Índice de los números 548-549
Enero-febrero de 1975. Año 54. Director: Fr. Gabriel Francés, ofm
- Una situación más que grave. Editorial
Pablo VI y el Año Santo. Jean Cuitton
La "basura del diablo". Ideario franciscano. Fr. Joaquín Sanchis, ofm - Crónica del convento de San Bernardino de Sena, de Petra (Mallorca). Fr. Salustiano Vicedo, ofm
Vida y obra de Fr. Luis Fullana, ofm. Recensión de un libro de Fr. Benjamín Agulló, ofm
Crónica del VII centenario de San Buenaventura. - Fr. Carlos Amigo, Arzobispo de Tánger. Manuel Cruz
Como lo vi, así os lo cuento. Rafael Alventosa García
Maternidad en el claustro.Clara Augusta Lainati, Clarisa
Ha muerto Fr. Julián Coll, franciscano. Fr. Ángel Martín, ofm
Los niños zurdos. Susan Claire.
Una situación más que grave
Antes de comenzar hemos pedido al divino Espíritu que electrice nuestra pluma, para elevarnos sobre las cosas menudas y darles un sentido y alcance superior. Las palabras que dirigimos en este primer número de 1975 a todos vosotros, nuestros suscriptores, protectores, corresponsales y a cuantos, de una manera más o menos fortuita, ojean o leen nuestra Revista ACCION ANTONIANA, desearíamos resultasen ser un sincero diálogo: por nuestra parte la exposición de unos hechos y por la vuestra, entrañables amigos, respuesta de solidaridad y apoyo.
No quisiéramos que nuestra Revista sea una de tantas estrellas fugaces, que trazan, sobre el encerado del cielo en noche oscura, la última rúbrica de su existencia. Son muchas y de distintos fines editoriales las revistas que han dejado de existir, azotadas por el encarecimiento desorbitado del coste mensual de su edición. Pero lo más triste es que el porcentaje mayor de las revistas que han clausurado su edición corresponde a las de fines religiosos.
Cuando hace ahora 10 años nos hicimos cargo de la dirección de ACCION ANTONIANA, los franciscanos en España tenían más de 10 revistas mensuales. Hoy solamente quedan unas 4, entre las cuales se encuentra ACCION ANTONIANA. Este, entre otros, es el motivo por qué hemos unido enero y febrero en una sola edición. Hemos necesitado todo el mes de enero para reflexionar detenidamente, a la luz de los nuevos gastos y presupuestos, si era posible seguir publicando la revista. El resultado dio un déficit alarmante, y ello precisamente debido al elevado número de suscripciones que no se pagan a su debido tiempo.
¿Qué hacer?: subir la suscripción no es medida de solución, aunque nuestra postura desdiga de la común y general ascensión de precios. Vosotros, nuestros lectores, tenéis demasiadas alzas de precios en materias de primera necesidad. Echar al traste 54 años de existencia y servicio de ACCION ANTONIANA nos parecía demasiado fácil. Sería infantil pensar que a lo largo de estos 54 años la Revista y sus responsables no vieron días más oscuros, y que, con su esfuerzo y fe en los suscriptores, lograron épocas de brillantez y de desahogo. Por otra parte, también hemos considerado la pregunta que, no pocos suscriptores, se harían si dejáramos de publicar la Revista: ¿para qué sirvió nuestra aportación de tantos años, de la que generosamente nos hemos desprendido, las más de las veces, sin permitírnoslo nuestra apretada economía familiar?
Estas y otras muchas más consideraciones, que siempre han tenido como blanco de reflexión la gran familia que constituye ACCION ANTONIANA, nos han determinado, y Dios quiera que con acierto, a seguir dando vida a nuestra querida Revista.
Somos conscientes, como el que más, que ACCION ANTONIANA no puede presumir de bienes y ropaje, de medios y dinero los más indispensables para una modesta presentación como merecen sus lectores y por ello, los que repasamos mensualmente su andadura hacia vuestras manos, sentimos en carne viva el duro via-crucis de esta publicación.
Con vosotros contamos, queridos suscriptores. Estad tranquilos que por este año ACCION ANTONIANA llegará puntualmente a vuestros hogares con el deseo de siempre, de que la legión de hombres, mujeres y niños fieles a la acción franciscana, encuentren fuente abundante de sabiduría y virtud, según el espíritu de San Francisco, el Santo ecuménico y el Santo de hoy. Pero no olvidéis que como Santa Teresa de Jesús, pedimos «muchas manos» para sostener las obras de Dios. Así, mientras no nos falte vuestra generosa ayuda, nuestra promesa queda en pie.
Ya apuntamos este problema en nuestros números de noviembre y diciembre pasados (pág. 26). El diálogo que pretendimos ya es un hecho. Os invitamos a que leáis la página 30 de este número y comprobaréis que con una respuesta así por vuestra parte, nosotros hemos de sacar, imperiosamente, fuerza de la flaqueza y seguir adelante.
Es posible que os preguntéis cómo se puede colaborar más eficazmente para salvar a vuestra Revista de este naufragio; las posibles formas os las damos en la mencionada página 30.
Y finalmente, queridos suscriptores, una advertencia: no queremos que ignoréis el hecho de que entre toda esta nuestra sed de vuestra generosidad y comprensión y la respuesta generosa y comprensiva de todos vosotros, como muchos estáis demostrando, es muy posible que se entremezclen no pocos razonamientos superficiales. Que ello no nos detenga para obrar el bien. Pensemos que cuando Cristo pedía agua desde la Cruz (Mc 27, 29), mientras unos inconscientes de corazón endurecido, con los brazos cruzados se reían esperando que Elías viniese a salvarle, otros, de corazón comprensivo, intentaron solícitos acercar la esponja empapada a los labios de Jesús, que pedía agua.
Así pues, para terminar, venga a esta gran familia franciscana toda vuestra comprensión y apoyo, para que se cumpla ampliamente el único y definitivo objetivo de ACCION ANTONIANA: que Cristo gane las batallas del amor.
Que San Francisco de Asís y el Santo Paduano os recompensen a todos con creces y bendigan vuestros hogares y a cada uno de vosotros.
Fr. Gabriel Francés, ofm
Vía crucis del Año Santo
La foto recuerda el primer «Vía Crucis del Año Santo». Este piadoso ejercicio se hace todos los viernes por la noche. La procesión penitencial parte de la Puerta Santa ya cerrada y recorre el atrio de la basílica de San Pedro. A los franciscanos ha sido encomendada la dirección de este acto de piedad. Así, en la estampa que presentamos se ve al ministro general de los franciscanos, p. Constantino Koser, que lleva la cruz, acompañado por los superiores generales de las otras tres familias franciscanas: conventuales, capuchinos y tercera orden regular de San Francisco.
La instrucción de los procesos de beatificación de Pío XII y Juan XXIII está para concluirse. Un franciscano —P. Cairoli— y un jesuita —P. Molinari— han invertido más de 3.300 horas en sacarlos adelante. Han recorrido los países donde todavía quedan testigos del paso de los personajes y buceando en la obra doctrinal de ambos papas. Sólo los escritos de Pío XII ocupan 18 volúmenes.
Pablo VI y el Año Santo
Por Jean Guitton
«Llevamos un tesoro en vasijas de barro». Este pensamiento de San Pablo tiene aplicación universal. Se refiere también a las vasijas de barro que son las palabras del lenguaje común, a las que el poeta tiene como misión infundir un sentido nuevo. Es lo que voy a intentar hablar del Año Santo.
Querría dar nueva vida a algunos vocablos, desgastados ya por el uso, que corren el riesgo de enmascararnos lo que significan. En primer lugar, la expresión misma Año Santo y las palabras relacionadas con ella: pureza, penitencia, indulgencia; los términos comunes al vocabulario religioso y al profano: peregrinación, partida, comienzo, nuevo comienzo, retorno a las fuentes, a los orígenes. Las palabras del lenguaje eclesiástico, como Papado, Roma, Ecumenismo. Y también los vocablos propuestos por el último Concilio (y que están ya muy gastados): Concilio, conciliación, reconciliación.
Purificar las nociones es elevarlas y al mismo tiempo ahondarlas. Difícil tarea. Creo que reproduce, en el ámbito del lenguaje, el esfuerzo de asunción y sublimación que se aplica a cualquier materia; es preciso encumbrarlo siempre todo, ennoblecer las cosas inferiores haciéndolas revivir en una esfera purificada.
El Año Santo debería ser una ocasión y un medio para intentar este enaltecimiento del lenguaje. Novalis decía que el secreto de toda empresa es ennoblecer a los ciudadanos en una democracia; llevar todos los hechos al estado del misterio en la ciencia. Añado: todos los placeres al estado de gozo, todos los dolores al estado de oblación, todos los esfuerzos al estado de felicidad, todas las cosas familiares al estado de objetos de contemplación, todas las palabras al estado de encantamiento, toda prosa al estado de poesía... Desde esta perspectiva se comprende que el Jubileo es para mí una fuente de elevación, porque existe siempre la posibilidad de hacer mejor lo que se hace, de seguir siendo lo que se es, pero a un nivel superior.
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La cristiandad se moviliza para ir, física o espiritualmente, a Roma y a sus basílicas.
El progreso de la técnica, el acortamiento del espacio, la supresión de las distancias, restarán mérito a estos viajes. Pero las transformaciones de la extensión terrestre harán más visible la convergencia de todos estos caminos hacia Roma. No se oirán ya las pisadas de los peregrinos en la tierra, ni el ruido de los cascos de los caballos por los caminos, ni el murmullo de las olas que llevaban a nuestros antepasados desde Marsella hasta Civitavecchia, a merced y capricho de los vientos; no se oirá ya el traqueteo rítmico de los trenes, que ha acunado nuestra infancia, La humanidad se servirá de medios nuevos, técnicos, mucho más parecidos al soplo del espíritu. ¡Cuánto más espirituales que los vagones ferroviarios son los fuselajes de los Caravelle y de los Boeing que llegarán a Roma después de sobrevolar mares y nubes con aparente lentitud, llevando en su seno a la selección intelectual o espiritual o popular de todas las naciones! En 1975 todo esto convergerá hacia Roma por los caminos de la tierra, del hierro, del agua y del aire. Se tejerá así una telaraña, pero en dirección inversa: la tela mística irá de la periferia al centro.
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¿En qué momento de la historia se está produciendo este acortamiento del espacio? No hace aún diez años que terminó el Concilio. Y este intervalo es bien pequeño comparado con la larga duración de un post-Concilio. Pero la aceleración de la historia, su precipitación actual, hacen que estos diez años valgan por aquellos períodos de quince años, de los que decía Tácito que son un «gran espacio para la vida humana: grande humani aevi spatium».
Estos diez años podrían considerarse un tiempo equívoco. No se sabe si el Concilio ha producido frutos de unión o de división, de luz o de oscuridad. El mismo Papa, analizando la crisis que sacude la Iglesia, se ha expresado así: «Se diría que el humo de Satanás ha entrado en el templo de Dios por algún resquicio. Se han abierto paso la duda, la incertidumbre, la insatisfacción, la contradicción... Ya no se confía en la Iglesia... La duda ha penetrado en nuestras conciencias, y lo ha hecho a través de ventanas que deberían estar abiertas a la luz. De la ciencia, que está hecha para darnos verdades que no nos aparten de Dios, sino que nos hagan buscarlo más aún y celebrarlo con mayor intensidad, ha venido la crítica, ha venido la duda... Se creía que después del Concilio amanecería un día de luz para la Iglesia. Ha venido, por el contrario, un día de nubes, de tormenta, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre».
La obra de un Concilio es una creación continua, sujeta a crisis, sobre todo al principio. Se puede pensar que, como ocurre con el crecimiento, el origen es vulnerable: se deja el campo de las palabras, de los proyectos, para pasar a la aplicación. Y todos saben bien por experiencia propia lo difícil que es, cuando se sale
de un retiro espiritual, poner en práctica las decisiones tomadas a la hora de los propósitos, Se sabe también, leyendo la historia de los Concilios, que éstos han conocido con frecuencia períodos de confusión, después de dispersarse los padres. Tenemos el ejemplo más hermoso en el período que siguió al Concilio de Nicea, estudiado por Newman con tanta predilección. Hubo un momento en que la Iglesia entera, como decía San Jerónimo, se asombró de ser arriana. Sabemos todo el tiempo que hizo falta para aplicar las disposiciones del Concilio de Trento.
Los que hemos vivido los comienzos del siglo xx hemos visto que algunas decisiones del Concilio Vaticano I sobre la relación entre la razón y la fe fueron letra muerta para la mayoría. No nos maravillemos por tanto de la incertidumbre actual sobre la suerte inmediata del Vaticano II.
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Desde esta perspectiva podemos entender el Jubileo. Es un retorno al origen, a la fuente, al alumbramiento del manantial.
Está bien claro que este Jubileo no ha despertado entusiasmo. No estamos ya en los siglos de la fe; vivimos, por el contrario, en un siglo de crítica. Es característico de este tiempo nuevo que cada uno de los fieles quiera ser auténtico y sincero, quiera darse perfecta cuenta de lo que hace y de los motivos por los que lo hace. En el mundo actual, nadie, y menos entre los jóvenes, quiere dejarse arrastrar por la costumbre o el impulso. No cabe duda de que vivimos en una época en que la prensa, la televisión y otras presiones que sufrimos, influyen en nosotros sin que nos demos cuenta, de suerte que somos menos libres que en el pasado, aunque parezca que lo somos más. Pero el ideal del hombre moderno, ideal que no puede menos de medrar, es querer entender, ir inteligentemente en busca de la fe, no socorrer y despertar la inteligencia por medio de la fe, como sucedía en la Edad Media. Este cambio es señal de la grandeza del hombre y de su madurez. Hay que respetarlo.
Si este Jubileo no tiene el privilegio, como en tiempo de las Cruzadas, de ser predicado con oratoria enfática y de responder al deseo de todo un pueblo (que, en otro tiempo, se pondría en camino hacia Roma para «ganar la indulgencia»), hay que utilizar otro método totalmente distinto, que no es ni la elocuencia ni la piedad, sino la reflexión. Hay que sustituir la costumbre con la fuerza de la reflexión, que me parece más profunda y más íntima.
Para que un pensamiento sea auténtico es preciso que sea personal; más aún, tiene que responder a una experiencia concreta del individuo. Yo me atengo a la norma de limitarme a transcribir lo que siento. He seguido el consejo que da Gratry en Les Sources: «Cuando no veis nada, no digáis nada. Este silencio recibirá su premio, y hará sonoro todo el resto».
La Iglesia es una comunidad que lleva veinte siglos expresándose a través de su Cabeza. Jesús fundó una sociedad esencialmente colegial con los Doce, cifra de plenitud en Israel. Pero uno de los Apóstoles fue escogido, preparado y destinado para representar a los Doce y actuar en nombre de ellos, jefe en la palabra, jefe en la conducta. Y Pablo, instruido directamente, lo fue a ver para no correr en vano. Así, desde su nacimiento, la pequeña Iglesia, el «partido de Jesús», como diría Newman, quedó marcada por el carácter de Simón, hermano de Andrés, a quien se impuso un nombre símbolo. El primero de nuestros Evangelios, fuente y modelo de los demás, lleva la impronta del carácter de Simón Pedro; Marcos era su hermeneuta. En él encuentro el tono directo, franco, un poco duro pero tierno, elíptico, rudo, propio del pescador del lago.
Así es como el carácter de las personas ha impreso su sello en la Iglesia, cosa que sucede también con las naciones, con las familias.
El Concilio Vaticano II lleva la marca de Juan XXIII, lo mismo que el Vaticano I lleva la de Pío IX.
El año Santo responde al deseo de Pablo VI y, para interpretarlo bien, no será inútil contemplar una vez más el rostro de nuestro Papa.
El año 1968 publiqué una obra titulada Diálogos con Pablo VI. Se tradujo a varias lenguas, en particular al japonés y al chino. El libro ha penetrado en los países del Este. Mucha gente ve al hombre vestido de blanco en la pequeña pantalla de los televisores. Pero, ¿qué es un rostro, qué es una palabra si no se capta la ley de la naturaleza de un ser, que el lenguaje tan acertadamente llama «fisonomía», o sea, la ley de la naturaleza íntima, oculta, espiritual?
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Pablo VI ha dicho que «el Año Santo es una invitación a tomar en serio este acontecimiento, que se propone celebrar en la historia actual la juventud secular de la Iglesia; que pretende dar a la fe una nueva vitalidad, vigorosa y popular, y quiere traducir esta práctica religiosa extraordinaria en una verdadera renovación interior de la mentalidad espiritual y moral, y que al mismo tiempo nos exhorta a anunciar y fomentar la paz que reconcilia a los hombres justos con Dios y entre sí, a todos los niveles».
NOTA: El académico de Francia, Jean Guitton, filósofo, escritor y poeta de fama mundial, hombre de profunda inspiración cristiana, acaba de escribir un libro titulado «Paul VI et l'Année Sainte». Se trata —dice el mismo autor— de «un ensayo furtivo, en el que se yuxtaponen o se compenetran dos temas musicales: Pablo VI y el Año Santo». El artículo que publicamos es el preámbulo dé este libro.
La prensa peruana destaca la próxima canonización del Beato Juan Macías
Tres nuevos santos españoles para 1975: la beata Vicenta María López de Vicuña, el beato Juan Bautista de la Concepción y el beato Juan Macías
LIMA. — Toda la prensa local destacó la canonización del beato español Juan Macías que fue religioso en Perú y que será elevado a los altares en septiembre del presente año.
Se comenta que con la canonización de Mecías, o Mesías, como también se escribe el apellido, al menos en el Perú, se formará una trilogía de santos que vivieron en la misma época en Perú. Son, además de Macías, Santa Rosa de Lima y San Martín de Forres.
Macías fue amigo de San Martín, trabajaron juntos, y recorrieron los mismos conventos. Durante esos años del conocimiento de los dos futuros santos, también vivió en la capital peruana Isabel Flores de Oliva, Santa Rosa de Lima.
Los restos mortales de los tres —los dos santos y el que está a punto de serlo— se guardan en relicarios de oro y plata en la basílica del Rosario o templo de Santa Rosa de Lima.
Juan Macías y San Martín de Porres fueron beatificados en 1837. En 1962 fue canonizado San Martín de Porres.
Ideario franciscano
XX. La "basura del diablo"
Esta frase de Papini suena fuerte, como toda la literatura de tan agudo escritor. Pero no es más que la reproducción del pensar y hasta del hablar de Francisco, según el cual «se debería hacer tan poco caso del dinero como de la basura» (Cel. II, 65).
De hecho, el siervo de Dios, en su afán de sofocar la codicia y avaricia, prohibe a sus frailes toda propiedad, permitiéndoles tan solo el uso de las cosas. Mas en tratándose de dinero, no permite siquiera el uso. En la Regla dice: «Mando firmemente a todos los frailes que en ninguna manera reciban dineros o pecunia, por sí ni por interpuesta persona. Sin embargo, para las necesidades de los enfermos y para vestir a los frailes, los Ministros solamente y los Custodios, por medio de amigos espirituales, tengan solícito cuidado, según los lugares y tiempos y frías tierras, así como a la necesidad vieren que conviene; aquello siempre salvo, que (como queda dicho) no reciban dineros o pecunia» (c. 4).
Y en el capítulo siguiente, añade: «Del precio del trabajo reciban las cosas necesarias al cuerpo para sí y sus hermanos, salvo dineros o pecunia».
Obsérvese que en la Regla bulada no admite Francisco excepción alguna, por lo que va más allá de lo que había legislado en la Regla de 1221. Seguramente la experiencia le había hecho ver lo peligroso de las excepciones, y no quería tropezar dos veces con la misma piedra.
Para mayor inteligencia de lo que acabamos de afirmar reproducimos el texto de la Regla no bulada, aunque resulte un tanto profuso: «Ningún fraile, dondequiera que estuviere y para dondequiera que fuere, en alguna manera lleve, ni reciba, ni haga recibir pecunia o dineros, ni por ocasión de vestidos, ni de libros, ni por precio de su trabajo; jamás, por ningún motivo, si no fuere por manifiesta necesidad de los frailes enfermos, porque no hemos de tener en más cuenta y reputación la pecunia o dineros que las piedras. Y el diablo quiere cegar a los que lo apetecen y estiman por mejor que las piedras. Guardémonos, pues, los que dejamos todas las cosas, no sea que por tan poco perdamos el reino de los cielos. Y si en algún lugar halláremos dineros, no cuidemos de ellos más que del lodo que pisamos con los pies, porque es vanidad de vanidades y todo vanidad. Y si por ventura (lo que no suceda) aconteciere a algún fraile recibir dinero o pecunia o tenerla, exceptuando solamente la dicha necesidad de los enfermos, todos los frailes le tengan por falso fraile, y ladrón, y que tiene bolsa, si no hiciere verdadera penitencia. Y en ninguna manera reciban los frailes o hagan recibir, ni. busquen, ni hagan buscar, pecunia de limosna ni dineros para algunas casas o lugares, ni vayan con las personas que para los tales lugares piden dineros. Y los otros servicios que no son contrarios a nuestra vida pueden los frailes hacer con la bendición del Señor. Y los frailes, en la manifiesta necesidad de los leprosos, pueden buscar limosna para ellos. Sin embargo, guárdense mucho del dinero» (c. 8).
A pesar de la excepción arriba subrayada, el texto aducido nos da en su conjunto, mejor que el de la
Regla bulada, un concepto más preciso del sentir de Francisco acerca del dinero.
En la base del precepto de no usarlo está la convicción de que el dinero, como principal excitante de la codicia, se riñe con el espíritu de desprendimiento. De ahí que el Seráfico Fundador sintiese por él un desprecio y repugnancia indecibles. Lo consideraba como el enemigo capital de la pureza e integridad de la Regla. No quería que sus hijos lo tocasen; ni siquiera para devolverlo a su dueño o darlo a un pobre; le parecía que las manos quedaban manchadas con el simple contacto de esa «basura del diablo». Le tenía verdadero horror, y supo infundir ese horror en sus hijos, y que se heredase de generación en generación hasta nuestros días.
Tomás de Celano abunda en ejemplos del pavor que en el siervo de Dios producía el dinero (Cel. II, 65-68).
Y otro tanto se puede decir de los demás biógrafos. Parece como si se concertaran en repetir a coro que los frailes de San Francisco deberían tener «al dinero el mismo amor que a las más viles inmundicias» (Espejo, 14).
El precepto ha dado lugar a numerosos debates y ha originado diversísimas vicisitudes, a veces desagradables, en la Orden. Pero los Sumos Pontífices hicieron lo posible por conservar en su pureza genuina el pensamiento del «Pobrecillo». Y si para proteger el precepto de no poseer bienes se adjudicó la Santa Sede la propiedad de cuanto se ofrecía a los frailes si no se reservaban los dantes la propiedad, para proteger el precepto de no usar dinero, instituyó los Síndicos apostólicos, encargados de manejar los negocios de orden temporal de los frailes.
La sociedad ha ido modificando sus estructuras, y en lugar del sistema del intercambio de bienes ha ido introduciéndose el del uso del dinero, que hoy ha acaparado ya todo el sistema económico. De ahí que los Romanos Pontífices fuesen concediendo dispensas del precepto, y que hoy día se esté estudiando el modo estable de combinar el amor a la pobreza de Francisco con las condiciones económicas del momento.
De todas formas, el precepto de no manejar dinero queda ahí como un monumento monolítico, que ampara al fraile menor de la codicia y avaricia, declarándole dónde reside el más grande peligro de mixtificaciones y la mayor posibilidad de corroer el tesoro que nos legara el Santo Fundador.
La verdad es que nunca como ahora, en medio de una sociedad tan materialista, se hace más necesario, según ha proclamado el Concilio Vaticano II, el testimonio de la pobreza (Cf. PC, 13). Y el testimonio llega a su cumbre con el desprecio del dinero, hoy tan codiciado.
A los «slogans» corrientes: «Negocio es negocio», «el tiempo es oro» y otros similares, que endurecen el corazón, secan las entrañas y hacen que la sociedad se mueva sobre raíles de bajo metal, hemos de oponer un desapego absoluto de todas las cosas y un menosprecio tajante del dinero, procurando ver a los hombres, no en la dimensión de la utilidad temporal, sino en la de hijos de Dios. Es entonces cuando el mundo admirará el Evangelio, al verlo vivido en hombres del siglo XX; cuando el hijo del Seráfico Patriarca dará testimonio de un vivir franciscano cien por cien. Aun en nuestro mundo vale el principio: El dinero alimenta la avaricia y, en consecuencia, relaja la virtud del desasimiento. Y el alma franciscana ha de resonar continuamente la sentencia del Seráfico Padre: «Donde está la pobreza con alegría, no hay codicia ni avaricia» (Av. 27).
Peregrinar evangélico
Al tesón y al ánimo estudioso del P. José Miguel Barrachina Lapiedra, ofm., profesor del Colegio La Concepción de Onteniente, debemos este estudio biográfico de la personalidad religiosa e intelectual del entrañable y recordado franciscano P. Luis Colomer, cuya vida, toda, puede sintetizarse en una profunda definición: PEREGRINAR EVANGELICO.
Fray Luis Colomer Montes es un testimonio perfecto del ciudadano del Pueblo de Dios; pueblo peregrino, profético y sacerdotal. Toda una vida al servicio de la Iglesia.
Un hombre consecuente; un religioso franciscano sincero, que jamás trató de adecuar las normas evangélicas del franciscanismo a la exigencia de su comodidad, sino que se adecuó él a las exigencias de la Regla que profesó.
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