Orígenes espirituales de Lourdes

Entre los millares de peregrinos que de todos los puntos del mundo acuden a Lourdes, hay pocos —si es que los hay— que conozcan los lejanos orígenes espirituales de Lourdes. No se sabe muy bien, o mejor dicho se ha olvidado mucho, que a principios del siglo XVI una aparición de la Virgen ha prefigurado en el valle Garaison la aparición de Massabielle.

¿Qué es Garaison? Un humilde vallecito situado en el extremo sudeste de la salvaje meseta de Lamnezan, a unos 50 km. de Lourdes. Es allí donde, hacia el año 1500, se apareció la Virgen a una muchachita, Angléze Sagazan. Las analogías con Lourdes son impresionantes. Angléze tenía la misma edad que en 1858 tenía Bernadette. En Bartrés llevaba un rebaño a pacer durante algún tiempo, como lo hizo Bernadette. Era pobre también como Bernadette, hasta el punto de que lloraba, cuando se le apareció la Virgen, comiendo el pan duro y negro que era su único alimento. Y como en Lourdes, la Virgen pidió que se le construyera una capilla en aquel lugar.

Las similitudes con Lourdes no se limitan a esto. En Garaison se construyó la capilla pedida por la Virgen. En número cada vez mayor, las buenas gentes de la región acudían a ella. La pastora Angléze, lo mismo que hizo tres siglos después Bernadette, ingresó en el convento. Las cistercienses de la Abadía de Fabas, cerca de Garaison, la acogieron. Una o dos veces por año Angléze tenía permiso para trasladarse a Garaison. Pero en seguida, importunada, como lo fue Bernadette, por las manifestaciones de devotas abusivas, adoptó la decisión de no salir de su abadía, donde murió en olor de santidad.

A principios del siglo XVII el joven Pierre Geoffroy, que tenía los dones naturales más brillantes y gran devoto de la Virgen además, se trasladó a Garaison. Se conmocionó ante el estado miserable en que se encontraba la pobre capilla primitiva. Hizo el voto de consagrar toda su vida a Nuestra Señora de Garaison y de elevar un santuario digno de Ella. Simple tonsurado entonces, recibió en un año las órdenes menores, el subdiaconado, el diaconado y se ordenó sacerdote en 1605.

Constituyó un cuerpo de capellanes, secundado por sacerdotes auxiliares. Construyó para ellos un conjunto imponente de edificios, y sobre todo, elevó una capilla con dimensiones de iglesia que —tanto por su arquitectura como por su decoración— es una de las maravillas de la artesanía de Francia en el siglo XVII.

Las multitudes acuden en peregrinaciones interminables. Lo mismo que se habla de las multitudes de Lourdes, se podría hablar de las multitudes de Garaison. Algunos días se llegaban a contar en Garaison cuarenta mil peregrinos. Llegaban de todo el sudoeste de Francia en una época en que las comunicaciones no tenían nada de confortables, pero en toda Francia e incluso en Europa se hablaba de Garaison. Un Obispo de Rusia escribió al Arzobispo de Auch, del que dependía el santuario: «Usted es el Obispo no sólo de una gran diócesis, sino también del mundo entero, porque desde los países más lejanos se acude a vuestro célebre santuario de Garaison». Si se suprimiera la palabra Garaison, ¿no parecería una carta dirigida en 1958 a Monseñor Théas, Obispo de Tarbes y Lourdes?

Pero eso no es todo. La misión singular de Garaison con respecto a Lourdes va a precisarse cada vez más. En 1792 la Revolución echa fuera a los capellanes del santuario, que convertido en bien nacional vuelve a estar abandonado; pero en 1835 M. Laurence, entonces Vicario General del Obispo de Tarbes, volvió a adquirirlo por cuenta del obispado, y reconstituye un cuerpo de capellanes misioneros, animados profundamente del mismo ideal mañano de Pierre Geoffroy y sus primeros sucesores. Garaison resucitó con brillantez y abundaron de nuevo las peregrinaciones.

El 31 de diciembre de 1844 M. Laurence fue nombrado para el puesto episcopal de Tarbes, y poco a poco se reveló el plan que había madurado durante mucho tiempo. Su diócesis fue perturbada por la Revolución y después anexada por el Concordato napoleónico a las diócesis vecinas de Dax y Bayona. Quiso basar la restauración de su diócesis, que había logrado su autonomía, en la restauración de los antiguos santuarios marianos pirenaicos abandonados por causa de la Revolución. Restauró el culto sucesivamente, después de Nuestra Señora de Garaison, que tiene la primacía, en los santuarios de Nuestra Señora de Héas, de Nuestra Señora de Paucylaun y de Nuestra Señora de Piétat.

Estos menesteres los hizo desempeñar por los misioneros de Garaison, que se constituyeron en Congregación religiosa en 1848. No sólo aseguran el culto, sino que se difunde por toda la diócesis en misiones ininterrumpidas, instruidos por su Superior, el P. Jean-Louis Peydessus, que tiene todas las dotes del orador y el poder de expansión de una llama santa. De esta manera se encuentra reanimada por el culto mariano, del que son los apóstoles, la práctica religiosa debilitada por los años de la Revolución.

Lourdes aparece, pues, como la coronación del plan marial de Mons. Laurence, como la réplica de la Virgen. Garaison, Héas, Paucylan, Piétat son como fuegos en la montaña que anuncian la maravilla. El raudal espiritual salido hace cuatro siglos del valle de Garaison, ha encontrado su completa expansión en la gruta de Massabielle, ha sido como proyectado en lo universal por Lourdes.

Restaurador de Garaison, Mons. Laurence se convirtió en el Obispo de. Bernadette, en el Obispo de las Apariciones. Y los misioneros de Garaison, a los que se han confiado los santuarios de Lourdes, se llaman ahora los Misioneros de la Inmaculada Concepción, o comúnmente, los Padres de la Gruta, los Padres de Lourdes. Finalmente, hay que hacer observar que las primeras multitudes de Lourdes, las que opusieron a todas las presiones y oposiciones oficiales su fe en la realidad de las apariciones, eran pirenaicas, regionales. Son las mismas que los Padres de Garaison habían vuelto a conducir hacia el amor y el culto de Nuestra Señora.

Caotan Bernoville

La sonrisa de la Virgen

Un turista fue un día a encontrar a Bemardita Soubirous, la vidente de Lourdes, y la preguntó:

—¿Eres tú la niña que ve a la Virgen? ¿No serán cuentos lo que nos refieres? Dime sencillamente, sin rodeos, lo que ves.

—Es inútil, porque usted no lo va a creer—, replicó Bernardita.

—Muéstrame al menos cómo sonríe la Virgen. Yo soy un pecador y quizá esa sonrisa me convierta.

—La sonrisa de la Virgen no se ve más que en el cielo. Es imposible mostrarla. Con todo, ya que es usted un pecador, voy a ensayar sonreír como Ella.

Bernardita entonces, con la sencillez habitual en ella, levantó los ojos al cielo y sonrió. Y aquella sonrisa bastó para que aquel hombre, subyugado, se dirigiera a la gruta donde se puso a orar. Y se convirtió.
La sonrisa de la Virgen había impresionado fuertemente a la misma Bernardita. Cuenta que la noche siguiente a la primera aparición no logró dormir.

—La figura bondadosa y llena de encanto de la Señora me venía continuamente a la memoria—, declara.
Dos días después de esta aparición fue Bernardita a la gruta acompañada de otras niñas. Al pasar por la iglesia se proveyó de agua bendita. Si fuera el diablo huiría al sentir el contacto del agua bendita...

Llegadas a la gruta se arrodillaron todas y extrajeron sus rosarios de los bolsillos. No había aún acabado Bernardita la primera decena cuando las compañeras la oyeron exclamar:

—¡Ella es! ¡Allí está! Y sonríe...

Y el rostro de la vidente se iluminó. Se acercó y le roció con agua bendita, diciendo:

—Si venís de parte de Dios, quedaos; si no, ¡largaos!

La Señora comenzó a sonreír, «y cuando más agua yo le echaba más sonreía Ella», afirma Bernardita.


Nina Zoriaga

¡Desgraciada de mi! El reflejo de las llamas del infierno hieren mis ojos. ¿Pero, Señor, cómo huir de tan gran peligro? Si el mundo y el pecado me seducen y aturden mis sentidos los placeres. Aunque piense en Ti y quiera arrepentirme en mi corazón, aún quedan residuos y raíces de mis vicios, ¡Dios mío! Tendría que arrancarlo de mi pecho y tirarlo en un abismo donde fuera devorado por las fieras. A menos que Tú,
¡Dios mío!, extendiendo tus divinas manos lo cogieras y curaras sus heridas enconadas por el pus de mis pecados.

¡Señor! Yo me pregunto confundida y con tristeza si a la hora de mi muerte, cuando llegue mi alma a tu presencia, Tú, ¡Dios mío!, en lugar de mirarme con piedad me acogieras airado y con cólera tomaras mi alma y la arrojaras al fuego del infierno.

Su corazón con gran avidez de arrepentimiento pedía perdón a Dios, presentándose ante El como una gran pecadora. Suplicaba humildemente o nuestro Señor se compadeciera de ella y derramara sobre su alma la gracia de un amor infinito y con éste la fuerza para sacudir su invencible afecto por los halagos y placeres del mundo.

Acabadas sus oraciones emprendió el camino de regreso al hospital. Mientras cruzaba el bosque sobrevino repentinamente a su pensamiento las palabras de la Madre: «Vea al P. Felipe». Acariciaba en su mente la idea cuando de pronto oyó una voz desgarradora que angustiada pedía socorro. Se volvió sobresaltada y vio venir corriendo hacia ella a una mujer indígena como enloquecida, llevando entre sus brazos a un recién nacido y perseguida por un hombre de su misma raza que amenazaba matarla con un machete.

—¡Señora! —gritaba la pobre mujer llena de dolor buscando cobijo y protección en ella—, mi marido quiere matarme porque ayer bauticé a mi hijo. Yo soy cristiana.

Nina, abriendo sus brazos tomó al niño y la madre se escondió tras ella. Pero el hombre, ciego por la ira, dejó caer el machete para matar al pequeño. Nina en aquel momento levantó su brazo derecho para protegerlo y el arma la hirió a ella causándole una gran herida en el brazo. El doctor Bardi y su ayudante que se dirigían en su auto al hospital, al darse cuenta de lo ocurrido bajaron de un salto del auto y corrieron al lado de Nina. Su ayudante fue tras el asesino amenazándolo con su revólver y logró capturarlo. Mientras el doctor, quitándose su correa de piel, engarrotaba el brazo de Nina, que sangraba abundantemente. La hemorragia era tan fuerte que Nina sintió aflojarse su cuerpo y las fuerzas abandonarla, cayendo sin sentido en los brazos del doctor, que quitándole el niño que aun llevaba apretado a su pecho se lo entregó a su madre y cargó con ella al hombro.

En la Misión y el hospital causó gran revuelo aquel incidente.

Cuando Nina recobró el conocimiento quedó sorprendida al verse postrada en una de las camas del hospital, rodeada del doctor y del P. Felipe, así como de la Superiora y demás religiosas.

—¿Qué ha ocurrido? ¿Por qué estoy yo aquí acostada?—, preguntó con los ojos desmesuradamente abiertos.

—¿No recuerda, Nina —dijo el doctor—, que un nativo la ha herido por querer usted salvar la vida de un pequeño amenazado de muerte por su propio padre?

Ella, haciendo un gran esfuerzo mental, preguntó:

—¿Al niño le ha ocurrido algo?

—Nada en absoluto —repuso el doctor—. El pequeño y la madre están sanos y salvos y el criminal ha sido entregado a las autoridades.

—¿El criminal? ¡Pobre hombre! Yo le perdono —e incorporándose en la cama dijo—: ¡P. Felipe, que no le castiguen!

—Vamos, hija, tranquilícese. Aunque usted lo perdone no es suficiente; se ha derramado sangre. La justicia ya se hará cargo del caso ; yo creo que todo se arreglará bien.

Nina cayó sobre la almohada con la mirada turbia por las lágrimas que brotaron en sus ojos. Cerró los párpados y quedó profundamente dormida.

—Es conveniente que descanse —dijo el doctor—; su sistema nervioso y pérdida de sangre la causan una sensación de debilidad y agotamiento grande. Pronto se recuperará con la transfusión.

En aquel sueño Nina se vio vagando por un inmenso y espeso bosque de tupidas hiedras donde apenas penetraba la luz del sol. Mientras andaba entre la maleza encontraba a su paso madrigueras de víboras y en los matorrales refugio de lobos y hienas. En las altas copas de los árboles, enredadas entre sí por la frondosidad de sus ramajes, nidos de aves de rapiña que con su griterío la ensordecían haciéndola huir despavorida por aquel laberinto sin salida. Ella corría dando gritos de terror, perseguida por las fieras que la acorralaban entre la maleza. De pronto advirtió ante sí una gran nube de humo espeso, se restregó los ojos espantada y vio cómo poco a poco aquel humo fue disipándose y apareció ante sus ojos la figura de un hombre de larga barba, vistiendo hábito talar. Aquel hombre se acercó a ella y le dijo con dulce voz:

—No temas, mira las llagas de mis manos y de mis pies. Me llamo Francisco de Asís. He venido para ayudarte a salir de aquí. Pero antes tienes que cruzar una inmensa llanura sembrada de trigo y ese trigo tiene que ser segado por ti. ¿Ves aquel claro por donde penetra la luz del sol? Allí es. Mientras tu siegas yo gavillaré la mies.

Hubo un momento de gran silencio. Ella quedó inmóvil contemplando aquella inmensa llanura, luego miró sus manos perfectamente cuidadas y le pareció imposible tomar en ellas una hoz.

—Señor, ¿por qué me ordenáis tan rudo trabajo? ¿No veis que no estoy acostumbrada y caería extenuada, muerta, bajo ese terrible sol?

—¿Entonces prefieres quedarte en el bosque, correr de un extremo a otro como loca, perdida entre la maleza, en peligro de caer en las garras de una fiera de afilados colmillos que te devore, antes que trabajar y sufrir soportando las inclemencias del tiempo para merecer la gracia de Dios y el perdón de tus pecados? Al final de todo, cuando concluyas tu trabajo, vivirás dichosa en compañía de Jesús.

Un deseo inmenso de ver a Dios la dominó por completo y le pidió a Francisco de Asís la hoz para comenzar su trabajo.

La fatiga y el cansancio no la vencieron ; no se detuvo un momento en descansar. Cuando el sol comenzó a ocultar se se incorporó a contemplar el campo y vio con asombro que todo lo que abarcaba su mirada ya estaba segado y las doradas espigas gavilla das y puestas en orden. Sólo quedaba muy poca mies que segar. Animada por su triunfo sonrió y continuó su trabajo. Cuando concluyó se acercó a ella Francisco de Asís y le dijo:

—Nada es imposible para aquel que se propone alcanzar lo que desea, y tú, hija, has cumplido con humildad y gozo sin desfallecer lo que te he ordenado. Estoy contento de ti.

De pronto se percibió en el espacio el eco de un himno celestial y dos ángeles bajaron del cielo llevando en sus manos un hábito franciscano.

—Este hábito —dijo el Santo con dulce acento— es tu vestido de novia para desposarte con Cristo. Tómalo.

Nina fue a levantar el brazo para cogerlo, pero no podía, un dolor desgarrador se lo impedía. Su pobre brazo estaba magullado, dolorido, y le era imposible extenderlo. Desesperada por el dolor y con el corazón oprimido de pena, agitada y nerviosa, despertó e incorporándose en el lecho exclamó con lágrimas en los ojos:

—No puedo obedecer os, Padre mío, no puedo. Mi brazo, mi pobre brazo.

El P. Felipe y las Hermanas que rodeaban su cama, al verla tan nerviosa la tranquilizaron con dulces palabras. Pero ella seguía llorando con gran desconsuelo.

—¿Dónde está mi hábito? —preguntó angustiada—. Quiero mi hábito—, gritó, y llorando amargamente buscaba el hábito en su derredor sugestionada por la visión y el delirio en su sueño.

Tuvieron que llevarle al lecho el hábito de una religiosa para calmar su afligido corazón.

Ella al verlo sonrió dulcemente y lo apretó fuerte contra su pecho besándolo con amor.

Pocos días después de su accidente, cuando la herida empezaba a cicatrizar felizmente, aprovechando la visita que le hizo la Superiora, Nina, con encantadora simpatía, tomándole la mano dijo con pena:

—Madre, ruego perdone mi estúpido comportamiento del día del incidente cuando desperté de mi sueño. ¡Pero era tan lindo y hermoso! ¡Que volver a la realidad era desconsolador para mí!

—¿ Es que no podría realizar ahora ese sueño? —preguntó la Superiora—. Dios la ha sometido a dura prueba y usted la ha soportado con resignación.

—¡Oh, madre mía, no anhelo otra cosa que vivir para mi amado Jesús!

Nina ingresó en el Noviciado de la Misión. El día de la toma de su hábito estaba hermosa como una reina y alegre como una esposa feliz.

Aquel día el P. Felipe la llamó para darle una sorpresa. Badu, el indígena que la hirió con el machete al intentar matar a su propio hijo, acababa de salir de la cárcel. Durante el tiempo que estuvo en la prisión fue a visitarlo un misionero y Badú se hizo cristiano. Como aquel día salió de la cárcel pidió a los misioneros que le permitieran ver a la nueva Hermana. El P. Felipe le concedió aquel deseo y lo llevó al Noviciado.

Badu, al ver llegar a Nina vestida de religiosa, se arrojó al suelo y estalló en amargos sollozos.

—¡Oh Badu hermano! —dijo ella con amor—. No entristezcas mi corazón en día tan feliz como éste. Levántate y sonríe porque hoy es día de alegría para ti y para mí porque Dios nos ha bendecido a los dos.

Olga Bauzá de Lloréns
(Conclusión)

Noticias

La primera bendición.— A las seis y dieciséis minutos de la tarde del 28 de octubre S. S. Juan XXIII, vestido con sotana blanca, roquete blanco, bajo una especie de pelerina con capuchón (mozetta) roja con granjas de armiño —que llevaba en su calidad de Obispo de Roma y Arzobispo metropolitano de la provincia romana, Primado de Italia y Patriarca de Occidente—, su cabeza tocada con solideo blanco y alrededor del cuello una estola roja bordada de oro, apareció en el balcón central de la Basílica de San Pedro e impartió la primera bendición Urbi et orbi —su primer acto como Papa— ante una muchedumbre de cerca de 300.000 personas que prorrumpió en apoteósicas aclamaciones.

Paz con justicia.— Su Santidad el Papa Juan XXIII ha inaugurado el primer día de su pontificado con una llamada a los dirigentes del mundo para que abandonen las armas monstruosas y aseguren una paz con justicia».

El nuevo Papa es oriundo del Roncal.— Se da la circunstancia de que el nuevo Papa es oriundo de la villa navarra del Roncal, que visitó pocos años antes de ser elegido Cardenal y cuando era Nuncio de Su Santidad en París. También visitó en aquella ocasión el castillo de San Francisco Javier.

El Cardenal Roncalli, peregrino a Santiago.— El nuevo Papa, en 1954, siendo entonces Patriarca de Venecia, acudió a Santiago de Compostela para postrarse como peregrino ante la tumba del Apóstol. Estuvo en esta ciudad dos días y fue huésped de honor del Cardenal Quiroga. Ofició los dos días en la Catedral y uno de estos días asistió a la solemne novena dedicada al Apóstol en el templo catedralicio. Con motivo de esta visita le fue impuesta La medalla de honor de la cofradía del Patrón de España.

Ante la Virgen del Pilar.— El Cardenal Roncalli, procedente de Santiago, llegó a Zaragoza en la noche del 26 de julio de 1954, hospedándose en la residencia de estudiantes de Miraflores, del Opus Dei, y a la mañana siguiente celebró la Santa Misa en la capilla de dicha residencia, y después, con el director de la misma y dos sacerdotes españoles, se dirigió a la Basílica del Pilar, donde, sin ceremonia alguna, oró unos minutos, besó la sagrada imagen y después firmó en el Libro de Oro del cabildo. Más tarde continuaba viaje en dirección al monasterio de Montserrat.

Ofició una misa en Ceuta.— El nuevo Sumo Pontífice ofició una misa en el santuario de Nuestra Señora de África, en Ceuta, el año 1951, a su regreso de Casablanca. Su Santidad, entonces Nuncio Apostólico en París, visitó Ceuta y mostró gran interés por las cuestiones locales.

Envío de misioneros

Religiosos de la Seráfica Provincia de Valencia que el día 19 de octubre recibieron el Crucifijo de misioneros de manos del P. Provincial Fr. José Antonio Arnau. De izquierda a derecha: PP. José Palací, Jesús Carballo, Rafael Jover, Germán Rius y Severino González.

Despedida de cinco misioneros.— El día 19 de octubre, domingo de las Misiones —el «Domund» de 1958—, en la iglesia de San Lorenzo, Padres Franciscanos de Valencia, tuvo lugar la emotiva ceremonia de la entrega del crucifijo de misionero a cinco religiosos franciscanos de la Seráfica Provincia de Valencia.

El acto —muy concurrido— se celebró a las siete de la tarde, después de la solemne función (y misa vespertina oficiada por el D. Joaquín Mestre, en la que hizo sentida plática de circunstancias el P. Provincial Fr. José Antonio Arnau), con que la Tercera Orden honró a su Santo Fundador.

Con ello Valencia ofreció en el «Domund» del 58 la más rica ofrenda a las Misiones católicas.

Cuatro de estos religiosos, los PP. Severino González, Rafael Jover, Jesús Carballo y José Palací, embarcaron el día 28 de dicho mes en Barcelona en el Américo Vespucio con destino al Vicariato de Requena, región del río Ucayali, del Perú.

El otro religioso, P. Germán Rius, embarcará en Barcelona, Dios mediante, el día 6 del próximo diciembre, en el Federico C., para regentar la parroquia de San Roque, en Villa Mercedes, diócesis de San Luis, República Argentina.

Les desearnos felicísimo viaje y mucho fruto en su actuación misional.

Profesión y vestición de Hábito.— En Santo Espíritu del Monte, en septiembre del año en curso, el día el día 7 vistieron el hábito de novicio franciscano los Hermanos Cayetano Castro Barranco, Ángel Mota, Santiago Ocón Gimeno y Miguel Sempere Calatayud, y el día 8 hicieron su profesión simple en la Orden de San Francisco los novicios Fr. Antonio Ivars Solves, Fr. Vicente Sospedra Orellano, Fr. Agustín Alguacil Cotolí, Fr. Miguel Ángel Gómez Soriano y Fr. Onésimo Castaño Olmo.

El 20 de noviembre vistió el hábito el hermano Alfredo Abad García.

Reciban todos nuestra enhorabuena y la promesa de nuestras oraciones para que Dios les conceda la perseverancia final.

La Orden franciscana es eminentemente misionera.— Actualmente hay más de 4.000 frailes en Misiones de infieles, Misiones auténticas. En. un año han hecho esto: bautismos de niños, 123.098; bautismos de adultos, 22.244; bautismos de moribundos, 10.799. Total, más de 150.000 bautismos en el último año. Han atendido a 2.250 iglesias y capillas, 598 parroquias, 707 seminarios, 2.665 escuelas y colegios, con 280.815 alumnos ; 10 tipografías, 42 hospitales, 108 farmacias. Trabajan con ellos 3.124 religiosas franciscanas y 71.008 terciarios franciscanos, de los cuales son 122 sacerdotes seculares. En suma: 78.132 misioneros franciscanos. A este número hay que sumar los misioneros, efectivos también, de los capuchinos, que son muy numerosos, y de las otras ramas franciscanas.

Franciscanos en la cárcel.— Los comunistas chinos han puesto en la cárcel a otros tres franciscanos: con condena de veinte años, al P. Odorico Liu, Vicario general de la diócesis de Han Kow; con condena de diez años, al P. Santiago Wu, y con diez años, al Padre Pedro de Alcántara Cheng.

Como se ve por los apellidos, esos franciscanos son chinos. Estos frailes se suman con gozo a la suerte de otros muchos franciscanos que por ese mismo camino han llegado hasta el martirio.

Un techo y una camisa.— El Excmo. Sr. Landázuri, Arzobispo de Lima (Perú), ha iniciado una fuerte campaña para mejorar las condiciones de vida en los suburbios de la capital de Perú. La campaña se desarrolla bajo este lema: «Un techo y una camisa».

A 180.000 llega el número de los que necesitan techo y camisa en aquella capital. El señor Arzobispo Landázuri es fraile franciscano. El fraile franciscano se ha preocupado por aliviar las necesidades del pueblo.

Auxiliares del cielo.— «Los auxiliares del Clero» son una agrupación de hombres y de jóvenes establecida en Francia, consagrados a ayudar de ordinario al clero diocesano, pero sin excluir al regular. La preparación dura un mínimum de tres años y ocho meses. Candidatura y prepostulantado, seis meses; postuluntado, ocho meses; noviciado, dos años Durante diez años los tres votos son obligatoriamente anuales, pidiendo serlo siempre. Sus actividades se encaminan a ayudar al clero en sus ministerios, sin excluir el trabajo manual. Los auxiliares parten para las parroquias o pequeñas comunidades en el mes de septiembre y vuelven a la Casa Madre, donde deben pasar todos los años un mes.

Camino de Roma.— «Debemos buscar la reconciliación con Roma y orar por ella», dijo en Londres en una asamblea del grupo anglicano de la Anunciación el miembro protestante del Parlamento Lawrence Tuner. Pidió que se implore a la Santísima Virgen por la unión, como se hace en el santuario de Walsingham.