Índice del número 65

Enero-febrero de 1989. Año 68. II Época. Director: Fr. Gabriel Francés, ofm

Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones

Venerables hermanos en el Episcopado, muy queridos hermanos y hermanas del mundo entero:

Con fervor cristiano, el 16 del próximo abril celebraremos la XXVI Jornada mundial de Oración por las Vocaciones. En la liturgia, el Evangelio nos presenta a Jesús, Buen Pastor, en el gesto supremo de su amor: el de dar la propia vida (Jn 10, 15) por la salvación del mundo. En el contexto de este misterio de amor, los discípulos de Jesús piden a Dios con insistencia los obreros necesarios para la mies (Mt 9, 38; Le 10, 2) para que todos los hombres, según el designio del Padre, tengan vida en abundancia (Jn 10, 10) y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tm 2, 4).

1. Este año quiero dedicar la reflexión a las vocaciones que pueden y deben florecer en el clima educativo de la escuela, en particular de la católica. Esta, en efecto, tiene el mandato, de parte de la Iglesia, de contribuir a la formación integral del hombre y del cristiano y, por eso mismo, es llamada a favorecer los gérmenes de vocación que el Espíritu Santo deposita en el alma de los jóvenes; y por su naturaleza debe, de igual modo, cooperar en la preparación de personas capaces de anunciar el Evangelio en términos accesibles a la cultura de hoy, caracterizada por una preocupante lejanía o desatención a los valores evangélicos.
Al dirigirme a las instituciones educativas de inspiración católica, deseo confirmar la alta estima que tengo por su responsabilidad formativa en el seno de toda la comunidad eclesial y el aprecio y confianza que siento por ellas. Pero mis reflexiones se dirigen también a todos los educadores cristianos que trabajan en instituciones educativas no católicas, donde, además de las dotes de competencia y profesionalidad, aportan su testimonio personal de fe.

2. La escuela católica tiene un deber que cumplir también en nuestros días, como señalaron el Concilio Vaticano II (cf. Gravissimum educationis, 8) y posteriores documentos del Magisterio. La multiplicidad y la contradicción de los mensajes culturales y de los modelos de vida que impregnan el ambiente en el que vive hoy la juventud, amenazan con alejarla de los valores de la fe, incluso cuando crece en familias cristianas. La escuela católica que no se limita a dar una formación puramente doctrinal, sino que se propone aquel ambiente educativo en el que es posible vivir la experiencia comunitaria de fe, de oración y de servicio, puede tener un papel importante y decisivo en asegurar a los jóvenes una orientación de vida inspirada en la sabiduría del Evangelio. El testimonio solidario de una comunidad educativa y el clima de fe que en ella se respira, constituyen el servicio peculiar a la formación cristiana de la juventud. Su acción será eficaz especialmente si va coordinada con la de la familia, estableciendo con ella un vínculo directo.

3. Pero la educación impartida en la escuela católica, debiendo formar en el sentido cristiano de la vida, no podrá eludir el problema de la opción vocacional. ¿Qué significa preparar para la vida sino ayudar a tomar conciencia del proyecto divino que cada uno lleva grabado dentro de sí? Educar, significa ayudar a descubrir la propia vocación en la Iglesia y en la sociedad humana. Una escuela que educa debe hablar de la vocación no sólo en forma genérica sino indicando las diversas modalidades en las que se concreta la llamada fundamental al don de sí mismo, comprendida la de una entrega total a la causa del reino de Dios. Todos los educadores de la escuela católica, religiosos y seglares, gradualmente y con discernimiento de fe, sepan hacer resonar, en forma también personalizada, la llamada de Cristo y de su Iglesia. Este hacerse eco de la llamada divina será tanto más positivo, cuanto más sea valorado por el ejemplo de su vida misma y sostenido por la oración.

4. Ayudar a tomar conciencia de la propia vocación es necesario, pero no es suficiente. No basta conocer para tener la fuerza de actuar. Hoy los jóvenes encuentran, a menudo, en torno a sí no sólo falsas imágenes de vida, sino incitaciones y condicionamientos que pueden obstaculizar una elección libre y generosa. La escuela católica prestará una ayuda valiosa a la elección vocacional, aportando motivaciones, favoreciendo experiencias y creando un ambiente de fe, de generosidad y de servicio que puedan librar a los jóvenes de aquellas condiciones que hacen aparecer «no apetecible» o imposible la respuesta a la llamada de Cristo.

5. Obrando de esta manera la escuela católica se pone al servicio del verdadero crecimiento de los jóvenes y responde a sus legítimas expectativas para una orientación de su vida inspirada cristianamente. Al propio tiempo cumple las propias responsabilidades con respecto a la comunidad eclesial. Es preciso subrayar también con claridad la naturaleza eclesial de la escuela católica: es la Iglesia quien le reconoce la capacidad de educar cristianamente a la juventud. Es la Iglesia quien por su medio, se hace madre de vida y maestra de fe para tantas generaciones jóvenes. Por esto, la escuela católica, respetando la libre elección de los jóvenes y la autonomía de las materias escolares, en el conjunto de su proyecto educativo, debe tener siempre presente las necesidades y esperanzas de la comunidad eclesial, entre las que, en primer lugar, se encuentran las vocaciones religiosas y sacerdotales.

6. Mi pensamiento se dirige también a los padres que confían la educación de sus hijos a la escuela católica. Les invito a fundamentar sobre razones de fe su elección. Esta es plenamente coherente cuando se inspira, ciertamente, en fines culturales y formativos, pero sobre todo en las exigencias de la vida cristiana. Les exhorto a ser una parte cada vez más responsable y activa dentro de la comunidad educativa de la escuela católica. Presten un apoyo eficaz para que esta escuela consiga siempre mejor los propios fines de educación integral, humana y cristiana; y cooperen en el crecimiento de sus hijos en la fe respetando y apoyando su elección, también cuando se orienta a la generosidad radical del Evangelio. No olviden que la felicidad de sus hijos como personas está ligada a la respuesta coherente a la llamada íntima del Señor. Y recuerden que un hijo o una hija entregado al Señor nunca se debe considerar como perdido sino más bien como ganado tanto para la Iglesia como para la familia misma.

7. Dirijo todavía un pensamiento especial a los jóvenes que frecuentan las escuelas católicas, teniendo presente también a toda la juventud cristiana, llamada a la elección valiente de fe, sea cual sea el tipo de escuela que frecuenta.

A vosotros que tenéis la posibilidad y la suerte de crecer en una escuela inspirada cristianamente os digo que la vuestra es una situación privilegiada. La Iglesia empeña fuerzas pastorales preciosas en vuestra escuela y precisamente por esto necesita vuestra colaboración. Enriqueced vuestra inteligencia con el estudio crítico y profundo de las diversas materias. Esto robustecerá vuestra fe y os facultará para dar un testimonio cristiano más eficaz frente al mundo. Aprended de vuestra escuela aquella integración entre fe y cultura tan difícil de conseguir en un ambiente social no siempre penetrado de valores cristianos. Aprended, sobre todo, a realizar una síntesis constructiva entre fe y vida.

Encontraréis muchas propuestas de vida cristiana en el ambiente de vuestra escuela, ciertamente más que en otra parte. Está en vuestras manos no dejar que se pierdan, antes bien acogerlas en un terreno bien dispuesto para que den frutos saludables. Abrios a la oración y a la Palabra que alimenta la fe; ejercitaos en el ejercicio de la caridad; colaborad en las iniciativas de servicio, especialmente en favor de los «últimos». Sed testigos de Cristo frente a vuestros coetáneos. De este modo fortaleceréis vuestra vida de creyentes, seguros de comprometeros en una causa grande y podréis sentir mejor la voz del Espíritu Santo.

Y si esta voz os llama a un amor más elevado y generoso, no tengáis miedo.

¡Animo, jóvenes! ¡Cristo os llama y el mundo os espera! Recordad que el reino de Dios necesita vuestra entrega generosa y total. No seáis como el joven rico que, invitado por Cristo, no supo decidirse y permaneció con sus bienes y con su tristeza (Mt 19, 22), él, que había sido interpelado por una mirada de amor (Me 19, 21). Sed como aquellos pescadores que, llamados por Jesús, dejaron todo inmediatamente y llegaron a ser pescadores de hombres (Mt 14, 18-22).

¡Señor, Jesús!, Pastor de nuestras almas, que continúas llamando con tu mirada de amor a tantos y a tantas jóvenes que viven en las dificultades del mundo de hoy, abre su mente para oír entre tantas voces que resuenan a su alrededor, tu voz inconfundible, suave y potente, que también repite hoy: «Ven y sígueme».

Mueve el corazón de nuestra juventud a la generosidad y hazla sensible a las esperanzas de los hermanos que piden solidaridad
y paz, verdad y amor. Orienta el corazón de los jóvenes hacia la radicalidad evangélica capaz de revelar al hombre moderno las inmensas riquezas de tu caridad.

¡Llámalos con tu bondad, para atraerlos a Ti!
¡Préndelos con tu dulzura, para acogerlos en Ti!
¡Envíalos en tu verdad, para conservarlos en Ti! Amén.

Mientras confío que el Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote, acoja las oraciones de su Iglesia, invoco la abundancia de las gracias divinas sobre todos vosotros venerables hermanos en el Episcopado, sobre los sacerdotes, religiosos y religiosas, y sobre todo el pueblo cristiano, en especial sobre todos los que se preparan a las órdenes sagradas y a la vida consagrada, y de corazón imparto la bendición apostólica, pensando especialmente en cuantos promueven el incremento de las vocaciones sagradas.

Vaticano, 2 de febrero, fiesta de la Presentación del Señor, del año 1989, XI de mi pontificado.

Juan Pablo PP. II

Condecoración al misionero

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Juan Pablo II, Sumo Pontífice, se ha dignado asignar y conceder la insignia de la Cruz augusta «Pro ecclesia et Pontífice» instituida principalmente para los destacados en obras egregias y en trabajo, al P. Severino González, ofm, facultándole al mismo tiempo, para adornarse con esta condecoración.

Vaticano, 8 de septiembre de 1988.

P. Severino González

El P. Provincial, Vicente Pellicer, entregó al P. Severino el diploma de concesión y Mons. Víctor de la Peña impuso la Cruz concedida por el Santo Padre, cuya imposición fue cerrada con un prolongado y emocionado aplauso por todos los asistentes (14 de enero de 1989).

Semblanza del P. Severino

El P. Provincial, Vicente Pellicer, en una circular escrita a los religiosos de la Provincia, comunicaba la concesión de la Cruz al Mérito Pontificio y eclesiástico al P. Severino González. En la circular convocaba e invitaba a los hermanos a la ceremonia de la imposición de la Cruz que tendría lugar el día 14 de enero en Santo Espíritu del Monte. Entre otras cosas, el P. Pellicer, hacía la siguiente y sintética semblanza del P. Severino:

«... quisiera, rápidamente, esbozar algunas fechas y acontecimientos que han marcado la vida de este hermano nuestro, como homenaje particular de la Provincia al Padre Severino.

El Padre SEVERINO GONZALEZ, nació el 23 de febrero de 1906, en un pueblo de la Safor, llamado Rafelcofer. Sus padres Fernando y María Dolores le llevaron al Seminario Menor de Benisa en 1920. El 27 de agosto de 1924 hizo su Profesión Simple en Santo Espíritu del Monte. En Cocentaina, el 18 de septiembre de 1927 hacía su ingreso definitivo en la Orden Franciscana con la Profesión Solemne.

Habiendo mostrado sus deseos de ser misionero en la región del Ucayali, en el Perú, es enviado en 1928 a Roma. Allí, en San Antonio, realiza un curso misionero-teológico. El 20 de julio de 1930 fue ordenado sacerdote, junto con el Venerable (hoy Beato) P. Gabriel Allegro, traductor de la Biblia al chino y Monseñor Buenaventura Akiki, obispo dimisionario de Beirut.

El día 3 de septiembre de 1931 es enviado a China. Un mes más tarde llega a Hong-Kong, incorporándose inmediatamente al Vicariato Apostólico de Yen-an-fu. Después de once meses de aprendizaje de la lengua y costumbres chinas fue destinado como párroco a Lichiapien. Las circunstancias políticas del momento le llevaron posteriormente al Vicariato de Fensiangfu. En noviembre de 1953 fue llevado maniatado delante de un "juicio popular" y condenado. En mayo de 1954, gracias a las gestiones de Monseñor Capozi, del Embajador de España en Roma y del General Franco, por medio de la Cruz Roja Internacional fue liberado. Quedaron atrás veintitrés años de entrega al Señor y a la Iglesia en aquellas tierras.

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Los PP. Severino González y Bernardo Stacchini a su llegada a Hong Kong, después de ser expulsados de China Comunista el 18 de mayo de 1954

P. Severino recién llegado a Perú

El P. Severino, recién llegado a las misiones del Perú, en su «despacho parroquial» de Requena, 1960

A su llegada a España fue nombrado Guardián interino de San Lorenzo; y al año siguiente, Superior de la Casa Noviciado de Santo Espíritu. Su mirada, sin embargo estaba siempre puesta en aquellas tierras lejanas... Sus superiores, conscientes de esta realidad, le enviaron en octubre de 1958 a la misión del Perú. Allí estuvo en Contamana, Requena, Flor de Punga, y de nuevo, en Contamana. Desempeñó varios cargos de responsabilidad: Vicario Delegado y Pro-Vicario del Vicariato Apostólico de Requena.
Desde su regreso en diciembre de 1987 se encuentra en el Convento de Santo Espíritu del Monte.

Si tuviera que resumir en dos palabras las características de la obra misionera de más de cincuenta años de este hombre, diría: sacerdote totalmente entregado a su ministerio y, particularmente preocupado y dedicado a los enfermos.»

El P. Severino bautizando y dando clases

El P. Severino administrando el sacramento del Bautismo y como profesor

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El Médico

Cruz pro Ecclesia et Pontífice al P. Severino González, ofm

Con fecha del pasado 8 de septiembre de 1988 Juan Pablo II concedió al P. Severino González la Cruz «Pro Ecclesia et Pontífice». El diploma acreditativo de tal concesión reza así en su traducción castellana:

«Juan Pablo II, Sumo Pontífice, se ha dignado asignar y conceder la insignia de la Cruz augusta 'Pro Ecclesia et Pontífice', instituida principalmente para los destacados en obras egregias y en trabajo, al Reverendo Padre Severino González, de la Orden de los Frailes Menores, facultándole al mismo tiempo para adornarse con esta condecoración.»

Monseñor Víctor de la Peña, Vicario Apostólico de Requena y Monseñor Julio Ojeda, Vicario Apostólico de San Ramón, ambos en Perú y encomendados a la Provincia de San Francisco Solano, fueron quienes solicitaron para el P. Severino tal condecoración a través de las Nunciaturas Apostólicas en Perú y en España.

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P. Severino González entre Mons Víctor de la Peña y el Arzobispo de Valencia

P. Gonzalez Ferrero y Mons Víctor de la Peña

P. González Ferrero, Custodio de la Provincia Franciscana de San Francisco Solano y Mons. Víctor de la Peña, franciscano de la misma Provincia, hoy vicario apostólico de Requena, misión donde el P. Severino desarrolló su apostolado

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(De izquierda a derecha) P. Severino; P. José Palací, misionero compañero del P. Severino; P. Ferrero, Custodio en España de la Provincia San Francisco Solano del Perú, y Mons. Víctor de la Peña, Obispo del P. Palací y hasta ahora también del P. Severino

El pasado 14 de enero del presente año se le impuso al P. Severino la condecoración pontificia. Fue una jornada auténticamente familiar y fraterna, eclesial y misionera, con un tono —valga la paradoja— de sencilla solemnidad.

A las doce del mediodía se celebró la Eucaristía. Presidía a los más de cuarenta concelebrantes Monseñor Víctor de la Peña, acompañado en lugar preferente por el P. Provincial, el Custodio de la Custodia en España de la Provincia de San Francisco Solano, el P. Guardián de Santo Espíritu y el P. Palací, que comenzó su vida misionera en la selva del Perú con el P. Severino y allí sigue evangelizando. Entre los concelebrantes se hallaban algunos franciscanos que compartieron, en diversas etapas, con el P. Severino la tarea misionera y algunos sacerdotes de la zona, entre ellos el Párroco de Gilet. La iglesia se encontraba llena: religiosos, religiosas, familiares y amigos, que quisieron unirse al P. Severino en el que era indudablemente «su día». Destacaba el grupo numeroso llegado de su pueblo natal Rafelcofer.

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El P. José Palací junto al P. Severino, quien proclama la Palabra de Dios

Tenía anunciada su asistencia el Nuncio de Su Santidad en España, Monseñor Mario Tagliaferri, que fue anteriormente Nuncio en Perú, donde conoció personalmente al P. Severino. La imprevista suspensión del vuelo Madrid-Valencia, cuando se encontraba ya en el aeropuerto de Barajas, le impidió bien a su pesar estar presente. Pudo, con todo, enviar el texto de la homilía que había preparado. En su nombre fue leída por el P. Provincial.

Al término de la Eucaristía, tras celebrar la entrega de Jesús en su Pascua, se impuso la condecoración pontificia al P. Severino. Era también una celebración: la de una vida entregada con generosidad a la misión de Jesucristo entre los hombres. Después de la lectura del diploma de concesión, en latín y en castellano, Monseñor Víctor de la Peña prendió en el hábito franciscano del P. Severino la cruz al mérito pontificio y eclesial, mientras un largo y cariñoso aplauso le expresaba el afecto y la alegría de todos los presentes. Monseñor Víctor pronunció a continuación unas palabras de agradecimiento y de petición de ayuda para la misión que tiene a su cuidado.

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El P. Provincial, Vicente Pellicer, da lectura a la homilía de Mons. Mario Tagliaferri, Nuncio de Su Santidad en España

Varios concelebrantes

Algunos de los casi 60 sacerdotes y franciscanos que se unieron a la celebración eucarística

Palabras de Mons. Víctor de la Peña

Mons Víctor de la Peña

Monseñor Víctor de la Peña, acompañado del P. Provincial Vicente Pellicer, dirige unas palabras al P. Severino González

Querido Padre Severino:

Esta distinción honrosa, que le ha concedido el Santo Padre y que acabamos de imponerle, no se la hemos pedido para satisfacer su vanidad —que sabemos no la ha tenido nunca en el servicio evangélico— ni tampoco para satisfacer la nuestra, aunque a veces la tengamos.

En la carta de petición de esta distinción le decíamos al Santo Padre, por medio del Cardenal Casaroli, Secretario de Estado, que la solicitábamos porque considerábamos que un ejemplo viviente de fe, de entrega y de fidelidad tenía que ser atractivo para nosotros y para nuestra juventud.

Tener el coraje de vivir más de cincuenta años fuera de la Patria al servicio de los demás, en total solidaridad con los más necesitados, prolongando la salvación de Jesucristo, con todas las dificultades vividas en China y en la selva del Perú, es sin duda un gran aliciente para todos nosotros que a veces nos tambaleamos ante las pequeñas dificultades de cada día.

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El P. Severino, emocionado, se acerca al altar, para dar gracias a Dios con un entrañable abrazo a su Obispo y a su Padre Provincial

Queríamos en esta condecoración poner nuestro cariño, nuestro afecto y nuestro agradecimiento a Dios Padre, porque nos dio este regalo al Vicariato en su persona. Y a usted, padre Severino, queríamos agradecerle por su ejemplo de oración, de entrega al servicio de los más necesitados y de fidelidad a Jesucristo, a la Iglesia y al hombre.

Acepte, padre Severino, en nombre mío y en nombre de todos los misioneros y misioneras del Vicariato este afecto y este cariño. No quiero terminar sin unas palabras de agradecimiento a esta Provincia Franciscana de Valencia, Aragón y Baleares. Sí, agradecimiento por este regalo del servicio del padre Severino y por el regalo de otros dos grandes misioneros que llevan más de treinta años sirviendo en el Vicariato Apostólico de Requena: el P. José Palací, aquí presente, y el P. Jesús Carballo.

Y junto al agradecimiento permítame, Padre Provincial, una pública petición que ya hemos hecho otras veces: en la medida de lo posible sigan ayudándonos a esa evangelización integral que queremos continuar en el Vicariato. Tener siete sacerdotes, y yo ocho, y dos hermanos junto con veintitrés religiosas para atender ochenta mil kilómetros cuadrados en la Selva es una tarea que nos resulta casi imposible. Por eso, pedimos esta posible ayuda.

De nuevo, gracias. Y que el Señor nos siga dando la fuerza de su Espíritu para seguir evangelizando y dejándonos evangelizar.

Comida de fraternidad

Como se había compartido el Pan y la Palabra, se compartió después la mesa de la fraternidad. Alrededor de ciento cincuenta comensales se reunieron en el comedor de la Casa de Espiritualidad, servicialmente atendidos por los más jóvenes de entre los más de sesenta franciscanos congregados allí. El Sr. Arzobispo de Valencia, aunque impedido por otros compromisos pastorales de asistir a la Eucaristía, quiso estar presente en la comida. Al final de la misma, en un ambiente familiar y festivo, el P. Provincial expresó el sentir de toda la Provincia, alegre y agradecida a Dios por sus dones. El Sr. Arzobispo subrayó la eclesialidad y el impulso vocacional del acto. El pueblo de Gilet, a través de unas palabras y un obsequio de su alcalde, se adhirió también al homenaje del P. Severino. El mismo P. Severino, con palabra sencilla y contenida emoción, desgranó los recuerdos de su vocación misionera y sus años en China y Perú.

Sin duda, todos los que habían acudido ese día a Santo Espíritu regresaron a sus lugares «llenos de consoladora alegría espiritual», como otrora los hermanos reunidos en el Capítulo de las Esteras. Y la fraternidad de Santo Espíritu se sintió feliz de haberlos acogido y de tener en ella como hermano al P. Severino.

En alabanza de Cristo. Amén.

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Palabras de D. José Cataluña Oliver, alcalde de Gilet

El pueblo de Gilet, en la persona de su Alcalde, hizo un obsequio al P. Severino. El señor Alcalde al entregarle el obsequio al P. Severino dijo: «...Nosotros, las autoridades de Gilet, en nombre de todo el vecindario de nuestro pueblo, nos alegramos como el que más que la Iglesia festeje a uno de los vecinos de Gilet, porque el P. Severino, viviendo en Santo Espíritu, es a todos los efectos de cariño y aprecio, un vecino nuestro. Reciba este plato de cerámica que encierra los símbolos más queridos de Gilet y de Santo Espíritu del Monte.»

Saludo del Padre Provincial, Vicente Pellicer, al Sr. Arzobispo de Valencia

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Estimado D. Miguel.

En nombre propio y de la Provincia Franciscana de Valencia, Aragón y Baleares, y del Padre Severino, nuestro agradecimiento por su presencia entre nosotros.

Este gesto significa para todos nosotros el reconocimiento de la tarea evangelizadora del Padre Severino. Hombre de la "nostra térra", de Rafelcofer, de la Safor. Religioso Franciscano de su Diócesis.

Don Miguel, sentimos que es un día grande para los Franciscanos, pero, también, para nuestra Iglesia Diocesana. A través de usted se hace presente con toda su fuerza y riqueza. Por eso queremos hacer extensivo este reconocimiento a todos los sacerdotes, religiosos y religiosas que —desde nuestra Diócesis— anuncian el Evangelio en los cinco continentes.

No quisiera terminar sin decirle, D. Miguel, que su presencia nos recuerda, también, que solamente unidos profundamente, y como decía nuestro Padre San Francisco, en fidelidad a la Iglesia, podremos anunciar la Buena Nueva a los hombres. Hoy queremos expresar nuestra comunión con la Iglesia Diocesana, en donde se visibiliza y realiza la Iglesia Universal.

Una vez más, gracias, señor Arzobispo, y a todos los presentes, muchas gracias..»

Felicitación del Sr. Arzobispo al Padre Severino

Padre Severino: Unos compromisos previos me han impedido asistir a la ceremonia religiosa, pero sí he podido llegar a la comida de fraternidad y aquí me tiene a su lado.

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Quiero expresarle mi admiración y agradecimiento en nombre de la Iglesia y concretamente de la Iglesia de Dios en Valencia.

Cuando yo le conocí por primera vez, en una de mis visitas a este Monasterio, usted me habló de su lucha por volver a su misión. Y le entiendo. Le entiendo muy bien; yo que he visitado muchas zonas de esas tierras misioneras, cuando he ido a ver a sacerdotes valencianos, sé que el corazón queda prendado con aquellas gentes necesitadas de tanta ayuda. Son gentes tan pobres en todos los sentidos que realmente uno no sabe qué hacer.

Me alegra que el Padre Provincial me diga que este año en la Provincia Franciscana de Valencia tiene seis postulantes. Es de esperar que el sacrificio de uno sirva para que florezca este árbol franciscano, cuya tradición está tan vinculada a Valencia, en tantos lugares donde está presente el espíritu franciscano, importante don de Dios para la Iglesia.

D. Miguel Roca y el P. Vicente Pellicer

El señor Arzobispo, don Miguel Roca y el P. Provincial, Vicente Pellicer

El Señor le premie, P. Severino; el Señor le condecore por todo lo que usted ha hecho por la Iglesia y sigue usted haciendo. Lo está haciendo en la oración, con esa vida sencilla, con su vida de franciscano aquí en este monasterio de Santo Espíritu del Monte de Gilet.

Un abrazo, P. Severino.

D. Miguel Roca besa las manos al P. Severino

El señor Arzobispo besa las manos del anciano misionero, P. Severino