Índice del número 364-365
Julio-agosto de 1959. Año 33. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- El regreso de la reliquia. Francisco de Paula García Sabater
Viejas rutas de fe.
Misionera en traje de baño. Fr. Camilo Jordá, ofm
Sabe entonar. Poema. Vicente Monroy Alaguero, redentorista - Asunción de María. P. Juan León Sosa
Familia y educación. Felipe G. Perles Martí
Fútbol, necesidad fisiológica. José Mª Gimeno Tichell
Una doméstica en el banquillo. Enrique Barrachina Gil
Cantares de Nazaret. Fr. Manuel Balaquer, ofm
Juan XXIII. Poema. Jesús Galbis - Presidenta de la Federación de Clarisas de Valencia, Aragón y Baleares. F. F. B. y F. A. L.
Solemnes cultos a San Antonio de Padua en Valencia
Johni. Olga Bauzá Lloréns
Noticias
El regreso de la reliquia
Después de ocho días de ausencia ha vuelto de nuevo a nuestra ciudad el Santo Cáliz de la Cena.
Todos los regresos tienen en sí un singular y emotivo significado, ya que determinan exactamente el grado de amor profesado a aquello que vuelve a unirse a la vida misma: anhelos, trabajo y esperanza de cada uno de nosotros.
Ha sido éste, en verdad, un corto período de tiempo, una pequeña ausencia, pero en ella pareció incluso como si el sol valenciano luciese con menos intensidad, y hasta las estrellas, que durante la noche forman celosa adoración sobre las cúpulas viejísimas de la Catedral, tenían un matiz de tristeza o de añoranza.
Pero hoy ha vuelto ya a estar con nosotros la reliquia que a través de todas las edades ha sido codiciada por el orbe entero: el Vaso en el que Jesucristo dejó prendidas las huellas indelebles de su excelsa divinidad; el Cáliz que marca el tránsito doloroso de una Pasión consumada en aras del amor intenso; el símbolo imperecedero de la Redención humana.
Y llegó siguiendo la misma ruta por la que marchase en aquellas azuladas horas de la mañana del sábado 27 de junio; desde la histórica atalaya de Serranos en cuyas almenas la, luz primeriza dejaba sus cálidas reverberaciones; vendrá cargado de los campestres aromas levantinos y el áspero aliento montaraz de aquellas tierras de brava y orgullosa geografía; reverenciado por el amor de Aragón y Valencia, las dos regiones de nobilísima estirpe y que en estos históricos días han consolidado sus proverbiales lazos de hermandad.
Huesca, la antigua «Osca», a la que Plutarco calificó de ciudad grande y poderosa y cuya sede episcopal se creó allá por el siglo VI, celebrándose el primer concilio en el año 598. Esta ciudad aragonesa, que en el pretérito albergó al Santo Cáliz, habrá vibrado de gozo y en sus manifestaciones populares de fervor existiría sin duda una reminiscencia antigua de pleitesía, los sentimientos incorruptibles de la raza frente al espíritu secular del tiempo.
Por ello, para su recibimiento, acudió toda Valencia en entrañable unidad de fe y religiosidad. Y fue allí a dar su bienvenida a este singular peregrino que ha abierto de nuevo en el corazón de las gentes brechas fecundas por donde discurran en lo sucesivo las aguas renovadas de la piedad y la devoción.
¡Vuelve a estar en su capilla de la Santa Iglesia Catedral, resplandeciente entre las milenarias piedras de su místico receptáculo, recibiendo otra vez el cariño de todos los valencianos y siendo nuevamente el ángel tutelar que guíe y dé custodia al destino inmortal de nuestra ciudad!
¡El Santo Cáliz de la Cena ha llegado a Valencia bajo los serenos palios del cielo, como una lírica rosa formada toda ella con pétalos de amor y plegarias!
Francisco de Paula García Sabater
Viejas rutas de fe
El itinerario que brevemente vamos a trazar sirve para que nuestros lectores, trasladándose mentalmente a unas pretéritas épocas históricas, formen en espíritu el singular y original cortejo que acompañe al Santo Cáliz de la Cena a lo largo de esos viejos caminos; rutas de inefable trazo que le condujeron hasta esta querida Valencia en donde se le rinde el más fervoroso de los cultos.
Miradlo ahora en su cuna de origen: Palestina. Vedlo sostenido entre las manos augustas del Redentor, como una sublime dádiva de amor y sacrificio ofrecidos al Padre. Después, durante la celebración de la primera misa, que a buen seguro oficiaría San Pedro, príncipe y decano del naciente ejército cristiano. Y la misma Virgen, arrodillada ante el símbolo de la Pasión del Hijo, elevaría al cielo sus plegarias soñando en la divinidad de aquel Hijo que durmiese en sus entrañas de madre.
Después, a la muerte de María, al seguir los discípulos de Jesús la misión evangelizadora que El les había encomendado, llevaron seguramente consigo al Santo Cáliz. Y se atribuye, con sobrados fundamentos, que fue San Pedro, como cabeza de la Iglesia, quien lo llevase hasta Roma.
Allí debió sufrir las más diversas vicisitudes hasta que, recrudecida la persecución de Valeriano, San Lorenzo, inflamado de ardor eucarístico, lo hizo llegar hasta España, a Huesca, cuna del Santo Mártir. Y da testimonio de esto el ilustre historiador Fr. Jerónimo Escuala al decir textualmente: «Ya había repartido San Lorenzo los tesoros a los pobres, ocultando y puesto en salvo las reliquias y enviando aquella principal del Santo Cáliz a Huesca.»
De la historia de Briz Martínez se deduce que el Santo Cáliz fue llevado a San Juan de la Peña allá por el año 713, dos después de haberse iniciado la dominación árabe en nuestra península.
Estos parajes deliciosos, formados por una naturaleza agreste, fue el lugar en el que el Santo Cáliz de la Cena quedó guardado durante largo tiempo. Sin embargo, habremos de hacer constar que en aquel tiempo San Juan de la Peña no era monasterio, sino una gruta en la cual vivía su mística existencia de eremita el santo ermitaño Juan de Artarés.
Y más tarde, en el año 1134, según afirma categóricamente Juan Agustín Ramírez en su obra Vida de San Lorenzo, aún permanecía el Santo Grial en San Juan de la Peña.
Larga fue la permanencia de esta singular reliquia entre las espesuras del monte Paño, vivificando con su presencia aquellas piedras endurecidas por los siglos y que más tarde, al correr los años sobre la lámina infinita de la historia, habría de quedar ya para siempre santificado por haber sido refugio y custodia de este ejemplar símbolo de la cristiandad.
De San Juan de la Peña pasó el Cáliz a Zaragoza, la ciudad inmortal y noble que supo escribir con actos sublimes de sacrificio y amor páginas brillantes sobre las que se alza el noble espíritu de España.
Pero, ¿cómo y en qué condiciones fue llevado el Santo Cáliz a Zaragoza? A esta pregunta contestan los historiadores diciendo que ante el deseo del rey Martín el Humano, de poseer en su oratorio reliquia tan preciosa, Benedicto XIII, el Abad, y probablemente incluso San Vicente Ferrer, convencieron a los monjes de San Juan de la Peña para que complaciesen los anhelos de este rey, y trasladándose a Zaragoza donde quedó instalado en el palacio de la Aljafería.
Y de aquí que, en 1424, llegase el Cáliz a su actual destino, a Valencia, como donación de aquel monarca aragonés llamado Alfonso V. La fecha de la entrega a nuestra valenciana Catedral tuvo lugar el día 18 de marzo de 1437, según auto que consta en el notal de Jaime Monfort, al volumen 3532 del referido archivo catedralicio.
Y este ha sido el recorrido histórico del Santo Grial, pues aparte de su milagrosa salvación durante la guerra de Liberación, en que fue llevado a Carlet, las otras salidas son de menor importancia si se tienen en cuenta las singularidades de su ruta ancestral: Palestina-Valencia.
Por ello ya sólo nos resta exhortar a todos para que cumpliendo con un ineludible deber de católicos y de valencianos vayamos hasta su sagrado recinto para que El, particularmente, nos musite quedo los pormenores gloriosos de ese triunfal viaje a tierras aragonesas y que ha culminado con el arrebato de fervor y entusiasmo de todo el pueblo valenciano.
Misionera en traje de baño
En la misma playa de San Francisco de California, donde las palabras de la fórmula del santo sacramento del Bautismo, a saber: «Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», resonaron por vez primera pronunciadas por el gran misionero franciscano español Fr. Junípero Serra, acaban de resonar de nuevo pronunciadas por una joven, moderna misionera en traje de baño, que ha conmovido al mundo entero con su gran fe cristiana y heroísmo singular al arrancar, con riesgo de su vida, de las fauces de un tiburón a un compañero suyo y bautizándole en la agonía.
A las cinco de la tarde del día 8 del pasado mes de mayo, una pareja de estudiantes del State College de San Francisco, Shirley O'Neil, católica, y Albert Kogler, sin particular denominación religiosa, ambos de dieciocho años de edad, decidieron ir a bañarse, como otras veces, en la playa de Baker Beach, junto al oeste del puente de Golden Gate. Hacía calor. Mucho calor. Ochenta grados Fahrenheit. Tendieron una toalla sobre la arena, descansaron unos minutos y ¡al agua! Nadaban los dos jóvenes a menos de 80 m. de la orilla. Shirley braceaba delante. De repente oyó gritar con angustia a Albert.
Vuelta a él vio algo grande y blanco que saltaba y se abalanzaba sobre su compañero. «Help, help me!» Albert pedía socorro. Pero con un grito desesperado ordenó a Shirley: «¡Apártate, vete, es un tiburón blanco!» Pero la joven no le hizo caso y nadó hacia él. Oigamos su propio relato ante un miembro del jurado encargado de dilucidar el accidente: «No podía yo dejarle solo; nadé con fuerza en su ayuda. ¡Qué horrible escena! El brazo izquierdo de Albert había sido arrancado de cuajo por el escualo que le mordió, además, en el cuello, en el brazo derecho y en la espalda. "Vete, vete de aquí", me gritaba.
Tuve miedo, pero también sabía que no podía abandonarle. Nadé a su alrededor. El gritaba, gritaba y acabó por pedirme ayuda. "Si no te tumbas de espaldas —le dije— nada podré hacer". Me obedeció. El blanco tiburón se alejaba. "Déjate estar así, de espaldas, y descansa un poco". Si no lo hubiera hecho nunca habría yo conseguido traerlo a tierra. No volvió a gritar más. Su dolor debía ser muy intenso, pero no se quejaba. Me ayudó todo lo que pudo. Casi exhausta lo deposité sobre la arena, boca arriba. Volví al mar y, en mis manos ahuecadas, traje agua.
Arrodillada al lado de Albert le di a besar el pequeño crucifijo que pende de esta cadenita de oro que llevo siempre al cuello y le dije: "Voy a bautizarte". Y en seguida, al mismo tiempo que derramaba yo el agua sobre su cabeza, pronuncié las siguientes palabras que aprendí en la catequesis: "Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo". Albert intentaba sonreír. Le dije que repitiera conmigo el acto de contrición. Y comenzó a rezar conmigo: "¡Oh Dios mío, estoy arrepentido de haberte ofendido!" Instantes después dormitaba consciente. Dos horas más tarde entregaba su alma al Señor en el hospital del Ejército, a donde había sido llevado después de recibir el santo Bautismo.»
El Alcalde de San Francisco, Christopher, dirigió el siguiente mensaje a la población californiana: «Tenemos un testigo de esta hazaña extraordinaria. Es el sargento Leo P. Day, quien desde los terrenos más elevados del presidio lo presenció todo: la roja espuma del mar, la lucha entre el tiburón y el estudiante, la intervención denonada de Shirley, la escena en la playa. Day dijo minutos después de la tragedia: "Fue la más grande exhibición de heroísmo que jamás he presenciado." Y el Presidente del San Francisco's Board of Supervisors, Harold S. Dobbs, corroboró: "¡Qué excepcional ejemplo de abnegación!" W. I. Follett, conservador de peces en la Academia de Ciencias de California, calculó más tarde, por las hendiduras de los dientes del selacio en el cuerpo de Albert, que el shark debía pesar más de 500 libras y que su envergadura no sería menor de diez pies.»
En Estados Unidos, donde el ritmo de vida acucia y exige tanto que no concede mucho tiempo para pensar y meditar, millones de americanos han reflexionado y meditado profunda y seriamente, sin morbosa concesión, sobre el ejemplo ofrecido por la joven católica Shirley, la cual ha sido propuesta para la medalla Carnegie de honor. Nosotros la proponemos como ejemplo de joven cristianamente bien formada y de gran espíritu proselitista y misionero, que con su doble gesto arriesgado y heroico luchó, con riesgo de su propia vida, para salvar al mismo tiempo el cuerpo y el alma, por salvar al hombre entero.
Fr. Camilo Jordá, ofm.
Sabe entonar
«Porque puede ser que en las ciudades se sepa mejor hablar,
pero la fuerza del sentir es del campo y la soledad.»
Fr. Luis de León
| Labrador de Castilla que labras mis haciendas con fe y con afán y le pides al surco que llene en retorno mis trojes de pan; labrador que conduces mis yuntas y las guías con tu gavilán que manejas con aire garboso, con tan suelto y feliz ademán; labrador que cantando cantares estilados en tierra de honor, el honor de creyente y patriota, del que sabe de ensueños de amor, cuando des un descanso a tus yuntas y te entregues al dulce pensar leerás la tonada que brota de mi lira que sabe cantar. Mis cantares, lo sabes, son siempre de bien recio y muy claro decir, te traducen lo que hay en tu pecho, interpretan tu noble sentir. Mis cantares son siempre lo mismo, mis cantares no saben variar, te dirán de la patria adorada, de la fe y el poético hogar. Como el sol sigue siempre su elíptica despidiendo la luz y el calor, como corre la luna su curso enviándonos su resplandor; como asoman las flores al aire y embalsaman las brisas de olor, como cantan las fuentes parleras sus cantares de suave rumor; como trina en la noche inspirado ruiseñor en sonoro arpegiar, como lanza su orquesta sublime en rodante oleaje la mar, mis canciones no saben variantes de compases ni tiempo ni son, me las dicta imperioso en el pecho el latir de mi fiel corazón. Yo no entiendo modernos sistemas, truculentas cuestiones que van arrastrando a los pobres mortales como a la hoja el deshecho huracán. |
Yo no entiendo de ricos y pobres que se acechan cual lobo feroz, y que tienen por lema y escudo el infame martillo y la hoz. Sólo entiendo de hermanos sinceros que al pensar sólo buscan la luz en los brazos abiertos de Cristo que su cátedra puso en la cruz. Sólo entiendo de flecha de iglesia, la que sube solemne y triunfal, señalándome fiel, cariñosa, el camino del alma inmortal. Sólo entiendo de preces benditas que aprendí desde niño a rezar, las plegarias sagradas que un día la mi madre me supo enseñar. Sólo sé los anales sublimes de la patria, les veo pasar a los héroes gigantes, la raza avezada al glorioso triunfar. Ellos santos, guerreros, artistas, en espesa y feliz floración, que tan alto pusieron el nombre, que forjaron tan bello blasón. Y después de esa vida campera de tan limpio y sencillo vivir, la que sabe las farsas mundanas en buen hora y consejo eludir. La que goza de cielos abiertos, la que mira horizontes sin fin, que respira los aires más puros y el aroma del blanco jazmín. Y en la casa una imagen de Cristo que preside cual Rey el hogar, y una Virgen que sabe a sus hijos con amor maternal tutelar. Y armonía en las almas unidas con los lazos del más puro amor, en fluir de tranquilo sosiego bajo el signo del Dios Redentor. Cuando des un descanso a las yuntas y te entregues al dulce pensar r leerás las tonadas que brotan de mi lira que sabe entonar. |
Vicente Monroy Alaguero
Redentorista
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