y el encanto del paisaje se aumenta por el murmullo de bendición de las aguas de los ríos Atuel y Diamante, que dan vida a los campos y alegría al ambiente.
Al municipio de Villa Atuel pertenecen unas 12.000 almas. Pero la mayoría de la población está diseminada por la campiña. En el poblado propiamente dicho viven unas 3.000 personas.
La población debe su vida económica principalmente a las bodegas de Arizu, modernísimas instalaciones que dan trabajo a 450 obreros. Posee, además, la firma Arizu 2.000 hectáreas de viñedo, que son trabajadas a expensas y para los finas de la casa. Calcúlese por estos datos la cantidad de obreros que emplea.
El caserío es modernísimo. Un terremoto derribó hace unos años todas sus edificaciones, incluso la iglesia en construcción. La edificación actual, antisísmica, es de muy poca altura, pero de líneas armoniosas. El barrio obrero, construido por las bodegas Arizu, es un encanto de gusto y comodidad.
El convento posee la gracia propia de las edificaciones de este país. Uno de sus salones está convertido en iglesia provisional, esperando que se levante en un futuro próximo la definitiva.
Iglesia de Villa Atuel

Convento franciscano de Villa Atuel
Se comprende por lo dicho que la labor parroquial sea en Villa Atuel sumamente difícil. La feligresía está demasiado dispersa por la campiña. Por eso, a pesar de que la actividad catequística que desarrollan los Padres en la Parroquia es de consoladores resultados, no puede solazarse en ellos el misionero, ya que su pensamiento se dirige necesariamente a los centenares de niños que apenas conocen la Iglesia, n¡siquiera de puertas afuera.
Y esto no es más que una parte del problema religioso de aquella parroquia. Hay que tener presente que la circunscripción parroquial abarca, a más de Villa Atuel y su campiña, muchos otros poblados y caseríos situados en las faldas de los Andes, en una extensión cinco veces mayor que la archidiócesis de Valencia. El pueblo más importante de la circunscripción, Malargüe, está nada menos que a 300 kilómetros de distancia de la residencia parroquial. Este sí que es problema angustioso, difícil de resolver.
La atención espiritual de caseríos tan separados ha de ser por precisión muy desigual. Los hay que tienen misa una vez al mes; otros con más frecuencia; la mayor parte, empero, reciben una sola vez al año la visita del Padre Cura, que permanece en el caserío los días necesarios para bautizar, casar, predicar una misioncita, confesar, preparar a los niños para la primera comunión, asistir a los enfermos, levantar acta de los fallecidos y atender a todos en sus necesidades espirituales.
El misionero que lleva adelante labor tan ardua es el P. Juan José Ángel, verdadero fundador de aquella parroquia. En algunos caseríos ha logrado ya construir su capilla; en otros se sirve de un pequeño salón o cobertizo, y para donde el lugar no ofrece posibilidad alguna de reunión bajo techo, tiene su capilla plegable y portátil que extiende y arma a modo de tienda de campaña para dar cobijo a los fieles.
Después de los muchos años que el celoso misionero lleva trabajando en aquella enorme extensión, se comprende que se haya captado las voluntades de los de arriba y los de abajo y que goce de un enorme ascendiente sobre todos.
Con las manos en el volante del cochecito que le sirve de fiel compañero en la soledad de sus viajes, nos iba mostrando su campo de actividad. Tras 135 kilómetros de viaje llegamos a Nilhuil, donde el Estado acaba de construir un pantano que recoge las aguas del Atuel. Los ingenieros se deshicieron en cumplidos al verle. Nos enseñaron la iglesia que construye la propia empresa para el nuevo pueblo allí nacido, que con sus lindas casitas semeja un «Belén». Luego nos dirigimos, sin acompañante, a ver las obras del salto de agua en construcción. Pasamos la valla que cierra la entrada a extraños. El vigilante, como divisara el coche avanzando por camino vedado, comenzó a bracear desde lejos para que nos detuviéramos. El P. Ángel prosiguió impávido su camino. Al volver, nos esperaba el vigilante burlado. Detuvo el coche y preguntó con aire autoritativo con qué permiso habíamos entrado. El Padre se le quedó mirando y, con una libertad que me dejó perplejo, le soltó a bocajarro:
—Oye, negrito feroz, ¿no me conoces? ¿No sabes que soy tu cura? ¿O es que no vas a misa?
El aludido vaciló unos momentos y balbució, por fin, unas palabras, excusándose de que no le había conocido y confesando que, en efecto, últimamente no iba a misa. Y el Padre, con autoridad y gracia, repuso:
—Pues el domingo próximo te espero en misa. Así me conocerás y no me vendrás otro día a impedir el paso.
Esta libertad en hablar al empleado indica el ascendiente de que el misionero, el Padre Cura, goza en toda aquella extensa zona. Bien merecida la tiene. No es fácil figurarse las dificultades que su empresa misionera presenta. En las faldas de los Andes, de tierra gris, árida y sin vegetación, donde lo mismo se cruza con un puma, como con un zorro, o con un avestruz, o con toda una familia de cóndores —puedo atestiguarlo porque de todo v¡en mis andares por aquella región— ha de salvar el Padre Cura, dialogando con su volante, kilómetros y más kilómetros para llevar los consuelos de la religión a almas perdidas en los caseríos de aquellos solitarios parajes. Allí parece que el mundo de la civilización ha terminado. Las ingentes moles de los Andes, cuya vegetación se reduce a cactos gigantescos, asisten impávidas al bregar del ardoroso misionero, sin ofrecerle siquiera una sombra en medio de los ardores estivales. La carretera parece que va prolongándose cada vez más ante sus ojos. No es, por lo demás, ningún prodigio de ingeniería, sigue sencillamente el curso de los accidentes del terreno. Tan pronto zarpa sobre una colina como cruza un vado.
Estos son frecuentes por causa de la proximidad de los Andes. De ordinario están secos; en tiempo de lluvias se con vierten en ríos torrenciales que dejan la carretera intransitable. Mas de un misionero ha perecido al pretender trasponer el vado, victima de la corriente que le ha alcanzado insospechadamente, o cuya bravura no pudo medir al atreverse a seguir su ruta a pesar de las aguas. Mas no es frecuente tal desventurado desenlace, todo depende de la pericia y de la experiencia.
Convento franciscano
El señor Obispo de Mendoza, con quien también viajé por aquellos parajes, me contaba a este propósito que, siendo Rector del seminario de Córdoba, salió con otro sacerdote a la capital a alquilar unos uniformes de militar para una comedia, ya de vuelta, les atajó la lluvia, y, al trasponer un vado, no calcularon la profundidad y se les paró el motor a la mitad de la corriente. Hubieron de salir del coche precipitadamente para alcanzar a pie la orilla. Como era invierno, tuvieron la feliz ocurrencia de cambiarse la sotana mojada por los uniformes militares alquilados para la comedia y que habían sacado consigo del coche y llevado en alto hasta la orilla. Como desde allí divisaran a un chacarero, le pidieron a voces ayuda. El chacarero, creyendo hallarse ante militares, se dio a correr a toda prisa para traer sus caballerías y venir con otros compañeros a salvar el coche antes de que se lo llevara la corriente. La tragedia terminó en comedia, cuando descubrieron que los bravos militares eran unos sencillos sacerdotes disfrazados de «soldador de escenario».
Escenas como la descrita constituyen una diversión. Pero las bromas de los Andes a veces son muy serias. Los repentinos cambios de temperatura con frecuencia crean, situaciones trágicas. En cierta ocasión quedó el P. Ángel bloqueado por la nieve que le atajó repentinamente. El coche no podía seguir adelante n¡volver atrás. N¡menos era posible reclamar socorro, pues por nadie podía ser oído. Hizo esfuerzos inauditos para llegar a pie a lugar habitado. Pero en vano. Ya se había resignado a morir entre la nieve, después de inútiles y desesperados esfuerzos, cuando un pelotón de soldados, enviados en su busca, topó con el misionero. Tras horas y más horas de trabajo de limpieza de carretera, el camión que traían los soldados pudo ponerles a todos a salvo.
Esta es la vida de los misioneros en aquellas soledades. Así van creando civilización y sembrando semilla de vida eterna. Esta es la tarea de nuestros religiosos en Villa Atuel.
Fr. Joaquín Sanchis, ofm, Min provincial
(Continuará.)
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