Índice del número 348-349
Marzo-abril de 1958. Año 32. Director: Fr. Pacífico Torres, ofm
- La devoción a San José. Editorial
Lourdes, ciudad milagrosa. Fr. Carlos Balic, ofm
Con aquel a quien yo quiero. Jueves santo. Poema. Vicente Monroy Alagarero, redentorista
La decadencia de la raza blanca. Arturo Fosar Bayarri - La unidad de Europa y San Juan de Capistrano. Fr. Domingo Savall, ofm
Un medio Francisco de Asís. Enrique Barrachina Gil
San José, el más hermoso de todos los israelitas. Fr. Manuel Balaguer, ofm
Los dolores de María. P. Federico G. Faber
La muerte de Cristo. P. Bruno Ibeas, osa - El san José de plata.
Salmo 8. Grandeza de Dios y pequeñez del hombre. Fr. Rafael Fuster Pons, ofm
D. Antonio Buj. Fr. Juan José Baydal Tur, ofm
La última noche del Iscariote. Manuel Bueno
Fr. Basilio Sancho Ugeda, ofm. In memoriam
Noticias.
La devoción a San José
Marzo, mes josefino, me brinda ocasión de deciros en estas líneas algo que avive en vosotros la devoción al Patriarca San José.
San José nació en la aldea de Nazaret de Galilea, en Palestina; aprendió el oficio de artesano, y cuando llegó a la edad de hombre se desposó, por disposición divina, con la Inmaculada Virgen María. Protegió la santidad maternal de la Virgen María, hizo las veces de padre con Jesús, y murió, cumplida su misión, cuando Jesús y la Santísima Virgen no precisaban de su amparo.
Del amor a Jesucristo, nuestro Dios y Señor, deriva nuestro amor y nuestra devoción a su bendita Madre la Santísima Virgen María. Y del amor a Jesús y María deriva nuestro amor y devoción al glorioso Patriarca San José, que tan íntimamente estuvo ligado con Jesús y con María.
No obstante, la devoción a San José aparece entre los fieles cristianos en la Edad Media. La Orden Franciscana fue su más entusiasta propagadora. El cuarto General de la Orden Franciscana, el Beato Juan de Parma, fue quien hizo levantar la primera iglesia en honor de San José, en 1275, en el convento de Champaigne, en Francia.
Y los sucesores y los discípulos del Beato Juan de Parma se destinguieron por su devoción a San José, ya en sus escritos, ya en sus prácticas.
San José se ejercitó en las más grandes virtudes de manera muy extraordinaria y es modelo acabado de humildad, fidelidad, castidad y amor de Dios.
Por su especialísima relación con Jesús y María es abogado poderoso ante la Santísima Virgen y ante el mismo Señor.
Por la dicha inmensa que tuvo de morir entre los brazos de Jesús y de María, es considerado e invocado como abogado especial de la buena muerte.
Por su castidad virginal es invocado con particular eficacia por los que de veras quieren triunfar en las luchas de la pureza cristiana.
Santa Teresa de Jesús, ferviente devota de San José, nos dice que el glorioso Patriarca es abogado podesoro en todas las necesidades y que no abandona a ninguno de los que a él acuden con verdadera piedad y sincera voluntad.
La Santa Iglesia Católica exhorta a todos los fieles cristianos a recurrir a él en todas las necesidades, repitiendo las palabras de la Sagrada Biblia: ¡Id a José!
Lourdes, ciudad milagrosa
Este año se cumple un siglo exacto en que la Virgen apareció en Lourdes y no por cierto tan sólo para hollar con sus pies descalzos el suelo de la gruta de Massabielle y luego desaparecer inmediatamente, sino para iniciar —como afirmara en 1904 el santo Pontífice Pío X— una de las más insignes manifestaciones de la divina misericordia y de su maternal protección.
Lourdes ha sido llamada Ciudad de la Oración, Ciudad de la Eucaristía, Ciudad de la unión y la paz, Ciudad de la misericordia y de la conversión, Escuela de penitencia evangélica, Ciudad de los milagros, Ciudad de la Iglesia, apelativos todos muy justificados, como lo ilustró en el curso del Congreso Mundial Mariológico del Año Mariano 1954 Mons. Dedeban en una relación que llevaba por título «Lourdes, centro de vida teológica, o sea una ciudad de la Inmaculada, ciudad de Dios».
Dejando por el momento de lado los demás aspectos de la secular historia de Lourdes, nos referiremos exclusivamente al aspecto milagroso de esta ciudad.

[De Web católico de Javier]
Para empezar recordaremos que en estos últimos años llegaron a Lourdes unos 30.000 enfermos (en vísperas de la primera guerra mundial eran ya 10.000, mientras en 1887 sólo 500 enfermos fueron acompañados a la gruta santa del Gave). La escena que se abre ante los ojos del piadoso espectador reproduce la ya narrada en los Evangelios: los enfermos imploran recuperar la vista exterior y también la interior, la curación del espíritu y la adhesión a la divina Voluntad, que vale más que el restablecimiento de la salud física. «¡Oh Señor: hazme ver! ¡Hazme oír!», claman las muchedumbres de enfermos y lo repiten en coro los peregrinos que los rodean.
Si bien no todos los enfermos que llegan a Lourdes logran curarse, todos sin excepción se sienten librados de la angustia y la desesperación que su enfermedad les provocaba y pueden retornar a sus hogares serenos y confiados. En este hecho, que ha sido llamado el milagro más grande, reside el aspecto prodigioso de la historia de Lourdes.
La burla de los impíos
«Nosotros no afirmamos —escribió Renán en la introducción de ese libro suyo que parece inspirado por Satanás y que él con ironía titulara Vida de Jesús—, nosotros no afirmamos que el milagro es imposible, sino que nos limitamos a constatar que hasta la actualidad en el mundo no se ha cumplido aún ningún milagro...» La afirmación es fruto del espíritu escéptico del siglo XIX, digno continuador del volterianismo iluminístico.
Los que así hablaban no vacilaron en desconocer lo que afirmaban las Sagradas Escrituras, la tradición y siglos de vida y de historia cristiana. Para ellos todo eso era invención interesada de la Iglesia. La palabra milagro carecía de sentido; era necesario hacerla desaparecer para siempre. Ausonio Franchi, siguiendo el espíritu progresista de su tiempo, en su Racionalismo del pueblo (Ginebra, 1856), con petulante arrogancia escribía: «Cítesenos un solo milagro que se haya cumplido en un lugar donde pudiese ser observado y controlado cumplidamente y nos retractaremos.» Por su parte Renán en el libro citado también afirma: «Si se nombrase una comisión de fisiólogos, físicos y químicos para examinar el caso en el lugar que el mismo se verifica con repetidos experimentos, sólo en ese caso se podrá obtener una probabilidad casi equivalente a la certeza.»
El hombre moderno ha lanzado a Dios el antiguo reto. Si es cierto que en un tiempo devolvía la vista a los ciegos, el oído a los sordos y la palabra a los mudos, ¿por qué no hace más milagros como esos? ¿Dónde está la omnipotencia divina? ¿Habrá desaparecido para siempre? El hombre moderno, tan lleno de soberbia, no ha querido convencerse que Dios hace milagros sólo en los casos en que estima útil hacerlo. Jesús contestó con el silencio a las pretensiones de Herodes.
Pero siendo misericordioso y siendo padre, Dios responde con clemencia a la petición de los creyentes y, sembrando la confusión entre los incrédulos, El ha permitido que la Madre del Verbo Eterno hablase a la humanidad en un idioma sobrenatural y prodigioso: el idioma de Lourdes.
¿Ilusión o realidad?
Precisamente en un momento en que, con una actitud necia e impía, la ciencia humana renegaba la posibilidad del milagro y de la divinidad del cristianismo y de la Iglesia, el mundo de la cultura fue sacudido por las voces que llegaban desde las orillas del Gave: apariciones de una Señora celestial, éxtasis de una niña vidente, afluencia de fieles, de curiosos, de impíos. Declara a la niña: «Yo soy la Inmaculada Concepción», y manifiesta a la vez el deseo de que ahí, en Lourdes, se construya un templo para la oración.
Muy pronto, como era natural, se entabla un duelo entre la fe y la impiedad. A los detractores de las cosas divinas no les queda sino exclamar que todo ha sido el fruto de una alucinación, que es todo un gran engaño, y solicitando al mismo tiempo —para evitar que la gente simple pueda caer en error— que se prohiba entrar a la gente en la ciudadela de las falsas apariciones. Pero todo es vano. Ni las cercas ni la policía lograrán impedir que la gente entre en Lourdes. Por otra parte, las calumnias humanas no lograrán demostrar que aquella vidente era una exaltada, una hábil impostora. La ciencia no pudo explicar el fenómeno que se había verificado. Podía, si quería, desconocer su carácter sobrenatural, mas no lograba explicarlo a la luz de la razón.
Por razones de oficio debió pasar a ocuparse del asunto incluso el doctor Dozous, médico local, quien, como tantos contemporáneos suyos, era a la sazón ateo y racionalista. En un primer momento quiso explicar el fenómeno como fruto de la exaltación; luego como un caso clínico; pero al final tuvo, que reconocer la verdad en un libro titulado Porque vi, creí. Fue el comienzo del triunfo de lo divino: se eliminaron las barreras, la policía fue alejada y muchedumbres de peregrinos empezaron a llegar a Lourdes. El duelo entre la iniquidad y la misericordia divina terminó como era de prever, con la victoria del cielo. Ilusos habían sido quienes decretaron la imposibilidad del milagro. (Los sucesos de Lourdes confirmaban las verdades que los evangelistas habían establecido hacía dos mil años. Dios, en la medida, en los modos y en los momentos por El establecidos, puede demostrar a los impíos la existencia de las cosas sobrenaturales, llegando para ello incluso a derogar las leyes de la naturaleza.
La clínica de las curaciones milagrosas
En Lourdes el milagro es un hecho indiscutible. En 1868 Vergen, profesor de la Facultad de Montpellier, frente a la Comisión episcopal instituida inmediatamente después de las apariciones, tuvo que reconocer que en siete casos de curación que allí se habían verificado se habían producido una derogación formal de las leyes de la naturaleza. El mismo Vergen, junto con el doctor Dozous, convertido al catolicismo, examinó durante veinticinco años las curaciones de Lourdes y, entre ellas, también la célebre curación de Pierre de Rudder, que tuvo lugar en 1875, que muchos años después iba a ser magistralmente ilustrada por el P. A. Gemelli.
Fue así que se juzgó necesario crear un Burean de constatacions, donde un año más tarde, en 1883, prestan su colaboración cinco médicos. En 1892 el «maestro docto y médico pío» doctor Boissarie amplía el Burean medical, que más tarde, en 1925, se convierte en la Asociación Médica Internacional de Nuestra Señora de Lourdes. En 1947 Mons. Théas, actual Obispo de Lourdes, crea en dicha Asociación especiales consultorios médico-científicos dotados con los más modernos instrumentos y que permite realizar los más variados análisis clínicos. Ya en 1908 se inició la publicación de los Anuales de Notre Dame de Lourdes, a la que se agregó en 1928 el Boletín oficial del santuario.
Durante cinco o seis meses por año, en el período de las grandes peregrinaciones, existe en Lourdes un personal estable de médicos con radiólogo y un cardiólogo. Además de esta comisión permanente, hay también otros médicos que residen en Lourdes algunos meses o períodos más breves. Hasta el año 1948 visitaron el santuario 23.470 médicos. A partir de 1948 el número de médicos que visita Lourdes son de 1.200 por año aproximadamente. Entre 1948 y 1955 a Lourdes llegaron 32.663 médicos. Estos médicos, pertenecientes a las naciones y religiones más variadas, son especialistas de las distintas ramas de la Medicina y pueden participar libremente en todas las discusiones promovidas por la Comisión Permanente. El número de médicos no católicos que participan en dichas discusiones es siempre bastante considerable. Por lo común, de cada 25-60 médicos hay siempre cuatro o cinco que no pertenecen a la religión católica.
La misión de esta Clínica, que es la única de ese tipo que hay en el mundo, consiste evidentemente en examinar las curaciones que se verifican y ver si es posible explicarlas con criterios científicos. Todos los enfermos que así lo hubiesen solicitado previamente son examinados en el momento de su llegada a Lourdes. Los mismos deben exhibir el diagnóstico del propio médico. En el caso en que se produjese una curación se nombra inmediatamente una comisión médica para que se cerciore de la curación y registre todos los datos de la misma. Seguidamente se abre un debate público en el que pueden intervenir todos los médicos que así lo deseen. Al término del debate —en el que llegan a veces a participar hasta un centenar de médicos— el presidente de la sesión invita a todos los presentes a formular un juicio definitivo. Por lo común hay que contestar a las siguientes preguntas: ¿Existía una verdadera enfermedad ? ¿Se trata de una curación completa o de un simple mejoramiento? ¿Conviene esperar antes de dar un juicio definitivo? ¿Puede la curación ser atribuida a causas naturales?
El canónigo Bertrin, basándose en los datos de los Anales, afirma que desde 1858 a 1913 se han verificado 4.370 curaciones. Los archivos del Burean des constatationes, que se iniciaron en 1882, han registrado hasta 1954 tres mil curaciones.
Las conclusiones de los médicos se limitan a declarar si la curación puede ser explicada o no desde el punto de vista científico. La tarea de declarar si se ha producido un «milagro» corresponde a las comisiones canónicas diocesanas, creadas para ese fin y que se regulan según normas establecidas ya por Benedicto XIV para las causas de beatificación y canonización de los siervos de Dios. En la última sesión del 18 de marzo de 1956 el Comité médico internacional se pronunció positivamente en tres casos de curación y pasó las actas correspondientes de los mismos a la autoridad eclesiástica. En 1955 el Cardenal Inmitzer y Mons. Angrisoni constataron dos verdaderos milagros reconocidos según el citado procedimiento, a los cuales cabe agregar otros siete que fueron reconocidos por el Obispo de las Apariciones Mons. Laurence.
Ahora bien, debemos hacer notar que lo importante no es contar los milagros, sino ponderarlos. No hay que juzgarlos por su cantidad, sino por su calidad, por su valor. San Pío X dijo en 1905 al doctor Boissarie que la palabra Milagro no debe ser pronunciada a la ligera: basta un sólo milagro debidamente comprobado para exclamar: «¡El dedo de Dios está aquí!» Tenía, pues, razón el mismo Pontífice cuando en la encíclica dedicada al cincuentenario de las apariciones afirma que en Lourdes «se verifican diariamente prodigios que son claros argumentos para vencer la incredulidad de los hombres de nuestros tiempos», palabras que parecerían volver a resonar en la Encíclica Fulgens Corona, del reinante Pontífice, allí donde Pío XII dice: «...allí (en Lourdes) también no raras veces obtuvieron milagros que, suscitaron la admiración de todos y confirmaron la religión católica como la única verdadera ,dada por Dios».
Lourdes es el triunfo del orden sobrenatural, el triunfo del milagro, el triunfo de la Iglesia Católica. Lourdes es la ciudad de la oración, donde el milagro, en nombre de la Santísima Trinidad y por intercesión de María, se verifica entre las masas como una confirmación del culto general, de la fe común en la infalibilidad del Vicario de Cristo que define la Inmaculada Concepción de María, que la proclama Reina del cielo y de la tierra y que la invoca como una omnipotente mediadora (omnipotencia supplex).
La historia de Lourdes tiene un lenguaje propio y singular para la instauración del Reino de Cristo, cuyo máximo triunfo se halla representado por la devoción y el culto hacia la Eucaristía: María precede a Cristo, señala a Cristo, conduce a Cristo.
Fr. Carlos Balic, ofm
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Giotto. Jesús lava los pies a los apóstoles. (Wikimedia)
Jueves Santo
Con aquel a quien yo quiero
Templad las cuerdas del arpa, Puesto a darnos, hizo gala Nos dio la luz que ilumina, Y las aves cantadoras, Y mente para entender, Pero aquella noche grande, Pan de cielo, Pan de cielo Aunque al cielo se remonte Cantad, querubes del cielo; |
Ya no es duro este destierro, Por Este fueron gigantes, Y los monjes medioevales Y lucieron maravillas Flecha augusta de la Iglesia, Que en llegando que llegamos Sabemos que estás ahí, No respiras, pero vives, Es un cielo adelantado, |
Vicente Monroy Alaguero, redentorista