Índice del número 285
Septiembre de 1952. Año 26. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- El Santo Padre clama por el retorno a Dios. Editorial
Nuestro apostolado en Argentina. Fr. Joaquín Sanchis, ofm - Perdonad y seréis perdonados. San Antonio de Padua
Valor y eficacia de la Santa Cruz. Fr. Luis Mestre, ofm
Florecilla antoniana. P. S. Z. - Capítulo provincial. Nuevos superiores
Teología del trabajo
Diálogo novelero. - Cruz de Alfonso X el Sabio al P. Fernando Alcina, ofm
Artista, misionero y santo. Fr. Pacualet. Fr. Ely de Prado, ofm
Fr. Humilde Soria, su mortificación.
El amor a nuestros enemigos. Ideal antoniano. -
Historia de un mendigo. Por Miguel Bertomeu, om¡
Noticias
El Santo Padre clama por el retorno a Dios
Desde hace muchos años viene caracterizando la vida cristiana una terrible y lamentable decadencia de conciencia para los delicados deberes de hijos de Dios.
La indiferencia hacia lo divino ha oscurecido tenebrosamente las mentes, los corazones y las almas. No se da su trascendental valor a los conceptos cristianos; se posponen los más sagrados deberes; la moral es para tantos nada más que pura conveniencia; la justicia y el deber son palabras cómodas; los preceptos de la Santa Iglesia pasan inadvertidos, como a mucha distancia; las leyes de no pocos pueblos no respetan la conciencia n¡la dignidad superior de la persona; muchísimos católicas viven tranquilos en un materialismo cómodo; ha desaparecido en nuestra sociedad el sentido de sacrificio, tan propio de la verdadera vida cristiana.
Pero ya que no lo queremos entender, Dios hará que lo probemos en nuestras propias carnes. Ved lo que el Santo Padre dice con énfasis de pena y de dolor: "...Los peligros de la hora presente son mayores y más graves que las convulsiones de la naturaleza; por desgracia, su continua amenaza hace que las naciones los miren con apática indiferencia. Quizás sea éste el síntoma que más aterra a todos aquellos que saben mirar la realidad de frente."
Y después de señalar cómo se agrava esta situación por el relajamiento moral y por el enervamiento paulatino de la mente de las masas después de haberles hecho perder el sentido de la libertad, añade: "Cada uno de los fieles y todo hombre de bien debe considerar cuál puede ser su contribución personal al poder salvífico de Dios para ayudar a un mundo que ha iniciado su marcha hacia la ruina total."
¡Amadísimos lectores! A vosotros toca mirar con ojos cristianos a este mundo que se derrumba. Se derrumbará, ciertamente, porque se aleja voluntaria y sistemáticamente de Dios; porque no le quiere en su alma, en su conciencia, en su corazón; no le quiere en su hogar, en su escuela, en su oficina, en su sociedad, en sus leyes, n¡en su patria.
Compenetraos más del espíritu tan sublime y eminentemente cristiano de San Antonio de Padua. Desde el fondo de vosotros mismos, desde vuestro corazón y pensamiento, desde vuestros trabajos, desde toda vuestra vida ofrecida a Dios, id a este mundo, hoy tan pervertido, y mostradle lo que es la vida cristiana de verdad; decídselo, más que con vuestras palabras, con vuestras santas obras.
Id hasta él pertrechados de las armas de los Caballeros de la Cruz de Cristo; con espíritu de oración, de cristiana mortificación, y también, en cuanto Dios os ayude, con espíritu de penitencia. Orad, orad mucho; mortificaos, mortificaos mucho; haced penitencia, mucha penitencia; vivid para Dios, siempre y en todo para Dios. Así es como os salvaréis vosotros y ayudaréis a salvar a este mundo que se derrumba parque se aleja de Dios.
Nuestro apostolado en Argentina
(Continuación)
XII. Labor patriótica de nuestros religiosos
Nuestros misioneros no van a Argentina a hacer patria. Van a extender el reino de Cristo. Su trabajo, empero, es la obra patriótica mayor que España realiza en el extranjero.
Con frecuencia he sido interrogado acerca del amor de los argentinos a España. Confieso que resulta difícil contestar a esta pregunta. En general, podemos decir que allí se piensa poco en nosotros. No se nos odia; en fin de cuentas, existe comunidad de sangre y de cultura. Pero tampoco se venera a España como corresponde a la Madre Patria. Más bien se nos desconoce.
Dejando aparte las relaciones meramente políticas de los respectivos Gobiernos, de las que no nos toca tratar, diremos que hay en Argentina un fuerte sector hispanófilo. Está integrado por gentes de raigambre católica y descendencia española. Hay también un sector numerosísimo que no comprende nuestro régimen. Lo integran todos los que idolatran la mal llamada democracia y los de cariz socialistoide. Por lo demás, la actitud de los altos círculos argentinos suelo ser la del hijo emancipado que se avergüenza de su padre, por ser de humilde condición, y no quiere saber de él. En realidad, el argentino no sienta bien reconocer la superioridad española. Además, al presente no está de moda en el mundo lo español. Por eso no se sienten tampoco inclinados los argentinos a valorar su filiación española.
En este aspecto, desde luego, hemos pasado tiempos peores. Hubo un presidente argentino, Sarmiento, tan afrancesado y tan hispanófobo, que llegó a pretender sustituir el idioma oficial por el francés. Estas quimeras pasaron. Hoy día, el argentino ama, por lo menos, el idioma español como propio, y tiene a gala resucitar las tradiciones españolas, según se ha hecho patente en las últimas Navidades.
Las simpatías por nuestra España tropiezan, entre otros obstáculos, con el de la calumniosa propaganda llevada a cabo por los españoles exilados.
Tantas villanías se han dicho contra la España de Franco, que incluso el alto clero argentino no comprendía, hasta hace poco, la gesta española de la Cruzada. Ha sido necesaria la visita de muchos Obispos argentinos a España con ocasión del Año Santo y su convivencia entre nuestros paisanos, para que vinieran a darse cuenta de lo que es y representa nuestro Movimiento. Hoy día, por suerte, la simpatía hacia España es general en las Curias episcopales de Argentina. El Obispo de Tucumán, a raíz de su viaje a España, escribió una pastoral tan laudatoria de nuestra nación, que, en frase del Rector del Seminario del Rosario, bien merecía una condecoración del Gobierno español. A otro Prelado le oí decir estas palabras: «Franco es el primer católico del mundo, después del Papa.» Testimonios nada sospechosos, por cierto, y que ensanchan el corazón del buen patriota.
La gente del pueblo respira según con quien se roza. En general, hay que reconocer que la Cruzada española ha despertado simpatías en América. Simplemente, por lo que ella envuelve de bravura y coraje por una causa. Aun a los ojos del que siente en «demócrata», España ha dado a conocer al mundo con gestas heroicas la valentía de su raza y la fuerza de su espíritu.
El ambiente es por lo mismo, ahora más propicio a una obra patriótica. Y esta obra patriótica, quien la realiza de manera más honda es el sacerdote español. El es quien, sin pretenderlo siquiera, hace amar a España; él, quien da a conocer su espíritu inmortal; él, quien recuerda, con su simple presencia, la obra civilizadora realizada en América por nuestros antepasados; él, quien publica a los cuatro vientos que el ideal evangelizador no se ha desvanecido del alma de la Madre Patria; él, quien penetra, por su misión, en lo más hondo del alma argentina, que por precisión ha de sentir luego gratitud y afecto hacia la España que le ha enviado tales mensajeros de la paz.
En la llamada «nochevieja» que pasé en Villa Mercedes, mientras las sirenas de las locomotoras de la próxima estación saludaban, como es allá costumbre, al año nuevo, un grupo da jóvenes argentinos de la J. O. C., al pasar por frente a nuestro convento, lanzaban al aire un jubiloso «¡Viva España!» Era, naturalmente, la gratitud y el afecto los que hablaban por su boca, pero también la admiración por nuestra patria, que en el roce con nosotros habían aprendido. ¡Cuánto proclama este gesto, por otra parte tan insignificante!
Esta labor patriótica se realiza, además, infiltrando insensiblemente en el alma argentina elementos de nuestra cultura. Un ejemplo muy claro se manifiesta en nuestras parroquias de allá. No diré que, al entrar en ellas, crea uno entrar en una iglesia española. El ambiente es, naturalmente, distinto. Aquí, la mantilla negra de las mujeres da una seriedad al ambiente que no se respira en las iglesias argentinas, en que las mujeres van tocadas con velo blanco o con modernos pañuelos de color. Pero fuera de esto y de algunas otras menudencias, como la música de gramola, que se usa allá en defecto de schola cantorum, las iglesias regidas por nuestros religiosos recuerdan el ambiente español en las costumbres, en las fiestas y, sobre todo, en los cantos. Los cantos, que es lo que más ambienta al alma, son cas¡en su totalidad españoles. En Villa Mercedes llegué a oír hasta la música del himno de Nuestra Señora de los Desamparados, aplicada a una letrilla mariana. Aun más. El día de la Purísima, al entrar la procesión en la iglesia, se entonó la marcha real española con la consabida letra La Virgen María es nuestra protectora, etc. Puede el lector figurarse la emoción que se apoderaría de nuestro ánimo al escuchar cómo todos los asistentes, a voz en grito, lanzaban al aire las notas de nuestro himno nacional, alabando con ellas a María. ¡Cuán de veras es que el misionero va formando patria, aun sin pretenderlo!
De los fervores patrióticos de nuestros religiosos, podría referir innumerables anécdotas. Mas no importan anécdotas ante la realidad viva de una existencia consagrada a llevar a Argentina el espíritu de la católica España. Una cosa conviene destacar, y es que donde está el franciscano valenciano, allí tiene la España de Cristo Rey, un paladín de su causa, que la defenderá como un héroe.
XIII. -Los primeros héroes
Son muchos los religiosos valencianos que han pasado por las pampas argentinas derramando bien a manos llenas. De ellos, la mayor parte volvieron a la Provincia una vez cumplido, de ordinario con creces, el tiempo reglamentario. Otros continúan allí con ánimo de gastar, en bien de los argentinos, sus postreras fuerzas, y exhalar su último suspiro en las cristiandades nuevas de América. Varios son ya los que subieron al cielo desde aquellas latitudes. A estos «primeros héroes» nos referimos en el epígrafe de este artículo. De ellos haremos una breve referencia. Seguiremos el orden cronológico de defunciones.
Fr. José Valles
Es el primer religioso que murió en nuestra Comisaría. Estuvo allá poco tiempo: desde 1932 hasta 1936, en que falleció. Era natural de Jávea, y se distinguía por su carácter servicial. En Serrano, a cuya comunidad pertenecía, desempeñaba el oficio de cocinero, en el cual era muy hábil. Su muerte ocurrió el 26 de enero, en Laboulaye, adonde había sido trasladado para someterse a una operación quirúrgica. Tenía a la sazón 58 años de edad y 31 de profesión. Su cuerpo descansa en el cementerio de Serrano.
P. Joaquín Baydal
Hijo de Benisa, cursó en el Colegio Seráfico de dicha villa las Humanidades, ingresando en el Noviciado de Santo Espíritu el año 1902. Ordenado de sacerdote en 1911, fue dedicado desde el primer momento a la enseñanza, en el Colegio de Onteniente. Las matemáticas constituían su materia predilecta. El año 1932, fue enviado a la Comisaría con el fin de confiarle la dirección del Colegio de Serrano. Fueron los años de su estancia en Serrano los de mayor brillo de dicho centro escolar. Todavía hoy se recuerdan y comentan con añoranza, entre los hijos de aquella comarca, las fiestas extraordinarias que entonces se celebraron.
Quedan también testimonios elocuentes de aquel esplendor en un buen álbum de fotografías, a cuyo arte era muy aficionado el padre Baydal. Y queda asimismo, y muy vivo», el afecto que despertaba su carácter bondadoso y su natural apacible. Bien se merece estos recuerdos y estas añoranzas el buen padre, que, a pesar de que sufría de cierta obesidad, no le pesaba ningún trabajo en bien del Colegio y de Serrano. Así se desenvolvieron sus días, hasta que, víctima de un ataque cardiaco, falleció en Villa Mercedes, el 12 de mayo de 1944, a los 57 de edad.
P. Miguel Alonso
Era natural de Castellón de la Plana. Desde su juventud sintió afanes misioneros, y aun antes de cantar misa abandonó su patria para pasar a tierras de infieles. Estuvo de misionero en Marruecos, Palestina. Perú, Ecuador, Colombia, Uruguay, y, últimamente, desde el año 1935, en nuestra Comisaría de Argentina. En los postreros años de su vida luchaba su dinamismo con el peso de su cuerpo, que no le dejaba moverse como era su deseo. Rendido finalmente por una afección cardíaca, murió en Serrano, el 16 de septiembre de 1945, a los 69 años de edad, 50 de religión y 42 de sacerdocio.
P. Octavio Bravo
Natural de Alpuente, sintió la vocación religiosa en plena juventud. No le arredró la edad, y supo hacerse niño con los niños y alternar y convivir con ellos, en el Colegio Seráfico, como uno de tantos. Este amor a los niños y esta jovialidad fueron precisamente el distintivo de su naturaleza y la característica de toda su vida, que transcurrió en centros docentes. Su primer año de sacerdocio (1917-1918) lo pasó en Benisa; los siguientes, en Onteniente. El advenimiento de la República le desplazó a California, donde continuó dedicado a la enseñanza. El año 1934, volvió a la Provincia, para pasar a nuestra Comisaría de Argentina. Desde entonces, su vida se desenvuelve en el internado de Serrano. Allí compartió con el padre Baydal los afanes de engrandecimiento del internado, y, asimismo, la responsabilidad de la dirección.
Cuando la llevaba el padre Baydal, el padre Octavio era su principal apoyo, y aquél lo era de éste en los años en que la dirección recayó sobre sus hombros. En su tiempo se levantó el nuevo pabellón del salón de actos y se amplió la cripta. En el Capítulo de 1943 fue elegido Comisario provincial. Como tal, debía, el año 1946, haber asistido, en Onteniente, al Capitulo provincial. Pero renunció de su derecho, quedando en Argentina. Su salud se resentía ya, y la lozanía de su jovial naturaleza iba aceleradamente perdiéndose y apagándose su bulliciosa vitalidad, hasta que el día 14 de febrero de 1947 un cablegrama avisó que, de resultas de una intervención quirúrgica, moría el virtuoso Comisario en Villa Mercedes. Tenía a la sazón 59 años. En Serrano no pueden olvidar al padre Octavio, el religioso siempre jovial, afable y cariñoso.
Fr. Ramón Roig
Es uno de los buenos y más dispuestos hermanos legos que ha tenido la Provincia. Nació en Almácera, y entró en la Orden en los primeros años de la restauración de la Provincia. Entendía toda clase de oficios manuales, y de todo hizo en los largos años que sirvió a la Custodia de Tierra Santa y a la Comisaría. Los últimos años de su vida los pasó en Argentina. Murió en Villa Mercedes, a los 74 años de edad, el 8 de agosto de 1947. Tanto en Villa Mercedes como en Serrano, donde estuvo mucho tiempo y actuó de sacristán, ha dejado muy buen recuerdo.
Fr. José María Romeu
Natural de Vinalesa, ingresó como hermano lego en nuestra Seráfica Provincia, profesando el día 11 de febrero de 1929. Poco después, partía para la Comisaría, donde se ejercitó en los oficios propios de su estado. Edificó siempre por su amor a la pobreza, su carácter servicial, su ciega obediencia, su espíritu de sacrificio y su amor al retiro y a la oración. Era un religioso ejemplar, modelo de hermanos legos, que, a semejanza de nuestro Seráfico Padre, sentía veneración profunda hacia los sacerdotes. Por desgracia, en los últimos años de su vida sufrió un desequilibrio mental, bajando al sepulcro en Buenos Aires, al día 7 de abril de 1948 A la sazón contaba 45 años de edad.
Epílogo
Los misioneros franciscanos «hicieron», más bien que escribieron, una gran parte de la historia de América. Sus gestas nos impulsan a nosotros. Nobleza obliga. Para continuar su misión, lleva la Seráfica Provincia de Valencia a sus hijos allende los mares, a tierras argentinas. En los precedentes artículos hemos descrito el medio ambiente en que viven y dejado entrever una pequeña parte de la inmensa labor que realizan. La otra, la mayor, sólo se escriba en los anales eternos. Un día será todo puesto al descubierto y leído ante todos los pueblos en asamblea pública. Será entonces cuando se conocerá en su totalidad el cúmulo de méritos logrados por los sacrificios de los hijos de esta Provincia; entonces, cuando ¡os méritos obtendrán su justa recompensa.
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