Índice del números 284

Agosto de 1952. Año 26. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

La Asunción, motivo de gozo universal

La Iglesia católica experimenta un gozo extraordinario cuando celebra la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen e invita a todos sus hijos a que, unidos a los espíritus celestiales, celebren esta gran fiesta y alaben al Hijo de Dios, que en este solemne día corona a su Madre Santísima como Reina del cielo y de la tierra, de los ángeles y de los hombres.

Nada más justo que este regocijo extraordinario, esta alegría universal, puesto que en este día celebramos aquel fausto día en que la Santísima Virgen, abandonando su pasajera morada terrestre, subió en cuerpo y alma a los cielos para ocupar allí el trono que le corresponde como Madre de Dios y Corredentora del linaje humano, y, como tal, trabajar desde allí por la salvación del mundo.

Dios, al coronar a la Virgen Santísima como Reina del cielo, no ha limitado el poder que se dignó otorgarle sobre la creación. Piensan los Doctores de la Iglesia que los elegidos ven en Dios a sus familiares y a las personas con quienes tuvieron relación en el mundo. La Virgen Santísima, que adoptó a todos los hombres al pie de la cruz, que ve. en la divinidad, como en un inmenso espejo, todas las criaturas juntamente con sus obras buenas o malas y que tiene para nosotros entrañas maternales, no puede permanecer indiferente a nuestros destinos de acá abajo, y una de las prerrogativas de su bienaventuranza es proteger nuestro triste destierro en este valle de lágrimas.

La Virgen Santísima, desde el cielo, nos "protege". Es para nosotros no sólo suplicante medianera, sino poderosa abogada; no pide sólo por gracia y misericordia, sino que casi manda. Ofrece por nosotros los méritos de Jesucristo, y a ellos añade los suyos; y así como Jesús interpone a favor nuestro, ante el Padre, sus propios méritos, María defiende nuestra alma ante su Hijo. Jesús gusta de ser rogado por su Madre, porque quiere concedernos todas las gracias por intercesión de María. Por esto Dios le dio un corazón proporcionado a tan alto ministerio, y Ella experimenta un deseo ardiente de la salud de cada uno de nosotros, y un celo indecible de ayudarnos a conseguir nuestro bien y merecer la eterna felicidad.

La Medalla Milagrosa en 1830, la Salette en 1846, Lourdes en 1858, Fátima en 1917 y tantas otras manifestaciones —muchas en verdad y recientes no pocas— aun bajo el juicio reposado del magisterio de la Iglesia, son etapas elocuentes de la misericordia de la Virgen Santísima en favor de la santificación de las almas y de la cristianización universal, con las dos armas, siempre antiguas y siempre nuevas, de la oración y de la penitencia.

¡Oh!, alegrémonos, pues, en la fiesta de la Asunción, que mucha razón tenemos para ello. La Virgen Santísima desea nuestra salvación; deseémosla también nosotros. Ella quiere ayudarnos a conseguirla; deseemos su ayuda nosotros, pidámosla y trabajemos para hacernos cada vez más dignos de ella. Regocijémonos con Ella, y, como hijos que somos suyos, cantemos sus glorias y encomendémonos a sus entrañas maternales para que podamos tener una muerte semejante a la suya y gozar, un día, de su dulce y amable compañía en el cielo.

Nuestro apostolado en Argentina

Continuación)

X. La nueva fundación en la ciudad de San Rafael

San Rafael es la principal ciudad de la provincia de Mendoza, después de la capital. Actualmente cuenta con ochenta mil almas, y ofrece perspectivas ciertas de aumento indefinido. Alientan esta segura esperanza la riqueza de su suelo y la actividad de sus habitantes. Son éstos, en su mayor parte, inmigrados, y entre los españoles abundan los valencianos, que dejaron su hermosa tierra atraídos por la riqueza agrícola de aquel departamento. La fecundidad y exuberancia de su suelo ha quedado descrita en el anterior articulo, al hablar del campo de Villa Atuel, vecino del de San Rafael.

La edificación en San Rafael es moderna. Amplísimas avenidas asfaltadas le dan aspecto de capital. Es una ciudad que se siente orgullosa de sí misma. Crece por momentos, y les barrios modernos ofrecen el aspecto de una ciudad jardín.

San Rafael, iglesia primitiva

San Rafael, iglesia primitiva

Este rápido progreso ha hecho pensar al señor obispo de Mendoza, de cuya ciudad dista doscientos cuarenta kilómetros, en la posibilidad de que un día .sea San Rafael centro de una nueva diócesis. Por eso, la parroquia principal de la ciudad, en construcción, dedicada al Santo Arcángel, se ha proyectado con miras a que el día de mañana pueda servir de catedral.

La misma razón ha movido al prelado a crear una nueva parroquia, que ha cedido a nuestra Seráfica Provincia con el derecho a fundar un convento junto a la misma. La parroquia lleva el título de San Antonio de Padua, y fue erigida canónicamente y entregada a la Orden el día 23 de diciembre del pasado año, quedando nombrado primer cura de la misma el reverendo padre Gerardo B. Ureña.

La nueva fundación tiene unos precedentes dignos de ser recogidos en este lugar, pues semejan un capítulo de las "Florecillas".

Ya hacía más de un año que la fundación estaba en trámites. Desde el mes de marzo de 1951 el Señor Obispo había dado por escrito la necesaria autorización, manifestando al Padre Comisario su deseo de que los religiosos entrasen cuanto antes en la ciudad y se estableciesen provisionalmente en el asilo que una comisión de damas acaba de construir, y que todavía está por inaugurar.

El asilo, en realidad, es magnífico. Posee espaciosos salones donde puede funcionar admirablemente la parroquia, y lugar en demasía para vivienda de los frailes. Rodeado, además, de extensos campos de árboles frutales, es el puesto ideal para una casa religiosa.

Sin embargo de ello, el Padre Comisario no se atrevía a dar el paso a que le instaba el Señor Obispo. Y es que en el asilo se habían cobijado un buen número de huéspedes sin techo, vagabundos, mendigos y hasta gente de vida sospechosa. Les capitaneaba un sujeto original llamado el Príncipe verde, que se sentía rey de aquella mansión, presidía sus juergas de mal gusto y amenazaba y desafiaba calurosamente en sus bravatas a quien se atreviera a "destronarle" y echarle de su "palacio". En verdad, era expuesto y poco decoroso que un religioso entrase a formar parte de los refugiados en aquel hospicio; y, por otra parte, no se veía posibilidad de desalojarlo, ya que era terreno "nullius" y los huéspedes no tenían dónde cobijarse.
A pesar de todo, el Señor Obispo apremiaba al padre Comisario. De este apurado trance le sacó la resolución y el coraje del padre Gerardo. Espontáneamente, se ofreció a vivir en el asilo y a librar el edificio de sus enojosos huéspedes.

Así lo hizo. No le costó mucho deshacerse de los vagabundos y limpiar de malas compañías el edificio. Sólo el Príncipe verde resistió, y hasta llegó a encararse poco correctamente con el padre Gerardo. Con esto tuvo el valiente religioso un asidero para proceder sin contemplaciones. Así, pues, excogitó una ingeniosa estratagema, que, gracias a Dios, le salió bien, quedando con ello libre del importuno huésped.

Mas, la primera noche en que el Padre se sentía ya seguro en su vivienda, vino a estorbar su sueño la policía, tocando a las puertas del asilo Un poco de sobresalto no pudo seguramente evitar el Padre. Se serenó empero bien pronto, ya que notó al momento que no venían los agentes en plan de pedir cuentas, sino en súplica de que proporcionase al Príncipe verde un rincón donde cobijarse. Es que el singular personaje era pariente del policía. Así se explican sus antiguas bravatas. Esto desarmó al Padre, que accedió gustoso a cobijar fuera del recinto interno del asilo al indicado sujeto, y desde aquel momento quedó pacíficamente instalada y asegurada la nueva morada franciscana en el asilo.

Uno de los salones, muy capaz por cierto, fue convertido en iglesia provisional. Un hierro colgado a la puerta hacía de campana. Con su ruido comenzó el Padre a convocar a los fieles.

Difícil era conseguir asistencia para ¡as funciones y auditorio para sus pláticas. Tuvo, en cambio, habilidad para atraerse a los niños, a quienes fue enseñando el Catecismo, de forma que, el día 23 de diciembre, fecha señalada para la inauguración oficial de la parroquia, pudo tener ya un grupito de niños y niñas preparados para la primera comunión y para recibir la confirmación.

Ese día 23 de diciembre llegamos a San Rafael, con el Padre Comisario, para asistir a la inauguración. También acudió el Señor Obispo diocesano. Se esperaba una fiesta sonada, y lo fue en verdad, a pesar de que el tiempo salió lluvioso.

A las nueve de la mañana, el salón habilitado para iglesia aparecía repleto de fieles. Allí estaba la crema de la sociedad sanrafaeleña. El Señor Obispo llegó con puntualidad, y comenzó la misa, en que dio posesión de la parroquia a la Orden, nombrando cura al padre Gerardo, y hablando con esta ocasión muy elocuentemente del puesto conquistado por la Provincia con su sacrificada labor de apostolado en bien de los pueblos de su diócesis. En la misa se acercaron a recibir al Señor el grupito de niños de primera comunión, y, en pos de ellos, un buen número de fieles. Siguió otra misa con plática, que ofició el que esto escribe y, al final, el Señor Obispo confirió el sacramento de la Confirmación.

A continuación, tuvo lugar la bendición de la primera piedra de la proyectada iglesia, y la Comisión "Pro templo" obsequió luego a las autoridades y distinguidas personalidades con un "lunch", que ofreció con sentidas palabras el señor Mogni, presidente de la Comisión, y que terminó con los discursos obligados del Padre Provincial y del Señor Obispo.

Del banquete se encargó don José Mora, ilustre valenciano residente en San Rafael. Fue un verdadero derroche de arte culinario, de caballerosidad y de valencianía. No faltó allí la clásica "paella", que fue, por cierto, muy alabada por los argentinos. Desde aquí reciban el señor don José y su señora la gratitud de la familia franciscana.

El último número del programa se desarrolló al anochecer. A treinta kilómetros de San Rafael hay un pueblo llamado "25 de Mayo", agregado a la nueva parroquia, y hubimos de trasladarnos allí para hacer la presentación del párroco. Resultó un acto emotivo, dentro de su sencillez.

Camino del pueblo "25 de Mayo", al pasar frente a la provisional iglesia de San Antonio de Padua, me llamó la atención un enorme cartelón colocado ante la fachada. que decía así: "Parroquia de San Antonio. Aquí se bautiza, se casa, se dice misa, se celebran funerales y se administran sacramentos". Me pareció curioso el anuncio, y me volví al cura preguntándole qué significaba aquello. "Es que —me contestó— si pongo sólo "Parroquia de San Antonio", la gente de los barrios no sabe de qué se trata, ni lo que aquí hacemos." Por la respuesta pude conjeturar el estado de aquel campo evangélico y la inmensa tarea que espera allí a los religiosos.

Y allí quedaron, desde ese día, los franciscanos, atendiendo a aquel campo de apostolado y trabajando por la construcción del nuevo templo y convento, cuyos cimientos material y moralmente están ya echados, y preparando de este modo un brillante porvenir a la nueva fundación, que confiamos llegue a ser, en un futuro próximo, una de las principales casas de la Comisaría.

XI. Las misiones populares

La ayuda que los señores obispos argentinos más agradecen, es la que los religiosos les prestan en las misiones populares. Las hay de dos clases bien distintas: misiones en ciudades y poblados con asistencia espiritual ordinaria, y misiones en los poblados que no disfrutan de asistencia espiritual.

Las primeras son parecidas a las que estamos acostumbrados a ver en España, aunque los métodos se modifiquen, según las circunstancias. Desde luego, los resultados no pueden, de ordinario, ser tan pingües como en un país ele abolengo católico. Más aún; en ocasiones, la vergüenza de aparecer en público como católico práctico ha sido causa de estrepitosos fracasos.

En una ciudad mediana se daba una misión "de campanillas*. Se había puesto toda la carne sobre el asador. Los misioneros eran francamente estupendos. La gente les seguía en tropel. Las mismas conferencias de hombres se veían concurridísimas, cosa extraña en aquellos parajes. El propio Señor Obispo quiso levantar los ánimos asistiendo personalmente a la misión.

Llegó el día de las confesiones. Se sabía que aquello sería la piedra de tropiezo, y por eso se dio al acto una preparación bien estudiada.

El Señor Obispo, desde el presbiterio, escuchaba la plática. Acordonando interiormente el templo y como ocupando los puntos estratégicos del mismo, había siete sacerdotes preparados para oír confesiones. Cuando el orador sagrado creía tener conquistado a su auditorio, les hizo una llamada a reconciliarse con Dios, exponiéndoles que no tenían más que arrodillarse a los pies de uno de los muchos sacerdotes que les estaban esperando.

No hizo más que nombrar la confesión, cuando, como tocados por un resorte eléctrico, se salieron fuera todos los hombres, dejando en la iglesia a los sacerdotes con el Señor Obispo, mirándose sorprendidos unos a otros.

Naturalmente, casos como éste no son frecuentes. En general sucede, con la debida proporción, lo que aquí. En unos pueblos se saca más fruto, y en otros, menos. Y en todos obra la misión una renovación de la vida cristiana.

Muy distintas, en un todo, son las misiones de los caseríos que no tienen asistencia espiritual ordinaria, y a éstas nos vamos a referir más en particular.

Ya conocen nuestros lectores la situación lastimosa de muchas feligresías en la Argentina. Su abandono se debe, es verdad, a la escasez de clero. Mas, aunque el clero abundase, no se atreverían los señores obispos a enviar un sacerdote a ciertos caseríos, donde su trabajo se reduciría a la corta ocupación que los domingos pudieran darle los fieles, condenándole, durante los días laborables, a la soledad espantosa que produce el ver a nombres y mujeres metidos en sus negocios sin sentir la necesidad de acudir, entre semana a la iglesia para nada.

Esto no es exageración. En la parroquia de Fraga (San Luis), estuvo, durante doce años, nuestro buen padre Ambrosio Crespo viviendo la vida que relato. Como no era posible que hubiese siempre un hermano con él, y, por otra parte, nadie acudía a misa los días laborables, hubo de pedirse permiso a Roma para celebrar sin acólito. Se concedió para tres años. Al renovarse la petición, desde la Sagrada Congregación se hizo la siguiente observación: "¿Pero no hay en la feligresía siquiera una devota mujer que pueda contestar al sacerdote en la misa?"

Lo que a Roma extrañaba, nos extraña también a nosotros. Sabemos, sin embargo, que es así.

He pretendido con estos preámbulos hacer comprender al lector que, dadas las distancias de unos caseríos a otros, la asistencia espiritual no se puede organizar de una manera regular en muchos de ellos, y, además, que los señores obispos no se pueden sentir estimulados a hacer imposibles, ya que los fieles no sienten, como sería lógico, la necesidad de dicha asistencia. De ahí que muchos caseríos no vean al sacerdote más que una vez al año. La asistencia espiritual de esos días constituye esencialmente la misión. Por precisión, la labor en los mismos ha de ser intensa.

Suelen aprovecharse las fechas de la novena del Patrón del pueblo, en que los fieles acostumbran acudir en masa a la iglesia. La novena se transforma, con ello, en una misión. El Padre, durante esos días, les enseña el Catecismo; les predica acerca de las verdades eternas; les prepara a hacer la confesión y comunión anuales, y pone en orden el estado de la parroquia; es decir, bautiza, casa, llena las partidas primera comunión y realiza cuanto su buen correspondientes y deja al día los libros parroquiales, prepara los niños para la celo le inspira. Ya en un anterior artículo hemos llamado la atención sobre esta actividad del misionero.

Lo mas pesado de estas misiones es que el sacerdote está allí totalmente abandonado a sí mismo. Tiene que hacerlo todo: tocar la campana para congregar a los fieles, preparar lo necesario para sus funciones, adoctrinar a unos niños para que le asistan en sus ministerios sagrados, buscar a los que deben recibir la bendición nupcial, enterarse de si hay algún impedimento: en fin, todo.

He aquí una labor dura, y en la que han obtenido abundantes frutos nuestros religiosos. Esto sí que es predicar el evangelio de Dios; esto es, en realidad, misionar. No se necesitan para ello extraordinarias dotes de elocuencia; precisa, en cambio, poseer mucho celo por la salvación de las almas, un amor grande a Cristo y un espíritu de sacrificio a toda prueba. ¡Cuánto de todo esto han derramado y dejado patente nuestros religiosos en aquellos vastos campos de Dios!

(Continuará)

Fr. Joaquín Sanchis, ofm, Ministro provincial

Bendición de las imágenes del Corazón de Jesús y San Buenaventura

Teruel
El día 15 de junio se celebró en nuestra iglesia de S. Francisco la festividad de Corpus. Resultó un día inolvidable para los turolenses. A las 10 de la mañana procedió el Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo, asistido del Padre Provincial y acompañado de las autoridades provinciales y locales, a la bendición de las imágenes del Sagrado Corazón y de San Buenaventura, obras acabadas del escultor valenciano señor Ponsoda. Actuaron de padrinos los Sres. Rodríguez de Miñón y el Sr. Alcalde con su Sra. Siguió la misa, en la que el Rvdmo. Prelado pronunció un fervorín para la Comunión, que fue concurrida, y a continuación los Sres. padrinos obsequiaron a las autoridades e invitados con un exquisito refresco.

Imagen del Coracón de Jesús

A las 6 de la tarde, tuvo lugar la procesión de Corpus, presidida por el Excmo. Sr. Obispo y las primeras Autoridades de Teruel, con participación de numeroso clero, nutrida representación de las comunidades religiosas y de las Hermandades y asociaciones con sus banderas, y de muchísimos fieles. Al terminar esta deslumbrante manifestación de piedad, subió el P. Provincial al púlpito y pronunció un discurso eucarístico y de circunstancias.

San Buenaventura

La enhorabuena más cumplida al Padre Guardián, organizador de la fiesta, no menos que a las Autoridades, a los señores padrinos y a las devotas personas que han costeado las imágenes.