Inconvenientes de hablar claro
Sinceridad
Tengo un amigo al que aprecio mucho. Mi simpatía hacia él está motivada porque coincidimos en gustos y aficiones idénticas. Como yo, su manía es la de emborronar cuartillas y más cuartillas en los ratos libres. Nuestra amistad estaría de sobra justificada sólo por el hecho de que pacientemente aguanta la lectura de lo que escribo, y viceversa. En cuanto al aspecto literario, coincidimos en todo, menos en una cosa: él es un buen escritor y yo un aficionadillo bastante malo. Y digo «bastante», por que mi humildad me impide afirmar que lo sea del todo.
Su máxima ilusión se cifra en la posibilidad de que le publiquen sus artículos, cosa que hasta la fecha no ha podido conseguir.
Hace unos días acudió a mi casa alborozado y contento. Por fin había logrado una entrevista con cierto literato para que le criticara sus trabajos, estando citado para determinada hora. Quiso que le acompañase a la tan esperada y, a la vez, temida visita. Me puse el traje «de los domingos» y allá nos dirigimos.
He de confesar que nuestra sorpresa fue bastante grande. Esperábamos que nos recibiría con cierto desdén, con palabras pedantes y concediéndonos el honor de recibidos y... ¡Sucedió todo lo contrario!
Nos hizo sentar en cómodos butacones; él mismo nos sirvió unas copas y nos habló con toda amabilidad y corrección, tratándonos como si fuésemos antiguos amigos.
Todos estos detalles me indujeron a pensar que estábamos ante un buen escritor, ya que la pedantería, la soberbia y la incorrección suelen ser cualidades destinadas a quienes, por falta de méritos propios, se encastillan tras esta máscara para atribuirse méritos de los que carecen en absoluto.
Con el que estábamos hablando, por su humildad y sencillez, así como por su valía, tenía la consideración y respeto de todos.
Mi compañero, temblando de emoción, abrió la carpeta que consigo llevaba, sacó unas cuartillas a máquina y se las dio para que las leyera.
—Yaya manera de meterte con las chicas. ¿Es que no te gusta verlas como van?
—Precisamente porque me gustan demasiado es por lo que censuro su inmoralidad en el vestir. Si no existiese la religión y la propia dignidad sería estupendo que fuesen así por la calle, pero... ¡es que no somos de piedra! Y así, lo único que consiguen es que los verdaderos hombres luchen entre su moral, que les hace ver a la mujer como a una criatura de Dios que merece toda nuestra admiración y respeto, y su instinto animal, que al verlas tan indecentemente «vestidas» parece ser que se empeñan en demostramos que la mujer es sólo un montón de carne más o menos bien distribuida...
—Me gusta este artículo; tienes toda la razón y pienso como tú, mas como herirías muchas sensibilidades y tomarían como un insulto lo que tan justamente les. dices, es del todo impublicable. Pasemos a otro.
El que se puso a leer llevaba por título «Comerciantes o ladrones».
—No es que quiera insinuar que los comerciantes sean unos «cacos» —dijo mi amigo—, solamente pretendo hacer ver que ciertas personas no tienen derecho a ostentar una denominación honrada que no merecen. Porque el que da gato por liebre, el que falsea un producto, el que da malo por bueno no tiene derecho a recibir otro título que el de...
—Todo eso está muy bien —le interrumpió el escritor—, pero ¡ hay gente que se ha hecho poderosa por estos medios, y si te publicase este artículo procurarían hundirte y te harían la vida imposible. Pones las cosas y las dices con demasiada claridad. Lo siento, pero este trabajo, a pesar de su justicia, de su fina ironía, de su redacción, sigue el mismo camino que el anterior.
Mientras nuestro hombre seguía leyendo, apuramos las copas que teníamos ante nosotros.
—¡Vaya sátira! —dijo cuando hubo terminado la lectura de otro—. Cuánta verdad es lo que dices, mas... ponte en el lugar de un empresario teatral y estudia su reacción si este escrito se imprimiese con letras de molde. Por lo que respecta a las vedetes, lo menos que harían sería sacarte los ojos, y en cuanto a tu afirmación de que en determinados espectáculos «el respetable» tiene de todo menos de respetable... ¡Hay tantos, por desgracia, que confunden el arte con la chabacanería y al gracioso con el gamberro! Total, que sigue la suerte de sus hermanitos; choca con demasiados intereses: empresarios, artistas y hasta con cierto sector, por desgracia bastante numeroso, de público.
Igual destino tuvieron los sucesivos que iba leyendo nuestro sincero crítico. El que ridiculizaba ciertas modas, el que se metía con algunas estúpidas costumbres sociales, el que...
— ¡Hombre!, este sí que puedes entregarlo a redacción. No es tan bueno como los otros, y si quieres que sea sincero, bastante flojillo, pero como es intrascendente y no se mete con nadie, no habrá motivo para que se sientan ofendidos.
Mi amigo salió descorazonado de la entrevista. No le publicarían nada de lo que él con tanto
cariño había escrito. ¿Cómo era posible que le ocurriese esto teniendo un estilo correcto, elegante y simpático? ¡El que quería hacer justicia defendiendo lo bueno y criticando lo malo!
Pronto comprendió que la afición de escritor es de las más desagradecidas; si decía la verdad, se arriesgaba a censuras y jaleos; si no la decía...
Y es que la sociedad es muy «susceptible». El que se hagan cosas malas casi no tiene importancia, pero, ¡¡vamos!!, el que se censuren...
Muchas veces nos reunimos mi compañero y yo en casa de nuestro ya gran amigo y consejero el literato. Leemos nuestros trabajos y nos reímos pensando en la cara que pondrían determinadas personas si se publicasen.
Está visto que el que no se consuela es porque no quiere...
José Mª Gimeno Tichell
Una vida santa
«Los que temen al Señor inquirirán las cosas que le son agradables,
y aquellos que le aman estarán penetrados de su santa ley» (Ecli. 2, 19).
La vida del hombre en la tierra es sumamente breve. Aun cuando el individuo llegue a ser longevo, ¡qué corto es el vivir! Ante esta realidad innegable los humanos adoptan dos actitudes opuestas: o piensan en la muerte o no piensan en ella. Quien medita en que ha de morir, ése endereza la vida por caminos rectos; los que no reflexionan en el paso decisivo, esos se descarrían.
Quien sabe que ha de morir, ese sabe vivir, porque ordena esta vida terrena, esta situación temporal, como Dios manda. Vive sin vivir, como le ocurría a la santa de Ávila No hay que temer a la muerte. Es hermana muerte, como decía el humilde San Francisco de Asís; sí, es hermana, es criatura que nos manda el Señor para que nos lleve a él. ¿Y la tememos? Entonces es que no creemos que Dios nos espera tras esa muerte para darnos la vida eterna; entonces es que no tenemos una certeza total; entonces es que creemos y no creemos; o quizá es que queremos hacerle creer a Dios que creemos en lo que no creemos.
Dios nos ha creado y nos quiere para Sí, y amoroso nos da el espíritu bueno si se lo pedimos. Pidámosle que nos haga amar la muerte, pidámosle sabiduría para vivir rectamente, pidamos también que se haga su voluntad y que la hagamos nosotros. Procuremos hacer la voluntad de Dios, pues sólo así demostramos amarle y él nos ama entrañablemente. Unámonos a Cristo en nuestras oraciones, en nuestra vida cristiana, en nuestra vida divina; así es cómo la plegaria tendrá una fuerza inmensa, así es cómo nuestros actos estarán ungidos con el óleo santísimo de la gracia. Si nuestra vida es un capítulo entero de sacrificios, renuncias, oraciones, amor al prójimo, entrega a Dios y ejemplo edificante, nuestra vida acá será santa, nuestra muerte posiblemente lo será, y la vida eterna nos deparará lo que no sospechamos ni remotamente. A los justos, dice el libro de la Sabiduría (5, 17), les dará el Señor «el reino de la gloria y una brillante diadema».
Una vida santa no se concibe sin María, Madre de Dios y Madre nuestra. Y tanto es así que Jesús nos la dio, y nos dio a Ella, en la hora suprema y conmovedora de la cruz. ¡Qué caridad tan perfecta y total la de Jesús! ¡Cuánto amor a nosotros! ¡Qué insensatez la nuestra si tenemos en menos ese tesoro inexhausto de amor que es María!
María nos hará amar a Jesús; el amor a Jesús nos hará vivir con espíritu de penitencia; este buen espíritu nos santificará; a mayor santidad de vida, más amor y misericordia hallaremos en el Padre; por último, esa misericordia divina será la llave de oro que nos abrirá las puertas del reino. Quien logre trasponerlas será feliz por siempre.
Mariano Vila-Cervantes

San Lorenzo, diácono y mártir
Con motivo del XVII centenario de su muerte
Era Arcediano de la iglesia de Roma, o mejor, primer diácono, a quien además de las funciones propias de esta dignidad eclesiástica, estaba encomendada por el Papa San Sixto II la administración de los bienes que ya en el siglo iii tenía dicha iglesia. Que San Lorenzo fuera español no se puede poner en duda después de los muchos trabajos que han aparecido para probarlo. También parece cierto que nació en Huesca y que fueron sus padres Orencio y Paciencia, a los que se venera como santos en dicha ciudad el 1.° de mayo. Con todo, hay varias poblaciones de España que se disputan esta honra, tales son Córdoba, Valencia, Tarragona y Zaragoza.
Acerca de la niñez y de cómo pasó a Roma el Santo, nada seguro se puede afirmar. Lo vemos al lado del Papa Sixto, a quien sustituyó en el cargo de primer» diácono al ser aquél elevado a la dignidad pontificia. La época del martirio de San Lorenzo tampoco consta con certeza, pues aunque fue tres días después del martirio de San Sixto, hay duda en el año en que sucedió este martirio: si fue el 258, el 259 o el 260. Pero sí en tiempo del emperador Valeriano, en que anduvo muy brava la persecución contra los cristianos y fue preso San Sixto y llevado a la cárcel.
Pues entonces salió al camino San Lorenzo y le dijo: «Adonde vas, oh sacerdote, sin tu diácono.» Respondióle el venerable Pontífice: «A ti, hijo mío, como más joven, te aguardan más rigurosos suplicios y más gloriosa victoria; anda a repartir a los pobres los tesoros de la Iglesia, porque presto me seguirás como hijo al padre y como diácono al sacerdote.» Cumplió San Lorenzo enteramente la voluntad del Pontífice, empleando toda la noche en visitar a los pobres y repartirles el tesoro de la Iglesia, y al día siguiente volvió a San Sixto, y viendo que ya le llevaban a degollar corrió a él y con voz alta y llorando le dijo: «No me desampares, Padre Santo; ya cumplí tu mandamiento y distribuí los tesoros que me encargaste.»
Oyeron los ministros de justicia estas palabras, y a la voz de los tesoros echaron mano de Lorenzo y dieron noticia de lo que habían oído al emperador, el cual se alegró de ello esperando hartar su codicia. Le preguntó, pues, por los tesoros de la Iglesia, y el santo, con una sabiduría y sagacidad divina, le respondió que sé los traería. Y juntando un buen número de ciegos, cojos, mancos y pobres, a quienes había socorrido, se presentó con ellos ante el emperador y le dijo: «Estos son los tesoros de la Iglesia.» Enfurecido el emperador por esta inesperada y humillante salida de Lorenzo, le mandó azotar y rasgar sus carnes con garfios de hierro, y echando de ver que no se quejaba ni daba un solo gemido, antes se reía de él y de los tormentos, le dijo: «Tú eres un mago, pero yo te juro por los dioses inmortales que has de padecer tan graves penas que ningún hombre hasta hoy las padeció.» A lo cual respondió Lorenzo: «En nombre de Jesucristo te aseguro que no las temo.»
Entonces le mandó atormentar toda la noche con varios suplicios, y finalmente, asarle en un lecho de hierro a manera de parrillas, en las cuales no mostró el santo ningún sentimiento de dolor, sino que estando asada una parte de su cuerpo dijo al tirano: «Ya está asada la mitad de mi cuerpo, manda que me vuelvan de la otra parte y que me echen la sal.» Y mientras el tirano lleno de furor mandaba a los sayones que atizasen el fuego, el fortísimo mártir, levantando los ojos al cielo y diciendo: «Recibid, Señor, este sacrificio en olor de suavidad», expiró. El martirologio romano pone su martirio el día 10 de agosto del año 258 de nuestra era. Así que el 10 de agosto del año actual se cumplen los 1.700 años de su martirio, o sea el XVII centenario de su muerte.
En España es muy honrado San Lorenzo, y además de las catedrales que tiene dedicadas en Huesca y Burgos y de. la iglesia de los PP. Franciscanos en Valencia, el rey Felipe II levantó en su honor el Real Monasterio de El Escorial en el siglo XVI para perpetuar la memoria de la batalla de San Quintín, tan favorable a las armas españolas como adversa para los ejércitos franceses, que se libró el día de San Lorenzo. De los santos mártires españoles él y San Vicente son los únicos que hay incluidos en el canon de la misa y en la letanía común de los santos. No menos honrado ha sido fuera de España, pues en Roma sólo tiene dedicadas nueve iglesias y dos capillas privilegiadas. Son las principales: San Lorenzo extramuros, San Lorenzo in Dámaso, San Lorenzo in Luciría, San Lorenzo in Paneperna, San Lorenzo in Bergo vechio y San Lorenzo in Miranda. En Italia tiene dedicadas, además, las catedrales de Viterbo, Perusa y Genova.
Los Padres de la Iglesia lo ensalzan en gran manera en sus escritos, tales son: San Ambrosio y San Agustín. Prudencio también le alaba en sus versos.
Con motivo del XVII centenario de su muerte el Sr. Obispo de Huesca quiso celebrarlo con una misión general en toda la diócesis. Todas las Ordenes religiosas tomaron parte. La Orden Franciscana no pudo estar exenta y fueron 32 misioneros de toda España franciscana los que actuaron en distintos arciprestazgos. La Provincia de Valencia franciscana tuyo al Director nacional y a otro6 cinco más franciscanos que actuaron con sumo interés y celo.

El escapulario del Carmen
Las cintas del escapulario del Carmen son como dos brazos amorosos de Madre que quieren asir fuertemente a este mundo que se desquicia.
Pequeña en su origen, esta devoción llevaba en su entraña el secreto de su pronta expansión: la promesa de María a su siervo Simón Stok, General de la Orden Carmelitana: «Recibe, hijo mío, este escapulario de tu Orden, signo de confraternidad para ti y para todos los carmelitas; el que muera con él no padecerá el fuego eterno.»
Desde este momento el escapulario ha añadido a su realidad de vestido un simbolismo profundo y nuevo. Los que lo vistan serán reconocidos por María como hermanos. María les asegura como recompensa a esta devoción o consagración la gracia de la perseverancia final.
No debemos dar al escapulario un valor teológico que no le corresponda. Según la doctrina católica, toda justificación empieza por los Sacramentos, aumenta por ellos y por ellos se recupera si se pierde. Los Sacramentos causan la gracia por su misma virtud. El escapulario es un sacramental. Obra por la promesa que tiene vinculada y obra infaliblemente porque María no promete sin la firma de Dios. Es un sacramental que lleva aneja una promesa formal de María hecha a un Santo canonizado por la Iglesia. Una promesa que ha sido fuente de devoción y de vida mariana por espacio de siete siglos. Que se ha conservado ininterrumpidamente en la tradición de una Orden religiosa que, como todas las demás Ordenes, suele ser transmisor fiel de costumbres y tradiciones. Promesa que ha merecido muchas veces la aprobación de la Iglesia por boca de sus Pontífices y obispos. Y que ha sido consagrada y perpetuada en la misma liturgia de la Iglesia universal.
Fr. Manuel, O. C. D.
Nuevas Constituciones de la T. O. F.
Hemos recibido recientemente las nuevas Constituciones de la Tercera Orden Seglar de San Francisco de Asís aprobadas y confirmadas por la Sagrada Congregación de Religiosos con un Decreto fechado el día 25 de agosto de 1957 en la fiesta de San Luis Rey, ínclito Patrón de la T. O. F.
Este hecho trascendental proclama muy alto la vitalidad de nuestra Venerable Orden Tercera que, aunque instituida en el lejano siglo XIII, es oportuna para nuestro tiempo, según lo han confirmado los Papas Benedicto XV, Pío XI y Pío XII, poniendo en ella sus ojos esperanzados y dándole un nuevo espaldarazo por medio de la Sagrada Congregación de Religiosos, haciéndole respirar aires de primavera y de alegre resurgir.
El Decreto citado hace un bosquejo histórico de la actuación de los Papas en pro de la T. O. F. que, no obstante las vicisitudes por las que ha atravesado en el correr de los tiempos, no ha muerto, ni siquiera agonizado. Debe hacer sentir su presencia en nuestro siglo xx. Lo que está gastado y agotado no se puede proponer ni recomendar «como un escuadrón selecto en el pacífico ejército de los seglares», como llamó a: la T. O. F. Pío XII el 1 de julio de 1956. Los Sumos Pontífices que han visto y saben apreciar lo que ella representa en la Iglesia," la han ido animando y rejuveneciendo. Los cinco últimos Papas, apologistas entusiastas de la Tercera Orden de Penitencia, gloriándose más de una vez de ser terciarios franciscanos, son el mejor testimonio de que no es una cosa trasnochada.
Estas Constituciones vienen a ser como el comentario oficial de la santa Regla, que —aprobada de viva voz por el Papa Honorio III y acomodada luego a las condiciones contemporáneas de la vida por los Papas Nicolás IV y León XIII— contiene en los 24 artículos de sus tres capítulos los grandes principios o normas para lograr los ideales de la Orden. Los 173 artículos, agrupados en cinco capítulos, de las nuevas Constituciones, dan las normas de vida, dé organización y de actividades de los terciarios de nuestro tiempo. Tres son las notas características de estas Constituciones :
- 1ª. Revalorización del fin santificador de la T. O. F. en sus miembros. Los que deseen pertenecer a la T. O. F. estarán obligados a instruirse, durante un postulantado de tres meses y un noviciado de un año, sobre la doctrina, cristiana, sobre la vida de nuestro Señor Jesucristo, sobre la vida de N. P. San Francisco y sobre las exigencias de la Regla de la T. O. F. para poder hacer la profesión conociendo bien las responsabilidades que aceptan. Se aconseja, como preparación inmediata a la profesión, la práctica de los Ejercicios espirituales.
- 2ª. Patentización de la misión de apostolado de la T. O. F. como heredera y divulgadora del espíritu reformador y santificador de San Francisco. Las nuevas Constituciones apoyan sus disposiciones sobre el apostolado de la T. O. F. en la continuación de la misión de San Francisco, que recibió el encargo divino de no vivir para sí mismo, sino para el bien de los demás.
Desenmascaran el error de los que creen que la T. O. F. tiene por finalidad única la santificación de los que profesan en ella y excluyen toda actividad de apostolado e intervención exterior de cara a los demás. Las nuevas Constituciones dicen que, además del apostolado indicado que cada terciario pueda realizar, cada Hermandad promueva alguna obra de apostolado de acuerdo con los programas generales de la Jerarquía y otros más peculiares del espíritu franciscano. No basta que el cristiano ordene personalmente la vida moral de sí mismo. Es necesario, además, que no ponga cortapisas a la intervención en las cosas externas. Esto es lo que nos dijo S. S. Pío XII en el último mensaje navideño: «La intervención en el mundo para sostener el orden divino es un derecho y una obligación que pertenece intrínsecamente a la responsabilidad del cristiano... No hay terrenos acotados ni direcciones prohibidas para la actuación del cristiano»; y
- 3ª. Organización más extensa, más unida y más compartida entre los organismos rectores de la Tercera Orden Franciscana. Respecto al punto de vista disciplinar, las nuevas Constituciones prescriben cómo han de organizarse los cuadros de la T. O. F. (que no debe ser un organismo desarticulado) y cómo ha de llevarse el control de las admisiones y profesiones, cómo ha de ejercerse la autoridad y cuál ha de 6er el entronque constante y vital de los miembros entre sí y de las diversas Hermandades con la organización central, y se dictan normas para los casos de incumplimiento pertinaz de la santa Regla.
La T. O. F., que con sus siete siglos y medio de existencia no ha cesado de producir óptimos frutos de santidad y apostolado, no quiere conformarse con el carácter de mera asociación piadosa, no puede decirse anticuada ni retirarse por agotamiento. Necesita, sí, como toda otra institución similar, el impulso habitual que la mantenga en tensión continuada, adaptando en cada época sus métodos de apostolado.
¡Animo, pues, queridos terciarios: De pie y adelante siempre! Que vuelve a reír la primavera y soplan aires restaurativos.
Estudiemos bien y pongamos en práctica las nuevas Constituciones y tendremos indudablemente el consuelo de' ver reavivadas y lozanas nuestras Hermandades de la T. O. F., demostrando a los demás que todavía hoy tienen algo que decir y hacer los terciarios por un mundo mejor.
Fr. Camilo Jordá, O. F. M.
Comisario Provincial de la T. O. F.
Bendición de S. S. el Papa
Monseñor A. Dell'Aqua, Sustituto, escribió una carta al P. General de nuestra Orden diciendo: «El Sumo Pontífice da rendidas gracias por el ejemplar de las nuevas Constituciones de la Tercera Orden Franciscana que se le ha remitido y hace fervientes votos por que produzcan abundantes frutos de virtud y piedad en los numerosos hombres y mujeres que, por inspiración y auxilio de San Francisco, tiende a alcanzar un nivel más elevado de santidad de vida. Con esta ocasión Su Santidad implora el auxilio de lo alto y con todo afecto imparte la bendición apostólica a V. P., a los Directores de la T. O. F. y a todos los terciarios; bendición que os confirme a todos en la constancia, en los propósitos y en la fidelidad a los mismos.»
(Guión radiofónico)
Soy maestro por la gracia de Dios
Hoy, a voz en grito, quiero con este trabajo que brotó espontáneo al recuerdo de mis años infantiles, saldar una deuda inmensa de gratitud, que muy callada guardé siempre en mi corazón para don José Rodrigo, don José Bayarri y don Francisco Barella, maestros que, junto con mis padres, me educaron con inmensos sacrificios.
Control. — Sintonía a P. P. Heroica. Queda a fondo.
Locutor. — Alejados de la sociedad y casi olvidados de ella hay unos seres que silenciosamente trabajan en pro de ella: los maestros. A ellos les ofrecemos...
Locutora. — Soy maestro por la gracia de Dios.
Control. — Sube sintonía a P. P. unos segundos.
Locutora. — Como semblanza de una misión abnegada, un heroísmo ignorado.
Locutor. — Un trabajo incomprendido y las más de las veces correspondido por la indiferencia y la ingratitud.
Control. — Sube a P. P. y permanece de fondo, cesando lentamente. (Efectos: ruido propio de un bar de pueblo. Rumor de conversaciones y risas a fondo.)
Narrador. — La escena transcurre en un bar pueblerino. Alrededor de una mesa arrimada a un ventanal ancho y bajo que da a la calle don José, médico del lugar, se halla conversando con Vicente, joven estudiante de Derecho. Algo apartado, Juanón, labriego tosco e ignorante, escucha embobado todo cuanto se comenta.
(Efectos: sube ruido anterior.)
Vicente. — Según tengo entendido tiene usted un hijo en Madrid.
Don José. — Sí, Carlos, mi primogénito.
Vicente. — ¿Estudia...?
Don José. — (Socarronamente y pequeñas carcajadas.) Por lo menos dice que lo hace. Intentaré hacerlo médico.
Vicente.— ¡Ah!, el palo y la astilla. Heredó su vocación... ¿eh?
Don José.— (Suspirando.) ¡Ojalá fuera así...!
Vicente. — ¿No le gusta...?
Don José. — No, y lo lamento.
Vicente. — ¿Entonces...?
Don José. — Quiere ser maestro. No sé quién le metió esa idea en la cabeza. Pero a su padre no le cambian las suyas. Y que no crea mi hijo que yo voy a hacerle el juego... (Despectivo) ¡Maestro...! ¡Vaya profesión!
Vicente. — Vamos, no se ponga así. Cuando tantos hay, algo tendrá. (Tono serio) Además, la vocación... hay que respetarla. Lleva en sí el germen de todo triunfo.
Don José.—Pamplinas. Todo muy lógico, pero para otro. ¡Qué caray! Mi hijo médico como su padre, su abuelo, como toda su familia... ¡Maestro! Si sabremos lo que es un maestro muerto de hambre.
Vicente. — Yo creo, don José...
Don José. — (Cortándole) Cree cuanto quieras, pero no me desmontarás de mis trece. Los maestros son la ciencia hecha plebe, la vulgar degradación de la sabiduría. (Tono despectivo) Tantas oposiciones para luego pasarse el día canturreando la tabla de multiplicar o limpiando las narices a un grupo de sucios rapazuelos... Al diablo ellos y todos los que los corean.
Vicente. — ¿Y no opina que tiene todo eso algo de poesía, mucho de sublime y no poco de caridad, de caridad cristiana? Limpiar las narices de los rapazuelos, como limpia usted las llagas purulentas de sus enfermos, tiene algo que no se compra con dinero. Suplir a tantos padres y madres, ser los padres del hogar, de la patria... Yo más bien diría... ¡quién fuera maestro...!
Don José. — Mira, no me vengas con monsergas y tonterías. Lo dicho, dicho está.
Vicente.— Nada de tonterías, y cosa es esta muy seria, tanto que así debieran tomarla los hombres que se precian de serlo.
Don José. — Cuidado, Vicente; mira que te quiero bien y puede que sea ese el motivo por lo que no me ría de tus sandeces. Elimina tus impulsos románticos y razona. Anda, hijo, razona. Tus padres y tú habéis servido siempre a la justicia y al Derecho... ¿Por qué te empeñas ahora en ir contra la más elemental justicia? ¿Qué sacaste tú o que té han dado a ti los maestros para que así los defiendas? Vamos, sé práctico una vez.
Vicente. — Voy a serlo, don José, voy a serlo y con el mejor y más equilibrado sentido práctico posible. Voy a decirle una verdad como un templo. A los maestros debemos usted y yo nuestras carreras.
Don José.— (Risa e irónico) Ahora resulta que tú y yo comemos de los maestros, que ellos nos alimentan, que si no fuese por ellos... buenas las íbamos a pasar sin los dichosos maestros... (Risas.) Los que siegan y trillan y mojan el terruño con su sudor, esos son los que nos alimentan y esos son a los que les debemos nuestras carreras.
Vicente. — Me da la impresión de que no habla en serio. (Pausa.) Sabe usted que no sólo de pan vive el hombre. ¿No es eso lo que dice el refrán...? Usted bien lo sabe.
Juanón.— (Voz de paleto.) Pos claro es ansina. Yo mesmo me paso la vía con el cuerpo doblao pa lante y la frente churriando y no habió un mal maestro que entoavía maya mejorao mi suerte... ¡Pos vaya que sí...!
Vicente. — Mira, Juanón, no te metas en donde no te llaman y no hables de lo que no entiendes.
Juanón. — (Tono un poco fuerte.) ¡Pos que tas creío tú...! que porque no seipa hablar ansina como tú y no seipa lo que tú me van a faltar las dos onzas del celebro... ¡Pos si señor! Yo no sabré leer, pero trabajar más que tú y que tos los presumios como tú y hago más bien a la humanidad que toos vosotros juntos. Y si no aquí tiees a don José que vela por la salú de toos y que too lo sabe, como rae da la razón... (Risas.)
Vicente. — (Airado.) ¡Basta! Parece mentira que no te des cuenta de las tonterías que dices. Ve usted, don José, esto es consecuencia de la falta de maestros. Lo mismo seríamos usted y yo si un hombre anónimo y sacrificado que llaman maestro no nos hubiese limpiado las narices más de una vez ni nos hubiese enseñado a leer con esa tonadilla especial. Yo por gratitud a aquel anciano maestro mío hoy les defiendo; usted debiera hacer lo mismo.
Don José.— ¡Sobra...! No empieces así que te sales de la cuestión. Y tú, Juanón, cállate. Sepas, Vicentico de mil demonios, que el que es maestro (recalcando, señalando fuertemente las palabras) es porque se acobarda ante la vida, ante el trabajo; el inútil, el falto de espíritu, el cobarde, es el que se encierra en esos calabozos de nuestras escuelas a hablar a los niños, porque les asusta el vérselas con los hombres. Mira, todos los maestros son unos vagos, son... (Pausa brevísima) unos muertos de hambre... Y por eso precisamente no quiero que lo sea mi hijo.
Vicente. — ¡Mire usted, don José...! Perdone que le diga que eso no es cierto. Los maestros más que otra cosa son unos mártires. Ni usted tan valiente ni yo tan letrado seríamos capaces de hacer lo que ellos hacen.
Don José. — Mira, Vicente, me parece que estás un poco...
Juanón. — Eso, don José un poco majareta... Pero... ¡calle! ¿No es aquel que viene...? ¡Pos claro que sí! Ese es don Enrique, el maestro... ¡Pardiez!, sí que nos vamos a reír agora.
Vicente. — (Un poco angustiado.) Por favor, don José, no discutamos... Y tú, Juanón, cállate y no metas la pata.
Don José. — No hombre, no, ahora es cuando esto está en toda su salsa. (Zumbón.) Deja que se acerque ese lechuguino de tu amigo y oigámosle ciceronear.
(Efectos: el murmullo se alza a P. P.; alguna voz que otra diciendo: «Una botella de vino y dos de patatas». Ruido de vasos, etc. Pasos que se acercan a P. P.)
Narrador. — Don Enrique, el maestro del pueblo, al divisar el grupo se dirige hacia él ante las miradas curiosas de todos los contertulios.
Don Enrique. — Buenas tardes... (Los tres y cada uno en diferente forma le saludan.)
Don Enrique. — (Alza la voz pidiendo...) Una copa. (Normal.). Con el permiso de ustedes voy a sentarme. (Ruido propio de arrastre de silla.) Hoy pago yo.
Juanón. — Mu llena tendrá la cartera el señor maestro.
Don Enrique. — ¿Ocurre algo? Parece que noto cierta espectación...?
Juanón. — Pos claro que la hay, como que va a ser usted el toro de la corría. Verá usted; aquí yo y el médico decimos que el ser maestro es lo pior que hay, que toos los maestros son unos muertos de hambre, porque no sirven para trabajar..., y agora le toca a usté hacernos reir unas miajas. (Risotada.)
Don Enrique.— ¿Eso dice usted, don José...?
Don José. — (Un poco aturdido.) Yo no he dicho tanto, créame don Enrique. Este Juanón el un bruto. Sólo he querido decir que maestre es una profesión indigna de mi hijo y por eso..
Don Enrique.— (Interrumpiendo.) ¡Pero cómo! Me extraña de usted, doctor. Si el Magisterio...
Don José. — (Interrumpiendo.) Pare, pare, no vaya ahora a soltarnos un discurso encomiástico del Magisterio.
Don Enrique.— ¡Cómo encomiástico...! El Magisterio no necesita de mis encomios. Se mendigan alabanzas para los faltos de cualidades y méritos; para los incapaces de crear por sí su prestigio, sólo esos necesitan adulación. (Pausa breve.) Pero hay cosas que entrañan en sí tal sublimidad y grandeza que ellas solas irradian alabanzas en su favor.
Don José. — (Irónico.) ¿Y qué cosas son esas tan altas en sus conceptos...?
Don Enrique. — Entre otras, el Magisterio español.
Don José. — ¿Y dice usted que no pretende encomiar el Magisterio? Lo que hace es no dejar de hacerlo.
Don Enrique. — No dejo de hacerlo porque el simple pronunciar esa palabra ya es una alabanza; porque el Magisterio es tan grande que está tan lejos de toda la censura como cerca de toda alabanza; porque el Magisterio lleva en sí algo divino que supera todo lo humano.
Don José. — (Risas.) Pero... ¿Sabe usted lo que dice...? Y perdóneme si le ofendo... (Pausa breve.) De tal manera exagera esa pretendida sublimidad del Magisterio que está menospreciando profesiones mucho más dignas y lucrativas a las que usurpa usted los derechos de primacía.
Don Enrique. — Sin negar como usted el mérito que en sí tiene cada carrera, digo y repito que el Magisterio las aventaja a casi todas. Un matemático, un físico, un ingeniero, un arquitecto, un médico incluso, trabajan sobre la materia fría y muerta: sus ciencias no traspasan los linderos de lo humano. (Pausa breve.) El maestro, en su fin, al que tiende la educación integral, mira al cuerpo y al alma.
Don José.— Bueno, dejémonos de filosofías y vamos al grano. Al menos reconozca que no es la carrera más lucrativa.
Don Enrique. — En cuanto a eso concedo. Un maestro no puede dejar de ser pobre, entre otras razones porque ello forma también parte de su vocación espiritual y se acomoda al ambiente en que ha de desenvolverse.
(Pausa breve.)
Don José. — ¿No les humilla la pobreza?
Don Enrique. — La miseria sí, pero la pobreza inculpable no debe humillar a nadie, y cuando es voluntaria dignifica y hace libres.
Don José. — Bueno, ¿así no es el maestro el servidor asalariado de un ser abstracto y sin entrañas a quien sirve por la paga?
Don Enrique. — No, don José, el maestro no se contrata por un puñado de calderilla para enseñar a los niños cuatro nociones de Geografía, de Gramática o de Ciencias. Los maestros y maestras son como misioneros de la patria, conscientes de su vocación casi divina; ellos se inclinan sobre el barro de nuestros hijos para transformarlos en hostias de inocencia, como hace el sacerdote con el Pan en el altar; ellos forman el conjuro del arte y del fuego del amor, esas ánforas variadísimas que salen de nuestras escuelas, preparadas para recibir el licor de todos los estados y de todas las profesiones. El maestro es, en fin, el modelador de espíritus flexibles, el que encauza los destinos de muchas personas, que de otra forma serían como éste, como Juanón, que ven, sienten, pero son incapaces de pensar el por qué de las cosas ni la razón de su existencia. (Pausa moderada.) Ellos imprimen en la conciencia virgen de los niños los rectos principios de un obrar noble, leal, limpio y delicado, según los eternos principios de la Verdad y del Bien inmutable que es Dios.
(Pausa breve.)
Don José. — Maravilloso discurso, muy apropiado para soltar todos los demonios de la vanidad.
Don Enrique. — Eso no es vanidad, don José.
Don José. — ¿Entonces qué es...?
Don Enrique. — (Con énfasis.) ¡Es verdad...! ¡Es grandeza...! Y es dignidad... Por eso y sólo por eso soy yo maestro. No por cobardía, no por considerarme un ser inútil. Más fácil me sería cavar la tierra como tú, Juanón... (Por encima de la voz de don Enrique, dirá Juanón: «Hala, ya salí yo otra vez.») (Don Enrique, sin interrumpirse...), sin tener más preocupaciones que tiene un animal bien cebado; más cómodo me hubiese sido cursar otra carrera y luego vivir de la renta como usted, don José. Pero ya ven, soy maestro por la gracia de Dios y no me arrepiento de que así haya sido, ya que un buen maestro es un padre de la humanidad; es lo más grande fuera del sacerdocio.
Don José. — Así vistas las cosas, estaba yo equivocado respecto a mi hijo. No le rebaja el ser maestro.
Don Enrique. — Ni pensarlo... Su hijo queda con ello dignificado. ¿No hizo Dios a su Hijo Maestro de las almas de los mortales? ¿No lo sabía...? Pues el Verbo Eterno de Dios Humanado fue Maestro; Maestro que enseñaba a ricos y a pobres; altos y bajos; a sabios e ignorantes; Maestro que asentó cátedra en las laderas de un monte, en la popa de una barca, a lo largo de los caminos o en el templo entre los Doctores; Maestro, sí, el único, el auténtico, el verdadero Maestro, en una palabra.
Don José. — En ese caso... ¿ustedes no son verdaderos maestros?
Don Enrique. — Nosotros somos lejano recuerdo de ese verdadero y único Maestro. Todo nuestro afán consiste en acercamos cada vez más a su eterna pedagogía, esa pedagogía que debe informar toda educación y que no muere aunque arranquen el crucifijo de las escuelas. Toda educación que no se basa en ella está condenada al fracaso.
Don José. — Me gustaría conocer esa pedagogía única, ya (tono que quiere ser irónico) que debe de ser interesante y complicada, cuando tales consecuencias entraña.
(Pausa moderada.)
Don Enrique. — Como cosa de Dios, es más sencilla de lo que parece a simple vista. El secreto estriba en tener «fe» para creer que el microbio humano lleva dentro de sí una cosa divina y tener caridad para inclinarse ante la majestad de esa Hostia Blanca llamada inocencia y besarla con amor.
Vicente. — Bravo, don Enrique, le admiro. Si hasta hoy respetaba a los maestros, ahora los venero.
Juanón.— Lo que yo digo siempre, el ser burro...
Don José.- -(Interrumpiendo.) Perdóneme, don Enrique. Creo que la forma más amigable de terminar esta pequeña discusión es decirle que... (nervioso) bueno que... mi hijo será maestro.
(Efecto: se alzan las exclamaciones y suenan aplausos.)
Control.— A P. P. sube música fuerte en forma de telón. Funde con unas notas sentimentales adecuadas a lo que se va a leer, que queda a fondo.
Don Enrique. — Maestro católico que por esos pueblos de España, ¡Dios sabe cómo!, te inclinas un día y otro sobre el barro hecho carne de inocencia; piensa que imitas a Cristo; piensa que sobre ti gravita la humanidad entera; piensa, en fin, que eres maestro y basta. Y si eres tan maestro, tan católico y tan humilde como yo, musita quedo conmigo: gracias, Señor.
Control. — A P. P. la música que funde con estrías finales de la Marcha triunfal de A ida, como telón que cierra.
Locutor. — Escucharon ustedes...
Locutora. — Soy maestro por la gracia de Dios.
Control. — Sintonía a resolver.
Fr. Salvador Perona, ofm
