Índice del número 348-349

Marzo-abril de 1958. Año 32. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm

La devoción a San José

Marzo, mes josefino, me brinda ocasión de deciros en estas líneas algo que avive en vosotros la devoción al Patriarca San José.

aSan José nació en la aldea de Nazaret de Galilea, en Palestina; aprendió el oficio de artesano, y cuando llegó a la edad de hombre se desposó, por disposición divina, con la Inmaculada Virgen María. Protegió la santidad maternal de la Virgen María, hizo las veces de padre con Jesús, y murió, cumplida su misión, cuando Jesús y la Santísima Virgen no precisaban de su amparo.

Del amor a Jesucristo, nuestro Dios y Señor, deriva nuestro amor y nuestra devoción a su bendita Madre la Santísima Virgen María. Y del amor a Jesús y María deriva nuestro amor y devoción al glorioso Patriarca San José, que tan íntimamente estuvo ligado con Jesús y con María.

No obstante, la devoción a San José aparece entre los fieles cristianos en la Edad Media. La Orden Franciscana fue su más entusiasta propagadora. El cuarto General de la Orden Franciscana, el Beato Juan de Parma, fue quien hizo levantar la primera iglesia en honor de San José, en 1275, en el convento de Champaigne, en Francia.

Y los sucesores y los discípulos del Beato Juan de Parma se destinguieron por su devoción a San José, ya en sus escritos, ya en sus prácticas.

San José se ejercitó en las más grandes virtudes de manera muy extraordinaria y es modelo acabado de humildad, fidelidad, castidad y amor de Dios.

Por su especialísima relación con Jesús y María es abogado poderoso ante la Santísima Virgen y ante el mismo Señor.

Por la dicha inmensa que tuvo de morir entre los brazos de Jesús y de María, es considerado e invocado como abogado especial de la buena muerte.

Por su castidad virginal es invocado con particular eficacia por los que de veras quieren triunfar en las luchas de la pureza cristiana.

Santa Teresa de Jesús, ferviente devota de San José, nos dice que el glorioso Patriarca es abogado podesoro en todas las necesidades y que no abandona a ninguno de los que a él acuden con verdadera piedad y sincera voluntad.

La Santa Iglesia Católica exhorta a todos los fieles cristianos a recurrir a él en todas las necesidades, repitiendo las palabras de la Sagrada Biblia: ¡Id a José!

Lourdes, ciudad milagrosa

Este año se cumple un siglo exacto en que la Virgen apareció en Lourdes y no por cierto tan sólo para hollar con sus pies descalzos el suelo de la gruta de Massabielle y luego desaparecer inmediatamente, sino para iniciar —como afirmara en 1904 el santo Pontífice Pío X— una de las más insignes manifestaciones de la divina misericordia y de su maternal protección.

Lourdes ha sido llamada Ciudad de la Oración, Ciudad de la Eucaristía, Ciudad de la unión y la paz, Ciudad de la misericordia y de la conversión, Escuela de penitencia evangélica, Ciudad de los milagros, Ciudad de la Iglesia, apelativos todos muy justificados, como lo ilustró en el curso del Congreso Mundial Mariológico del Año Mariano 1954 Mons. Dedeban en una relación que llevaba por título «Lourdes, centro de vida teológica, o sea una ciudad de la Inmaculada, ciudad de Dios».

Dejando por el momento de lado los demás aspectos de la secular historia de Lourdes, nos referiremos exclusivamente al aspecto milagroso de esta ciudad.

Lourdes

[De Web católico de Javier]

Para empezar recordaremos que en estos últimos años llegaron a Lourdes unos 30.000 enfermos (en vísperas de la primera guerra mundial eran ya 10.000, mientras en 1887 sólo 500 enfermos fueron acompañados a la gruta santa del Gave). La escena que se abre ante los ojos del piadoso espectador reproduce la ya narrada en los Evangelios: los enfermos imploran recuperar la vista exterior y también la interior, la curación del espíritu y la adhesión a la divina Voluntad, que vale más que el restablecimiento de la salud física. «¡Oh Señor: hazme ver! ¡Hazme oír!», claman las muchedumbres de enfermos y lo repiten en coro los peregrinos que los rodean.

Si bien no todos los enfermos que llegan a Lourdes logran curarse, todos sin excepción se sienten librados de la angustia y la desesperación que su enfermedad les provocaba y pueden retornar a sus hogares serenos y confiados. En este hecho, que ha sido llamado el milagro más grande, reside el aspecto prodigioso de la historia de Lourdes.

La burla de los impíos

«Nosotros no afirmamos —escribió Renán en la introducción de ese libro suyo que parece inspirado por Satanás y que él con ironía titulara Vida de Jesús—, nosotros no afirmamos que el milagro es imposible, sino que nos limitamos a constatar que hasta la actualidad en el mundo no se ha cumplido aún ningún milagro...» La afirmación es fruto del espíritu escéptico del siglo XIX, digno continuador del volterianismo iluminístico.

Los que así hablaban no vacilaron en desconocer lo que afirmaban las Sagradas Escrituras, la tradición y siglos de vida y de historia cristiana. Para ellos todo eso era invención interesada de la Iglesia. La palabra milagro carecía de sentido; era necesario hacerla desaparecer para siempre. Ausonio Franchi, siguiendo el espíritu progresista de su tiempo, en su Racionalismo del pueblo (Ginebra, 1856), con petulante arrogancia escribía: «Cítesenos un solo milagro que se haya cumplido en un lugar donde pudiese ser observado y controlado cumplidamente y nos retractaremos.» Por su parte Renán en el libro citado también afirma: «Si se nombrase una comisión de fisiólogos, físicos y químicos para examinar el caso en el lugar que el mismo se verifica con repetidos experimentos, sólo en ese caso se podrá obtener una probabilidad casi equivalente a la certeza.»

El hombre moderno ha lanzado a Dios el antiguo reto. Si es cierto que en un tiempo devolvía la vista a los ciegos, el oído a los sordos y la palabra a los mudos, ¿por qué no hace más milagros como esos? ¿Dónde está la omnipotencia divina? ¿Habrá desaparecido para siempre? El hombre moderno, tan lleno de soberbia, no ha querido convencerse que Dios hace milagros sólo en los casos en que estima útil hacerlo. Jesús contestó con el silencio a las pretensiones de Herodes.

Pero siendo misericordioso y siendo padre, Dios responde con clemencia a la petición de los creyentes y, sembrando la confusión entre los incrédulos, El ha permitido que la Madre del Verbo Eterno hablase a la humanidad en un idioma sobrenatural y prodigioso: el idioma de Lourdes.

¿Ilusión o realidad?

Precisamente en un momento en que, con una actitud necia e impía, la ciencia humana renegaba la posibilidad del milagro y de la divinidad del cristianismo y de la Iglesia, el mundo de la cultura fue sacudido por las voces que llegaban desde las orillas del Gave: apariciones de una Señora celestial, éxtasis de una niña vidente, afluencia de fieles, de curiosos, de impíos. Declara a la niña: «Yo soy la Inmaculada Concepción», y manifiesta a la vez el deseo de que ahí, en Lourdes, se construya un templo para la oración.

Muy pronto, como era natural, se entabla un duelo entre la fe y la impiedad. A los detractores de las cosas divinas no les queda sino exclamar que todo ha sido el fruto de una alucinación, que es todo un gran engaño, y solicitando al mismo tiempo —para evitar que la gente simple pueda caer en error— que se prohiba entrar a la gente en la ciudadela de las falsas apariciones. Pero todo es vano. Ni las cercas ni la policía lograrán impedir que la gente entre en Lourdes. Por otra parte, las calumnias humanas no lograrán demostrar que aquella vidente era una exaltada, una hábil impostora. La ciencia no pudo explicar el fenómeno que se había verificado. Podía, si quería, desconocer su carácter sobrenatural, mas no lograba explicarlo a la luz de la razón.

Por razones de oficio debió pasar a ocuparse del asunto incluso el doctor Dozous, médico local, quien, como tantos contemporáneos suyos, era a la sazón ateo y racionalista. En un primer momento quiso explicar el fenómeno como fruto de la exaltación; luego como un caso clínico; pero al final tuvo, que reconocer la verdad en un libro titulado Porque vi, creí. Fue el comienzo del triunfo de lo divino: se eliminaron las barreras, la policía fue alejada y muchedumbres de peregrinos empezaron a llegar a Lourdes. El duelo entre la iniquidad y la misericordia divina terminó como era de prever, con la victoria del cielo. Ilusos habían sido quienes decretaron la imposibilidad del milagro. (Los sucesos de Lourdes confirmaban las verdades que los evangelistas habían establecido hacía dos mil años. Dios, en la medida, en los modos y en los momentos por El establecidos, puede demostrar a los impíos la existencia de las cosas sobrenaturales, llegando para ello incluso a derogar las leyes de la naturaleza.

La clínica de las curaciones milagrosas

En Lourdes el milagro es un hecho indiscutible. En 1868 Vergen, profesor de la Facultad de Montpellier, frente a la Comisión episcopal instituida inmediatamente después de las apariciones, tuvo que reconocer que en siete casos de curación que allí se habían verificado se habían producido una derogación formal de las leyes de la naturaleza. El mismo Vergen, junto con el doctor Dozous, convertido al catolicismo, examinó durante veinticinco años las curaciones de Lourdes y, entre ellas, también la célebre curación de Pierre de Rudder, que tuvo lugar en 1875, que muchos años después iba a ser magistralmente ilustrada por el P. A. Gemelli.

Fue así que se juzgó necesario crear un Burean de constatacions, donde un año más tarde, en 1883, prestan su colaboración cinco médicos. En 1892 el «maestro docto y médico pío» doctor Boissarie amplía el Burean medical, que más tarde, en 1925, se convierte en la Asociación Médica Internacional de Nuestra Señora de Lourdes. En 1947 Mons. Théas, actual Obispo de Lourdes, crea en dicha Asociación especiales consultorios médico-científicos dotados con los más modernos instrumentos y que permite realizar los más variados análisis clínicos. Ya en 1908 se inició la publicación de los Anuales de Notre Dame de Lourdes, a la que se agregó en 1928 el Boletín oficial del santuario.

Durante cinco o seis meses por año, en el período de las grandes peregrinaciones, existe en Lourdes un personal estable de médicos con radiólogo y un cardiólogo. Además de esta comisión permanente, hay también otros médicos que residen en Lourdes algunos meses o períodos más breves. Hasta el año 1948 visitaron el santuario 23.470 médicos. A partir de 1948 el número de médicos que visita Lourdes son de 1.200 por año aproximadamente. Entre 1948 y 1955 a Lourdes llegaron 32.663 médicos. Estos médicos, pertenecientes a las naciones y religiones más variadas, son especialistas de las distintas ramas de la Medicina y pueden participar libremente en todas las discusiones promovidas por la Comisión Permanente. El número de médicos no católicos que participan en dichas discusiones es siempre bastante considerable. Por lo común, de cada 25-60 médicos hay siempre cuatro o cinco que no pertenecen a la religión católica.

La misión de esta Clínica, que es la única de ese tipo que hay en el mundo, consiste evidentemente en examinar las curaciones que se verifican y ver si es posible explicarlas con criterios científicos. Todos los enfermos que así lo hubiesen solicitado previamente son examinados en el momento de su llegada a Lourdes. Los mismos deben exhibir el diagnóstico del propio médico. En el caso en que se produjese una curación se nombra inmediatamente una comisión médica para que se cerciore de la curación y registre todos los datos de la misma. Seguidamente se abre un debate público en el que pueden intervenir todos los médicos que así lo deseen. Al término del debate —en el que llegan a veces a participar hasta un centenar de médicos— el presidente de la sesión invita a todos los presentes a formular un juicio definitivo. Por lo común hay que contestar a las siguientes preguntas: ¿Existía una verdadera enfermedad ? ¿Se trata de una curación completa o de un simple mejoramiento? ¿Conviene esperar antes de dar un juicio definitivo? ¿Puede la curación ser atribuida a causas naturales?

El canónigo Bertrin, basándose en los datos de los Anales, afirma que desde 1858 a 1913 se han verificado 4.370 curaciones. Los archivos del Burean des constatationes, que se iniciaron en 1882, han registrado hasta 1954 tres mil curaciones.

Las conclusiones de los médicos se limitan a declarar si la curación puede ser explicada o no desde el punto de vista científico. La tarea de declarar si se ha producido un «milagro» corresponde a las comisiones canónicas diocesanas, creadas para ese fin y que se regulan según normas establecidas ya por Benedicto XIV para las causas de beatificación y canonización de los siervos de Dios. En la última sesión del 18 de marzo de 1956 el Comité médico internacional se pronunció positivamente en tres casos de curación y pasó las actas correspondientes de los mismos a la autoridad eclesiástica. En 1955 el Cardenal Inmitzer y Mons. Angrisoni constataron dos verdaderos milagros reconocidos según el citado procedimiento, a los cuales cabe agregar otros siete que fueron reconocidos por el Obispo de las Apariciones Mons. Laurence.

Ahora bien, debemos hacer notar que lo importante no es contar los milagros, sino ponderarlos. No hay que juzgarlos por su cantidad, sino por su calidad, por su valor. San Pío X dijo en 1905 al doctor Boissarie que la palabra Milagro no debe ser pronunciada a la ligera: basta un sólo milagro debidamente comprobado para exclamar: «¡El dedo de Dios está aquí!» Tenía, pues, razón el mismo Pontífice cuando en la encíclica dedicada al cincuentenario de las apariciones afirma que en Lourdes «se verifican diariamente prodigios que son claros argumentos para vencer la incredulidad de los hombres de nuestros tiempos», palabras que parecerían volver a resonar en la Encíclica Fulgens Corona, del reinante Pontífice, allí donde Pío XII dice: «...allí (en Lourdes) también no raras veces obtuvieron milagros que, suscitaron la admiración de todos y confirmaron la religión católica como la única verdadera ,dada por Dios».

Lourdes es el triunfo del orden sobrenatural, el triunfo del milagro, el triunfo de la Iglesia Católica. Lourdes es la ciudad de la oración, donde el milagro, en nombre de la Santísima Trinidad y por intercesión de María, se verifica entre las masas como una confirmación del culto general, de la fe común en la infalibilidad del Vicario de Cristo que define la Inmaculada Concepción de María, que la proclama Reina del cielo y de la tierra y que la invoca como una omnipotente mediadora (omnipotencia supplex).

La historia de Lourdes tiene un lenguaje propio y singular para la instauración del Reino de Cristo, cuyo máximo triunfo se halla representado por la devoción y el culto hacia la Eucaristía: María precede a Cristo, señala a Cristo, conduce a Cristo.

Fr. Carlos Balic, ofm

Jesús lava los pies a los discípulos

Giotto. Jesús lava los pies a los apóstoles. (Wikimedia)

Jueves Santo

Con aquel a quien yo quiero

Templad las cuerdas del arpa,
abrid piadoso salterio
y trenzad loas sentidas
al soberano misterio.

Puesto a darnos, hizo gala
de un amor tan generoso
que el Dios de las maravillas
tuvo el gesto más hermoso.

Nos dio la luz que ilumina,
nos dio los cielos tendidos,
nos dio los mares inmensos
y los campos florecidos.

Y las aves cantadoras,
y las fuentes refrescantes,
y los céfiros que arrullan,
y los bosques sombreantes.

Y mente para entender,
y corazón para amar,
voluntad para querer,
ilusión para esperar.

Pero aquella noche grande,
como era ya la postrera,
tuvo aquel gesto divino
que llevaba su alma entera.

Pan de cielo, Pan de cielo
que el hombre nunca soñara,
que sólo su amor inmenso
tan galante lo creara.

Aunque al cielo se remonte
envuelto en nube dorada,
ya sabemos, ya sabemos
dónde deja su morada.

Cantad, querubes del cielo;
nosotros también cantamos
entre espinas, mas no importa,
le tenemos, le adoramos.

Ya no es duro este destierro,
punzan menos las espinas,
se disipan los nublados
ante sacras hornacinas.

Por Este fueron gigantes,
llegando hasta el heroísmo,
los que llenaron la historia
del surgir del cristianismo.

Y los monjes medioevales
y celosos misioneros
hazañaron asombrosos
cual atléticos guerreros.

Y lucieron maravillas
de belleza singular
las doncellas de pureza
como nieve del glaciar.

Flecha augusta de la Iglesia,
la que anuncias su morada,
qué bien marcas el camino
de la dicha asegurada.

Que en llegando que llegamos
al altar-comulgatorio
sólo queda lo divino,
se extingue lo transitorio.

Sabemos que estás ahí,
nos lo demuestra la fe,
y yo siempre te sentí
cuando a tu altar yo llegué.

No respiras, pero vives,
y aunque no hablas te escuchamos,
no te mueves, te sentimos,
Tú nos amas y te amamos.

Es un cielo adelantado,
un destierro llevadero,
¡dejadme vivir mi vida
con Aquel a quien yo quiero!

Vicente Monroy Alaguero, redentorista


La decadencia de la raza blanca

I

De los tres principales elementos que en la guerra intervienen: el terreno, los hombres y las armas, es indudablemente el segundo el más importante. Si el terreno de los combates es llano, será más difícil la defensa contra un enemigo que ataque, aunque el arte de la fortificación puede ayudar a aquélla. Si las armas propias son de inferior calidad que las del adversario, tendrá éste más facilidad para conseguir la victoria. Pero un ejército combatiente decidido y valeroso podrá con su esfuerzo contrarrestar la inferioridad en que se encuentre respecto a un adversario en cualquier circunstancia.

En nuestra guerra de la Independencia contra los franceses no pudieron éstos dominar a nuestros antepasados, a pesar de la diferencia de elementos (armamento y organización) con que contaban unos y otros. El general ¡no importa! se dice que ganó la guerra, pues cuando se daba el caso de alguna batalla perdida, con aquella exclamación manifestaban los españoles el poco valor en que estimaban el descalabro, que no les hacía variar su voluntad de seguir peleando contra los enemigos de su patria.
Algo semejante se ha visto en la reciente guerra de Corea, sostenida, por una parte, por los comunistas indígenas ayudados por los chinos, y por otra, por los norteamericanos con ayuda, simbólicamente al menos, de otras naciones europeas. No obstante la abundancia de medios de combate aportados por los últimos, la masa imponente que oponían los chinos como carne de cañón supo tener en jaque a los norteamericanos y sus aliados, quedando en tablas los esfuerzos de ambos beligerantes, tan diferentes entre sí desde el punto de vista de sus elementos de guerra.

Pues bien, en la pugna que hay ahora entre las naciones occidentales y Rusia se está en la fase de la guerra fría, pero se puede convertir en guerra sangrienta. Y entonces las naciones beligerantes intervendrán en ésta con todo su poderío militar, fundado en el demográfico, político y económico.

Antes de la primera guerra europea las guerras internacionales se hacían entre los ejércitos de las naciones combatientes. El elemento civil podía contemplar su desarrollo sin tener que inquietarse por los peligros de la guerra, de que estaba exento. Acuerdos internacionales le protegían. Tal hacía la Convención de Ginebra, que prohibía bombardear ciudades abiertas o no fortificadas. Como procuraba humanizar la guerra prohibiendo usar armas o municiones que causaran heridas crueles (sables afilados, balas explosivas, etc.). Y procurar un trato humano a heridos y prisioneros enemigos.

En la guerra europea de 1914-18 se llevó a la práctica por todos los combatientes la idea de la nación en armas, pues todos los hombres útiles se convirtieron en soldados. Y se quebrantaron los preceptos de aquella Convención en alguna ocasión. Pero en la última se han despreciado por completo los convenios humanitarios suscritos por todas las naciones civilizadas.

Así se han bombardeado ciudades abiertas por unos y otros adversarios. Y ninguna parte de sus territorios respectivos ha quedado exenta de los posibles ataques de la aviación enemiga, que ha lanzado bombas hasta de 7.000 kg. Alguna ciudad alemana ha sido atacada un día por una oleada de 1.000 bombarderos que empleaban en su cometido en alguna ocasión bombas de fósforo, cuyo fuego de elevada temperatura era muy difícil de combatir. Y la bomba atómica de Hiroshima causó 88.637 muertos inmediatamente, a los que hay que agregar los que murieron después por heridas incurables: en total, cerca de 100.000. Esto ocurrió cuando los japoneses habían pedido ya un armisticio.

Una nueva guerra mundial pondría en acción todos los recursos en hombres y elementos de combate y destrucción que se conocen: bombas atómicas y de hidrógeno, proyectiles teledirigidos, artillería de todas clases, etc. Pero lo mismo que se necesitan soldados para su manejo, es preciso que haya fábricas productoras de aquellos ingenios en que trabajen a ritmo acelerado hombres y mujeres para surtir de ellos a sus ejércitos. Solamente los trabajos experimentales necesarios para conseguir la obtención de la energía atómica libre y su aplicación a la bomba atómica, requirieron la edificación de varias ciudades de nueva planta para albergar a obreros y laboratorios. En 1944, en plena guerra, se fundó en Hanford (Norteamérica) una ciudad para 60.000 habitantes. Y no fue la única. Para conseguir la primera explosión experimental atómica en las tierras desiertas de Nuevo Méjico, verificada en 16 de julio de 1945, tuvieron que gastar los norteamericanos 2.000 millones de dólares, empleando muchedumbre enorme de obreros y numerosos científicos de varias naciones.

Los alemanes en su propaganda afirmaban que el Presidente Roosevelt había obligado a Norteamérica a intervenir en la segunda guerra mundial para dar ocupación a los millones de obreros parados que en ella había, los que en las fábricas dedicadas a producir material de guerra podrían emplearse, como así ocurrió.

Vemos en resumen la importancia que en una guerra moderna tiene la población humana que ha de proporcionar combatientes y obreros. En otro artículo estudiaremos ligeramente el factor demográfico en Rusia y las naciones que con ella se enfrentan.

Arturo Fosar Bayarri