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Mártires de Teruel

 

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Santos Martires, pintura sobre un arca que se guarda en el museo del convento.

San Juan de Perusa y San Pedro de Saxoferrato

Los santos Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato, oriundos de una y otra ciudad en la Umbría y en los Abruzos, respectivamente, en Italia, habían sido compañeros del mismo Francisco de Asís, fundador de la Orden de los hermanos menores, cuya norma de vida llegan a encarnar con tal fidelidad, que el santo se complacerá en seleccionarlos para conformar la expedición misionera que, bajo la dirección de Bernardo de Quintaval, envía a España en el año 1217. El cronista aragonés José Antonio Hebrera nos da algunos de los nombres de aquel grupo evangelizador: fray Bernardo de Humanalis, fray Bernardo de Moraria, fray Zacarías Romano, fray Clemente Tusco, fray Benincussa Tudetino, fray Gualterio y fray Félix.

Llegados a territorio español, fray Bernardo los distribuye en grupos y los distribuye por cada uno de los reinos cristianos de la península. Juan y Pedro acompañan a Bernardo y Felix y asisten a la fundación del primer convento en Lérida. Desde ahí, por Fraga, siguiendo las instrucciones de un noble capitán turolense, D. Martín Garcés de Marcilla, con quien se habían cruzado en el camino ya en Italia y que les había entregado cartas de favor para su familia y ambos cabildos de Teruel, descienden hacia tierras de Teruel.

El camino había resultado largo y fatigoso: norte de Italia, sur de Francia, condado de Cataluña y el reino de Aragón. El término del viaje para algunos, a través de los distintos reinos de la España cristiana, se fija en Portugal.

El nombre prerromano de Teruel, Ter, hace pensar en un posible poblado ibérico del que se carece de noticias fehacientes, que alcanza consideración de villa ya en época cristiana, a lo que contribuirá el fuero con que la distingue Alfonso II en 1171 y haber alcanzado, con el tiempo, a lo largo del siglo XIII, la condición de comunidad de aldea, al igual que Albarracín, Calatayud y Daroca.

Nuestros santos llegan a esta villa en torno al año1217, fecha en que el papa Inocencio III, concluido el Concilio IV de Letrán, le ha confirmado a Francisco la Regla con que se han de regir los hermanos desde allí en adelante, estén donde estén. A partir de ahora, respaldados por la bula papal, no se les confundirá tan fácilmente con herejes, como venía ocurriendo hasta entonces, tan parecidos a ellos como los cátaros y los valdenses.

Se establecen ya de modo definitivo, desde 1218, en la ribera del río Guadalaviar, en la parte baja del arrabal, en plena vega del río, para lo que edifican dos habitáculos a uno y otro lado de la ermita de san Bartolomé, de la que se les han hecho generosa donación, merced a la familia Garcés de Marcilla, y en cuyo entorno cavan un pozo que aún se conserva, para cubrir necesidades primarias y atender la pequeña huerta que rodea la ermita.

Juan de Perusa y Pedro de Saxoferrato, tallas del escultor valenciano Francisco Serra Andrés.

Serra Andrés nace en Valencia, en año 1924. Estudia en sucesivas escuelas artísticas y talleres con escultores valencianos hasta que decide montar su propio taller. La crítica destaca cómo consigue en sus obras expresar la vitalidad de los personajes representados. Nuestros Mártires pasan por ser la obra más lograda de toda su rica producción. Muere en Valencia en 2002

Juan es sacerdote, por lo que suele significarse representado con un libro entre las manos, condición que le permite emplear su tiempo en predicar el evangelio a la gente, administrar los santos sacramentos, y, con la ayuda del otro hermano, de condición laica, enseñar a los niños los rudimentos de la religión y la cultura o atender a los enfermos del hospital local.

En cuanto a la enseñanza, el resurgimiento burgués de la industria y el comercio a lo largo de esos siglos, echa mano oportunamente de los frailes que, a diferencia del monje, se establece en los pueblos y ciudades, para que impartan a sus hijos los conocimiento elementales del lenguaje y la aritmética, que les capacite para el ejercicio comercial. Desde los estudios históricos de los hermanos Pirenne, se dice que los frailes mendicantes popularizan así la cultura en Occidente; y nuestros dos religiosos no se eximen tampoco de ese noble cometido.

Teruel bulle, además, por esos años, dado el tráfago de soldados que afluyen a la población para engrosar los ejércitos aragoneses que han de reconquistar Valencia, desde los mismos límites turolenses. No faltan tampoco mercaderes de toda índole que trafican con el reino moro, en un intercambio incesante de mercaderías.

¿Llegaron a conocer nuestros hermanos a los nobles aragoneses, D. Bñasco de Asragón y D. Dartal de Luna, que recatarían sus cuerpos mártires, poco tiempo después? Y es que no se limitan nuestros mártires a predicar la Paz y el Bien en los límites estrechos de la villa, sino que extienden el área de su evangelización a los poblados limítrofes que rodean la villa, y no tardan en constatar la difícil tarea que supone pretender convertir a gentes de cultura aún musulmana, que por inercia se resisten a aceptar una fe distinta a la habitual y otras costumbres.

Proyectan entonces, desde su ardor misionero, llevar la luz de la fe a la misma ciudad de Valencia, cuya influencia islámica se hace sentir firmemente en tierras limítrofes de Teruel, y todo viene a pedir de boca.

Ocurría que, en el Capítulo de las Esteras, celebrado en Asís en 1219, san Francisco había destacadp una segunda expedición numerosa de religiosos a nuestra península, encabezados por Juan Parente, quien se establece en Zaragoza con diez de ellos, el 18 de agosto de ese mismo año, erigiendo un convento a este fin entre el Ebro y la Huerba, tomando posesión el día 28.. Su condición de prelado otorgada por el santo Fundador y su nativa calidad de hombre sabio y organizador, le permite celebrar el primer capítulo de la Orden en España, en 1220, que reúne a un número no inferior al centenar de religiosos, procedentes del los reinos de Aragón, Navarra, Castilla y Portugal, y donde se decide delimitar a todos los religiosos españoles en una única Provincia franciscana, para lo que se propone nombrar un primer provincial, cargo que recae en el propio Juan Parente, primer ministro provincial así en la historia de la Orden en España.

Nuestros dos santos asisten a dicho capítulo y tras exponerle al padre provincial su preocupación por los escasos resultados de su predicación en tierras turolenses, le manifiestan su proyecto misionero y obtienen así licencia para llevar a cabo tan arriesgado intento de ir a tierra musulmana, para llevar allí la buena noticia del evangelio, como al fin y al cabo, tiene dispuesto Francisco de Asís en la Regla o norma de vida por la que se han de regir todos los hermanos.

En 1228 emprenden la marcha hacia tierras valencianas, aprovechando para el desplazamiento algún viaje de mercaderes. Todo su bagaje se reduce a la ropa que llevan puesta, una botellita para el vino de celebrar y sendas cucharas de palo para la sopa. Parece ser que una vez allí, recurren a la amable acogida de los cristianos de la Iglesia de San Vicente de la Roqueta, donde moran algunos días, fuera de las murallas de la ciudad.

No les resultó fácil la empresa. Apenas empiezan su apostolado entre la población árabe, las autoridades se apresuran a conducirlos presos al rey musulmán, Zeit Abu-Zeit, quien les somete en vano a un duro y amenazante intento de conversión, resistencia que pagarán con el martirio.

Es voz común que fueron torturados atados a unos troncos de ciprés en la Plaza de la Higuera, aunque no faltan quienes mantienen que el martirio tuvo ya lugar en el mismo palacio real. A Juan le clavan un espadín en el pecho; a Pedro le abren la cabeza con un alfanje. El cuidado con que fueron amortajados para su enterramiento, recogiendo las mínimas pertenencias de uno y otro, como telas, sendas cucharas y el frasco del vino para celebrar, hace pensar que fueron fervientes cristianos quienes realizaron tan cuidadoso sepelio, probablemente pertenecientes a la misma comunidad de San Vicente de la Roqueta. La fecha, non sin dubitación, se sitúa en el día 29 de agosto de ese mismo año.

La toma de la fortaleza hasta entonces inexpugnable de Morella al rey moro de Valencia Zaen, sucesor de Zeit Abu Zait, por Blasco de Aragón, propicia que, a instancia suya y de Dartal de Luna, el rey cristiano Jaime primero, proponga la liberación de los nobles musulmanes caídos presos en la batalla, a cambio del rescate de los cuerpos de los dos mártires franciscanos, cuyo valiente testimonio aún reciente se sumaba así a la fama de santidad con que venían siendo reconocidos por cuantos les habían conocido con anterioridad en tierras turolenses.

Obtenido el rescate, el propio rey se compromete a llevar sus restos personalmente, a caballo, en una urna de alabastro, separadas previamente las cabezas de sus cuerpos y enmarcadas en plata por disposición real, ya que su designio era retenerlas para sí.

Ya en Teruel, el mismo rey se complace en llevar devotamente los despojos de nuestros mártires en procesión, hasta la ermita de San Bartolomé, donde queda la urna empotrada en la pared del púlpito desde la que tantas veces habían predicado a la gente nuestros mártires. La afluencia creciente de devotos desde todo los rincones de la provincia que acuden a venerar los sagrados restos, aconseja construir otra iglesia más capaz y desahogada, de forma cuadrangular, que comprenda en su estructura la ermita original. Es el año 1249.

El año 1390, el arzobispo de Zaragoza, D. García, del noble linaje de los Fernández de Heredia, originarios de Munébrega, Calatayud, decide construir en el solar de la anterior iglesia una mucho más amplia, de estilo gótico, en calidad de iglesia mortuoria, donde ser enterrado en su día, a la manera como había procedido su tío Juan, Maestre de la Orden del Hospital, en Caspe.

Ésta iglesia de piedra sillar, tan austera como elegante por eso mismo, acabada con suma celeridad en 1402 merced a la obra acelerada de dos arquitectos y un cúmulo de canteros, se inaugura a principios del siglo XV. Sobre la antigua nobleza de sus piedras ha llovido una buena parte de la historia, no siempre pacífica y bonancible, de Teruel, como celebrábamos recientemente en su VI centenario.

Fray Ángel Martín, ofm.

Dos relaciones martiriales

Datos históricos sobre los santos mártires

Al momento de proceder a declarar santos anuestros mártires, la Orden recoge cuantos datos aclaren la santidad y antigüedad con que se les venía venerando ya como santos por el pueblo, desde los días de su martirio.

Existen dos relaciones de hechos y milagros a ellos atribuidos, que son, por eso mismo y su antigüedad, una fuente documental de primer orden, al momento de fundamentar cuanto sabemos de nuestros mártires.

Estos documentos son conocidos como Relación A, que es propiamente la positio, que defiende para la canonización de los santos el procurador franciscano fray Juan Pérez López y Relación B, que es respuesta a la primera. La relación A es de los años 1693-1697; la relación B, del año 1690.

Según los datos que fijan estos documentos, los mártires llegan a Teruel hacia el año 1220, por orden del último rey moro Abu Zeit, sin precisarlo con exactitud, y son degollados en la placita de la Higuera, de Valencia, en los años 1228-1229.

Resumimos aquí lo más relevante de su artículo.

RELACIÓN A

En la Relación A, o positio, testimonialmente datada para la canonización de nuestros mártires, escrita entre los años 1693-1697, se defiende la antigüedad de la condición de santos otorgada por el pueblo a los mártires de Teruel; y de la respuesta a la misma o Relación A, escrita con posterioridad a 1690, para la canonización de los santos mártires, que ejerce el P. Juan Pérez López, pueden entresacarse igualmente noticias históricas no menos interesantes, corroboradas por otros documentos, como la Historia de las cosas memorables de este convento.

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Imágenes de los Santos Mártires de una arqueta que se conserva en el museo de los Mártires.


RELACIÓN B

Esta otra relación anónima, en que se responde a la primera, igualmente articulada, pertenece a un alcalde de la ciudad de Teruel, hijo de Bartolomé Zivera y padre de un sacerdote, Pablo Zivera, doctor y protonotario de la Iglesia de San Juan, como se deduce de los artículos 13 y 27, como ya anotó el P. León Amorós. La relación queda mutilada a principio y fin, a partir del artículo 10.

Responde y corrobora los artículos de la Relación A, desde la propia experiencia de lo que cuenta o de informes directos de otros testigos, aduciendo en todo ello detalles que faltan en la relación del Procurador.

Artículo cuarto. Traslada el testimonio del prior del Capítulo, Cristóbal Alegría, que conoció la urna de las reliquias de los santos colocada sobre el púlpito del Oratorio o ermita primigenia.

Quinto. Sobre el contenido de l artículo 5º, cita un manuscrito sobre los mártires, conservado en el convento, escrito por el P. Tomás Silvestre, con el título Historia de las cosas memorables acerca de los Hermanos menores de San Francisco del Reino de Valencia. y la Crónica de San Antonio de Florencia, de 1586, París, tercera parte.

Sexto. Identifica la capilla del Cristo con la segunda del lado del evangelio, que en esa fechas se correspondía con la de la Purísima Concepción, donde se veneraron las santas reliquias hasta 1481, fecha en que fueron ocultas en dicha capilla, aunque con el tiempo, también halladas allí mismo, nam in aedem capella, in mediaetate altaris, quodam foramen ocultum a quo sublatum fuit lapis, ex quibus et componitur ecclesia et capella, reperitur, etsi modo (y si) effigies Christi quae venerabatur in praedicta capella, a qua nomen accepit Christi, nunc extaret, ad ángulum pedum crucis, Corpora Sanctorum Martyrum occulta fuere, nam in pedibus Christi cognoscitur fuisse compossita. De modo que los restos fueron hallados hacia la mitad del altar del Cristo, en el sitio en que queda el ángulo de los pies de dicha imagen, hay desaparecida.

Séptimo: En el año 1481, son halladas por indicación del P. Maestro Vega, tal como dice el P. Tomás Silvestre en su manuscrito, año 1585. Las reliquias, fueron trasladadas en procesión al altar mayor y colocadas bajo el sagrario, en la misma arca en la que fueron encontrados, que mostraba un letrero indicador: Estos son los restos de los Santos mártires fray Juan y fray Pedro. Fue entonces cuando se colocaron dos huesos largos, adornados con plata en sus extremos, en un arca, para llevarse a los enfermos.

Octavo. Dado el mal estado de conservación del arca en que fueron hallados, el Barón Gaspar Muñoz hace fabricar un arca nueva en el año 1537, que, sobre dos maderas que la gente llama canetes (canecillos), fue colocada de nuevo en la capilla del Cristo, donde lo indican unos vestigios.

En el año 1616, el padre guardián Vicente Gómez manda fabricar un magnífico sagrario, y en dos cajitas adjuntas a un lado y otro de dicho sagrario, fueron colocadas la reliquias.
El año 1690 el P. Jerónimo Delorte, Lector jubilado, calificador del Santo oficio y guardián del convento.

Noveno. Dos huesos contendidos en una arqueta plateada, eral llevados a los enfermos por religiosos del convento.

Decimo. Los antiguos brazos que contenían reliquias de los santos a ambos lados del altar mayor, han sido renovadas por otros dos en estos días (16 90 y pico).

Undécimo: Certifica haber visto la cruz procesional que contiene restos de los santos, en la que hay signos de antigüedad en partes deterioradas por el tiempo.

Duodécimo. Certifica que el retablo del altar mayor, en dos de cuyas hornacinas aparecían nuestros mártires, alzado por los años de la erección del templo, cierta noche cayá deshecho. En su lugar fue colocado un lienzo en el que figuraban nuestros mártires, ante quienes aparecía arrodillado el obispo Tomás Cortés. Dicho lienzo ocupó ese lugar durante treinta años, hasta la erección de otro.

Décimo tercero. Corrobora que a ambos lados del altar había dos antiguas columnas de madera con signos de deterioro, que mantenían sendas estatuas de nuestros mártires, con un relicario de sus mismas reliquias. No se sabe si datan de 1402, erección de la Iglesia, o de 1481, fecha del hallazgo de las reliquias. Cita a su padre, Bartolomé Zivera.

Décimo cuarto. Corrobora que, deshecho el altar primigenio, en las puertas laterales del nuevo figuraban las dos imágenes de los santos mártires correspondientes a las que había en el anterior.

Décimo quinto. Se confirma lo del arca de cristal que manda labrar el P. Vicente Gómez, en lugar de la que hizo el Barón Muñoz, Señor de Escriche, a donde trasladó las reliquias el obispos D. Jerónimo Zolivera. El arca estaba cubierto con una tela de seda adornada con orlas doradas, con cuatro clavos dorados y sujeto con otros cuatro también dorados.

Dichos clavos de conservan, dos en el Archivo de la ciudad, dos en el archivo de la Catedral, dos en el archivo del obispo, y dos en la casa del magnífico señor Diego Andrés Sánchez de Cutanda y Martín, caballero de la Orden de Santiago y Baile de la comunidad de Teruel.

Décimo sexto. Las imágenes que figuraban sobre las celdas que habían ocupado los mártires, figuraron luego en el presbiterio de la capilla mayor, sobre un enrejado de madera que cerraba el presbiterio, hasta que fueron llevados al lugar donde hoy están.

Décimo séptimo. Asegura haber venerado las imágenes que figuraban en la sacristía. A los pies de san Juan, se leía año, y a los de san Pedro 1526; y en medio de ambas imágenes figuran unas imágenes de Cristo crucificado, con la Virgen María y san Juan junto a la cruz.

Décimo octavo. Asegura que en la primitiva ermita hubo un cuadro de los dos mártires arrodillados ante el apóstol san Bartolomé.

Décimo nono. Apunta que el arca hecha por el ilustre D. Muñoz, señor de Escriche, permanece elevada sobre tierra, en alto, en la capilla de los mártires. Con anterioridad, había sido colocada, también elevada, en la pared del lado del evangelio del altar mayor.

Mientras las sagradas reliquias estuvieron en las arquetas laterales del sagrario en el altar mayor, el tiempo transcurrido lo fue desde 1537 a 1616.

Vigésimo. Describe el cuadro mandado pintar por el obispo D. Tomás Cortés, en que el obispo aparecía con ropas pontificales, arrodillado ante los santos mártires, depuesta la mitra a un lado, y con las manos juntas, en actitud de dar gracias por el favor obtenido de la curación de las heridas del sobrino del Obispo, D. Faustino Cortés. Con motivo de este hecho, en el año 1623, se celebraron grandes fiestas, como consta en el Manual de la ciudad.

Vigésimo primero. En el altar de San Diego hay dos tablas pintadas con las efigies de los dos mártires, una al lado del evangelio y la otra al lado de la epístola, cuyos colores ya muestran signos de deterioro.

Vigésimo segundo. Habla del pozo de los mártires y de la referencia que hace de él Juan Yagüe de Salas en su libro Los Amantes de Teruel, impreso en Valencia, pág. 718, [por el editor Pedro Patricio Mey, año 1616]. Por la fe en sus aguas, se muestran sanos los enfermos.

Vigésimo tercero. Notifica que en el huertecillo interior del claustro hay una capilla a los santos mártires donde figura una tabla con las efigies de los mártires, frecuentemente renovada por causa de las lluvias, y donde se dice misa o se reza simplemente. Se tiene acceso a ella desde la Iglesia, de modo que pueden acceder lo mismo hombres que mujeres.[Por el pórtico al claustro, hoy día “impracticable”].

Veinticuatro. Hay dos imágenes en el altar mayor, colocadas junto a las puertas. En lado del evangelio, en una hornacina, san Juan aparece recibiendo una corona de manos de una ángel que desciende de lo alto; en la hornacina, hay una urna preciosísima para guardar los restos de los mártires. En el lado de la epístola queda la de san Pedro, de semejante factura, en cuya hornacina se guardan los brazos-ostensorio y la cruz procesional, de plata, para ser mientras no se mostradas a la pública veneración en días de solemnidad muy señalada.

Veinticinco. Cita los libros que cuentan el milagro de la langosta, evitadas por intercesión de los santos: Chonica de Marcio, Lisboa, traducida por Diego Navarro e impresa en Alcalá por Juan Gracián en su Historia Ecclesiástica, impresa en Cuenca por Pedro del Valle, año 1586, cap. 27; Chronica General de San Francisco, impresa en Sevilla por Francisco Pérez, año 1598, cap. 61, al final; Flos Sanctorum, de Francisco Ortiz Lucio, impresa en Madrid por Miguel Serrano de Vargas, año 1605, pág. 295, al dorso; Los Amantes de Teruel, de Juan Yagüe de Salas, Valencia, ed. Pedro Patricio Mey, 1616, pág. 716, línea 18. La procesión se renueva anualmente el día 30 de julio. Se llama a sí mismo el autor Ministro de la ciudad [alcalde].

26. Nada.

27. Asegura haber inculcado la devoción a los santos a su hijo sacerdote, doctor Pablo Zivera, protonotario de la Iglesia de San Juan.

28. Sobre la celebración de misas conmemorativas de los dos santos, cita dos libros: el Manual de la ciudad y un libro llamado Cors divina aut Palatium Caeleste del reverendo padre Causino, jesuita, traducido del latín por el doctor Esteban de Aguilar y Zúñiga, Madrid, por José Fernández de Buendía, pág, 6, año 1675, tomo undécimo, de donde deduce que la historia del martirio es conocida en lugares muy remotos.

(Faltan los restantes artículos, desde el 29 al 38).

Las diferentes urnas para las reliquias

Las reliquias de los santos mártires han ido pasando de una urna a otra, a lo largo del tiempo, ya por su envejecimiento o simple deterioro y mayor dignidad de las que sucesivamente se han ido incorporando al noble oficio de contener los sagrados restos.

*La primera, de alabastro, la hacen construir los mercaderes a quienes se encomienda traer a Teruel los restos de los mártires, desde su enterramiento la placita de la Higuera en Valencia.

*Perdido el lugar donde, durante años, permanecen ocultas para evitar la depredación constante de los huesos de los mártires, en 1481, se depositan en una nueva arqueta, con la que son trasladaos los restos sagrados al altar mayor, quedando bajo el sagrario, a modo de basamento,

*Esta arca cumple su cometido hasta 1537, fecha en que, a expensas del Barón D. Gaspar Sánchez Muñoz, Señor de la villa de Escriche, se hace labrar un arca donde se depositen con toda dignidad los restos sagrados de los santos fundadores.

Urna forjada por el artífice turolense Matías Abad, en 1917, que contiene las reliquias de nuestros mártires, en su altar de la iglesia de San Francisco

* !n 1616 se trasladab las reliquias a otra arca que hace confeccionar el Sr. Muñoz que guardó las reliquias, esta vez en la capilla del Cristo, y luego en la pared del presbiterio, en el lado del evangelio, sobre dos canecillos (canetes); y de ahí, se trasladan al huertecillo del claustro, a la capillita que los mártires tienen allí dedicada.

* En ese fecha de 1616, el P. Vicente Gómez, guardián y procurador ante la curia de Valencia para la presentación de la causa de canonización de nuestros santos, hace labrar un nuevo tabernáculo, en cuya base figuraban tres departamentos: uno al centro y dos a los lados, estos últimos para cobijar las reliquias.

* En 1628, fecha en que el Sr. Obispo, D. Tomás Cortés coloca en el altar un gran cuadro en conmemoración de la curación prodigiosa de su sobrino, D. Faustino Cortés y Sangüesa, Señor de la villa de Torres Secas, natural de Huesca y residente en Teruel, se habla de otros relicarios, uno en una hornacina que quedaba al lado del evangelio y otro en el lado opuesto, donde se guardan reliquias de ambos mártires, por separado, junto con dos brazos provistos de una ventanita de cristal por donde se podían contemplar unas reliquias de los santos, aptas para ser llevados por las casas a los enfermos.

* En 1625 se labran dos urnas de cristal, a cuenta de D. Diego Andrés Sánchez de Cutanda y Martín, caballero de la orden de Santiago y baile general de la comunidad de Teruel. Una de ellas, más pequeña, de cristal, en cuya estructura de madera dorada es la que aún se conserva con las reliquias de los mártires; la otra, destinada a contener la pequeña, es de madera cubierta de terciopelo carmesí, con galones de oro y muy bien tachonada, forrada interiormente con tela carmesí. Dispone de cuatro cerraduras doradas. En ella se contuvo el arca menor de las reliquias hasta 1917, en que vuelve a fabricarse otra también de madera, con pinturas al oleo añadidas en fecha posterior.

Arca de los Santos mártires de 1690

Arca de 1690 que servía para llevar por las casas, reliquias de los Santos a los enfermos.
Está decorada con una imagen de los Santos Mártires junto al pozo del convento.
Arriba se ven las cinco llagas de Cristo, escudo de los franciscanos de Tierra Santa.

*Antes de esta última fecha, concretamente en 1835, suprimidas las órdenes religiosas por el decreto de desamortizador de Mendizábal, dicha urna con las reliquias dentro ,se habían trasladado al convento de las hermanas clarisas de Teruel, donde permanece hasta la rehabilitación de San Francisco, en 1903, fecha en que, reconstruidos convento e iglesia, vuelven los religiosos a habitar sus celdas.

* En 1917, con motivo de la celebración del séptimo centenario de la llegada de nuestros mártires a Teruel, la pequeña urna de cristal, obra de D. Diego Andrés —que lleva sus armas pintadas en su interior—, se extrae de la mayor que la contenía para colocarla en en una nueva urna de hierro forjado y cristal, obra de un artífice turolense, con seis llaves.

El P. León Amorós, en la historia de nuestros mártires, Los santos mártires franciscanos B. Juan de Perusa y B. Pedro de Saxoferrato en la historia de Teruel, publicada en la revista del Instituto de Estudios Turolenses, núms. 15-16 presenta un inventario de sus reliquias, que estimamos conveniente dar a conocer.

Inventario de las reliquias de los Santos Mártires

Inventario de la urna de los santos mártires

Es de madera, con cristales antiguos de formato rectangular, con una moldura por la parte superior, interior y exterior dorados con oro puro. En la cara anterior pende de la moldura un colgante de lana roja con un cordoncillo de hilo de oro. Arranca de la parte interior de la urna. En el mismo interior lleva pintado el escudo de armas de la familia de don Diego Andrés [1]. El campo del escudo es carmín, sobre el que se hallan unas barras en forma de aspa centrales y grandes, a las que circundan otras ocho aspas más pequeñas. Acolada al escudo está la cruz de Santiago, que asoma por los costados y por arriba. Como enmarcando a todo el escudo hay unos adornos de hojas de acanto de color marrón.

Huesos

Dos tibias, una de ellas algo deteriorada en su parte superior. Por el distinto volumen de las mismas parece ser que pertenezcan a distintos individuos. Coxis, deteriorado en sus extremos. Estos huesos presentan semejante coloración y se hallan en bastante buen estado de conservación.

Objetos

Notas

[1] Se trata de D. Diego Andrés Sánchez de Cutanda y Martín, caballero de la Orden de Santiago y baile de la ciudad, que costeó la urna.

[2] Uno de los dos hermanos era sacerdote. Pudo servir muy bien este vasito como cálix, para la celebración de la misa.

[3] Donde posiblemente descansaron las cabezas de los mártires, hasta quitarlas de ahí el rey Jaime I, engastadas en plata, para su capilla particular.

[4] A uno de los dos mártires, sacerdote, se le mató clavándole una daga en el pecho. La daga era la del rey moro Zeit Abu Zeit, convertido luego al cristianismo con el nombre de Vicente.¿Qué se hizo de aquella daga, que parece estuvo guardada con las reliquias?

Iconografía

Artículo tomado del opúsculo “Los Santos Mártires de Teruel“,
Teruel 1978, p. 37, obra del señor obispo D. Damián Iguacén Borau

En realidad, no es abundante la iconografía de nuestros Mártires, y además se concreta en un área conocida: Valencia, Teruel y la Provincia franciscana de Aragón. Lo normal es representarlos vestidos con hábito franciscano. Y palmas martiriales en las manos. El beato Juan de Perusa se identifica por la tonsura y, con frecuencia, el libro, mientras que el beato Pedro de Saxoferrato no suele llevar tonsura.

Es muy frecuente presentarlos atados a sendos cipreses, a veces, palmeras, ya en actitud extática, como en las litografías de la Cofradía, ya con ademanes trágicos que expresan dolor, como en los lienzos del Convento franciscano de Teruel.

Aunque en general ostentan como instrumentos del martirio el cuchillo o la espada, que aparece en el cuello y en la cabeza, para indicar que fueron decapitados, hay algunas representaciones martiriales que presentan al beato Juan atravesado el pecho por la espada y al beato Pedro hendida la cabeza por una daga.

Otro tipo iconográfico es el que los presenta como protectores de Valencia; tal el cuadro de la capilla de la Virgen de los Desamparados, una apoteosis de “Santos y Venerables Hijos del Reyno de Valencia”, donde nuestros Santos Mártires ocupan el primer plano sosteniendo la ciudad.

Esta misma idea se desarrolla en la litografía de G. de la Huerta y H. Rovira. Aquí, además, se ven escenas del martirio: la flagelación que sufren atados los dos a un mismo árbol y la escena de la degollación en presencia del rey Azoto, el cual aparece en otra escena recibiendo el bautismo.

También hay testimonios plásticos de la protección de los Mártires sobre Teruel; así, el lienzo del Convento de Santa Clara de Teruel y el que mandó pintar Feliciana Usuarte como exvoto, que se conserva en el Convento franciscano de Benisa.

Se conocen más pinturas que esculturas. Se habla de un lienzo que mandó pintar el obispo de Teruel Tomás Cortés para manifestar su agradecimiento a los Mártires. Representaba a los Beatos Juan y Pedro atados a sendos cipreses con las insignias martiriales, dos ángeles como bajando del cielo con palmas; a los pies aparecía arrodillado el Obispo Cortés con hábitos pontificales, con esta inscripción: “Thomas Cortes Episcopus Turolensis”. El lienzo ha desaparecido, pero quizá inspira las litografías y lienzos que se conservan.

Es más pobre y escasa la representación en imágenes talladas. Las imágenes que se veneran en Teruel y que se sacan en procesión de la fiesta son de escaso valor artístico. De buenas tallas de estilo barroco veneradas en el Santuario de Nuestra Señora de Monlora, antiguo convento franciscano, en Luna, son el único testimonio en tallas.

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Talla de los santos Mártires de Francisco Serra Andrés. Boceto de las tallas que se veneran en nuestra iglesia. Aparecen los cipreses y al fondo, entre los Mártires, se ve el Miguelete de la Catedral de Valencia, indicando el lugar del martirio.

Culto a los Mártires

El culto a nuestros Mártires se remonta los primeros días en que la noticia de su martirio en Valencia llega a Teruel, por obra de los mercaderes que comercia con aquel reino. Justamente, en razón del culto inmemorial que se les vino tributando, procede a aprobarlo, a principios del siglo XVII, Urbano VIII, (1623 - 1624). Los diferentes procesos habían comenzado en 1611, del que resultan las Relaciones A y B, y la causa de beatificación se incoa el año 1693.

“Entre los procuradores que actuaron en la cusa de beatificación de los Santos Mártires encontramos al P., Vivente Gómez en el primer proceso hecho en Valencia; al P. Juan Pérez López y al P. Miguel de Salas, en el de Teruel. Según la referencia de este documento [ una procura que hace el P, Provincial Nicolás Alegre para la causa de los mártires], aparece el P. Nicolás Alegre, y en el decreto por el que se concede el oficio y la misa en honor de los Santos Mártires, aparece como postulador el P. Jacinto Serrato (Cfr. L. Amorós, Los santos mártires franciscanos, 1,c., pp. 94, 95, 134, Teruel 1960).

En fecha relativamente reciente, en 1697, el Sr. obispo de Teruel D. Jerónimo Zolibera (1693-1697), había dado curso al culto de nuestros mártires, dada la costumbre inmemorial de encomendarse a ellos, y consultada la Sagrada Congregación de Ritos, confirma la sentencia aprobatoria del obispo el día 31 de enero de 1705, con la aprobación de Clemente XI; y el 23 de julio de 1727, otra vez la Sagrada Congregación de Ritos concede el rezo de los santos mártires, con la aprobación de Benedicto XIII, dato que el P. Provicnial de Aragón, P. Bernardo Monterde, comunica de inmediato al convento de Teruel.

La Provincia franciscana de Valencia, se hizo eco muy pronto de unos mártires que habían dado su sangre en tierras valencianas y en el Capítulo que celebra el 16 de septiembre de 1713, se determina conmemorar a los dos santos, según el decreto de 1705...

En sucesivas cartas, el Sr. obispo de Teruel D. Francisco Pérez y Cuesta, la Santa Iglesia Catedral y la misma ciudad, suplican, por separado, a Su Santidad que conceda lecciones propias para el segundo nocturno del común de varios mártires.

Fueron tres los proyectos redactados para las lecciones del segundo nocturno de maitines de la fiesta de los mártires: uno lo redacta el P. Manuel de la Plana , lector jubilado; otro el propio obispo de Teruel, D. Francisco Pérez Prado y Cuesta, y un tercero el P. Bernardo Monterde, procurador general a la sazón y ex Provincial de la Provincia de Aragón.

Ninguno de los tres proyectos llegó a su fin, porque la Sagrada Congregación prohíbe tengan lecciones propias santos a quienes se tributa culto inmemorial. No obstante, sin que se sepa cómo ni cuando, las lecciones entraron en el oficio. Parece ser que se trata de las lecciones propuestas por el P. Procurador general.

El día 18 de septiembre de 1741, el Capítulo General de Teruel determina que se cante misa para conmemorar la fiesta de los mártires y hacer fiesta capitular dicho día.

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Milagro del pozo. Óleo donde el propio pintor del cuadro, L. Górriz, muestra autobiográficamente el milagroso favor de que fue objeto, siendo todavía un bebé, peligrosamente enfermo, gracias a la fe que su madre acertó a poner en la poderosa intercesión de los santos Mártires, dando a beber al niño de las aguas del pozo por ellos excavado.